Cada día, cada noche, soñaba con saborear la gloria muy cerquita...
No podía contenerme. Sabía que si me pillaban me echaban. Y deseaba formar parte del equipo de rugby, pero aún no estaba a la altura, es decir, no tenía la masa muscular que forraba a esos carajotes calientes. Así que mientras me preparaba con ejercicios y prácticas, debía ayudar en cosas como organizar el equipo de juego, asegurarme que todo esté aseado en los vestuarios y cosas así. Esa era la parte menos mala, asear los vestuarios cuando esos carajos llegaban sudados, sucios de grama o barro si llovía. Entraban rientes, bromeando unos con otros sobre qué tan marico era fulano o mengano. Y se desvestían. Yo enrojecía e intentaba mirar la mopa con la que trapeaba, pero no podía. Los miraba quitarse las franelas, tetones, velludos, masculinos, para luego quitarse los zapatos y medias. Todo se llenaba de ese fuerte olor a machos, que muchos dirían a patas, pero que a mí me encantaba. Los shorts bajaban y quedaban en bóxer, bikinis e incluso suspensorios y tangas. En esos momentos habían risas, pellizcos, tocadas, dedos que me dirigían a culitos apretados, y estoy convencido que más de uno empujaba más de la cuenta metiéndose.
Renato, el capitán del equipo, riente, enorme, con su sombra de barba, era quien hacía más esas bromas. Veía como riente e insultando, empujaba un dedo dentro de uno de esos culitos pelados de quienes iban a las duchas... y luego se lo llevaba a la nariz dándole una leve olida. Eso siempre me pareció horriblemente erótico y temía que se notara mi erección bajo el mono. Esa tarde todo el mundo parecía tener prisa y salieron pronto, sólo quedaron Renato y Enrique, cada uno enfundado dentro de diminutos, calientes y sensuales hilos dentales; insistían en que eran mejor para sostener y proteger durante el juego. Se quedaron sentados en una esquina hablando. Eran tan grandes, tan sexy y masculinos que yo no podía alejar mi mirada de esos pectorales, de esas piernotas, de esos muslos que chocaban, y de las entrepiernas donde abultaban las bolas y los paquetotes. Hababan sobre técnicas de juego. Luego Renato, montando una pierna sobre la del otro, como si tal cosa, comenzó a contarle de los ejercicios que hacía para desarrollar más músculo, como si le hiciera falta. Los vi hablar bajito, sonreírse, mientras Enrique le sobaba el muslo con su manota, recorriendo, y Renato atrapándole una tetilla, le pellizcaba el pezón. Yo temblaba. Fue cuando Renato me miró.
-Jasón, apúrate. No estás haciendo un muy buen trabajo. Esto está muy sucio. dijo, hosco. ¿Qué? ¿Con todo lo que trabajaba? Me le acerqué molesto.
-¿Sucio? ¿En dónde? estaba molesto, pero sus cuerpos me enloquecían.
-Aquí... -y se acaricio un muslo, subiendo la mano, tomando una manga de su tanguita y sacando los testículos y un güevo rojizo, no erecto pero enrome, cabezón, que atrapó mi mirada, ¡qué vaina tan increíblemente grande y hermosa!- Está todo sudado y empegostado. Pon esa boquita a trabajar y quítale toda inmundicia. y me miró con burla.
Pensé en mandarlo al coño... pero decidí no perder el tiempo en tonterías, así que soltando la mopa, casi tumbó el pote de agua mineral con él, caí de rodillas, jadeando ya. Sin detenerme en nada saqué mi lengua, la tenía seca, casi pegada al paladar y la pegué de ese muslo caliente, maravilloso. Creo que hasta oí el fritar de algo al caer en aceite caliente. La lengua se me lleno de saliva, de jugos, de sabor. Y lamí, recorrí un buen trecho recogiendo el sudor, el sabor a bolas, a hombre. Y lo trague casi gimiendo mientras los otros dos se reían de mis ganas. Como un poseso pasé mi lengua por esas bolas rojizas, azotándolas, mojándolas, chupándolas, estremeciéndolas. Renato cerró los ojos y gozó cuando mi lengua subía por su barra, que me quemaba la lengua. Dios, qué caliente estaba esa vaina erecta, gruesa y palpitante. Y la atrapé, rodee con esfuerzo la cabezota y lo mamé, chupando.
