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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
HISTORIAS  CORTAS...
SUEÑO CUMPLIDO (06-04-2008)

   Cada día, cada noche, soñaba con saborear la gloria muy cerquita...

   No podía contenerme. Sabía que si me pillaban me echaban. Y deseaba formar parte del equipo de rugby, pero aún no estaba a la altura, es decir, no tenía la masa muscular que forraba a esos carajotes calientes. Así que mientras me preparaba con ejercicios y prácticas, debía ayudar en cosas como organizar el equipo de juego, asegurarme que todo esté aseado en los vestuarios y cosas así. Esa era la parte menos mala, asear los vestuarios cuando esos carajos llegaban sudados, sucios de grama o barro si llovía. Entraban rientes, bromeando unos con otros sobre qué tan marico era fulano o mengano. Y se desvestían. Yo enrojecía e intentaba mirar la mopa con la que trapeaba, pero no podía. Los miraba quitarse las franelas, tetones, velludos, masculinos, para luego quitarse los zapatos y medias. Todo se llenaba de ese fuerte olor a machos, que muchos dirían a patas, pero que a mí me encantaba. Los shorts bajaban y quedaban en bóxer, bikinis e incluso suspensorios y tangas. En esos momentos habían risas, pellizcos, tocadas, dedos que me dirigían a culitos apretados, y estoy convencido que más de uno empujaba más de la cuenta metiéndose.

   Renato, el capitán del equipo, riente, enorme, con su sombra de barba, era quien hacía más esas bromas. Veía como riente e insultando, empujaba un dedo dentro de uno de esos culitos pelados de quienes iban a las duchas... y luego se lo llevaba a la nariz dándole una leve olida. Eso siempre me pareció horriblemente erótico y temía que se notara mi erección bajo el mono. Esa tarde todo el mundo parecía tener prisa y salieron pronto, sólo quedaron Renato y Enrique, cada uno enfundado dentro de diminutos, calientes y sensuales hilos dentales; insistían en que eran mejor para sostener y proteger durante el juego. Se quedaron sentados en una esquina hablando. Eran tan grandes, tan sexy y masculinos que yo no podía alejar mi mirada de esos pectorales, de esas piernotas, de esos muslos que chocaban, y de las entrepiernas donde abultaban las bolas y los paquetotes. Hababan sobre técnicas de juego. Luego Renato, montando una pierna sobre la del otro, como si tal cosa, comenzó a contarle de los ejercicios que hacía para desarrollar más músculo, como si le hiciera falta. Los vi hablar bajito, sonreírse, mientras Enrique le sobaba el muslo con su manota, recorriendo, y Renato atrapándole una tetilla, le pellizcaba el pezón. Yo temblaba. Fue cuando Renato me miró.

   -Jasón, apúrate. No estás haciendo un muy buen trabajo. Esto está muy sucio. –dijo, hosco. ¿Qué? ¿Con todo lo que trabajaba? Me le acerqué molesto.

   -¿Sucio? ¿En dónde? –estaba molesto, pero sus cuerpos me enloquecían. 

  -Aquí... -y se acaricio un muslo, subiendo la mano, tomando una manga de su tanguita y sacando los testículos y un güevo rojizo, no erecto pero enrome, cabezón, que atrapó mi mirada, ¡qué vaina tan increíblemente grande y hermosa!- Está todo sudado y empegostado. Pon esa boquita a trabajar y quítale toda inmundicia. –y me miró con burla.

   Pensé en mandarlo al coño... pero decidí no perder el tiempo en tonterías, así que soltando la mopa, casi tumbó el pote de agua mineral con él, caí de rodillas, jadeando ya. Sin detenerme en nada saqué mi lengua, la tenía seca, casi pegada al paladar y la pegué de ese muslo caliente, maravilloso. Creo que hasta oí el fritar de algo al caer en aceite caliente. La lengua se me lleno de saliva, de jugos, de sabor. Y lamí, recorrí un buen trecho recogiendo el sudor, el sabor a bolas, a hombre. Y lo trague casi gimiendo mientras los otros dos se reían de mis ganas. Como un poseso pasé mi lengua por esas bolas rojizas, azotándolas, mojándolas, chupándolas, estremeciéndolas. Renato cerró los ojos y gozó cuando mi lengua subía por su barra, que me quemaba la lengua. Dios, qué caliente estaba esa vaina erecta, gruesa y palpitante. Y la atrapé, rodee con esfuerzo la cabezota y lo mamé, chupando.

