Camino estrecho aunque muy recorrido.
-Ahhh... no lo sé, es muy grande... -jadeó sintiendo la increíblemente buena presión que lo llenaba de ganas, aunque también deseaba parar.
-Hummm... va bien. No falta mucho. Ohhh, Dios, se siente tan bien. fue lo único que se oyó, exigente y dominante (ahora mandaba él). No deseaba que terminara de entrar jamás, era tan rico...
-Oye, esto es peligroso, cualquiera podría entrar en la oficina y encontrarnos así. el corazón le tiembla, aunque todo lo demás estaba bien duro.
-Ah, no, jefe, ahora termine de meterla. Hummm... déle como es. No va a escapar ahora, ¿verdad? gimoteó Francisco, sonriente, agarrándose al escritorio, sonriéndole al serio tipo tras él.- Déle con todo.
Y suspirando, Martínez terminó de meterse... en ese problemón. Ahora, mientras comienza a ir y venir con furia... en sus recuerdos, entiende que cometió un error la navidad pasada al entrar en la oficina de su asistente, Francisco, y encontrándolo dormido de la rasca, de espaldas, vistiendo un hilito dental rojo, enloqueció, borracho también. ¿Cómo llegó ahí con ese hilito? No lo supo, sólo que estuvo tocando, pellizcando y clavándose... en la retina todo aquello, y desde ese momento ese carajito, que despertó, deseaba que lo clavara nuevamente allí. Qué lío, se dice, metido a fondo... en el asunto, pero sin desearlo en verdad. Quisiera escapar, alejarse y...
-Ahhh... cómo aprieta...
-Le dije que le gustaría, jefe. Déme más...
Julio César.





