PASEANDO CON CUIDADO POR EL PRIMER PUERTO DEL CALLAO (28-01-2008)
Otro de los destinos turísticos a ser visitados en Perú, es el primer puerto de ese país, el Callao. Claro, siempre y cuando se esté de viaje por Lima, cual fue mi caso. El Perú es un país que por su ubicación geográfica estratégica, ha desarrollado varios puertos y me atrevería a decir que menos de los que debería tener. En efecto, siendo el Callao el principal y mundialmente conocido, presenta otros como el de Ilo en el departamento de Moquegua o Chimbote en el departamento de Ancash. Pero aquel que guarda las mejores historias y anécdotas de siglos pasados, es sin duda el Callao. La mejor ruta de llegada es por la avenida Colonial, que nace en el centro de la capital. En efecto, si usted se hospeda en algún hotel o hostel del centro, no tendrá problemas en llegar al primer puerto por esta avenida. La referencia sería la siguiente: Plaza de Armas de Lima, de allí tomar la avenida La Colmena hasta desembocar en un óvalo llamado Plaza de 2 de Mayo, en honor al combate realizado en aquella fecha y que representó la independencia definitiva del reino español. Justamente allí nace la avenida Colonial, con una extensión de más de cinco kilómetros, desemboca en la localidad del Callao. Por esta ruta transitan autobuses de pequeño y gran tamaño y además presenta un sistema de transporte bastante particular. Se trata de los llamados colectivos que no son otra cosa que autos particulares que por medio euro o dos soles peruanos, lo transportarán cómodamente sentado y casi sin escalas.
La gracia de este transporte es que es fácilmente identificable pues casi todas las unidades que efectúan el servicio son unas verdaderas lanchas. Para mayores referencias, debo contarles que son de esos autos que estaban de moda en la primera mitad de los años ochentas, son sedanes gigantescos que se veían en series como El Equipo A y otras contemporáneas a esta. En la parte trasera caben hasta cuatro personas sentadas cómodamente y en la parte delantera tres, contando al chofer. Generalmente encontrará estas unidades en colores oscuros como negro o azul y el ruido de su motor es tan característico que sin fijar la vista, usted sabrá que uno de estos autos se está aproximando. En sus parabrisas tiene un letrero adhesivo que dice Callao, en tono verde fosforescente. Ya en el Callao, usted puede bajar en la Plaza Principal y de allí caminar un tanto por los alrededores. Sin embargo, es recomendable que haga esta visita en horas de la mañana porque es conocida la tradición bravía de este puerto. No estaría de más que tomara un tour en compañía de otros turistas para evitar ser sorprendidos por la picardía de los pobladores de este puerto que lo podrían dejar sin medias y sin quitarles los zapatos. En efecto, tuve estas valiosas referencias gracias a un amable taxista que me hizo el servicio durante mi permanencia en Lima. Mientras recorríamos otros distritos de la ciudad me contaba algunas anécdotas que le habían sucedido a él o a personas conocidas.
Me refirió que en una ocasión, sorprendieron a un grupo de turistas que caminaban por las inmediaciones del barrio conocido como La Punta, uno de los distritos con las familias más pudientes del Callao. En aquella oportunidad, tres porteños urdieron un pequeño sainete que fue suficiente para obtener recursos ilícitos de estos confiados turistas. Sucedió que uno de ellos, fingió sufrir un ataque de epilepsia, mientras sus otros compañeros solicitaban la ayuda del grupo de extranjeros. Fue así que solicitaron les presten sus teléfonos celulares para poder llamar al servicio de urgencias. Con la distracción perfecta, aprovecharon el desconcierto para hacerse con algunas de las billeteras de los buenos samaritanos que se habían hincado sobre la supuesta víctima de epilepsia. Ni qué decir de los teléfonos móviles que nunca les fueron devueltos merced a la confusión del momento. Luego, los avispados jóvenes, subieron a su compañero a un vehículo y se fueron con todo lo que pudieron recolectar. Los europeos se quedaron sin saber qué hacer y nunca pudieron recuperar sus efectos personales.
Aprendí mi primera lección acerca de la vida en los puertos. No todo era romanticismo, había que andarse con cierto cuidado.
La gracia de este transporte es que es fácilmente identificable pues casi todas las unidades que efectúan el servicio son unas verdaderas lanchas. Para mayores referencias, debo contarles que son de esos autos que estaban de moda en la primera mitad de los años ochentas, son sedanes gigantescos que se veían en series como El Equipo A y otras contemporáneas a esta. En la parte trasera caben hasta cuatro personas sentadas cómodamente y en la parte delantera tres, contando al chofer. Generalmente encontrará estas unidades en colores oscuros como negro o azul y el ruido de su motor es tan característico que sin fijar la vista, usted sabrá que uno de estos autos se está aproximando. En sus parabrisas tiene un letrero adhesivo que dice Callao, en tono verde fosforescente. Ya en el Callao, usted puede bajar en la Plaza Principal y de allí caminar un tanto por los alrededores. Sin embargo, es recomendable que haga esta visita en horas de la mañana porque es conocida la tradición bravía de este puerto. No estaría de más que tomara un tour en compañía de otros turistas para evitar ser sorprendidos por la picardía de los pobladores de este puerto que lo podrían dejar sin medias y sin quitarles los zapatos. En efecto, tuve estas valiosas referencias gracias a un amable taxista que me hizo el servicio durante mi permanencia en Lima. Mientras recorríamos otros distritos de la ciudad me contaba algunas anécdotas que le habían sucedido a él o a personas conocidas.
Me refirió que en una ocasión, sorprendieron a un grupo de turistas que caminaban por las inmediaciones del barrio conocido como La Punta, uno de los distritos con las familias más pudientes del Callao. En aquella oportunidad, tres porteños urdieron un pequeño sainete que fue suficiente para obtener recursos ilícitos de estos confiados turistas. Sucedió que uno de ellos, fingió sufrir un ataque de epilepsia, mientras sus otros compañeros solicitaban la ayuda del grupo de extranjeros. Fue así que solicitaron les presten sus teléfonos celulares para poder llamar al servicio de urgencias. Con la distracción perfecta, aprovecharon el desconcierto para hacerse con algunas de las billeteras de los buenos samaritanos que se habían hincado sobre la supuesta víctima de epilepsia. Ni qué decir de los teléfonos móviles que nunca les fueron devueltos merced a la confusión del momento. Luego, los avispados jóvenes, subieron a su compañero a un vehículo y se fueron con todo lo que pudieron recolectar. Los europeos se quedaron sin saber qué hacer y nunca pudieron recuperar sus efectos personales.
Aprendí mi primera lección acerca de la vida en los puertos. No todo era romanticismo, había que andarse con cierto cuidado.