   Mientras bajaba sobre él, gruñendo, suspirando de dicha total, lo mamaba como un becerrito. Su grosor, fuerza, calor y jugos me tenían mareado. Con mano frenética, ganándome un mira que decía “mira que puta más caliente”, llevé mi otra mano al entrepiernas de Enrique y sobé su mole, sacándola, titánica también. ¡Que vergas más grandes! ¡Y esos dos güevotes eran para mí! Tragué y tragué, mamando con locura, luego fui llevado por Renato a ese otro güevo, que acaricié con mi aliento al suspirar sobre él. Sentirlo contra mi lengua, caliente, acre, sabroso, me hizo enloquecer y mame como nunca antes había pensando hacer. Subí y bajé, tragando, chupando, lamiendo con mi lengua, atrapando con mis mejillas, succionando con mi garganta. Ladeándome, con el güevo abultando en mi mejilla, miré como Enrique jadeaba cerrando los ojos, viéndose adorable, y en como Renato me miraba, excitado y... codicioso; creo que se preguntaba qué se sentiría tener esa verga en la boca. Tonto, en lugar de probarlo... pensé hundiéndome en su entrepiernas otra vez, comiéndome todo su grueso tolete; dejándolo lleno de saliva y jugos resollé en su pubis peludo.

   -Espera, no me saques la leche todavía... -gruñó Renato, poniéndose de pie, desnudándose totalmente excepto por los botines.- Párate... -le ordenó a Enrique, desnudándolo, creo que con mucha premura, tal vez soñando con hacerlo desde hace siempre, así como yo soñaba con eso, con tenerlos al alcance de mi boca. Lo obligó a ponerse de rodillas, dándonos la espalda en el banco.

   -Oye, no... -se alarmó por un segundo.

   -Cállate. -le ordenó Renato, mirándome, con sus manotas en las nalgas del amigo, abriéndolas, exponiendo el culito cerrado. Noté como se estremecían esos glúteos, tal vez por los recios dedos clavados en ellos.- Comételo. Lávale bien ese culo. Pasa esa lengua de puta viciosa sobre su ojete.

   Ni lo pensé, con un alarido ahogado caí sobre esa raja sudada, lamiéndola, recorriéndola toda, antes de cerrar mi boca hambrienta sobre el tembloroso culo que me supo a gloria mientras lamía, chupaba, besaba y hasta mordisqueaba. Tener mi cara enterrada en sus nalgas hizo gemir putonamente a Enrique, quien se tensaba, agitando un poco su trasero, buscando que mi lengua le diera más de ese placer inesperado que disfrutaba al sentir su agujerito bien atendido por la lengua de otro carajo. Y Renato mirándolo, sonreía, mientras empujaba mi cara más y más contra ese hoyito caliente, atrapándome por la nuca. Nuevamente lo miré y creo que quería darle tremendo jamón a su pana del alma, besándolo. E imaginarlo a los dos dándose lenguas, tan viriles y rudos, conmigo entre ellos mamando sus güevos, me hizo temblar.

   Poco después Renato, al lado de Enrique, competía con este por las atenciones de mi boca viciosa, que lamía de uno al otro, tragando, comiendo, saboreando. Los oía gemir, sentía como se estremecían y tensaban. Mirar desde mi lugar esas nalgota velludas que iban y venían buscando mi lengua que les entraba hondo, me tenía loco de ganas. Renato casi quedó sentado sobre mi cara. Y la cosa era tan caliente que Enrique comenzó a correrse, y sin pensarlo o que me lo ordenaran, metí mi rostro entre sus piernas y bebí cada gota salina, dulce, de néctar; Dios, qué rico sabía el semen sobre mi lengua. Me calenté tanto, y más al tomar también la de Renato, quien me clavo el güevo hasta la garganta, que me corrí en mis ropas. Ahora llegaba la cordura, los jadeos incómodos. Yo estaba todo bañado en semen, sin saber qué esperar. Renato me miró, serio.

