Portada | Crea un blog gratis | Para buscar | Mandar a un(a) amigo(a)

SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
ENNIS DEL MAR HA MUERTO (18-07-2008)

     Al fin la paz...

   Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?

   Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho... creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra...

   “¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono... (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió... murió en un estúpido accidente.

   Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.

   Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama...

   “La cama... ¡Santo Dios!”

   Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo... desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.

   “No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado... como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?

   “Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.

   Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”

   Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de

la Luna hacía parecer todo más hermoso.

   -Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.

   Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.

   “Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.

   -¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.

   “Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.

   -Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.

   -No... no puede ser... -fue todo lo que pude susurrar.

   Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.

   Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.

   -Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.

   -¡Jack...! Puto Jack Twist... -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.

   Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí...

   Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo...!

   Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.

   -La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist...

Julio César.

..........

   Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.

   La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que... Que Dios los bendiga por siempre...

NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE

LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.

Publicado por Julio Csar a 03:18:20 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA… (2) (03-07-2008)

   ¿Quién no sentiría celos?

   La última vez echaba un cuento cualquiera donde Jack espera una noche en una cantina a Ennis, para verse, para ir a donde generalmente acudían para matar las ganas que siempre sentían el uno por el otro. Mientras esperaba, Jack reparó en un joven que lo miraba mucho. Recordemos todos que el vaquero de rodeos es un tipo increíblemente apuesto, y a su llegada, Ennis lo encontró como muy amistoso con el muchacho. Eso lo llenó de rabia y discutieron. Ennis dijo cosas terribles, y Jack le replicó con ese genio siempre tan vivo como tiene.

   Amigos que leyeron el cuento, me dijeron que era tonto ponerlos a pelear así, pero debemos recordar que esos dos estuvieron viéndose, a escondidas pero viéndose al fin y al cabo, durante veinte años, entre ellos debió pasar de todo. Además, me agradan las historias donde Ennis cela y sufre por Jack. Su cuenta con él no estará cubierta jamás, al menos en mi opinión. Debemos recordar también que después de una buena pelea...

..........

ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA...

   -No puedes salirme con eso, decirme que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace días. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas. –le reclama Jack, en la oscura y estrecha calleja.

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a los dos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiéndote, y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des... el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: ¡Jack, el marica! Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?: Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.

   -¡No me culpes de nada, hijo de puta! –gruñe incómodo, molesto consigo mismo, pero sobretodo con Jack.- Vienes porque quieres. Tú lo quieres...

   -Sí, porque quiero venir. Cuando paso tiempo sin verte... deseo estar aquí, Ennis, porque verte se me hace una necesidad. Pero me cansa ver la distancia que pones siempre entre los dos. La cautela con que me hablas, con la que me miras. Me molesta ver tu cansancio cuando estamos juntos en una cama y te hablo y piensas que sólo digo tonterías. Jamás te haría daño, no soy un sucio monstruo ni el marica necio que te marcará delante de todos, pero siempre temes que te lastime. ¡No lo haré! Sólo soy el tipo que de vez en cuando se deja caer por aquí y quiere estar cerca de su amigo, nada más, porque eso lo dejaste muy claro años atrás, que para mí no había nada más, que para mí no existía futuro. Sólo soy eso... tu amigo que viene de vez en cuando. Dijiste que sólo podíamos aguantar, y he aguantado todos este tiempo.

   -¿De verdad? –le grita al rostro, transfigurado por una rabia que Jack no entiende. La verdad es que un fuego malo consume el pecho de Ennis.- ¿Mi amigo que viene de vez en cuando? ¿Eso es todo lo que haces de tu vida, Jack? ¿Nunca has hecho más? ¿Que pasó durante los años que no nos vimos? ¿Qué haces en los meses que no nos vemos? ¿Sólo Lureen comparte tu vida? ¿Sólo ella entra en tu cama? –demanda saber con rabia.- En tu guantera, esos fósforos mexicanos, ¿de dónde salieron? ¿Desde cuándo están ahí? ¿De qué hablabas con ese tipito dentro del bar, tan sonriente? ¿Qué le decías mientras lo mirabas con fijeza? ¿Qué te decía él con su sonrisa boba? ¿Que tus ojos son bonitos, que tu sonrisa es maravillosa, comentaba sobre lo bien que hueles? ¿O hablaban de mujeres? ¿O de toros y caballos? –quiere saber, casi escupiendo al rostro de Jack, con furia.

