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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
MI NOVELA...
LUCHAS INTERNAS… (10) (30-06-2008)

   ¿Es difícil entender por qué fantaseaba con él?

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.

   -Yo... hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.

   -¿Sabías que lo harían?

   -Era lógico. Era eso o... defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él... tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.

   -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que... entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?

   -Es sólo un rumor. Una denuncia. Algo de política. -suena angustiado y exasperado.- Por Dios, no me extraña que los socios te peleen. No estás dirigiendo un té canasta de la Iglesia. Es un bufete de abogados. Debes tener en cuenta tus prioridades. -se inclina hacia él.- Debes moverte con cuidado o Frank Caracciolo te sacará de allí, con el beneplácito de todos. No dejes que Frank te acorrale. Abre los ojos...

                                                               ....................

   Las sombras caen sobre Caracas. Todo el que quiere vivir la noche, sale lo más arregladito que puede. Es una noche muy cálida, vibrante. Embriagadora. Hombres y mujeres buscan un escape en un país tenso, cercado de problemas, con un Gobierno que desgobierna, amenazando, gritándoles a todos, retando al mundo, y sin resolver un sólo problema real. La gente vivía con cierta urgencia, con desesperación, como sí cumplieran la máxima aquella de: a tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar.

   En un botiquincillo íntimo, no feo o vulgar, Eric (con cara de dolor de muelas), Sam, Lucas, Néstor, Alirio y Renato, toman cerveza alrededor de una mesa. Discuten sobre el negocio que tienen y que iniciaron hace dos años, una constructora. Las cosas no iban muy bien que digamos, toda la rama de la construcción atravesaba una crisis. Sin embargo Lucas  pensaba en un proyecto propuesto por la gobernación del estado Miranda para la construcción de unas casas en zonas rurales. No todos parecían convencidos aunque Lucas insistía.

   -Debemos hacerlo. La compañía necesita activos. -dice el hombre a la defensiva.

   -Desde que te conozco, la compañía está al borde del desastre y necesita activos. -se queja, no muy hostil, Néstor Lobo, tomando su cerveza.- Parece que no te sabes otra letra.

   -Escúchalo, él y tú dirigen igualito. -bromea Sam con Eric, quien hace una leve mueca.

   -¿Y a ti qué te pasa? Tienes una cara de dolor de bolas desde que llegaste. ¿Irene no quiso dártela antes de salir? -se burla Alirio, riendo como conejo.

   -¿Por qué será que los que nunca encuentran una mujer ni para que les deje darle una güelida de cuca siempre hablan así? -lo reprende Lucas. Todos ríen.

   -Tú ni te imaginas cuantas me la dan. -bromea.

   -Si fuera así, no tendrías ese callo en la mano de hacerte la paja. -dice con voz lenta, Renato, guiñándole un ojo a Sam que ríe, pero que también piensa furiosamente para sus adentro mientras lo mira intrigado: ¿sería pato? Siempre lo desconcertaba.

   -Estoy bien. Al menos mejor que la compañía esta. -dice Eric, tomando su cerveza. Sam lo mira fijamente.

   -Entonces, ¿qué hacemos? ¿Trabajamos con la gobernación de Miranda o no? Ese Meléndez no es un mal gobernador. Por lo menos trabaja.

   Después de discutirlo un buen rato, todos aceptaron a regañadientes el tratar con la gobernación mirandina, aunque con reservas, ¡era tan difícil cobrarle a la gente en el poder!, para dedicarse a hablar sobre perdidas y ganancias, así como de la inversión que debían aportar para encarar a los contadores de la gobernación.

   -Tú me sacas más plata que mi mujer. -se queja, amargamente, Néstor.

   -También te da más que tu mujer. -ríe Renato.

   -¿Qué te pasa? Tienes una cara de caligüeva... -le pregunta Lucas a Eric, tomando más cerveza.

   -Los negocios. Sam tiene razón. Yo estoy con La Torre como tú con la constructora. Necesito más y más plata. -no nota que Sam le hace una seña como para que no hable. Alirio sí la nota. Sam piensa que no es bueno hablar tanto de las cosas internas de la firma.- La gente no está contenta conmigo. Dicen que filtro muchos casos y perdemos real. Pero es que esa gente a la que boto son unas ratas y yo no quiero... -calla como notando que habló de más.

   -Si no te gusta tratar con ratas y ratones, no debiste ser abogado. -sentencia Néstor.- Aunque a veces uno queda atrapado en sus pesadillas. Mírame a mi, urólogo. Y con el asco que me dan los carajos chinos. Si ellos supieran con cuanto desprecio los toco. -pone cara de asco y se estremece teatral. Algunos ríen.

   -¿Has ido a un urólogo? -le pregunta Sam a Renato a su lado, sin saber por qué.

   -Una vez. Ya conocía a Néstor, pero ni loco hubiera ido con él. -baja la voz acercándosele.- ¿Te imaginas todo lo que habría contado de mí en cuanto yo me fuera? -ríen escandalosos.

   -Y para colmo, la junta nombró a otro jefe. Un cojefe... -ríe.- Eso sonó a grosería, ¿verdad?

   -Como a coge jefe. -ríe Alirio, chillón.

   -Todo lo tuyo son cogidas, estás como obsesionado con eso. ¿Hay algo que no nos has dicho, Alirio? -le pregunta Néstor, tomando un buche de cerveza como para enjuagársela, tragándosela luego.- Habla con confianza, somos tus amigos y ya muchos te creemos maricón.

   -¡Güevón! -casi le grita, cuando una joven pasaba, mirándolos feos.

   -Dejen las groserías, pila de coños'e madres cogidos. -se burla Renato.

   -No te pongas así, papá. En el país todo va mal. -le dice Lucas a Eric, indiferente a la conversación de los otros.

   -¿Han visto las interpelaciones? -pregunta Alirio.- Eso da dolor de culo verlo. -se refiere a la pantomima montada por el Gobierno para interrogar a un grupo de personas ligadas o no a los eventos de abril que terminaron en la masacre, la caída del régimen y su resurgimiento, todo en ese desastroso año del dosmil dos.

   -Son unas ratas. -sentencia Sam.- Ahí lo que se debería estar buscando es quién disparó y mató a esa gente. El crimen fue asesinar a esa pobre gente desarmada. No marchar. -ataja duro. Eric lo mira, sintiéndose mal.

   -Es lo que yo digo. Que busquen a quienes dispararon, pero también a quien los contrató. Al que les dijo suban ahí que nadie los va a molestar, ni helicópteros ni Guardia Nacional. A quien le dio las armas y los entrenó. Alguien tiene que haber traído esas armas y entregársela a esos asesinos. En alguna parte debe haber un papel que diga tal día, tal sujeto compró tales pistolas o metralletas. Es a esos  coños'e madre a los que hay que atrapar y mandarlos a El Rodeo. -dice Lucas, mientras Sam nota que Eric se pone más y más tristón.

   Poco después, todos se despiden y se van. Sam se las arregla para retrasar a Eric...

......

   Las sombras solitarias de la construcción podían resultar alarmantes o deprimentes para algunos. No para Lucas. Él sabe de esas cosas. Él sabe qué de ese desorden, de ese caos, surgirá algo sólido, hermoso y funcional. Es su vida. Es lo que hace desde niño y le gusta. Es algo que él fabrica con sus manos, con su esfuerzo, con el día a día. Detiene el carro cerca del remolque que funciona como oficina en trabajos de campo. Es tarde, pero tiene que hacer esa llamada tan importante. Sonríe al recordar la última vez que llamó. ¡Como se alegrará cuando le cuente lo que había averiguado esa noche!

   Mira en todas direcciones. ¿Dónde estaba Pepito? Ese carajito no servía para guachimán. Lo contrató porque conocía a su papá desde hace tiempo. Bebían cerveza juntos de vez en cuando. Y ahora porque el muchachito había resultado caliente. Con un estremecimiento lujurioso recuerda los besos de esa tarde y las sobadas. Hacía tiempo que ningún carajito así, lo había excitado tanto. Pensó que ya no pasaría más. A pesar de su fuerza, de su porte vigoroso, ya estaba en los cuarenta y tantos. Tenía una vida hecha y debía enderezarla del todo. No quería que Socorro, su mujer, volviera a formarle un peo y plantearle la separación como cuando supo de Lupita. Y si sabía de Pepito, lo mataba.

   Entra al trailer, diciéndose que mañana hablaría con él. Debía ser más cuidadoso con la propiedad. Para eso le pagaba, no para que le diera el culo, aunque también se agradecía. La oficina está a oscuras, enciende una lamparita de mesa, un toque coqueto que desconcertaba a todo el que venía. No podía decirles que fue cosa de Lolita (otra más), Socorro podría saberlo. Toma el teléfono y marca una serie de números que parecen el de dos cédulas de identidad juntas, por la cantidad que son. Espera y más tarde relata lentamente los acontecimientos del bar a alguien. Calla. Oye. Responde. Aclara un punto o dos. Después de diez minutos, cuelga. Le sienta un poco mal hacer eso, hacérselo a sus amigos, pero...

   Bota aire, cansado. Nota que algo se mueve tras él, cuando se abre la otra puerta del trailer, por lo que gira con brusquedad en su silla, el hacer esa llamada lo llenaba de algo de culpa y cuando la conciencia no está tranquila, todo alarma. Se trata de Pepito, que le sonríe recostado en el marco de la puerta. El trailer está en penumbras y como del patio penetra la luz de una potente lámpara, Lucas ve que el joven, delgado y sonriente, viste únicamente una franelota blanca que le llega un poco por debajo de los muslos. Y que está desnudo debajo de eso.

   -¿No deberías estar de guardia? - le pregunta ronco, mirando la joven silueta, sintiendo como su güevo se endurecía bajo el pantalón. El cachorrito se veía bien caliente.

   -Eso hacía; vigilaba su regreso. -le sonríe traviesamente.

   -Mejor déjalo así, Pepito. Anda a ver televisión o a masturbarte... -intenta resistirse, pero sintiendo que el tolete le duele un poco de lo erecto que está dentro del pantalón. No puede olvidar que es hijo de un amigo. El chico sonríe, alcanza a notar la erección.

   -Lo que necesito, no puedo dármelo yo solo, aunque quisiera. -dice ronco, apoyando la espalda del marco con un aire de abandono, mirándolo lascivamente. Al coño, pensó Lucas.

   El hombre se para y va hacia él, que sonríe excitado y temeroso. Le nota le enorme tranca contra la tela del pantalón caqui. El hombre quiere decirle que es un error, que se vaya, o algo, pero lo recorre con la mirada, lo atrapa por un brazo y con rudeza lo atrae hacia sí. El joven con un leve jadeo de excitación, responde. Los dos se trenzan en un abrazo apasionado, caliente. Sus bocas se unen anhelantes. Lucas besaba con rudeza, con fuerza, experto. Su lengua invadía, lamía y atrapaba, mientras tragaba la saliva del otro.

   Pepe, con la boca intervenida, sólo podía jadear, sintiéndose débil ante esa tibia lengua que lo acariciaba tan íntimamente. Sin abandonar esa boca dulce, las manotas del macho recorrían la espalda del joven, sobándola, palpándola, clavándole los dedos. Finalmente cayeron sobre sus nalgas, aferrándolas con furia, intentando abrírselas, separarlas debajo de la franela. El joven chilla y eleva el rostro cuando el otro, dejando su boca, le atrapa el lóbulo de su oreja izquierda, mordisqueándola, provocándole oleadas de excitación. Los dos güevos erectos se frotaban uno contra el otro a pesar de la ropa.

   Cada uno sentía que la leche ya se le iba a salir de lo cachondo que estaban. Las manos del joven recorrían con ganas, con deseo de sobar y explorar, los pectorales recios del otro, aplastándolas contra sus tetillas graníticas, sintiendo el loco palpitar de su corazón. Mientras esas bocas desesperadas y hambrientas de placer y lujuria vuelven a unirse, Pepe se dice que este si es un machazo. Un carajo grande y viril. Ya tenía tiempo experimentando con amigos y compañeros de clases, pero eran sólo muchachos comparados con este tipo. Siempre le gustó; cuando iba con su padre y jugaban al béisbol y cosas así, él no podía apartar sus ojos de él, de sus entrepiernas, de su torso sudado. Si se quitaba la camisa o la franela, era una locura. Cuanto lo deseaba...