   -Mañana vas a rasurarnos los culos. -dijo seco.- Y luego veremos el tuyo, espero que lo traigas afeitadito y que te asegures de que haya algún lubricante por ahí. De ahora en adelante, para lo que salga, eres nuestra hembra, ¿okay? Después de cada práctica o juego quedamos mal y necesitamos a quien clavársela. Tú eres el afortunado, ¿estás de acuerdo?

   -Claro, papi... -gemí sintiéndome morir de dicha.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 01:24:10 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
HISTORIAS  CORTAS...
EL JEFE DE OBRA (23-02-2008)

   Por alguna razón lo obsesionaba ese tipo...

   No podía seguir permitiendo que Murphy, el capataz de la obra me tratara como un peón. Yo soy el ingeniero, carajo. Está bien, el tipo sabe lo que hace, todo marchaba bien, a tiempo. Pero era altanero. Cuando le pedía un cambio, o a uno de los obreros que levantara, moviera o sacara algo, no hacían nada hasta recibir una mirada imperceptible del tipo. Eso me tenía arrecho, y hoy terminaría. Es temprano, había poca gente todavía. Levanté la mirada, el esqueleto metálico alcanzaba ya las seis plantas. Lo vi moverse. Era fácil saber que era él. Tenía porte de sabrosote, se comportaba como el macho alfa en todo momento. Apretando los labios me dije que hoy lo ponía en su sitio. Me coloqué el casco y entré al estrecho ascensor, y subí. No lo vi de entrada.

   -Murphy, tengo que hablarle...

   -Estoy ocupado ingeniero. –gruñó su respuesta habitual, como si le molestara tener que tratar con un pobre idiota, es decir, yo. Ah, maricón...

   -Venga. Quiero discutir el relleno del segundo piso, quiero que lo desmonten y levanten nuevamente, con hormigón. –exigí, sabía que era una necedad, pero me atrincheraría allí, no podrían sacarme de esa exigencia y lo que vendría sería guerra. Después de todo mi suegro era quien pagaba toda esa vaina. Y el ingeniero era yo, ¡coño!

   -¿Seguro, ingeniero? Eso llevará mucho tiempo y trabajo... -fue la suave replica irónica, y el corazón me saltó en el pecho al verlo aparecer frente a mí.

   Jamás lo había visto así. Era un carajo alto, recio, treintón, de cuello y brazos fornidos. Y estaba prácticamente desnudo, vistiendo un corto shorts jeans, unos botines marrones sucios de polvo y cemento, y su casco. Una leve sombra de barba ensombrecía su mentón. No podía despegar mis ojos de esos pectorales, de esas piernas y el bulto enorme entre sus...

   -Murphy... yo... yo...

   -Mire, ingeniero, no quiero faltarle al respeto. Sé que sabe mucho, es un muchacho estudiado... –dijo acercándoseme, clavándome la mirada en los ojos, quitándome con un leve alzar de mano el casco.- Pero le falta mucho por aprender y probar todavía... y algo me dice que quiere aprenderlo y probarlo todo, ¿por qué no resuelve eso primero?

   -¿Probar... aprender...? –tartamudeé, con los ojos sobre esas tetillas ahora.

   -Si, aprender a oír a sus mayores. Esto es lo que quiere, ¿verdad? Por eso me pelea y discute, pues dese gusto. –gruñó, atrapándome la nuca y halándome.

  Gemí, me revolví, pero no mucho. Y abrí la boca cuando caí sobre su tetilla, mordiendo automáticamente ese pezón duro y tibio. Lamerlo y chuparlo lo hizo crecer más, y a mí me llenó de candela. Ese carajo me atrapó y me trataba como su muñeco, diciéndome así, hazlo así, ahora esta, guiándome de una tetilla a la otra. Sonriéndome, masculino y dominante, me empujó por un hombro y con mi traje de dos piezas (más tarde pasaría por el banco) caí de rodillas, y sin que me guiara froté la cara de ese entrepiernas donde una erección escandalosa abultaba. Esa vaina estaba caliente, dura, ¡y vaya que era grande! La lamí, la mordí, la chupé sobre el jeans, estaba como loco. Dios, ese carajote me había gustado desde que lo vi y eso me asustaba, así que había intentado mantenerlo a distancia, pero ahora me sabía marica y nada me impediría probarlo todo...

