VIAJE DE PESCA (30-06-2008)

-Epa, si lo paras lo bajas...
Siempre que bajo con mis panas a la playa para pescar bagres de noche, pasa lo mismo. Mientras vamos van con sus bromitas sobre mamadas, tolete y culos, juegos raros en tantos héteros. Una vez que comenzamos a beber como locos, y a hablar de mujeres, todo el mundo anda duro... para dejar de tomar. Con un mira como lo tiene, lanzado por Jasón, este le dio un agarrón de verdad increíble al sorprendido Ricardo, quien peló los ojos, huyendo, amenazando que lo soltara o se lo haría tragar. Todos reímos, yo tomé la fotita y continuamos tomando caña e intentando pescar. Jasón seguía con la bromita, diciéndole algo bajito a Ricardo quien lo llamaba güevón y mamagüevo, molesto. Siempre era así, siempre había alguien que bromeaba más de la cuenta. Jasón no pararía hasta que Ricardo se molestara y le lanzara una mano o le dijera ago bien ofensivo que los disgustara. Sentado en mi silla plegable los vi discutir cerca de la camioneta, y como Ricardo le dio un manotón por un hombro. La vaina podía termina en pelea y lo mejor era intervenir, por eso fui. Pero no había rollos. Los amigos son así en verdad, estar allí, en la arena, bajo la brisa marina y la luz de la luna, lo arregló todo... también el que Jasón, de rodillas, con la boca muy abierta... se disculpara con el otro, que gemía, gruñendo que le dijo que le haría tragar sus palabras, acompañándolo todo de un golpe de caderas. Y vaya que Jasón estaba tragándose, con gula, con la boca muy abierta, todo lo dicho... y no dejaría de darle a esa boca hasta que Ricardo le soltara... un todo bien, pana. Bien, así resuelven los hombres sus vainas.
Julio César.
EN EL CAMPO (19-05-2008)

Cada cosa en su lugar.
A mi amigo Román se le ocurrido la extraña idea de inscribirnos en un curso de supervivencia, era pasar un fin de semana durmiendo en el monte, comiendo lo que se encontrara y bebiendo igual. Creo que esperó tomar mucha leche... de cabras, y tragar buenos bocados... de cosas naturales. Pero las cosas no le salieron bien, casi todos fueron con una pareja, hembras, y aunque el entrenador era enorme, musculoso y muy viril, parecía no entender sus pestañeos y vainas; fuera de que se burlaba abiertamente de él que no podía levantar una tienda o encender fuego con dos palitos frotados (esa vaina era imposible). Román la pasaba tan mal como yo. Hace rato, agotado de cansancio y hambre, me oculté para dormitar y no pensar en comer; fue cuando me despertó un ruidito como de palmadas que yo conocía muy bien. Sin moverme volví algo la mirada y más allá vi el eterno juego del trompo, el palito cayendo rudamente contra el agujero.
-Oh sí, esto era lo que necesitaba, por fin un macho en el grupo, un hombre de verdad que salva la honrilla. Ahhh... Alguien que sabe hacerlo... sigue frotando ese palo y pronto habrá fuego. gimió con un voz increíblemente putona.
-Calma, voy a darte todo lo que necesitas para prenderte. ¿Te parece bien?
-Si, qué grande es tu palo... de encender. chilló. Mientras fotografiaba, sonreí divertido, esto era nuevo para Román, el gran putísimo.
-Entrenador, yo también quiero... -jadeó mi amigo.
-No, nada de eso. Tú sigue dándole como es, quiero candela. chilló ese tipote tan masculino, sudado, mirándolo sobre un hombro, apoyándose de un tronco como para sostenerse, dándole frote y frote al grueso tronco del que esperaba lo satisficiera al fin sacándole una buena cantidad de... fuego.
Julio César.
VIVIENDO LA FICCIÓN (06-04-2008)

Directo y al fondo, esa era su filosofía.
La casa editorial me llamó diciéndome que no entendía por qué mis libros no habían llegado aún a las tiendas. Fui a hablar con don Germán, papá de un amigo a quien le di ese contrato para ayudarlo. No había nadie en el pequeño depósito, al menos a la vista. Y allí estaban las pesadas cajas de madera con mis libros, para levantarlas haría falta algo más que la palanca de Arquímedes, pensé. ¿Donde estarían todos? Fue cuando oí chillidos y un juiqui juiqui que no reconocí. Intrigado me guié y encontré al viejo muy ocupado. El asistente, un carajo mal encarado, pero muy bien intencionado' donde parecía agradarle al don, trabajaba duramente, con fuerza y apretando los dientes, dándole paquete del bueno, haciendo que todo el cuarto se moviera, lo que provocaba el ruidito ese. El tipo me vio, ¡y se sonrió!
-Coño, JC, esos libros tuyos sin que son caliente, lees y te dejan... ahhh...
-Cállese, maldito viejo... -gruñó el otro, dando una dura nalgada, jugando a algo que yo escribí en mi último cuento.
-Si, papito.
No me quedó más remedio que tomar una fotografía con mi celular.
-Espero que terminen de jugar y se pongan a trabajar. amenacé, saliendo, dándole una apreciativa mirada a la buena palanca del morenazo, que debería servir para levantar todas las cajas al mismo tiempo. Era increíble que algo tan grande cupiera en algo tan chico, don Germán...
-Ahhh... -lo oí gemir todavía.
Julio César.
CUANDO TE CLAVAN
LOS IMPUESTOS (01-04-2008)