Mientras bajaba sobre él, gruñendo, suspirando de dicha total, lo mamaba como un becerrito. Su grosor, fuerza, calor y jugos me tenían mareado. Con mano frenética, ganándome un mira que decía mira que puta más caliente, llevé mi otra mano al entrepiernas de Enrique y sobé su mole, sacándola, titánica también. ¡Que vergas más grandes! ¡Y esos dos güevotes eran para mí! Tragué y tragué, mamando con locura, luego fui llevado por Renato a ese otro güevo, que acaricié con mi aliento al suspirar sobre él. Sentirlo contra mi lengua, caliente, acre, sabroso, me hizo enloquecer y mame como nunca antes había pensando hacer. Subí y bajé, tragando, chupando, lamiendo con mi lengua, atrapando con mis mejillas, succionando con mi garganta. Ladeándome, con el güevo abultando en mi mejilla, miré como Enrique jadeaba cerrando los ojos, viéndose adorable, y en como Renato me miraba, excitado y... codicioso; creo que se preguntaba qué se sentiría tener esa verga en la boca. Tonto, en lugar de probarlo... pensé hundiéndome en su entrepiernas otra vez, comiéndome todo su grueso tolete; dejándolo lleno de saliva y jugos resollé en su pubis peludo.
-Espera, no me saques la leche todavía... -gruñó Renato, poniéndose de pie, desnudándose totalmente excepto por los botines.- Párate... -le ordenó a Enrique, desnudándolo, creo que con mucha premura, tal vez soñando con hacerlo desde hace siempre, así como yo soñaba con eso, con tenerlos al alcance de mi boca. Lo obligó a ponerse de rodillas, dándonos la espalda en el banco.
-Oye, no... -se alarmó por un segundo.
-Cállate. -le ordenó Renato, mirándome, con sus manotas en las nalgas del amigo, abriéndolas, exponiendo el culito cerrado. Noté como se estremecían esos glúteos, tal vez por los recios dedos clavados en ellos.- Comételo. Lávale bien ese culo. Pasa esa lengua de puta viciosa sobre su ojete.
Ni lo pensé, con un alarido ahogado caí sobre esa raja sudada, lamiéndola, recorriéndola toda, antes de cerrar mi boca hambrienta sobre el tembloroso culo que me supo a gloria mientras lamía, chupaba, besaba y hasta mordisqueaba. Tener mi cara enterrada en sus nalgas hizo gemir putonamente a Enrique, quien se tensaba, agitando un poco su trasero, buscando que mi lengua le diera más de ese placer inesperado que disfrutaba al sentir su agujerito bien atendido por la lengua de otro carajo. Y Renato mirándolo, sonreía, mientras empujaba mi cara más y más contra ese hoyito caliente, atrapándome por la nuca. Nuevamente lo miré y creo que quería darle tremendo jamón a su pana del alma, besándolo. E imaginarlo a los dos dándose lenguas, tan viriles y rudos, conmigo entre ellos mamando sus güevos, me hizo temblar.
Poco después Renato, al lado de Enrique, competía con este por las atenciones de mi boca viciosa, que lamía de uno al otro, tragando, comiendo, saboreando. Los oía gemir, sentía como se estremecían y tensaban. Mirar desde mi lugar esas nalgota velludas que iban y venían buscando mi lengua que les entraba hondo, me tenía loco de ganas. Renato casi quedó sentado sobre mi cara. Y la cosa era tan caliente que Enrique comenzó a correrse, y sin pensarlo o que me lo ordenaran, metí mi rostro entre sus piernas y bebí cada gota salina, dulce, de néctar; Dios, qué rico sabía el semen sobre mi lengua. Me calenté tanto, y más al tomar también la de Renato, quien me clavo el güevo hasta la garganta, que me corrí en mis ropas. Ahora llegaba la cordura, los jadeos incómodos. Yo estaba todo bañado en semen, sin saber qué esperar. Renato me miró, serio.
-Mañana vas a rasurarnos los culos. -dijo seco.- Y luego veremos el tuyo, espero que lo traigas afeitadito y que te asegures de que haya algún lubricante por ahí. De ahora en adelante, para lo que salga, eres nuestra hembra, ¿okay? Después de cada práctica o juego quedamos mal y necesitamos a quien clavársela. Tú eres el afortunado, ¿estás de acuerdo?
-Claro, papi... -gemí sintiéndome morir de dicha.
Julio César.