   Abriendo el botón y bajando el cierre dejó salir esa barra titánica, nervuda, gruesa, rojiza, azotándome la cara, ardía. Y yo quería tragarla ya. Me ordenó desabotonar mi pantalón, alejando su verga, y frenético lo abría. Sonriendo ante mi obediencia me metió el güevote en la boca ahogándome, llevándolo a mi garganta, aplastándome la lengua y casi desencajándome las mandíbulas. Esa vaina vibraba, quemaba, dejaba regueros caliente sobre mi lengua, y chuparla y apretarla con mis mejillas era tan delicioso que creí correrme dentro del pantalón. Jamás había imaginado que tener un güevo así, en mi boca, podría ser algo tan excitante. Inclinándose sobre mí metió la mano dentro del pantalón y mi bóxer, mis nalgas temblaron, sus dedos iban hacia mi raja interglútea a tiempo que decía “seguro tienes un rico botoncito color fresa que quiere ser comido por un hombre de verdad”. Y su dedote frotaba, acariciaba, y yo temblaba. Dios, qué rico era sentir ese tolete en mi boca, llenándola de jugos, y ese dedo cosquillando en mi culo, sin entrar, aunque ya me temblaba de ganas.

   Pero faltaba mucho, el sátiro dándome la espalda bajó su shorts, ofreciéndome esas nalgotas musculosas, abiertas, y metí mi cara allí, frenético, gimiendo, lamiendo, chupando, saboreándole el culito titilante. Intenté meterle la lengua. Parecía un loco dándole lengua a ese hueco. Él se volvió, saliendo del shorts, halándome por la corbata, levantándome y obligándome a caer de culo sobre un mesón. Bajó mi pantalón y bóxer hasta los tobillos, mi güevo babeaba, mi culo temblaba con ansiedad. Motando mis dos piernas en su hombro derecho, mirándome, diciéndome que había sido un niño malo, comenzó nuevamente a tocar mi culo, sobándolo, se escupía los dedos y frotaba. Yo gemía, me tensaba, me arqueaba, esperando, deseando, hasta que un dedo se hundió, lento, victorioso, y sentí que me calentaba y mojaba todo por dentro.

   Y ese mete y saca me hizo gritar más. Confuso oí voces: “miren esa vaina”, “coño ingeniero”, “eso es Murphy, haz gozar a ese carajito”. Siete sujetos habían aparecido atraídos por mis gritos, rodeándonos, mientras el capataz hundía tres dedos a estas alturas en mi culo, que se abría, rojo blanquecino, dejándolos entrar, atrapándolos. Dios, me habían sorprendido así, pero no importaba, esos dedos que me cogían era lo único real. Uno le tendió un destornillador de gruesa cacha, y mirándome hizo que lo tragara, lamiéndolo. Luego Murphy fue metiéndomelo por el culo. Gemí, apreté los labios, arrugué la frente, levante la mirada, lo vi sonreír. Y lo metió todo, y lo agitó un poco, y era frío. Pero el roce, el rasca y frota, la metida y sacada me hizo gritar nuevamente. Esa vaina entraba y salía frenéticamente. Algo golpeo mi cara, gimiente y casi desmayado de gusto como estaba no noté que era un nuevo güevo erecto, que se frotaba, luego otro del otro lado, y un tercero y un cuarto, todos pegando de mí. Murphy prohibió que me hicieran mamar, lastima, con lo caliente que estaba lo habría hecho gustoso.

   Obligándome a tener los pies sobre el suelo, y la panza en la mesita, dándole la espalda, Murphy se metió entre mis piernas, y sin preámbulos me clavo de un golpe su verga de semental, haciéndome arquear la espalda y echar la cabeza hacia atrás. Eso caliente, grueso y largo me rasgaba, pero también me llenaba. El mete y saca me hizo estremecer todo, mi culo subía y bajaba acompañándolo, con ganas de ser cogido. Todos me gritaba puta, calentorro, y no me importaba. Mi culo iba y venía goloso y ávido sobre la gruesa barra que entraba toda, hasta los pelos que arañaban mis nalgas. Sus bolas me golpeaban cuando me cabalgaba. Pronto estuve de espaldas otra vez, si pantalones, siendo cogido duramente, cabalgado como una yegua, mientras yo babeaba y gemía, sudaba a mares, agitando mi culo de arriba abajo todavía. Murphy gritó ahogado que yo era su puta ahora, cuando comenzó a llenarme con su leche caliente; de mi tranca salió un disparo que cayó sobre mi pecho y rostro, arruinándome la camisa y la corbata. Luego vino la lluvia, esos carajos que se masturbaban mientras Murphy me hacia su hembra, se vaciaron entre gritos sobre mí. Sus leches quemaban y olían fuerte. Yo estaba en la gloria mientras el capataz continuaba corriéndose y llenándome.