   Lucas se separa un poco, mirándolo lujurioso, sus manotas caen sobre el cuello de la franela y la hala, rasgándola con una facilidad abismal. El chico queda desnudo, jadeante, rojo y con el güevo erecto. El otro se lo mira y hace una mueca aprobatoria. Con un movimiento brusco, lo alza en brazos, llevándolo hacia el sofá. El joven lo mira respirando agitado, totalmente subyugado por él. Lucas lo deposita boca arriba en el sofá y cae sobre él, besándolo. Su lengua lo lame por los labios, la barbilla y las mejillas, saboreándolo con ganas. Se para y se quita lentamente la ropa. Su torso se ve agitado, subiendo y bajando, se quita los zapatos y pantalones. El bóxer muestra la gran erección. Se lo quita y nuevamente el joven mira el increíblemente enorme tronco. El hombre se agacha a su lado, le atrapa el güevo con una manota y su pulgar se frota de la roja cabeza. El chico jadea y gime, siente ganas de revolcarse. Cada paso de ese dedo despierta más deseos, más ganas. El hombre sonríe, ¡que caliente estaba ese muchacho!; bueno, era la edad, a sus años siempre se estaba caliente, siempre se quería amar y gozar del sexo, no tenía nada de malo.

   Saca la lengua y como quien lame una chupeta, la posa en la base, entre las bolas, El joven grita contenido. Las bolas se contraen dentro del saco. El güevo palpita, y mientras lo recorre muy lentamente, Lucas lo siente endurecerse y calentarse más. Lo siente rico contra su lengua, tiene la boca llena de saliva. Su lengua lame la roja cabeza y le da leves lengüetazos. El joven gime, sus piernas se tensan. La boca de labios gruesos rodea la punta de la cabeza y le da leves besos, lame lenta y profundamente. Y Pepe le parece que la vida se le va por ahí, una gota espesa de jugo sexual escapa, y Lucas la paladea, agridulce, salina, en su boca. Ese chico no va a aguantar mucho, pronto se correrá, se dice Lucas, estimulado al máximo.

   -Pepe, no soy un muchacho. Soy un hombre adulto, si te cojo... puede ser doloroso. -le dice Lucas mirándolo. El joven le sonríe.

   -Cógeme, papi...

   Lucas sonríe más, eso es todo lo que necesitaba oír. Se pone de pie y la tranca le resalta como una lanza. Negra. Nervuda. Enorme. Pepe contiene un jadeo de deseo, y su culo sufre un involuntario espasmo de anticipación. El hombre le atrapa con las manos los tobillos, abriéndolo, inmovilizándolo. Dominándolo. Mira al joven sonriente, mira su güevo blanco, sus bolas, la hendidura del culo; y el tolete se le vuelve de acero, mirándole el titilante agujero. Lo hala y las caderas vienen hacia él, hacia el borde del sofá. Se tiende algo sobre el joven y sus caderas suben y el culito queda viendo hacia arriba. Monta el tobillo derecho en su hombro, con la mano aferra su tolete y mira fascinado como la morada cabezota se frota contra la sonrosada raja, como se aprieta contra el lampiño y rojo culito. Pepe jadea sintiendo la suave, dura y tibia masa contra su entrada secreta.

   El carajo se calienta como nunca, le parece que no ha visto otro culo más bonito y deseoso de ser llenado, saciado. La negra mole se frota, empujando. Pepe jadea entre dientes. El tolete va clavándose lentamente. La cabeza se incrusta, caliente. El joven gime, eso quema y desgarra, duele un poco, pero lo enciende todo. Lucas gruñe; ese joven culito apretado, que se resiste, ahora comienza a apretarle y soltarle el tolete. Lo clava más. Pepe lanza un alarido, de deseo. Debajo de las piernas del negro, se ven sus dos bolas enormes, su tolete largo, grueso, tieso y nervudo, semimetido dentro del rosado culo de aquel muchacho que tiene las piernas muy abiertas. El hombre jadea, sonríe y apretando los dientes empuja más y más, clavándoselo con ganas. Pepe chilla, sus caderas se tensan ante el asalto, su culo aprieta más el güevo, queriendo pararlo, pero deseándolo también.

   Centímetro a centímetro, Lucas se lo clava  todo, hasta los pelos, sus bolas descansan sobre el nacimiento de la raja interglútea del otro. Pepe grita, sudando, revolviéndose sobre el sofá. El negro sonríe, lo ve hermoso así, caliente y deseoso de sexo duro. Echa el rostro hacia atrás y lanza un gemido, sintiendo como ese culito lo amasa, lo soba, lo chupa. Ese culo cálido quiere comérselo todo. Lo saca unos centímetros y se lo clava. Lo saca un poco más y vuelve a enterrárselo, agitándolo con la fuerza de sus embestidas que lo aplastan contra el sofá. Pepe chilla, agudo, con una voz de falsete, agarrándose el güevo, que teme le vaya a estallar por todas las deliciosas sensaciones que lo recorren, excitándolo más aún. Ese monstruo clavado en su culo lo hace casi sollozar cuando entra poderoso, quedándose allí, palpitándole adentro, calentándolo con su fuego mágico. Lucas, con un bramido, alza más los tobillos de Pepe, alzándole algo más las caderas, mientras su güevote va y viene contra el rico agujero. El güevo sale casi todo para luego clavarse con ganas, con deseos de aplastarlo y machucarlo contra el mueble. Sale y entra, enorme y vigoroso. El güevote brota del rojo culo como si fuera demasiado grande para él, es cuando Pepe gime, agudo, para luego volver a enterrarse todo, hasta que los crespos pelos púbicos del hombre se pegan del bajo bolas del joven. Lucas lo deja enterrado, mirando como las bolas del muchacho se agitan contra su cadera.

   Con esa tranca en sus entrañas, Pepe chilla, sintiendo como crece más, como palpita, como suelta algo caliente que le sube, llenándolo de lujuria, de más ganas. Su culito echa candela ante la invasión de esa tranca. Lucas le monta los tobillos en sus recios hombros, sus manotas bajan hacia sus nalgas, atrapándolas. Lo alza un poco, lo agita. Lo mueve. Pepe chilla, así siente que el tolete lo taladra más, moviéndosele adentro como una barra de candela. Sólo puede jadear, gemir y sudar, débil, dominado por ese macho que lo cabalga hacia la gloria.

   No pasa mucho tiempo antes de que Lucas repose boca arriba sobre el sofá. Pepe está sobre él, montado a hojarasca sobre sus caderas. Mira al hombre con deseo, sumiso, ardiente. El enorme tolete, erecto como un mástil, choca contra las blancas nalgas. Pepe eleva las caderas, sus nalgas están muy abiertas, el culito se ve cerrado, pero se frota contra la negra cabezota. Lentamente se lo va metiendo todo, jadeando feo, apretando los dientes. El culo baja y baja sobre la dura tranca. El otro pasa saliva, con deseo. Pepe jadea y termina de caer sobre el güevo, enculándose, empalándose hondo. El culo esta totalmente invadido con esa barra caliente. El hombre chilla bajo, apretando los dientes, siente ese peso rico sobre sus caderas; Pepe pesa, y su cuerpo tibio se siente delicioso, pero lo mejor era el culo que amasa, aprieta y chupa su güevo. Pepe sube un poco y vuelve a caer. Sube y baja, lentamente; pero luego con más fuerza, rítmicamente. Los dos jadean. El tolete sale y entra dentro del ardiente culo. La gorda tranca aparece y desaparece cuando el culito de Pepe sube y baja, viéndose pequeño para ese garrote.

   Vistos por una ventana, se habría notado las tensas piernas de Lucas, con sus dos bolas colgando, con las nalgotas abiertas del joven que sube y baja sobre la dura tranca. Cuando se lo mete todo, y Pepe chilla, sólo un pedacito de güevo se ve. La blanca y sudada espalda del joven se agita, subiendo y bajando. Pepe baja el rostro hacia el otro, sus manos caen a los lados de su rostro, echando el cuerpo hacia adelante. El culo sube y baja, con ganas, con fuerza. Frenéticamente. Parece un vaquero cabalgando sobre un potro, y a cada sacudida de su cuerpo, el güevo entraba y salía de sus entrañas hambrientas, pero bien atendidas ahora. Lucas jadea, medio levantándose atrapa el rostro del muchacho y sus bocas se unen en un beso húmedo y mordelón. Las caderas del macho  suben y bajan ahora, clavando al muchacho, cogiéndolo con rudeza. Ese culito caliente ya está más dilatado. Mientras salta y suda sobre sus caderas y su güevo, el hombre le atrapa las erectas tetillas y las soba, las aprieta, dándole más gozo al muchacho. El güevo del joven cae y se frota contra el vientre del macho una y otra vez, golpeándolo, masajeándoselo así.

   -¿Te gusta? ¿Te gusta...? -ruge bajito Lucas.

   -Hummm, sí... ahhh... ahhh... -gime el joven, sudando a mares.

   Lucas, caliente como el infierno, se medio sienta y atrapando al muchacho entre sus brazos recios, lo besa ardiente, con ganas, con lujuria. Lo deja clavado contra su tranca, que queda muy dentro del ardiente joven. El güevo palpita y se estremece, corriéndose dentro de Pepe en un estallido de vida, de sexo, de pasión. Pepe grita, sin ambages, sintiendo como esa cálida explosión lo inunda, haciéndolo casi desmayarse en los brazos del hombre. Lucas sonríe ante el chicuelo, jadeando, intentando respirar de nuevo, pero sintiendo una nueva oleada de semen que escapa de él. ¡Vaya chico!, tendría que atenderlo aún mientras se corría...

......

   Sam y Eric toman a solas sus whiskys. Eric amargado habla de que tiene ganas de mandarlo todo al coño desde que Aníbal y Ricardo lo citaron a aquella junta para decirle que reprobaban su gestión, para recibir luego a Frank y convocar a la nueva reunión donde casi lo echan. Comenta lo que habló con Germán sobre Guzmán Rojas y el general Bittar. Y que oír lo que dijo Lucas sobre la gente que disparó y los que les dieron las armas, lo deprimió.

   -Te dejas afectar muy fácilmente. -lo reprende Sam, palmeándole con rudeza, la espalda.

   -Ya hablas como papá. Estamos hablando de armas, de gente que dispara con esas armas y de gente que muere por esas armas. -suena dolido y amargo. Sam bota aire.

   -Entonces, lo que hay que hacer es sencillo: saber sí la firma tiene algo que ver con eso, ¿no? Tampoco a mí me agrada la idea de ser cómplice de asesinos, porque eso es lo que son en definitiva los que dispararon contra esa gente ese día, y quienes los mandaron allí. Creo que un buen inicio sería ir tras William Bandre.

   -Si... es lo que hay que hacer. -se dice como poco convencido. ¿Y sí La Torre...?, menea la cabeza. No quiere pensar en eso.- Y yo puedo intentar algo, por mi cuenta... -sonríe leve.- Te sorprendería saber a quién me presentaron hace cinco días en una cena. Pero no, no te lo voy a decir todavía. Voy a concertar una entrevista primero. -suena animado. Sam pone cara de preocupación. Algo lo inquieta.- ¿Pasa algo más? Tienes cara como de dolor de vientre. –se burla.- ¿Linda te los pegó?

   -Eric... se supone que ustedes tienen algo así como un maricarradar, ¿no?...

   -¡Sam!

   -... ¿Tú crees que Renato... es pato? -se ve chismosamente interesado, casi burlón.

   -¿Qué? ¿Lo quieres encular?

CONTINUARÁ...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:53:08 in MI NOVELA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
MI NOVELA...
LUCHAS INTERNAS… (9) (01-06-2008)

   El chico encontraría, debajo de todo, a un príncipe...

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para... -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré... intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño'e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo... gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y... -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

   -Pero, doctor... -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota... -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía. Nicolás no puede entender su furia, pero era simple: el hombre sabía para qué estaba ahí el joven. ¡Para vigilarlo! Norma quería asegurarse de tener un espía cerca de él. Y Aníbal lo había aprobado. Ah, pero ya se encargaría él de hacerle la vida miserable a la ratica esa; lo haría arrepentirse de trabajar para la vieja loba.