El precio a pagar, aunque grande... y grueso, era tolerable.
Venezuela es un país donde siempre se dejan las cosas para el último día, no importa que se diga que se debe hacer algo entre tal y cual fecha, todo el mundo lo deja todo para el último momento. A mi amigo Jasón le pasó, tiene una mueblería de la que nunca había declarado impuestos, y aunque pensaba presentar unas cuentas chimbas, jamás lo hizo. Lo pillaron, lo iban a multar con bastante; me dijo que iba a entrevistarse con el tipo en su mueblería y quiso que fuera su testigo culto por si le exigía plata para denunciarlo después. Todo alarmado, temiendo cárcel, cierre o una multa mil millonaria recibió al tipo, se le acercó y con voz asustada le preguntó si no se podría solucionar esto de otra manera que no fuera denunciándolo. El carajo lo miró frío y le habló de darle más tiempo si le daba algo'. Mi amigo iba a sacarse la chequera, pero el carajo le dijo que no, que se sacara los pantalones. Jasón dudó y se asustó, pero más lo asustaba lo otro y se avino a pagar. El carajo era bueno, reconozco yo que los miraba, cobraba y cobraba, duro, rítmicamente, sin decaer, gruñéndole bajito que era un infractor y merecía castigo, que toma y toma, haciéndolo gritar y sudar ante... el abusivo' cobro, que parecía dolerle cuando arrugaba la frente, chillaba bufando por la boca, sudando a mares. El escritorio se tambaleaba ante la fuerza de... los compromisos firmados con el grueso marcador. Desde la otra oficina tome esta fotita para ustedes. Y para mí; cuando me venga con cuentos de su sacrificio, le mostraré la foto donde parece chillar más, cobra más, te debo más, cóbramelo todo... hummm, todo, hasta el fondo. Pero también porque quedó de lujo. El sujeto no le perdonó la deuda, sólo le dio tiempo. Dos semanas después llenaba los formularios ante otro inspector, quien por cuestiones de tiempos vencidos, se lo cobró también, con un equipo que parecía formidable; pero ahora Jasón sonreía, contento de que saldría de eso, aunque también se le metía, dándole la espalda altivo mientras el otro casi lo abrazaba, empujando sus cobros, felicitándolo por ser un buen ciudadano al final. Esa no la vi, pero me la contó, como también la del tercer y cuarto fiscal que fueron a llevarle las licencias, quienes le cobraron al mismo tiempo durante toda una tarde; eso me dejó pensando en que él me debía un favorcito, y con la otra foto pienso cobrarle estos días haber sido su testigo.
Julio César.
HAY LUGARES QUE
(07-02-2008)

Si el cuerpo se calienta con las prácticas, le mente también...
¡Maldita sea!, me dije todo sudado y agitado por la bendita trotadora que ya comenzaba a aparecer en mis sueños atormentándome, al entrar en los vestuarios y encontrarme a Jerónimo dándole más trabajo a Gregorio, quien sudaba a mares, abiertote de piernas mientras Jerónimo lo tenía bien cogido... con esa bocota que tiene. Y pensar que ese mamón una vez había hecho correr el rumor de que yo era pato, pensé mortificado. La verdad es que verlo gruñir, ahogado, mojado de saliva y toda esas vainas, era increíble, pero no estaba yo en momentos de perdona vida y sacando mi celular, cuya memoria fotográfica ya estaba llena, tomé esta imagen para ustedes, amigos. El resto fue simple, salí sin hacer ruido mientras Jerónimo daba lengüetazos recogiendo todo eso que tanto le gustaba, mientras gruñía que sabía tan rico (tuve que darle un apretón a mi amiguito', sólo uno, lo juro). A la mañana siguiente la fotica apareció, sin mostrar la cara de Gregorio, aunque todos lo que lo conocen lo reconocieron, en una cartelera. Jerónimo la pasó de la patada, y yo me sentí algo mal, arrepentido, como dos segundos, luego reí... hasta que supe que al coño'e madre ese le iba mejor. Después de sus prácticas, se pasaba una hora, a veces dos, sudando más todavía, usando su técnica bucal con medio gimnasio. Cómo les gustaba, una boca amiga, a todos esos carajos...
Julio César.