    -¿Le gustó, ingeniero? –preguntó burlón.

   -Santana, ¿Murphy te preguntó si apruebas el relleno del piso dos o hay que cambiarlo por hormigón? –preguntó la ronca voz de mi suegro al lado, sabiendo de mis problemas con el capataz.

   -Si, suegro. Está bien. –dije rojo, cerrándome bien el saco para que nada se me notara bajo el pantalón. Dios, ¡qué fantasía tan vivida! Mi suegro me miró extrañado, pensó que usaría lo del relleno para buscarme un peo con Murphy; pero había decidido que... tal vez podría buscar otro tipo de acercamiento. Algo en la sonrisa del capataz me indicó que era posible. Dios, qué culo tenia bajo ese viejo jeans...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:10:33 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
HISTORIAS  CORTAS...
LUCHA LIBRE (15-01-2008)

   -Ahora me las pagas todas...

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí... -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge.

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul. 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio.

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante.

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio.

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo.

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter.

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez.

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o', tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta... y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio.

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose.

   -¡Coño'e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote.

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear... -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen... y abre la boca.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:06:23 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
HISTORIAS  CORTAS...
EN EL ASCENSOR (10-11-2007)

   Haré lo que diga, señor...

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño'e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.

   -¡Jefe...! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan... macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma... debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado... mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina... y depíleselo antes. –ordenó.

   -Si, señor Morean... -gemí casi al borde del desmayo.

   -¿Qué haces, germán...? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 21:16:37 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
HISTORIAS  CORTAS...
EN EL BAÑO DE LA UNIVERSIDAD (27-10-2007)

   Para colmo era cierto lo del tamaño...

   Mientras realizaba una investigación en la biblioteca de la Central, Renato se jugaba de forma pesada con su novia, Vicky, sobre los deficientes apuntes encontrados por la joven, que estaba algo molesta ya que Marcelo, otro compañero de estudios, se prestaba también a las bromas. A ella le gustaba Renato porque era delgado, de piel canela, cabello muy negro y bien parecido, pero ácido y mala gente a la hora de mostrar su gran inteligencia. Él se sentía sobrado porque realmente era listo, pero hacia a los demás víctima de sus puyas. Marcelo era también uno de sus blancos, tal vez porque era mejor atleta que estudiante, pensaba la joven, imaginando que Renato así compensaba su falta de actitud deportiva. 

   Con un, “me meo”, Renato se puso de pie, dirigiéndose a los baños. Estaban limpios, bien iluminados y solitarios. Comenzó a mear con alivio, sintiendo la baja de la presión en la vedija, dejando escapar un jadeo. La vaina le duró hasta que entró uno de los vigilantes de la universidad, un tipo alto, robusto, de piel negra clara, con un bigotillo en candado, enfundado en su uniforme gris. El tipo, displicente, se paró a su lado frente al urinario de pared y se sacó el tolete, meando con un chorro potente. Renato mirando el chorro, miró la tranca, negra, morcilluda pero no tiesa. Grandísima, cosa que lo impresionó.

   -¿Qué miras, maricón? –gruñó el tipo a su lado, mirándolo feo, con burla.- ¿Comparas una verga de verdad con la tuya que parece de niño?-era grosero.- Mira esa vainita. –se burló, tocándosela con unos dedos. Asustado, Renato dio un paso atrás, intentado cubrirse.- Mira una de verdad. El güevo de un hombre. –y esa tranca iba creciendo, enorme, gruesa, nervuda y dura.- Se me paró, güevón, ahora vas a tener que ayudarme a bajarla, dándole una buena mamada.

   -¿Qué? vete al coño. –gruñó ante el enorme tipo, quien lo cacheteó duro, haciéndolo ver estrellas. 

   -Se me paró por tu culpa, ven... -rudo lo tomó de una mano, halándolo.