   Por su lado, Nicolás sale jadeando de la oficina. Se siente agotado y cae sobre la silla que se supone será la de su escritorio. Mira hacia la puerta de Frank con un odio terrible. Maldito miserable. Era un grandísimo hijo de puta. ¿Cómo se suponía que debía trabajar para él? Siente unas ganas horribles de entrar, gritarle que se meta su trabajo por el culo, pateárselo también sí se descuidaba, e irse de allí. Pero no puede. Llevaba cuatro meses sin empleo, y casi cuatro años de revolución habían destruido las fuentes de trabajo. Y él no tenía pasta de voceador para salir a vender discos o tostones. Casi siente ganas de gritar, ahora tendría que calarse a ese animal. Coño, ¿sería que su mala suerte no acabaría nunca? Ese carajo le gritó, lo vergajeó, barrió el piso con él  y encima le tiró una vaina que sí le da, lo saca del mundo. Y tuvo que calárselo. Nota un ardor traidor en los ojos; parpadeando, toma aire. Control, Nicolás, control. Nada de lágrimas, coño... no ahí; él podría salir y verlas.

.....

   Eric duda, viendo a Pedro aún a sus pies, mirándolo anhelante. El joven le pidió que lo cogiera, pero el abogado no sabe qué hacer. Nunca había hecho algo como eso, coger a otro carajo. Y no sabía sí podría hacerlo. No se puede luchar contra toda una vida de prejuicios, y meterle el güevo a otro tipo por el culo era uno de esos asuntos grandes que eran prohibidos.

   -No te pongas así, es algo rico. Muy rico. -le dice con una mueca libidinoso, levantándose, mirando a Eric a los ojos.- Hummm, un buen güevo en el culo es la gloria, pana. -aprieta los dientes tomando aire.

   El joven abogado está caliente, lo que más quiere en esta vida es continuar, saber qué se sentiría al fin coger a alguien como Pedro. Soñó tantas noches  con eso; pero ahora, mil prejuicios lo frenaban. Pedro parece entenderlo, con una sonrisa libidinosa le rodea el cuello con sus brazos y casi lo hala. A Eric lo han besado muchas veces, mujeres claro está, pero este halón era fuerte y  exigente, de macho; Pedro atrapa su boca con la suya y no lo deja huir. Eric pela los ojos impactado, sintiéndose enfermo; pero esos labios húmedos, suaves y tibios, aunque firmes, atrapan su labio inferior, lamiéndolo, mordiéndolo, mientras el cuerpo se frota del suyo. Repara en ese cuerpo fuerte, viril y  caliente contra él. Nota como el güevo de Pedro, que escapa de la tanga, choca y se frota del suyo, produciéndole chispazos de placer, de excitación, de desesperación. Con un gemido, Eric abre la boca y la lengua de Pedro, móvil y suave, entra a luchar con la suya. El abogado siente que todo le da vueltas, mientras sus brazos atrapan la espalda del otro, apretándolo más. Su lengua choca y lucha con la de chofer, y cada contacto, cada lamida, cada chupada le produce más deseo y excitación.

   Se dan un buen jamón, mientras las manos ansiosas de Eric recorren la desnuda espalda del otro, metiendo las dos dentro de la tanga, apretando y amasado esas nalgas, aplastándole más la cadera contra la suya. Es tanta la urgencia de su boca que ahora invade la de Pedro, lamiéndola toda y bebiéndose su saliva con tal avidez que el otro jadea indefenso. Como besaba, coño. Sus bocas se separan del mordelón y babeante ósculo. Se miran respirando agitados. Se separan y Eric se quita el saco, la corbata y comienza a abrirse la camisa, mientras Pedro sonriente, le abre la correa y el pantalón. No pasaron sino segundos antes de que Eric, totalmente desnudo, con ese güevo tieso como una barra de acero, cayera de espaldas sobre la estrecha cama de Pedro, empujado por él, que ríe. Eric se siente tonto, culpable, excitado y feliz. Mira sonriente recostado de la cama como el otro lo mira anhelante, quitándose la tanga.

   -Eres un carajo bonito, jefe. -dice ronco, Pedro.

   Se arrodilla a un lado de Eric y su boca golosa cae nuevamente sobre el tolete, tragándosela toda, con un gran esfuerzo bucal, para bajar por la gruesa y cálida barra. Eric, jadeando, mira como eso baja por su garganta, casi ahogándolo. ¿Cómo podía tragarse algo que era más grande que su boca?, se pregunta fascinado. Esa boca viciosa y húmeda, que deja regueros de saliva, sube y baja con ganas del pilón, mientras le abre más las piernas. El joven se lo saca de la boca, pega la lengua de la punta y baja, lamiéndola como a una rica chupeta. El otro gime agónico. Esa lengua lame y chupa los dos testículos, mojándolos de tibia saliva. Atrapa uno y lo mama como quien come mamón. Chupa e increíblemente la otra bola también queda atrapada dentro de la cálida boca. Las degusta, mientras con su mano masturba el tronco de gimiente Eric. Nunca le habían hecho algo así. Esa boca le produce dolorosas cosquillas a sus pelotas. Inclinándose entre sus piernas, Pedro deja las bolas, lo mira anhelante y el otro entiende que es lo que quiere.

   -Acuéstate... -dice ronco Eric, palmeando la cama a su lado.

   Con una sonrisa de excitación y expectación, Pedro cae a su lado, boca arriba en la cama. Eric cae sobre él, atrapándole la babilla con una mano y besándolo. Su lengua entra decidida, con ganas, perdido ya todo reparo en besar a otro carajo. Los dos se besan en una lucha de lenguas, frotando cuerpo contra cuerpo, sintiendo el sudor, calor y dureza del cuerpo contrario. Eric lo obliga a volverse. Pedro tiembla todo, gimiendo de ganas por lo que viene, aunque iniciado hace poco en el sexo anal, ahora entiende que le encanta.

   Eric detalla su nuca, espalda, nalgas y piernas: es un macho. Alguien a quien tenía a su disposición, caliente por lo que él iba a darle. Soba la musculosa espalda, pero sus ojos están fijos sobre ese trasero lampiño. Sus dedos caen sobre esas masas, apretándolas, amasándolas. Pedro gime, casi mordiéndose los labios, esos dedos lo aprisionan y lo enloquecen. La mano se abre camino entre las nalgas, sobándole la raja interglútea, haciendo que Pedro chille en forma anhelante. Esa caricia lo enloquece tanto, haciéndolo querer más, que sus nalgas suben y bajan, girando en forma circular, queriendo frotarse más contra la mano caliente del otro, que sonríe al verlo tan ávido de eso.

   El abogado jadea muy excitado; ver esas nalgas que suben y bajan, abriéndose y cerrándose sobre su mano, hambrientas, lo vuelve loco. Se inclina un poco frente a las nalgas de Pedro, se las abre exponiéndole el rosado y arrugado culo, que se agita cuando un dedo se frota allí. Pedro chilla. Ese dedo se frota en la entrada de su culo provocándole unas cosquillas, un placer y un deseo sin límites. Eric lo oye gemir, lo ve agitarse todo, nota como suda, y con una sonrisa libidinosa le entierra el dedo lentamente en el culo. El otro jadea casi como en un sollozo, débil, sumiso, entregado al macho.

   Sintiendo como el güevo le palpita y babea, de lo duro y excitado que está, Eric se tiende sobre el otro, que abre boca y ojos, esperando. Eric levanta sus nalgas, donde la línea del bronceado es un poco más grande que la del otro, y enfila la cabeza de su güevote contra el culito. Lo mira chico, arrugado, cerrado, y por un leve momento vuelve a dudar. Pero era un hombre, un carajo que deseaba su güevo, y él quería ese culo. Había pasado años soñando con algo como eso.

   La roja cabeza hinchada se frota contra el culito. Pedro gime, asustado y anhelante. El güevo entierra su cabeza, lentamente. Eric siente que se resiste, que roza con fuerza. Pedro jadea más. El güevo es grande. La cabeza se clava dentro del apretado culito. Eric pasa saliva, sintiendo como ese pedazo de güevo es sobado y chupado por ese anillo. Pedro se agita, su culo se estremece de ganas, deseando que le entre más. Miren que está caliente, se dice Eric. Con una sonrisa empuja un poco más y el tolete va entrando. Pedro chilla levantando el rostro sudado. El güevo entra, hondo, profundo, duro, caliente. Entra todo, hasta los pelos púbicos.

   -Hummm... -jadea Pedro, ocultando el rostro en la cama, sintiendo la barra caliente taladrándolo.

   El culito resiente la dura entrada. Pedro chilla, eso le quema, le duele, pero al mismo tiempo una rica corriente de calor, de deseo, de placer, lo recorre. Siente como su güevo, sus bolas, sus tetillas y su boca, se calientan más. Eric está sobre él, pesado, viril, totalmente enchufado de ese hueco. Siente que ese culo le amasa el güevo, como ordeñándoselo. Lo siente caliente, como derretido. Y palpitaba, y a cada palpitación le sobaba más el tolete.

   El güevo del abogado se endurecía más, creciendo. Pedro chilla mordiendo la almohada. Eric levanta las caderas, el güevo sale un poco, y cae, cogiéndolo duro. Sube y baja, frotándose contra el joven, abriéndole el culo, poniéndolo más caliente y cachondo. El güevote sube casi todo, hasta la roja cabeza, para luego meterse con un movimiento rápido, aplastándolo contra la cama. Pedro jadea ya sin reparos. Su cuerpo vibra. Su culo se abre y cierra, tragándose el enorme falo. El güevo va y viene, aplastándolo, clavándolo, cabalgándolo. La cama cruje, el colchón se hunde y Pedro chilla que más, que lo coja duro, que le destroce el culo. Eric se calienta oyéndolo, aprieta los dientes y lo cabalga con furia, abrazado a su espalda y hombros.

   Si alguien entrara por esa puerta, habría oído los gemidos de gozos, casi putones, de Pedro gimiendo que sí, que lo coja más; habría visto sus piernas muy abiertas, con el güevo aplastado hacia abajo, con sus bolas colgando sobre él. Habría visto las musculosas piernas de Eric sobre las suyas, abiertote también, habría visto su culo abrirse y cerrarse mientras subía y bajaba las caderas contra las nalgas del otro. Habría visto sus bolas colgando, golpeando contra las nalgas del joven a quien enculaba. Habría visto el enorme manduco que salía totalmente, dejando por un segundo el culito abierto como una ‘o' del otro, para luego caer sobre el mismo, abriéndolo más. Le habría parecido increíble al mirón creer que semejante tolete, largo y grueso, pudiera entrar allí. Pero así era. El culo se abría y cerraba espasmódicamente sobre la tranca. Quería atraparlo dentro de él.

   Eric suda y jadea, enloquecido de placer y deseo sobre la espalda de Pedro, que gime y se revuelve bajo él. Eric tiene su pecho pegado a la cálida espalda del otro, provocando un punto muy caliente lleno de sudor. Su culo sube y baja, rítmica y vigorosamente, enculando al joven que gruñe. El culito del chofer sube y baja con esfuerzo, buscando más de ese tolete rojizo que se clava hambriento dentro de sus nalgas. Eric le muerde un hombro, le mordisquea una oreja. Lujurioso, Pedro se medio vuelve hacia él, sonriéndole, cachondo, y sus bocas se unen ahora, sin tabú, sin repugnancias. Le lengua de Eric entra en esa boca, atrapando la vibrante lengua del otro, chupándola ruidosamente.

   Con un alarido de placer exacerbado, Eric se tiende sobre su costado izquierdo, llevándose consigo a Pedro, quien queda igual. Eric obliga al otro a flexionar su pierna derecha, dejándole expuesto el ojo del culo, el cual es taladrado así, desde atrás, por Eric. El güevo sale casi todo y vuelve a meterse, profundo, fuerte, meciendo al chofer con las embestidas. Pedro chilla, débil, sin fuerzas, sintiendo como cada nervio de su cuerpo vibra de placer, su cabeza cae en la almohada, cerrando los ojos. Eric aprieta los dientes, gozando con furia, cogiendo a ese carajo. Su güevote grueso se mete con ganas, quedándose ahí, agitándolo dentro, provocándole alaridos de placer agónico al otro. Cogiendo con ganas, Eric le levanta más la pierna, el güevo de Pedro se ve erecto, sus bolas cuelgan hacia abajo, y más abajo, el dilatado culo echa candela mientras el largo tolete del otro lo penetra. Su boca cae con furia sobre una tetillas erecta de Pedro, mordiéndola con fuerza, mientras lo coge más. Todo su cuerpo se tensa. El güevo parece una barra de acero que comienza a temblar, la mente de Eric queda cesante, inundada por corrientes de placer infinito.