   Para Ennis era una tortura permanente pensar en Jack cuando no estaban juntos. Había momentos en los que se enternecía recordándolo dormir a su lado, cuando deseaba besarlo y acunarlo con una ternura que le asustaba, pero la mayor parte del tiempo sentía un miedo que no expresaba nunca: ¿y si estaba con otro? Le quemaba en el alma el entender para sí que la única persona a la que amaba más que a su vida misma era precisamente otro hombre, pero no había podido hacer nada para evitarlo, no fue algo que quiso, no lo decidió. Un día vio los ojos de ese tipo frente a él, mirándolo con franca curiosidad frente a una oficina a la que fue en busca de empleo, y supo en ese instante que estaba perdido. En ese momento pensó en huir, pero temblando, había decidido esperar, porque le gustaba mirarlo y en su inocencia de muchacho tonto pensó que con eso bastaría para sentirse bien, con sólo estar a su lado y mirarlo cuando él estuviera descuidado. Ahora le atormenta pensar que a ese otro hombre no le bastara uno que otro encuentro al año para ser feliz, y que busque por ahí, por fuera, lo que no encuentra con él.

   -No estaba haciendo nada malo. –grita molesto Jack, con el rostro muy rojo, arrecho realmente, dejando salir su temperamento explosivo también.

   -¿De qué hablaban entonces? ¡Yo los vi! Parecían encantados de la vida.

   -¿Por qué me tratas y gritas así? –ruge a su vez.- Yo no tengo por qué explicarme ni explicarte nada, maldito desgraciado. Estoy harto de entender y de disculpar. Me arrecha tener que mantenerme distante para no molestarte con mi necesidad de ti. Me mata mantenerme apartado, lejos, sin llamarte, sin buscarte, para que tú vivas tranquilo y seas feliz; para que encima tenga que soportar tus gritos.

   -Nunca he estado tranquilo desde el maldito día en que te conocí. –le replica con rencor.- ¿Crees que mi vida ha sido fácil? ¿Crees que soy feliz? ¿Crees que lo he sido desde esa condenada noche en la montaña Brokeback? ¿Piensas que esta es la vida que quería para mí? –demanda saber, y Jack retrocede un poco, como golpeado en la mandíbula, desconcertado, casi oyendo como se rasga y rompe en mil pedazos su vida, esa poca cosa que era su existencia. 

   -Vete a la mierda, Ennis del Mar. –casi susurra, con esfuerzo, y se aleja por ese calleja abierta al final, caminando lentamente, como pisando sombras.

   Ennis se siente mal, un escalofrió desagradable lo recorre todo. Por un momento piensa en seguirlo y gruñir algo que sonara como a un ‘espera', pero traga saliva y se lleva las manos a la cabeza, hundiendo más el viejo sombrero sobre su frente, con desesperación. Ahora le duele todo lo que dijo, toda la rabia que sintió; pero recordar a Jack hablando con el tipito del bar le da fuerzas para alejarse en dirección contraria. Va frenándose, no puede seguir, jadea pesadamente. Jack se alejaba... Dios, cómo dolía. Camina con torpeza cuando pasa frente al bar, desgarrándose por sus ganas de volver, de correr tras el otro. Sólo ese horrible orgullo suyo le permite continuar; y es allí donde encuentra al cantinero, ¿buscando a Jack? Se detiene en seco, apretando los puños y mirándolo con total hostilidad. Siente unos deseos enormes de golpearlo, de pagar con él todo lo ocurrido con Jack; desea borrarle a puñetazos ese rostro joven de muchacho impresionado, porque entiende que una cara así debía atraer forzosamente a Jack, al puto de Jack Twist. El joven lo mira de forma altanera a su vez, como si le desagradara.

   -Oiga, ¿dónde está el vaquero del cumpleaños? Dejó su sombrero. –lo alza, y Ennis sabe que se trata del sombrero de Jack.

   -¿Su cumpleaños? –jadea, sintiéndose torpe, algo mareado.

   -Eso me dijo. Que era su cumpleaños y que estaba esperando a un buen amigo para celebrarlo, a su mejor amigo de todo el mundo, dijo. Me pidió una botella de whisky. Fui a buscarla pero cuando volví ya no estaba.

   -Mantenla fría en la mesa. –ruge Ennis después de unos instantes, quitándole el sombrero de un zarpazo y echando a correr por la calleja.

   El hombre se siente mal, culpable. ¡El cumpleaños de Jack!, lo había olvidado completamente; pero bueno, hablaron de eso hace mucho y él olvidaba hasta el cumpleaños de sus hijas. Lo que le molesta en esos momentos era haberle gritado como lo hizo, carcomido por los celos, porque a todo se reducía eso, sus celos. Sintió tanta rabia de verlo, bonito y sonriente, hablando con el carajito carilinda, que sólo pensó en lastimarlo, en herirlo y hacerlo sentir bien mal; por eso lo había insultado en esa forma tan terrible. ¿Y si ya se había ido? Estremeciéndose se dice jadeando para sus adentro: no, que no se halla ido, Dios mío. Esperó semanas enteras para ese encuentro, para verlo frente a él, sonriendo siempre, con sus ojos hablando de alegría, de ternura, de amor. Esperó mucho para tener a Jack al alcance de sus manos.