   Renato estaba desconcertado y aterrado ante lo que pasaba. Pensó en gritar, pero... ¡ya imaginaba la escena! Lo que dirían, las burlas, las suposiciones (si ese tipo quiso llevarlo a... será por algo). Indeciso se dejó atrapar en uno de los privados, donde ese carajo lo obligó a caer de rodillas en el suelo, golpeándole el rostro con su vergota, hasta darle un fuerte coquito en la cabeza, haciéndole llorar los ojos, y con el corazón bamboleante, abrió la boca, momento en que la barra entró, ahogándolo, provocándole arcas, aplastándole la lengua. Era duro, caliente y sabía  orine. Estaba mal pero el tipo le decía chupa, apriétalo, lámelo, y le cogía la boca con fuerza, enterrándole la dura barra en la garganta, casi ahogándolo. Le cogía la boca con fuerza.

   Renato sollozaba al verse sometido asó, teniendo que chupar la dura tranca, mientras el tipo lo miraba burlón, riente, atrapándole las orejas y meciéndole la cara de adelante atrás, cogiéndole la boca con fuerza, enterrándosela hondo, mientras le decía así, así se hace mariquito, sabía que te encantaría. Los rojos labios del joven iban y venían sobre esa morcilla negra, dejándola brillante de saliva, su nariz se enterraba en esa bragueta abierta, y tosió cuando el carajo gritó agónico, reteniéndolo clavado contra su manduco y corriéndosele en la boca, sacándola un poco y dejándole la lengua cubierta de esa leche que tuvo que tragar porque el carajo, jadeante de gusto, le dijo que si la escupía la lamería del suelo del baño. Tragó, con nauseas, y pensó que todo terminaba, poniéndose de pie, pero el tipo, jadeante, lo tomó de un brazo.

   -Sigo duro, bájate el pantalón.

   Ahora Renato si que luchó, gimoteó y suplicó, pero el tipo de otro bofetón lo aquietó, bajándole el pantalón y el ajustado bóxer, dejando al descubierto su güevo encogido, pero palmoteándole las nalgas y metiéndole duro un dedo en el culito virgen, abriéndolo. Escupiéndose la morcilla, el negro se sienta sobre la tapa del inodoro, sacándole totalmente el pantalón y el bóxer, obligándolo a caer casi de golpe sobre su tranca, que abre, rasga, penetra y quema. Renato chilla mientras su redondo anillo se abre todo, desvirgado. Dolía como el infierno la entrada de ese tubo caliente. El tipo le tomó las piernas montándole los pies sobre la pared de la entrada, y tomándolo por las nalgas lo subió y bajó, cogiéndolo, sintiendo su güevo ricamente atrapado, halado y chupado por ese apretado y ardiente agujerito. Lo cogió y cogió, subiéndolo y bajándolo, y aunque no le gustaba, Renato sintió la estimulación de la próstata, y se sentía bien por lo que su propio tolete endureció y apretó los labios para no gemir.

   -Vaya, era por esto que tardas tanto... -se aterra a morir Renato cuando un sonriente Marcelo aparece frente a ellos.- Bueno, podemos perder algo más de tiempo, ¿no? –dice, con ojos mórbidos, sacándose el erecto tolete blancuzco, enfilándolo hacia la boca del amigo, quien gime que no.

   -Mama, güevón... -gruñó el negro, mórbido de la escena.

   Ahora Renato si que llora como un muchachito, aunque no por su tetero ya que tiene uno, mientras su culito redondo sube y baja sobre el grueso y nervudo güevote negro, y tiene que tragarse el tolete grueso de Marcelo que gime y mece sus caderas cogiéndole la boca. Lo peor para Renato, que aún no lo sabe, es que Marcelo sacó varias fotos con su celular antes de hablar, y con ellas lo chantajearía, obligando a Renato a esperarlo después de los juegos en los vestuarios, donde tendría que vestirse únicamente con el suspensorio sucio y sudado con el que jugó la ultima vez; donde él, Marcelo se sentaba con todo y uniforme y se lo clavaba mientras se veían. Cuánto gozó de cogérselo así, antes de compartir a su ‘chico' con varios compañeros. Ahora Renato era más popular que antes, pero nadie sabe si le gusta... aunque a veces espera, con expectación, metiéndose dentro del oloroso suspensorio, el final del juego...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:38:00 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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