   El güevo vomita una abundante ración de leche caliente en las entrañas del otro. Eric siente los espasmos y temblores del clímax y todo él se estremece de placer. El güevo aún esta clavado profundamente, sintiéndose húmedo y pegajoso. El ardiente culo chupa esa leche. El culo se abre y cierra, como queriendo sacarle más al otro, mientras se traga el semen; pero es tanta, que algo de esperma sale del dilatado y vicioso agujero. Por otra parte, Pedro grita también, y su güevo erecto tiembla. Eric lo atrapa, codicioso y siente como se estremece, como endurece y escupe su cálida carga sobre su mano. Es tibia y pegajosa. Y de una manera extraña, excitante. Los dos jadean, agotados. Ahítos de sexo y placer. Se miran respirando con esfuerzo.

.....

   Media hora más tarde, Eric deja el cuartico de Pedro. No estuvo tirando otra vez, acostadote en la cama, dándose lengua con el otro carajo. No. Después del sexo (donde no usó preservativo ni un coño), se sintió culpable. Deprimido. Sucio. Sintió que hizo algo muy malo y asqueroso. Y fue consciente, a esas horas, de que llevaba mucho tiempo allí. Sí su madre volvía... o sí su padre se preguntaba dónde estaba si el carro llevaba un buen tiempo estacionado, se vería metido en un peo grande. Una vez alcanzado el clímax, no resistió la cercanía del otro, por lo que abandonó la cama y entró al baño. Tomó una ducha rara. Se refregó durante un buen rato, casi con rabia. Era una tontería, claro; lo que sentía que hizo no desaparecería con agua y jabón. No podía dejar de sentirse... malo, que había hecho algo muy malo porque no era una persona normal.

   Una vez vestido, evitó mirar al chofer, o tocarlo. Cuando Pedro se le acercó, tan tranquilo, en calzoncillo, como para abrazarlo o alguna otra mariquera, Eric se alejó. En forma vaga le deseó suerte y qué ya se verían por ahí, y abandonó la pieza casi a la carrera. Era más bien una huida. Pedro lo miró confuso. Y algo herido. Eric lo había tratado como... algo sucio. Halla él, se dice encogiéndose de hombros. Él tenía mucho trabajo con empacar y sacar todo de la pequeña pieza.

   Eric caminó muy lentamente hacia la casona. Se sentía extraño. Dividido. Intentó recordar algo específico de lo hecho, pero era tan feo y desagradable, que su mente lo bloqueaba. Bueno, lo hizo y ya. No fue tan bueno. No fue tan rico. Era más bien repulsivo. Eso zanjaba la cuestión de la sexualidad. Ahora podía seguir sin pensar más en lo maravillosos que sería estar en la cama con un carajo. Eso se acabó. Pero en eso, el joven se equivocaba. Sufría los remordimientos corrientes de alguien que hizo algo que durante toda su vida oyó que era malo, pecaminoso y sucio. Que los hombres no hacían esas cochinadas. Pero mañana... a solas en su cama, los recuerdos serían otros; la mente depuraría los eventos y sólo recordaría las agradables sensaciones que lo recorrieron cuando Pedro le mamó el güevo, o cuando él se la clavó por el culo. Y más en cuanto despertara nuevamente ese monstruo insaciable que en los hombres era la libido.

   Entra en la mansión y saluda al pasar a Jaime, el solícito ayudante de su padre. El hombre le indica que Germán está en la biblioteca. Eric le agradece con una sonrisa y sigue su camino. Jaime lo mira y mira hacia la puerta por donde entró. Vaya que tardó bastante el joven en cruzar desde los estacionamientos a la casona. Bota aire, ah, como cambiaban los tiempos, pensar que en sus días ver una pantorrilla de mujer era una locura, y las ganas de caerle encima eran una necesidad. Ahora los hombres... pero en fin, ya la señora se había encargado de Pedro. Meneando la cabeza, sin pensar por un momento en meterse o decir algo, el hombre va hacia la cocina. Seguro que pronto querrían café.

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.

   -Yo... hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.

   -¿Sabías que lo harían?

   -Era lógico. Era eso o... defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de

La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él... tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.

   -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que... entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?

CONTINUARÁ...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:45:48 in MI NOVELA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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LUCHAS INTERNAS… (8) (06-04-2008)

   El chico entró, lo encontró y enloqueció...

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

   El dedo entra y sale, cogiéndolo con ganas. Lucas jadea, y cuando Pepe se alza otra vez, su boca atrapa una de sus sonrosadas tetillas, lamiéndola, chupándola como un becerro. Esa tetilla crece más, palpita y se calienta. Pepe siente que se muere de gusto. Lucas lo mira fijamente, sus manos caen en los hombros de él, empujándolo por su cuerpo. Pepe sabe lo que quiere de él, y lo hará. Su rostro baja por ese cuerpo poderoso, mordisquea y lame una tetilla mientras baja. Su rostro queda frente al titánico tolete. Lo mira fascinado. La roja lengua emerge de sus labios y le da unos leves lengüetazos en la base, allí donde se empalma de las enormes bolas.

   Lucas chilla ante la rica caricia. Siente como las bolas se le encogen. Esa lengua recorre la gran vena, sintiendo el güevo palpitante, caliente, que se estremece. Lo encuentra suave, caliente y rico. Su boca cae sobre la hinchada cabezota lisa, brillante de líquido pre-eyacular. Lo encuentra sabroso, agridulce. Lo traga con una buena cantidad de saliva. Su boca rodea como puede la enorme cabeza, chupándola. Lo mama y comienza a bajar, pero jadea y se ahoga. ¡Es muy grande!

   Lucas se siente fascinado. Esa boquita sube y baja hasta medio tolete, no puede más. Pero lamía con ganas. Con una mano lo aferra masturbándolo, mientras le pega una buena mamada. Lo chupa, su lengua y su saliva, que corren por el tronco, lo estimulan más. Pepe gime, degustándolo, ese güevo sabe distinto a otros que ha mamado antes. La boca sube y baja, mamando y chupando el güevo del otro que jadea y le dice que sí, que siga mamando, que lo mame bien, que le saque toda la leche. Ahora el hombre sube y baja un poco sus caderas, su güevo va y viene contra esa boca ávida. Pepe siente que se ahoga cuando el tolete entra, atragantándolo por momentos. Siente que no puede respirar con la tranca clavada en la  garganta, pero su lengua aún se las ingenia para moverse y lamer más.

   -Oh, bebé, no aguanto más... -jadea Lucas caliente, bajando una mano y sobándole los cabellos al muchacho.

   Tiembla y se estremece todo, mientras su güevo escupe una abundante ración de esperma que el joven se traga como puede, pero es mucha y el semen corre por sus labios y barbilla. Lo traga con ganas, lamiendo aún la babeante cabeza. Lo encuentra agrio, como un rico yogur, que al bajarle por la garganta lo llena de más ganas de sexo. Se miran agitados.

   -Cógeme... -le pide como avergonzado.

   -No hay nada que quisiera más, Pepito, que tu culito estrecho; pero tengo una reunión de negocios. Tal vez más tarde... -le sonríe.

   No puede faltar a la reunión con los socios, pero le pesa un poco notar la mirada dolida de frustración del muchacho. Lo había mamado bien y merecía una recompensa. Lo tendería en el sofá y le mamaría también el güevo, y tal vez le lamiera también el culito. Debía tenerlo rico y una probadita nunca estaba de más...

                                                               ....................

   Frank Caracciolo mira con ojos críticos la amplia, soleada y hermosa oficina que Aníbal López le ofrece. El hombre le hace una relación de todos los casos pendientes. También él calla lo de Willian Bandre; no le dirá nada hasta que sepa lo que está pasando. Frank parece no oírlo, mira los cuadros, las alfombras, los equipos de sonido y video, y no parece estar muy impresionado. Aníbal lo nota y calla, quitándose los lentes que usa para leer las tarjetas en su mano. Espera a que el otro le preste atención. Frank parece notar su silencio censurador, y cayendo sobre el sillón, le sonríe en forma algo ampulosa.

   -Está bien, te estoy oyendo. Pero debo decirte que esta oficina no me gusta. Voy a hacer muchos cambios aquí.

   -Lo imagino. -es frío. Frank lo mira fijamente.

   -¿Qué te pareció lo junta?

   -Desagradable, como era de esperar. Pero no tan mala. Al menos la sangre no llegó al río.

   -Eric parecía muy molesto contigo. -sonríe ampliamente. Aníbal hace una leve mueca.

   -Diría más bien... herido.

   -Siempre fue un imbécil sentimental. Tal vez pensó que eras su amigo y que lo que hiciste fue una traición. -casi ríe. Aníbal no. ¿Qué piensa?, es difícil saberlo. Su rostro es granítico.- ¿Averiguaste sobre lo otro? -parece muy ansioso. Aníbal asiente, pero duda. Finalmente habla.

   -Sí. A Eric Roche le atraen los hombres y mucho. -Frank se pone de pie y grita salvaje.

   -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es un maricón! -se ve feliz.- Pero, ¿estás completamente seguro?

   -Se hizo una comprobación de campo.

   -Eres maligno y peligroso. -ríe en forma cruel.- Lo vamos a exponer ante todos. Ya quiero verle la cara cuando le grite maricón delante de todo el mundo. Ya quiero verle la cara al viejo Germán y a la vieja puta de Norma. -es soez. Aníbal bota aire muy suavemente. Censurador.

   -Te recomiendo que te muevas con cuidado. No manejas aún la firma. Sí cometes un error... sí te excedes y todos consideran que puedes llegar a ser un problema, te sacaran de aquí. No sólo los Roche, sino hasta tu padre. -le advierte. Frank se altera. No quiere esperar, quiere herir ya.

   -A mí nadie me dice cómo actuar.

   -Haz lo que quieras. -suena amenazante. Frank lo mira inquieto.

   -Está bien. Esperaré hasta tener algo que mostrar. Pero Eric tiene que irse de aquí. Eso de ser príncipe partícipe no me gusta. Quiero ser yo quien controle la firma.

   -Hay otro asunto del que quiero hablarte un momento... -dice frío, leyendo algo en una tarjeta.- Se trata de tu asistente. Hay un joven al que... -lo interrumpe.

   -Ah, no. Nada de un asistente. No quiero a un carajo molestándome por aquí. Búscame una nena toda llena de curvas, bonchona, reilona y putona. No importa que no sepa nada de nada.

   -Necesitas un asistente. -es frío.- Y este joven es uno de los recomendados de Germán. Ya sabes que le gusta ayudar a los hijos de los antiguos empleados, igual que a tu padre. La vieja puta de Norma, lo pidió como un favor especial. -lo dice mirándolo con elocuencia. Frank sonríe tenso, acusando el golpe por lo dicho a la mujer.

   -Está bien. Está bien, lamento haberla llamado así. Pero ya sabes como es esa mujer... -se incómoda.

   -Creo que por ahora sería apropiado llevarte bien con ellos. -es frío.- El joven es un mecanógrafo experto, sabe de contabilidad y de archi... -lo interrumpe.

   -Si. Está bien, es todo un oficinista. Pero yo no lo quiero conmigo. ¿Por qué no lo envías con Eric? Tal vez él y ese carajo... encontrarían intereses comunes de culos. -es grosero y ofensivo como un niño malcriado.- No me gusta que me impongan nada, Aníbal... -lo mira fríamente.- Ni siquiera a un asistente...

   -A muchos, no nos gustan muchas cosas, Frank. -responde exactamente igual.

   Frank nada replica. Aníbal parece creer que el asunto está zanjado, pero él no. Odia sentir que lo obligan a algo, que le imponen las cosas. Y más viniendo de los Roche. Ya llegará la hora de ajustarle las cuentas a Norma. Mira a Aníbal rencoroso; y a él, se dice; aunque no todavía. Su naturaleza salvaje y voluntariosa tenía que imponerse siempre; siempre fue así y no quería cambiar. Ni creía que cambiara nunca; lo que probaba que el hombre proponía y Dios disponía...

.....