   Los tres últimos días los había pasado entre la ansiedad y la impaciencia, deseando tenerlo ya frente a él para atraparlo entre sus brazos, para besarlo, para amarlo como siempre hacía, sintiéndose lanzado hacia las alturas en ese momento. Había contado las horas que faltaban para verlo, y le parecieron días enteros; y bastó verlo un segundo hablando con otro para mandarlo todo al carajo. Lo esperó por semanas y ahora el otro se había ido. Había desperdiciado la oportunidad en meses de ser amado por Jack. Cuando casi llega al final de la calleja, a punto de gritar de frustración, se detiene. Jack está sentado en una acera algo alta, cabizbajo. Ennis sintió alivio y vergüenza, estaba profundamente arrepentido de haberlo ofendido, pero en ese momento lo que más sentía era dicha: ¡Jack no se había ido! Va a su lado, y se detiene, tieso.

   -Esperé este encuentro durante días enteros. Imaginé cómo sería esta vez y sonreía de felicidad; Lureen me preguntaba qué me pasaba que me veía tan contento. Hasta pensé en lo que te diría mañana, al despertar en la cama entre tus brazos: te diría no desayunemos, aliméntame de ti. –sonríe con gesto torvo, sintiéndose idiota, sin mirarlo.- Por eso estoy aquí, sentado todavía, Ennis del Mar. No podía irme así, maldito desgraciado, como si la semana que viene pudiéramos vernos, como si fuera tan fácil, tan simple como llamar y encontrarnos. –confiesa con voz opaca, muerta, Jack, con la vista en la nada.

   -Jack... -comienza ronco, Ennis.- Mi vida comenzó...

   -No digas una maldita cosa ahora, Ennis del Mar, o me levanto y me voy al carajo en este instante. –lo mira con ojos brillantes de rabia, de frustración.- No digas que no me crees un sucio marica. No digas que mentías al decir que tu vida ha sido peor desde que me conociste. No digas nada.

   Callan. Pero Ennis sí quiere decirle que mentía, que hablaba con rabia. Quiere explicarle que antes de él estaba vacío, que no había nada, que él mismo sentía que algo faltaba, que estaba muerto, que cuando miró sus ojos por primera vez y se estremeció de pies a cabeza, supo lo que era estar vivo, sentir. En ese momento sintió realmente el calor del sol y la caricia de la brisa. Pero calla, mira el sombrero en sus manos y va a colocarlo sobre la nuca del otro, pero Jack se lo quita casi de un manotón. Estaba molesto, molesto y dolido. Ennis no sabe qué decir, y cae sentado a su lado. Jack mira al frente, al piso, perdido en mil recuerdos, unos felices, otros no tanto; su vida ha dado muchas vueltas alrededor de momentos así, alrededor del hombre que amaba pero que nunca le diría siquiera que lo extrañaba a veces.

   Ennis lo mira intenso y alza sus manos, pero es Ennis del Mar, no puede evitar mirar en todas direcciones antes de rodear a Jack con sus brazos y acunarlo. Le cuesta porque Jack, envarado, se resiste; pero él lo hala, lo pega de sí, y comparten el calor y el palpitar de los corazones. Ennis cierra los ojos un momento y siente que toda la rabia, los celos, la frustración y felicidad de saber que ama a ese carajo, van fundiéndose, calmándolo, encontrando esa extraña paz que siempre lo cobijaba al lado de Jack. Ahora estaba bien, en ese momento alcanzaba la estabilidad. No habían hablado, no se había explicado. Ni siquiera disculpado y sabía que eso estaba pendiente, pero por ahora no importaba, Jack estaba ahí, lo sentía contra su cuerpo, podía olerlo. Nota que Jack se deja llevar, y que finalmente deja caer su cuerpo, relajado, contra el suyo.

   -Perdóname... -gruñe muy bajito el catire, en un susurro que suena a toda una historia, como ha pedido muchas veces. Y Jack, como siempre, se deja llevar por aquel carajo que es el dueño de su vida.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:35:52 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA (30-06-2008)

    -Te odio porque te amo demasiado...

