Al iniciar uno de los viajes que más había esperado, me encontraba bastante inquieto pues no sabía si todas mis expectativas iban a ser cubiertas. La agencia de viajes me había asegurado que todo estaba bajo control y que todo lo que deseaba hacer mientras durara mi estancia en Egipto lo podría realizar con la mayor tranquilidad. Por esa parte estaba más tranquilo, sin embargo no llegaba a calmarme del todo. Era también la primera vez que iba a realizar un vieja al exterior y deseaba que todo saliera bien, sentía que había cosas que no iba a poder controlar
Hasta que llegué a la tierra de los faraones no pude sacarme esa impaciencia. Pero ya una vez allí, pude observar todas aquellas cosas que a través de fotos, y de imágenes en la televisión había visto tantas veces que ya hasta me parecían familiares. Empecé a andar por el aeropuerto, esperando que las maletas aparecieran; y no tardaron mucho. Según me había contado un amigo era bastante posible que demoraran en aparecer, pero como ahora las tenía ya conmigo, empezaba a sentir que podía tener más tranquilidad en este viaje. Tomé un taxi que me llevó hasta la zona hotelera, y allí me hospedé en un hotel bastante grande y además muy bonito, era lo bastante moderno como para que quienes allí se hospedaban quedaran satisfechos. Pero una de las mejores cosas era que se encontraba cerca de las pirámides. En realidad eran varios los que se situaban cerca de ellas, pero este tenía una vista ejemplar, que de no haber sido por la neblina, me hubiera dejado tomar mejores fotos para recordar exactamente ese detalle.
Después de descansar un poco en el hotel, salí por la ciudad. Mi jornada turística, con guía incluido, recién iba a comenzar al siguiente día. Por eso tenía, por ahora, toda la tarde para ir conociendo un poco más, por mi cuenta, la ciudad. Me impresionó ver la gran cantidad de vendedores, o mercaderes, que ofrecían sus productos a los turistas. En un principio no me acercaba, me parecían tantos que creía que en cualquier momento podían hacer algo para robarle a los turistas. Pero estaba totalmente equivocado, mientras seguía andando veía como todos vendían a los visitantes los recuerdos de su estancia en El Cairo.
Viajar solo a tan lejano país fue a la vez bueno y malo. Lo primero porque me permitió ir por los lugares que yo deseara sin tener que estar pendiente de los antojos o deseos de alguien más, pero por otro lado, cuando volviera, no tendría con quien recordar tan bella anécdota. Tan sólo podría contarla a mis amigos y hacer que ellos se imaginen lo bueno que fue, mas no tendría la oportunidad de que alguien más me hiciera recordar lo que había vivido. Sin embargo, después de tanto paseo, ese primer día y de pensar en si debí trae a alguien que me acompañe, me encontré con un grupo de turistas con los que iba a compartir el bus, y todo el recorrido, por varios días más, de manera que no estaría solo y podría conocer los enigmas de Egipto en compañía.