   Eric no puede quitarse de la cabeza la idea de que La Torre se estaba metiendo en problemas muy delicados. La compañía siempre había bordeado el límite de lo poco elegante en cuestión de clientes y causas, eso podía entenderlo, pero siempre cuidando el buen nombre de la firma y los socios. Los casos, aunque discutibles, podían ser tratados. Estos clientes, Guzmán Rojas y el general Bittar, eran harina de otro costal. Eran gente... claramente maleante. No existía un término menos malos para gente como ellos. Por eso aprovechó la hora del mediodía para ir a la casona Roche. Tenía que hablar con su padre de ellos. Su carro entra en esos momentos a los estacionamientos. Distraídamente nota que no está el carro de su madre. Mejor. Lo que tiene que hablar con su padre era delicado, mientras menos gente oyera, mejor.  Sobretodo su madre.

   Recordar a su madre, y su carro, lo hizo pensar en Pedro Correa y en su amante homosexual. Sonríe algo picado por la curiosidad, ¿qué habrían terminado haciendo? Seguro que Pancho lo cabalgó toda la noche sobre la cama. Pedro parecía más que dispuesto a entregarle el culo. Mira hacia la pieza del joven y nota un movimiento, como si alguien estuviera allí, revisando algo en un cajón. ¿Quién podría ser? ¿Se habría metido alguien a la propiedad? Podría ser Pancho, pero, ¿sin Pedro allí? El abogado es un hombre de decisiones rápidas. Se dirige hacia la pieza. Oye una radio con poco volumen y a alguien que se mueve. Toma el picaporte y abre bruscamente. Frente a él se encuentra Pedro, desnudo, con una toalla en el hombro, con la que se frota y seca el áspero cabello. Eric se impacta y Pedro igual. El joven baja la toalla y se cubre las bolas con ella, no cubriéndose las caderas, sino el frente, como si lo hiciera con una mano, moviendo la boca sin palabras. Salía de la ducha.

   -Doctor Roche, ¿qué pasa? -pregunta alarmado el joven.

    Eric va a disculparse cuando mira a las espaldas del otro. Hay un escaparate (¡un escaparate en esta época!), con un espejo de cuerpo entero en la puerta. Allí se refleja la musculosa espalda de Pedro, así como sus nalgas firmes, paraditas y musculosas, con la franja más clara del bronceado en su piel canela clara. Esas nalgas atraen la mirada del abogado.

   -Disculpa, Pedro. Oí ruidos y como vi que no estaba el carro de mamá... no pensé que fueras tú, sino que alguien había entrado a la propiedad. -responde ronco sintiéndose idiota.

   No quiere, pero su mirada cae una y otra vez sobre esas nalgas; imagina lo tibia que debe estar la raja, y lo aún más caliente que debía estar ese culito fresco y recién lavado. Eric sintió como su güevo hormigueaba bajo el traje, palpitándole, pidiéndole ese culo.

   -Ah, eso. Lo que pasa es... -se ve tenso y luego ríe.- Un momento, ¿sí? -se inclina un poco y toma algo de la cama.

    Es un calzoncillo tipo tanga, de una tela anaranjada. Se ve suave. Erótica. El joven mete sus piernas en ella y la sube, cubriéndose el tolete que abulta con descuido. Eric siente la boca más seca. El chofer tiene un cuerpo delgado pero esbelto, con unos buenos pectorales de pezones desafiantes, propios para ser atrapados por una boca ávida. Su abdomen era plano. Y la tanguita resaltaba sobre su cuerpo bronceado. A Eric le encantaba ver carajos adultos, grandes, viriles y machos, así, enfundados en pequeños bikinis que ocultaban y ofrecían deliciosos y secretos placeres al paladar.

   -¿Pasó algo con mamá? -pregunta ronco, intentando no mirar el pequeño bikini.

   -Si. Me despidió. -suspira desalentado. Eric lo mira asombrado.

   -¿Mamá te botó? ¿Por qué? -el joven duda mucho. Mira a Eric y parece medir lo que dirá.

   -Digamos que a su mamá no le agradaban... mis amistades. -dice evasivo. Eric arruga la frente, irónico.

   -No irás a decirme que te encontró en la cama siendo enculado por Pancho, ¿verdad? -lo desconcierta.

   -¿Cómo sa...? Es decir, yo no... -se turba. Eric sonríe en forma divertida.

   -Los vi ayer cuando... te daba masaje en el culo. -dice con voz agresiva y alegre; no puede evitar sentirse algo caliente. Pedro sonríe leve.

   -Bien. Ahí lo tiene.

   -¿Y te botó por eso? Creo que a nadie pueden botarlo por... -duda.

   -No me botó. Me dijo: renuncia o le digo a Germán. Y yo realmente prefiero irme a sentir que don Germán se siente... defraudado de mí. Prometió  que me ayudaría a encontrar algo fuera de aquí. -Eric asiente. Así era Norma, no daba chances ni canales de escape.

   -Lo siento. Espero que te vaya bien. -dice como despidiéndose. Pedro lo mira de arriba abajo, como descubriendo que es un carajo guapo.

   -Espere, doctor Roche, ¿no va a preguntarme como me fue ayer con Pancho? -pregunta ronco, sonriendo como desafiante. Eric nota como el tolete se mueve un poco dentro de la tanga. Debería irse. Eso era muy  peligroso. El espejo muestra las nalgas paraditas  semicubiertas por la tanga, y se ven acariciables.

   -¿Fue bueno? -pregunta ronco, deteniéndose en medio de la pequeña pieza.

   -Hummm, fue rico. -dice mórbido, con ojos nublados, el tolete abultándole poco a poco.- Siempre pensé que eso podría ser sucio, o doloroso... pero fue muy delicioso. Sentí que cada parte de mi gritaba y pedía más. Pancho me cabalgó durante casi toda la noche. No se cansaba el muy caballo.

   -Parece que tienes un culo muy hambriento, amigo... -traga saliva, ronco, sorprendido él mismo de decirlo.

   -Y caliente. Eso dijo Pancho. ¿Sabe como comenzó todo? -dice mirándolo a los ojos.

   -¿Te pidió el culo?

   -Es un cerdo, quería que lo trabajara un poco antes así... -le sonríe con ojos brillantes.

   El joven cae de rodillas frente a Eric, mirándolo con ojos húmedos de lujuria y deseo. Sus manos caen en las caderas del abogado, el cual se siente excitadísimo, sintiéndose agarrado por ese joven y atractivo carajo en tanga, cuyo tolete intenta escapar. Con un gemido de deseo, la boca de Pedro cae sobre su pantalón, atrapándole la cabeza al güevo bajo la tela. Eric casi grita, esa boca es cálida, y mordisquea y chupa sabroso, produciéndole cosquillas y placer sobre la dura barra. Esa boca lame la tela, la muerde, chupa la figura dura y palpitante. Una mancha de saliva se dibuja en la prenda de vestir.

   Pedro se revuelve con ansiedad. Su boca atrapa ese güevo una y otra vez. Su mano lo atrapa, apretándolo fuerte. Eric siente que se muere. No puede pensar. Todo le da vueltas, está en la casa de sus padres dejando que otro carajo lo sobe. Con manos febriles, Pedro le abre la correa y el pantalón, bajándolo. El calzoncillo blanco, no tan chico, deja ver la enorme figura que levanta la tela. Esa boca cae hambrienta, mamándola y chupándola. Las manos de Pedro le atrapan las nalgas mientras su boca desesperada sigue mamándolo sobre la telita.

   -Hummm, si chúpala. Anda. Chúpala. Cómetela. -jadea ronco Eric, mirándolo casi mareado.- Trágatela, mamagüevo...

   -Te voy a sacar la leche, papito. -le sonríe Pedro con un aire totalmente putón, caliente.

   Las manos de Pedro le bajan el calzoncillo y el güevote, largo, grueso, rojiblanco y erecto sale disparado, golpeándolo en el rostro. El tolete está muy rígido y caliente. Pedro jadea excitado y lo atrapa con una mano trémula, masturbándolo, sintiendo su dureza, su tamaño. Eric casi se desmaya, siete como las piernas le tiemblan. Esa mano sube y baja, cubriendo y despejando la roja cabezota. Pedro la mira fascinado. Su boca va hacia ella, saca la lengua y le da lentas y profundas lamidas, como quien saborea una chupeta. Eso provoca oleadas de placer que recorren a Eric de arriba abajo, haciéndolo jadear.

   -Trágatela, güevón. Quiero ver como te la comes. Trágatela toda... -jadea ronco.

   Pedro, a sus pies, arrodillado y sometido, le sonríe con placer, con deseo. Su boca se abre y rodea la roja cabeza, cubriéndola, mamándola, chupándola larga y ruidosamente. Eric grita ahogado. Lo mira como asustado, pero es deseo. Esa boca baja sobre la rígida y nervuda tranca. Mamándola centímetro a centímetro. De la boca caliente y húmeda de Pedro sólo escapan ahogados ‘hummm' de placer. Pedro nota como ese güevo, que se traga casi todo, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo, crece más y palpita con un calor horrible. Percibe como el dulce néctar del macho le baja por la lengua, haciéndolo gemir y desear más. Quiere más. Quiere que ese güevo le de gusto. Todo él responde a la rica tranca. Su cuerpo se tensa, caliente. Su güevo y su culo palpitan, mientras su boca va y viene, mamándolo con fuerza, manando saliva.

   Eric jadea agónico, mirando a ese hombre joven que lo mama con ganas. Ve que le gusta, que le gusta mucho. Y el tolete responde. Su güevo está más caliente que nunca. Ya había sido mamado antes (chicas), pero nunca así. Lo siente como si fuera la primera vez que lo chuparan. Ver al joven subir y bajar sobre su güevo, lo excita mucho. Se miran. La mano de Eric baja y atrapa la nuca del chofer, está sudado. Le acaricia la mejilla y siente la sombra de la barba del otro. ¡Otro hombre le estaba mamando el güevo! Cerrando los ojos, Pedro sube y baja con ganas sobre el tolete. Su cuerpo va y viene. Suda a mares. El chico atrapa el tolete; lo lame con la lengua, de punta a base y nota como se estremece. El joven mira las bolas y las lame con furia. Atrapa una dentro de su boca cálida, como quien come uvas. Desde allí mira a Eric, con el otro testículo en su mejilla y el tolete cayéndole sobre el rostro. Lo atrapa y se da golpecitos con él sobre los labios y las mejillas.

   -Tienes un güevo rico.

   -Eres un gran maricón.

   Nuevamente se lo mete en la boca. Cerrando los ojos, Pedro recuerda todas las veces que iba al gimnasio que estaba cerca de su casa y miraba a los físicoculturistas. Echones, tetones, culones. Todos en sus tanguitas. Cuantas veces quiso caer así, mamándolos, comiéndose sus güevos, mientras ellos lo rodeaban. Todos muy viriles y grandes, todos con sus güevos erectos frotándolos contra él. Esa fantasía hace que su boca se llene más de saliva, que rueda sobre la dura tranca. Imagina a tres, cuatro o cinco carajos, todos con las trancas duras, calientes, dándole en la cara, esperando que los mame. Los imagina a uno y otro dándose sobos de tetas o dándose latazos, todos excitados mientras él los mamaba.

   Una mano de Eric baja por la espalda del otro. Siente la piel recia, musculosa, viril. Está sudada y caliente. Siente esa piel deliciosa al tacto, la piel ardiente de otro macho. Palpa cada músculo de esa espalda. Era un carajo, un carajo al que podía tocar, sobar, sentir... y que le estaba dando una buena mamada a su güevo. Oye como Pedro se ahoga, con la boca llena de saliva y tolete, que le baja por la ardiente garganta, mientras le hala y soba las bolas. Eric se inclina sobre él, atrapándole la nuca entre las caderas y el abdomen, le mira la espalda fascinado.

   La mano del abogado baja por el centro de la espalda, acariciando, palpándolo. Esa mano baja más y cae sobre la tanga, sobando con fuerza, con ganas, esas nalgas cubiertas. Pedro gime, putón, sintiendo rico la caricia. La mano palpa esas firmes carnes, cálidas. Siente la depresión de la raja. La mano se mete ahí, con furia. Hunde la telita y Eric juraría que el culito se estremecía. La mano soba la raja interglútea, y hunde más y más la tela, queriendo metérsela por el culo. La mano se mete dentro de la tanga, y Eric jadea, siente que esa piel quema. La mano baja por la raja, sus dedos frotan la hendidura  lampiña. Vaya, Pedro se rasuraba el culo, piensa caliente. Sus dedos llegan al ojito del culo, lo frota debajo de la telita. El agujerito tiembla y palpita, como una virgen temerosa y deseosa del asalto del bárbaro con su manduco erecto. Eric tiene la boca seca, cuántas noches soñó con hacer esto... El dedo medio se hunde dentro del culo, con suavidad, con ganas, con deseo. El dedo entra y Pedro chilla sacándose el güevo de la boca, sus  labios, mejillas y barbilla chorrean saliva y sudor. Está excitadísimo.

   El joven casi tiene que sostenerse de las piernas de Eric, como para no caer, mientras la mano en sus nalgas sigue agitándose, con lentitud pero con fuerza. El dedo de Eric entra hondo, palpándolo, sintiendo el culito que quema y se cierra palpitante sobre él. El dedo entra y sale, cogiéndolo. Pedro jadea y eleva el rostro. Eric se calienta más al verlo tan lujurioso, tan cachondo, tan deseoso de que otro macho le ponga preparo. El culito ahora sube y baja como buscando ese dedo.

   -¿Quieres... cogerme? -le pregunta con un jadeo Pedro, con rostro contraído de deseo y ansiedad. Le soba el güevote.- Entiérramelo todo en el culo...

.....

   Frank, en cuanto conoció a Nicolás Medina, lo odió. Cosa que no era rara, le desagradaba casi todo el mundo. La gente era tan torpe, tan poca cosa para alguien como él. Y este insignificante tipo le era impuesto por gente a la que despreciaba, semejante aval era suficiente para desear destruirlo. Pero fuera de eso, no le agradó, había algo en él que se le hizo... desagradable.

   Nicolás era un joven entrando en los veinte, no podía tener más de veintitrés, se dice Frank, quien siempre ha considerado a la gente (a los hombres, claro), menores de treinta, unos idiotas sin cerebros. Las mujeres eran otra cosa. Mientras más jóvenes, más apretados tenían el culito. El joven era alto, no tanto como él, delgado, del tipo esbelto. El cabello era castaño y parecía muy fino. Pronto sería pelón, se dijo con sombría satisfacción el abogado. Los ojos eran castaños amarillento. De rostro franco, buena gente y atractivo.

   Pero esa boca algo torcida, y esos ojos que lo miraban en forma despectiva, lo molestaron. Frank sintió rabia dentro de sí, al parecer al señorito Medina él, Franklin Caracciolo,  no le caía bien. Y aunque Frank era un cerdo, un ser detestable y despreciable, nunca parecía entender por qué había gente a la que no le agradaba. Le pasó con Eric casi desde que se conocieron hace una pila de años. También con Sam. Sam siempre lo... despreció, se dice con rabia. Y ahora este mequetrefe lo miraba como si fuera alguien inferior. Nota que lleva un traje algo grande, como si fuera prestado. ¡Un pobre muerto de hambre!

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para... -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré... intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño'e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo... gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y... -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

   -Pero, doctor... -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota... -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía.

CONTINUARÁ...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 01:18:46 in MI NOVELA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
MI NOVELA...
LUCHAS INTERNAS… (7) (04-03-2008)

   El casi ahijadito tenía su encanto, ¿verdad?

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

   Con un gemido, Eric se aleja un poco de él. ¿Qué coño hizo? ¿Se estaba volviendo loco? Había tenido sexo con otro carajo en un baño de la firma donde trabajaba. Cualquiera pudo entrar y encontrarlos así. Siente asco y rabia. Ahora José sabía, y lo peor es que era alguien a quien tendría que ver muy seguido. A menos de que lo botara. Lo mira fríamente. Siente rabia y unas ganas locas de golpearlo y echarlo de allí.

   -José... sí le cuentas a alguien... -gruñe ronco, alejándose de él y caminando hacia uno de los lavabos,  aseándose las manos.

   -No se preocupe, jefecito. Las cosas ricas no se cuentan o no se repiten. -sonríe.

   -¡No se repetirá! -es tajante. José va a su lado, aún frotándose la leche, que parece una crema facial. Eric se pregunta sí el otro habría bebido eso alguna vez.

   -Vamos, jefe. Sé como es esto. Ahora se siente mal por lo que pasó. Piensa que fue algo sucio y malo. Pero no es así. Hay cosas que uno quiere, y tiene que darse gusto, ¿no? ¿Qué tiene de malo sí uno quiere... mamarse un güevo y hay uno cerca? Nada. Cuando se le pase el susto y la rabia, sólo va a recordar lo sabroso que fue. Y volverá a querer más. Los hombres siempre queremos más y más sexo. Es tan rico y divertido... -suspira, cerrando los ojos en una mueca libidinosa. Eric se siente peor.

    -Esto no volverá a pasar. ¿Me entiendes? -casi le grita, saliendo a paso vivo, después de medio lavarse el tolete, no quiere heder en plena junta.

   José sonríe satisfecho. Ya sospechaba algo del jefe. Y que bueno, porque el carajo era bonito, para ser hombre claro está. Él tiraba desde los catorce años, comenzó pronto, y sabía cuando una muchacha o un muchacho, querían. Y Eric quería eso. Quién sabe desde cuando. Se lava la cara y piensa que hay carajos que se mueren por morder una buena tranca y pasan toda la vida sin darse el gusto, por miedo. Pero el jefe aprendía rápido. Ojalá se acordara de él cuando se decidiera a mamar güevos y a dar culo.

.....

   Si la junta anterior había sido inamistosa, esta sería francamente hostil, piensa Eric entrando retardado a la sala, donde ya se encuentran todos, incluyendo a Cecilio Linares. Todos lo miran. Frank, sentado como un rey al lado de Aníbal, mira elocuentemente su reloj para indicarle que llega tarde. Eric, pasándose una mano por  los cabellos, se disculpa y va a sentarse junto a Sam. Con esa mano sobó el güevo de José Serrano, piensa distraídamente; mientras Sam, en un susurro le pregunta dónde coño estaba. Él niega con la cabeza en el momento en que Aníbal se pone de pie, mirándolo con expresión afable, pero Eric sabía de su dureza. Es él, cosa que desconcierta a Eric, quien hace la presentación de Franklin, como otro socio del bufete, hijo de Manuel Caracciolo, cofundador de La Torre. Hace un resumen de los títulos, estudios y logros de Frank. No son pocos. Frank toma la palabra y agradece el recibimiento, dice que pondrá todo de su parte para resolver los muchos problemas que hay. Es pedante y desagradable. Sus palabras no caen bien dentro de muchos en la sala. Sam piensa que es un detestable hijo de puta.

   -Los problemas son muchos, pero todos corregibles. -dice Ricardo Gotta, mirando a Eric.- Creo que lo más prudente sería que... contáramos con dos presidentes... -es sumamente irónico.

   -Eso no es procedente, Ricardo. -estalla Sam.- Las complicaciones legales, así como de simple funcionamiento interno serían... -Eric mira a Aníbal y monta una mano en el brazo de Sam.

   -Déjalo así, Sam. Es evidente que ya Aníbal y Ricardo lo han decidido. Ir a una votación de la propuesta sólo sería un trámite ya resuelto entre ellos. -suena dolido. Traicionado. Frank sonríe, notándolo. Aníbal suspira cansino, severo.

   -No lo tomes como algo personal, Eric, sabes que... -comienza. El joven lo mira feamente y el otro se interrumpe, incómodo.

   -Es personal, Aníbal. Sólo espero que sepas lo que haces, y que no tengas que llegar a arrepentirte un día de esto. -bota aire.- Que sea como la junta quiere... -finaliza la cuestión, agrio.

   Frank sonríe y agradece. Mira duramente a Eric; sólo era un cobarde llorón. Ni siquiera intentó luchar. Se dejó vencer. La reunión continúa con una presentación de socios y casos, se le da importancia a aquellos donde hay mayores problemas. Sam se inclina hacia Eric que parece ausente y le susurra que no nombran a William Bandre y que minimizan los casos que lleva. Eric le sisea que calle, no quiere que se trate eso en este momento, y menos delante de Frank. No quiere que vaya a creer que la cosa está peor de lo que parecía. Aunque es posible que esté muchísimo peor, rumia para sí, el abogado.

   El joven debía darse por bien librado al no ser expulsado de la presidencia. En otras circunstancias la copresidencia sería un desastre, una ofensa terrible, pero en los actuales momentos... era casi un escape. La junta no lo descabezó. Pero eso era sólo por encima; todo  había sido doloroso, humillante y horrible. La junta había sentenciado que no servía para dirigir La Torre. Mira con odio a Frank, el cual escucha con atención, mucha a decir verdad, algo que Aníbal le cuenta. Nota que el malparido ese oye con respeto al negro, y que no lo trata con ese aire condescendiente con el cual trataba a todos. Igualmente observa que Ricardo hacía intentos por hablar con él, por llamar su atención sobre algo; pero que Frank, invariablemente, lo desairaba. Sólo oía a Aníbal. Ricardo parecía molesto por eso. La junta termina poco después y todo el mundo habla en grupos. Eric, con mala cara y dolor de cabeza, va hacia la cafetera y se sirve un poco. Frank va a su lado.

   -Lamento que la junta te halla tratado así. Me dolió. -se burla a su lado.

   -Vete a joder al coño. -susurra Eric.

   -Alégrate. Voy a resolver el problema que causaste. -Eric lo mira fijamente.

   -Frank, ¿qué has hecho en tu vida que se pueda decir que fue un éxito personal? Sólo has vivido a la sombra de tu padre. -es incisivo, sabe cuanto odia Frank ser comparado con el viejo.

   -Ya verás lo que soy capaz de lograr, cucaracha inútil, mientras vayas camino a la salida de la firma. -se sirve café.- Por cierto, ¿te gustó mi regalito? Lo vi y me dije... esto es lo de Eric. Seguro que lo hará muy feliz. -Eric siente una rabia fría, pero sonríe neutro.

   -En verdad no lo he visto. Con la desagradable sorpresa de verte anoche, lo olvidé en casa de Irene. -lo ve tensarse.- Pero no te preocupes, le dije que era algo que tú habías traído. -sonríe falsamente, alejándose. Siente el placer de verlo desconcertado por un momento.

.....

   En la California Norte, en medio de un solar a semiconstruir, tiene su negocio Lucas Rondón. Al hombre le ofrecieron el levantamiento de un minicentro empresarial. Sería una edificación más ancha que alta. La construcción debía ser sólida ya que una parte sería utilizada en laboratorios de rayos X, odontología y especialidades médicas variadas. A Lucas no se le ocurrió ni por un momento contravenir las especificaciones, el violar las normas en cuanto a materiales o medidas, o comprar materiales de segunda. Como un hombre hecho por sí mismo, sabía lo peligroso que podía ser para obreros, y más tarde, usuarios del centro si había fallas. Había visto demasiados accidentes por negligencia y rapiña de los contratistas. Jamás le haría eso a alguien como él, a un pobre diablo que estuviera de visita en el momento en que una obra colapsara.

   Ahorraba, claro está, en personal. Nada como esos jóvenes colombianitos a los que se les podía explotar al no contar con papeles o permisos. Era una práctica común, a pesar del sindicato. Y vaya que el sindicato era poderoso en esos momentos. El hombre, recién duchado vistiendo una camiseta y un short bermudas, mira todo. Ya cae la tarde y la gente se va yendo. Él también,  tenía una cita con los socios. Seguramente no les gustaría lo que tenía que decirles, sobre todo a ese tacaño de Néstor Lobo y al protestón de Alirio Fuentes. Con Sam y Eric no habría problemas, tampoco con Renato Mijares. Bota aire, con una mezcla de orgullo y pesar en su interior. ¡Su compañía!, esa era su compañía al fin. Tenía socios, claro, pero era él quien mandaba. Era suyo. Pero había problemas, el mercado de la construcción, siempre crítico por los precios y presupuestos, vivía su peor momento de los últimos años. Nada se hacía. Nada se construía... más bien parecía que las cosas iban para atrás en el país. ¡Cuanto daño podían hacer ignorantes y ladrones! Y sin embargo, Venezuela nunca aprendía...

   Entra en el trailer metálico que le servía de oficina y lugar de descanso en la obra. Se echa sobre un mullido sofá, algo ancho, al que todos llamaban el chinchorro. Era muy cómodo e invitaba a descansar y dormir. El carajo se tiende con las manos bajo la nuca. Sus ojos se cierran un poco, aunque no quiere dormir, y al ir deslizándose hacia el sueño, recuerda el duro camino que ha recorrido desde su Barlovento natal, hasta aquí. Siempre ha trabajado muy duro por tener lo que quiere. Pero el trabajo nunca lo asustó, su padre y su madre fueron personas que trabajaron siempre, y que hasta quisieron que él estudiara. Pero la vida era dura entonces y había que salir a ganarse la arepa, la propia, pero también la de los hermanos menores, y pensar más tarde en el reposo y descanso de los viejos.

   A Lucas le gustaba la buena vida ahora y podía dársela, le gustaba comer bien, vestirse, tener su casa, proteger a su familia, cuidar a sus hijos, darles estudios. Le gustaban sus dos casas, una de ellas en La Floresta, la otra en Higuerote; le gustaban sus dos carros, y pronto Josefa necesitaría otro, al iniciar la universidad. El orgullo lo ahoga por un momento. Sus tres hijos habían heredado su energía, las ganas de seguir, de alcanzar sus metas; no eran gente conformista, ni necios. Sus muchachos sí podían pensar, y hacer una relación directa entre un mal gerente y una mala administración. Josefa, por ejemplo, era furibunda enemiga del régimen, tanto que a él le asustaba a veces, porque veía angustia en sus ojos jóvenes y bonitos. Cada vez que había una marcha o una concentración, ella iba con sus amigas, y a él el corazón y las bolas se le encogían, sobretodo después de La Masacre de El Silencio, ese abril pasado. Pero Josefa era apasionada, y odiaba a los que, según ella, habían entregado el país, sin pelear al viejo y sanguinario dictador antillano, y a los que se llamaban neutrales, gritándoles cobardes; cosa que también él pensaba.

   En Barlovento todos lo llamaban negro pretencioso porque había conseguido cosas y  estaba orgulloso de ello. Lucas nunca entendió que alguien no quisiera trabajar y pretendiera tener cosas, como comida por ejemplo. Que alguien pretendiera o creyera que las cosas le caerían del cielo o de una mata. A su pueblito le faltaba tesón, ganas de luchar y vencer. Los muchachos se pasaban el tiempo pajareando sin trabajar, pisando la delgada línea de lo que podía ser ilegal. Era gente incapaz hasta de sembrar lo que más tarde necesitarían para comer. Y en una tierra próspera, donde si se sembraba una piedra nacían piedritas, nadie la trabajaba. Era mucho más fácil esperar que el vecino cosechara para robarlo. La excusa era siempre la misma, monstruosa e irresponsable: se metió a robar porque tenía hambre. Casi cayendo en el sueño, Lucas hace una mueca ante el desagradable y degradante recuerdo de su gente. Le avergonzaba y molestaba esa actitud. Un hombre tenía que trabajar coño, o si no, ¿cómo podía llamarse hombre? Finalmente su respiración se controla, se dulcifica. Duerme. Hay cierta penumbra y un aire frío en el trailer. La puerta se abre y aparece un joven delgado, de rostro pecoso.

   -Señor... -calla al verlo dormir.

   Es Pepe, hijo de un antiguo amigo del hombre, quien le dio trabajo allí por las noches como vigilante para que se pagara los estudios de día. El joven mira al gigante negro dormir. Lo sabe  cuarentón, pero lo ve musculoso, activo. El pecho del sujeto sube y baja, tetón. Su rostro se ve en paz. Pero lo que llama la atención de Pepe es la pelvis. El bermudas muestra una leve erección. Parecía que el jefe tenía un sueño caliente, se dice divertido y confuso. Nota que el tolete parece grande. El joven lo mira bien, va hacia él, cerrando la puerta. El güevo abulta de una manera escandalosa ahora, casi levantando la tela del bermudas como una tienda de campaña. El joven siente unas ganas locas de tocarlo, de sentirlo en su mano. ¿Sería tan grande y duro como se veía? Tiene la boca seca. Está acostumbrado a los chicos de su edad, de dieciocho a veinte años, en el liceo antes, en el centro universitario ahora. Sabía como eran sus güevos, pero éste parecía distinto. Imprudente, se medio inclina un poco sobre esa pelvis. En esos momentos Lucas abre los ojos y lo mira, casi sentándose con un bramido del susto al encontrarlo tan cerca de sí.

   -Epa, ¿qué pasa? -gruñe, sorprendido en mala forma. Pepe lo mira sumamente avergonzado, rojo de pena.

   -Nada, yo entre y... -vacila.- Estaba dormido y no quise despertarlo.

   -Y te quedaste viéndome el güevo, ¿no? -lo regaña.- Ay, Pepito, ¿qué te pasa? Mira que el compadre es bien arrecho y si se entera que tú andas en vainas raras...

   -No lo estaba viendo. -gime asustado de que su padre, otro carajo enorme como ese, lo supiera.

   -Pero si casi estabas sobre él. -gruñe Lucas, divertido y asombrado por el descubrimiento. Vaya con el Pepe. Lucas era un carajo sólido, grande, y en cierta medida estaba acostumbrado a que otros tipos lo miraran comparándose con él; y sabía que tenía una buena tranca. Y sabía que gustaba. Él, y la tranca...- Ven acá... -dice en tono amistoso, tomándolo por una muñeca y halándolo hacía sí. Pepe gimiendo, cae sobre él en el sofá, sintiendo su cuerpo sólido y poderoso.

   -Señor... -jadea sorprendido, pero caliente. Esos músculos lo enloquecían, así como el calor del otro, la dureza de su cuerpo.

   -Tranquilo, Pepito, quiero que veas mejor mi manduco. -dice ronco, excitadísimo. Se baja el bermudas y queda con un calzoncillo blanco grande, mostrando una barra titánica adentro.

   Pepe la mira excitado también. Lucas sonríe, se baja el calzoncillo y la negra tranca aparece, enorme, nervuda y realmente larga. Pepe la agarra con mano trémula y la aprieta, sintiendo la dureza y el calor. La soba. Al principio suave, luego frenético, sintiendo como palpita y se estimula con su mano. Lucas sonríe, jadeando. Esa mano lo aprieta sabroso, como sabroso es tener al joven medio sentado en su muslo izquierdo. Se miran y sus ojos hablan de pasiones y proposiciones. Pepe parece ardiente, y que desea eso con locura, un macho para él. El otro le sonríe como diciéndole que entiende, que lo sabe caliente y deseoso, y le dará lo suyo con pasión.

   Lucas abre sus gruesos labios, con el bigote de cepillo sobre su labio superior, y atrapa los del joven, que son suaves y tibios. Es un beso trémulo, como el que daría un hombre a una noviecita tímida. Esa boca se abre más y atrapa voraz, exigente, la del otro. Pepe gime, respondiendo con ganas al beso del jefe. Sus lenguas chocan en besos húmedos, lengüeteados y mordelones, mientras su mano derecha sigue aferrando y sobando la tranca. Lucas sonríe, terminando de quitarse el bermudas y el calzoncillo, la camiseta desaparece rápidamente. Está excitado. No es que persiga carajitos o los busque, pero tiene la sangre caliente y el güevo más ardiente aún. Siempre quiere usarlo, sentirlo, y un culito de muchacho nunca estaba de más. Nunca lo despreciaba sí se lo ofrecían, como Pepito ofrecía su oculta joya en esos momentos.

   El muchacho le mira las tetotas, los bíceps, el güevote erecto, la enmarañada mata de pelos púbicos, las dos enormes bolas que cuelgan. Lo soba, lo toca todo, sintiéndose feliz. Algo apenado se para, se desviste, Lucas mira la tanguita negra que usa, con ojos ardientes. Eso lo calienta más. Seguro que muchos lo han visto ya así, en tanga y caliente, y que todos habían deseado darle güevo, darle amor; pero seguro que sólo eran chiquillos como él.

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

CONTINUARÁ...

Julio César.

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LUCHAS INTERNAS… (6) (11-02-2008)

   Ese vigilante andaba buscándosela... ¿tal vez dentro del pantalón?

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás... Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente...

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella... sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric... distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.

   Mira hacia la noche, hacia los jardines. Hacia la pieza de Pedro Correa, el chofer. También debía ocuparse de él. Tenía que echarlo, y mientras más pronto, mejor. Pero debía hacerlo con tacto. El joven podría llegar a ser peligroso, se dice oprimiendo los labios con ira. Era una suerte que llegara a trabajar allí después de que Eric se fue de la mansión. Por un momento siente un sobresalto ante esa idea. Lo asociaba a otra circunstancia, a algo que no quería que Eric, o Sam, o cualquiera (la prensa, por ejemplo), llegara a saber. Pero sí, tampoco lo quería cerca de Eric. Y es un pensamiento que le pesa, que le duele. Mira hacia el cielo extrañamente poco iluminado por escasas estrellas, no buscando fe o consuelo, sino espacio. Se siente atrapada, rodeada por enemigos terribles. Pero era una luchadora, había vencido antes y volvería a vencer. Ni Eric, Frank o Pedro eran oponentes para ella.

                                                               ....................

   Muy temprano en la mañana, Eric revisa unos  papeles en su oficina. Quiere estar listo para los problemas que se le vendrán encima en la junta. El aparato de video repone el programa de una de la periodista mañanera de la televisión, la Colombina. La mujer con su tono seco, duro, agreste, despedaza en trozos chicos, y feos, las argucias del régimen que desgobernaba el país. En esos momentos habla de las imbecilidades que se empeñan en demostrar los diputados del régimen en la mal llamada Comisión de la Verdad. Eric oye fragmentos de lo que dice la mujer, y está de acuerdo con ella; ese gente era patética, sí pensaban montar un show mal actuado, debieron al menos enviar a gente menos rayada.

   En abril de ese año, la crisis política devino en un paro convocado por La Cúpula Empresarial del país, que sorpresivamente fue acatado por una gran cantidad de gente. En una de las jornadas de ese mes de abril memorable se convocó a una gran concentración que cruzaría la ciudad desde el Este hasta el Centro. Más de medio millón de personas se congregaron, pero la marcha no terminó donde debía, en una de las sedes de La Petrolera Nacional, sino que continuó al grito de ‘hacia Miraflores'. Esa gente fue recibida a tiros, desde puentes y azoteas. La Guardia Nacional disparaba contra ellos desde la calle, a la vista de todo el mundo, sin empachos o reparos, a quemarropa, bajo las órdenes del general que la dirigía en esos momentos, Balandrí. Esos hechos, la matanza ordenada bajo el nombre del plan Cábala, de procedencia maracayera, provocaron que el Alto Mando Militar le pidiera la renuncia al Presidente, cosa que éste aceptó, provocando un vacío de poder, del que un grupito pretendió sacar ganancias con un disparatado gobierno que intentó imponerse con decretos ilegales, que cualquier tonto sabría eran impracticables.

   Menos de cuarenta y ocho horas después, por impericia del grupo económico que quiso hacerse con el poder, y por las ambiciones de un general en Maracay que ya traficaba dinero y poder para la compra de casinos y canales de televisión, Buñuel, el Presidente regresó en un atrevido contragolpe; y en ese momento se habló de rectificación, de perdón y tolerancia, pero nadie con dos dedos de frente lo creyó. El régimen quiso aprovechar el momento para destruir de un golpe a toda la oposición, lazando la injuriosa acusación de ‘golpistas' a todo bicho viviente; lo más sucio que había en el diccionario revolucionario. Ahora la llamada Comisión de la Verdad, intentaba únicamente demostrar que fue la gente que marchaba, la que atentaba contra la paz y el orden, que eran delincuentes que debieron se frenados y que fueron asesinados por su misma gente. El delito no fue matar gente, sino marchar hacia Miraflores. Y los pistoleros debían ser protegidos por la fiscalía y tribunales antes de que alguien se preguntara quién los envió a puentes y azoteas con armas.

   Eric sonríe con ironía al mirar el rictus burlón de la Colombina al comentar la batuqueada que la periodista Ercilla Poletto les dio nada menos que el día anterior, haciendo notar que a la peligrosa mujer la trataron con pinzas, sin interrogarla a fondo y sin atracarla directamente. Esa mujer, no muy agraciada a decir verdad, pero de rostro enérgico e interesante, tenía la horrible costumbre de saber demasiado, y no temía decirlo en el pequeño periódico de corte político económico que dirigía. Llaman a la puerta.

   -Sí, Serena... -autoriza sin ver. Quien entra es el sonriente Sam.

   -Hola, pato, espero que notes que llamo antes de entrar. Así no te sorprendo en algo raro.

   -¿De qué hablas? -Eric que mira a la Colombina y lee un informe al mismo tiempo, no le entiende de momento.

   -No quiero entrar y encontrarte teniendo sexo con alguien aquí... -Eric lo mira con una mueca.

   -Eres tan ingenioso y tan divertido como un grano en las bolas. -dice seco.- ¿Averiguaste algo de William Bandre? -Sam lo mira con ojos brillantes de malicia.

   -Cuando te cuente... te vas a caer de culo. -Eric lo mira malévolo.

   -No creo que sea más sorpresivo y horrible que lo que yo tengo que decirte.

   -Vamos a ver. Sí, William Bandre lleva dos semanas sin aparecer por la firma en forma oficial. Antes de eso, llevaba dos mese sin venir, pero se comunicaba con su asistente. -lo impacta.

   -¿Lleva tres meses fuera? ¿Y cómo no lo sabíamos?

   -Porque es un agente de Ricardo Gotta que ni se reporta ni habla con nosotros. Pero eso no es nada. Bandre es el abogado dentro de la firma que lleva los asuntos del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. -termina teatral. Eric siente un verdadero escalofrío de miedo.

   -¡Coño! -sabe quienes son. Se miran.- ¿Y cómo esa basura entró a la firma?

   -Son clientes de la tribu de Saúl. Y sabes que en negocios, judíos y árabes se unen en este país como en ninguna otra parte del mundo. Un envío de la de Damasco; eran clientes de ellos. -Eric se recuesta de su sillón.

   -¿Los trajo Ricardo o Aníbal?

   -No lo sé, aunque es de presumir que si Bandre llevaba las cuentas, es cosa de Ricardo. -se encoge de hombros.- Sólo sé que ambos tienen juicios pendientes muy graves. Y William los lleva. O los llevaba. No sé ahora. Y si hemos de creer en lo que dicen Las Chicas Súper poderosas, esos dos tipos son unos coños'e madre. -termina álgido.

   Sam se refiere, irreverente, a un grupito de periodistas, todas mujeres, que le hacían la vida de cuadrito al Gobierno todos los días. Eran ellas las periodistas Marsella Salas, Ercilia Poletto, Ibis Pachán y la Colombina; quienes habían sido bautizadas así por otro periodista, Milingo, en clara alusión a las niñas de la comiquita, comparándolas con esas mujeres corajudas, resueltas y valientes, que no temían investigar y alzar la voz para dar a conocer lo que sabían o pensaban, en un país donde políticos, empresarios y militares se cagaban de miedo ante los gritos destemplados, y cada vez más irracionales que venían de Miraflores.

   -Según esas mujeres, uno es un traficante de armas muy peligroso, y el otro ha hecho del contrabando su mundo, desde las afeitadoras de bolsillo hasta las drogas.

   -Y sí esas mujeres lo dicen...

   -...algo de cierto hay. -termina Eric, sintiendo que la cabeza le duele.- ¿Qué dice Lesbia?

   -Nada sabe. O eso dice ella. Parece que él no está en Caracas. -Eric lo mira fijamente.

   -Esto es lo peor que podría pasarnos y en el peor de los momentos. ¿Sabes quién viene hoy, con voz, voto y mierda?: Franklin Caracciolo.

   -¿Qué? -estalla parándose.- ¿Estás loco? No puedes dejarlo. -Eric se molesta.

   -¿Crees que lo llamé yo? No digas maricadas. Fue alguien de la junta. Tal vez Aníbal.

   -Hummm. Más bien parece cosa de Ricardo Gotta. -disiente.

   -Como sea, la jugada es clara. La junta quiere un nuevo presidente. -lo mira intensamente.

   -No te deprimas tan pronto, pato. Algo puede pasar que te salve. Caracas está llena de mal vivientes, tal vez alguien robe y mate a Frank. -Eric sonríe abatido.

   -No intentes alegrarme con pensamientos bonitos. -mira su reloj.- Debe estar por llegar. La junta de hoy será apoteósica. ¿Crees que exijan que me suicide delante de todos?

   -Si te vas a dar un tiro, procura no salpicar. Este saco es nuevo.

.....

   La entrada de Frank Caracciolo a La Torre es un evento digno de la revista Hola. Parece un joven príncipe, altivo, elegante e increíblemente guapo. Sonríe con desdén a todos. Algunas chicas lo miran embobadas, claro, no saben lo mierda que es. El abogado camina por esos pasillos como un rey recorriendo su feudo. Cuando llega a una esquina en los pasillos del piso quince, una vieja bedel que coletea ahí, no logra retener a tiempo su trapeador que roza los zapatos del hombre, quien la mira en forma impactada. La mujer casi grita, sabe bien quien es, lleva años allí y conoce a la bestia.

   -Ay, lo siento, doctor Caracciolo, no lo vi venir y... -la calla con un grito.

   -Vieja imbécil, ¿es qué no ves lo que haces? ¿Dónde están tu perro y tu bastón sí es que estás ciega? -algunas personas se detienen y los miran, apenados por la mujer, sintiendo rabia contra ese troglodita, pero incapaces de hacer nada. Todos lo conocen, de trato y maltrato, o por referencias tan horribles que parecen leyendas.

   -Lo siento. Lo siento. -gime la mujer, agitada.

   -¿Por qué coleteas a estas horas? ¿No sabes que es la hora en que llega la gente que sí trabaja y no holgazanea? -la mira casi rojo de la rabia.

   -No puedo llegar antes. Tengo que prepararle desayuno a mis nieticos y enviarlos a la escue...

   -¿Por qué piensas que me interesa tu vida? -la interrumpe.- Si tienes cosas que hacer, levántate más temprano, vieja floja; con razón todavía estás coleteando pisos. Llevas como veinte años en esto. -la reprende. Ella va a hablar, casi llorosa y él levanta una mano callándola.- Ya. No me digas nada. Sólo métete donde no tenga que verte más. -y sigue su camino, muy molesto.

   La anciana jadea como sí hubiera subido corriendo por las escaleras los quince pisos. La gente la mira con aprecio y simpatía, pero si la bestia peluda de Frank le hubiera saltado al cuello para estrangularla, ninguno se hubiera metido. Y no sólo por miedo a perder el trabajo, sino la vida. Frank parecía muy capaz de matar a alguien con sus manos. Era un salvaje.

.....

   Eric y Sam se dirigen a la sala de juntas. Concuerdan que lo mejor es no mencionar frente a Frank nada sobre William Bandre o sus clientes. Esa gente preocupaba a Eric. Eran tan sucios y claramente delictivos que no se explica como alguien con un gramo de decencia podía hacer tratos con ellos.

   -Manejan mucha plata. -dice Sam, encogiéndose de hombros, explicándolo todo.

   -Que razón tan pobre. -se molesta.

   -Oye, somos abogados, se supone que trabajamos con gente que necesita ser defendida pues es acusada de algo. No vas a llegar muy lejos sí sólo quieres atender a gente inocente. -Eric mira una puerta por donde entra un silbante José Serrano. Un baño. Y él con la vejiga llena.

   -Te veo en la sala. Me estoy meando.

   -Pero si vienes de tu oficina. -se extraña. Eric bota aire.

   -Sam, esta junta es muy seria para mí. No me siento tranquilo, ¿bien? La vejiga la tengo encogida. -Sam sonríe y va a hacer una broma sobre cogida.- No vayas a decir tonterías, ¿si?

   Sam sigue su camino y Eric entra al pulcro y aséptico lugar. Mira de pasada y nota a José que lee algo con mucho interés en la pared de uno de los privados... y se sobaba el güevo sobre el uniforme en forma maquinal. Le abultaba. Aún a la distancia, Eric lo nota impactado. El hombre disimula y va hacia uno de los orinales y mea, sintiendo que el tolete le hormiguea un poco. José parece reparar en él.

   -Buenos días, doctor Roche. -dice ronco, Eric lo medio mira y ve la larga y escandalosa erección del otro sobre la tela caqui.

   -Buenos días, Serrano, ¿qué leías? -José duda un momento y luego lanza un suspiro.

   -Un poco de arte urbano. Un artista del grafito anda suelto por aquí. Estos baños se lavan de pe a pa cada día, después de todo es un bufete importante, pero estos letreros siempre aparecen aquí y en todos los baños. -señala algo.

   Eric sabe que tiene la junta, que José tiene una erección visible aunque actuara como sí no se diera cuenta, y que lo mejor sería irse. Pero la curiosidad al letrero y saber a dónde podía llegar toda esa rara situación, lo hacen dudar. Se lava las manos y va hacia él, que le sonríe en forma pícara. El tolete abulta en toda su longitud, casi podría decirse que es posible demarcar el nabo de la cabeza hinchada sobre la tela. Eric se asoma al privado. Hay dos letreros simples, vulgares y estimulantes. Uno dice: desahógate, mastúrbate aquí. El otro decía: sí las piedras del camino fueran güevos, ay, yo andaría de culo. Son simplones, pero poderosos. Eric también siente como el güevo se le endurece, como le crece, abultando contra su propio pantalón. José lo nota, sonriéndole de forma abierta.

   -Son raros, ¿verdad? Hacen que a uno se le pongan duros, sabrosito. -dice mórbido, con voz acariciante, sobándose suavemente el güevo sobre el pantalón, mimándolo. Eric siente la boca seca. Ve su mano enfundar el tolete con ganas.

   -Son simples y directos, para estimular una imagen poderosa y sensual. -gruñe ronco, mirándole la mano que soba la barra; seguro que la tenía muy dura y caliente, se dice excitado.

   -La tengo como una piedra... -dice ronco José.- ¿Quiere verlo? -le ofrece con un jadeo.

   Eric duda. Eso era una locura. Siente como su güevo se endurece más y le palpita. Ver los contorno de la verga del otro, lo afecta. Una mano de José, quien sonríe en forma excitada, cae sobre la mano de él, llevándola hacia su tolete. Eric, aterrado, excitado y sorprendido, siente ese güevote bajo su mano. José cierra la mano, obligando a Eric a cerrar la suya y que compruebe la dureza de su instrumento.

   -No, yo no... -jadea Eric asustado, intentando soltarse, pero sintiendo lo caliente de la barra.

   -No, jefecito. Siga... apriétemela. Me duele de las  ganas que tengo... -gimió José.

   Le aprieta la mano, obligando a Eric a apretarlo también. Eric tiene el puño casi cerrado alrededor de esa tranca que aprisiona toda. La siente caliente, dura. La siente palpitar, como agitándose ante su toque. Un calor terrible sube por su mano. Siente como su güevo, y hasta sus tetillas, se tensan. José jadea. Esa mano ahora se abre y se cierra sobre su tranca. Acariciándola. Sobándola. Masturbándola sobre la tela del pantalón.

   José con un gemido agónico, esa mano le produce dulces y desesperantes placeres, suelta a Eric y apoya la nuca sin fuerza en la pared del privado. Eric lo mira, apretándole el tolete. Sigue acariciándolo. Lo siente rico. José abre los ojos y lo mira con ojos nublados, caliente.

   -Es sabrosito, ¿verdad? Nada como la mano de otra persona sobre tu güevo. -y a la voz envolvente y mórbida, une la acción.

   Un brazo de José se cruza con el de Eric y su mano atrapa el güevo del otro sobre la tela suave del traje. Eric chilla agudo. ¡Era tan delicioso! Siente como su tolete se convulsiona, deseando más y más. Esos toques, esas apretadas rudas y viriles sobre su tranca, lo enloquecen. Allí estaban; mirándose a los ojos, cada uno sobando el güevo del otro. Muy cercas, excitados. Con una sonrisa, José abre su cierre y de la bragueta escapa una lanza de carne envuelta en una telita licra, barata, amarilla chillona. Eric la mira con la boca seca. Eso se ve rico y apetitoso. Y es lo que tantas veces había soñado en la soledad de su cama, tener a un macho así, a su alcance, queriendo que le hicieran guarradas. Y José las quería. Se notaba que ese pato quería acción.

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

CONTINUARÁ...

Julio César.

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Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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