   Mientras se toma la tercera cerveza, notando de pasada que se juntaban rápidamente, Jack sonríe con todo el rostro sintiéndose realmente complacido en mucho tiempo. Hace calor aunque es de noche, pero la bebida estaba fría, eso era bueno, y una buena razón para sentirse bien; pero no era ese el motivo de su buen humor en esos momentos. Recorre la cantina con la mirada, un local pequeño algo cerrado y oscuro, y le parece que está bien. No había muchas personas y nadie se fijaría en él. Traga un buche de cerveza pero lo acompaña ahora con uno de una saliva que le sabe mal, le ocurre cuando piensa en todas esas precauciones que debe tomar cada vez que sale de su casa. A él no le importaría sentarse donde fuera, pero sabía que a Ennis la idea le horrorizaría y que preferiría no acudir al encuentro a exponerse a la mirada de otros, aunque los dos lo desearan mucho.

   Espera a Ennis, y como siempre su corazón late con fuerza, con ansiedad. Se siente vivo, con ganas de gritar, de hablar y de reír de mil idioteces, aún en ese momento tiene que contenerse para no sonreír tanto, como tonto, al parecer no era bien visto que un hombre hiciera tal cosa. Mira la botella y sonríe leve a pesar de todo; no, eso no era totalmente cierto. Claro que deseaba encontrarse con Ennis, pero lo que más desea era fundirse en sus brazos del otro, sentirse atrapado, apretado, abrazado de esa forma ruda, tosca y totalmente posesiva que Ennis dejaba salir cuando lo tenía contra él, indicándole sin palabras cuánto lo necesitaba. En esos momentos el catire le gritaba sin voz cuánto lo amaba y todo merecía la pena, el mundo cobraba sentido.

   En esos momentos Jack entendía qué tanto lo deseaba y necesitaba al otro. Cuando lo atrapaba con su cuerpo, comprendía que para Ennis eso era comenzar a vivir cada vez, que ese hombre tosco y cerrando dentro de sí, vivía únicamente en esos instantes. Su rostro aún está animoso, pero su sonrisa decae un poco y sus ojos brillan con cierta melancolía: ¿por qué estaban condenados siempre a amarse, a buscarse, a esperarse... y al mismo tiempo a ocultarse y separarse? Todo el mundo tenía el derecho a amar, pero no ellos. Espera a Ennis y sabe que será algo increíble, como siempre, pero ya le duele el saber que se alejaran otra vez, cada uno con su vida. Siente una punzada de dolor al recordar los primeros días en Brokeback Mountain, cuando sólo estaban el uno para el otro cada segundo de cada uno de esos días, cuando se abrazaban y amaban donde las ganas los alcanzaban, sin temores, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la gente, en la vida.

   -Tráeme otra cerveza, y la cuenta, amigo. –alza la expresiva mirada en un momento dado hacia la barra, con su rostro franco de cabello muy negro y con la eterna sombra de barba en sus mejillas. El oscuro sombrero yace sobre la mesa.

   Y frunce levemente el ceño, sin disgusto, porque repara ahora en el tipo joven que atiende la cantina a quien no notó antes, preocupado como estaba por la discreción del sitio; joven que lo mira largamente, desprovisto también de hostilidad o agresividad, quien asiente y saca otra cerveza de la cava, llevándosela. Se la tiende, y la mirada verdosa del joven parece quedar prendada un momento en las pupilas azules del otro, y por un instante ese joven se siente como suspendido en el aire, pensando que eran los ojos más hermosos que ha visto nunca. Jack toma la cerveza sintiéndose algo cortado ante la fascinación que detecta en el joven. Bebe de ella, sacando algo de dinero de la cartera, tendiéndoselo, y encontrándose con que el otro sigue mirándolo de forma directa y abierta. Y en esa mirada había inocencia, sí, pero también una clara indicación de algo, una petición a que dijera, actuara o pidiera otra cosa. Ese muchacho, porque sólo de un muchacho se trata, esperaba que ese hombre dijera... Pero Jack vuelve a su cerveza, desviando la mirada.

   Ese chico debía tener cuidado, se dice el vaquero de rodeos, pero sonriendo levemente halagado; le agradó esa atención. No se podía ser muy severo con Jack, es joven, es un tipo vital y caliente, y es también algo coqueto (un puto, como lo acusó una vez Ennis).  Intenta alejar al muchacho de su mente, porque espera a Ennis y no le gusta mezclar su nombre, su recuerdo, con nada más, ni siquiera con la imagen del apuesto joven de quien sabía ahora que con algo de charla, y tal vez dos o tres tragos, se podría salir con él de allí a una calle oscura, a un cuarto sin numero, sin dirección y pasar un rato grato, aunque extrañamente vacío.

   Jack lleva la botella a sus labios y sonríe un poco mortificado porque siente la cálida mirada del joven sobre él, desde la barra. Y en verdad no se puede culpar al tipo, Jack Twist se ve realmente apuesto en esos momentos, con el negro cabello brillante y bien peinado, la sombra de una sonrisa atractiva en sus labios, con sus brillantes ojos que hacen juego con su camisa azul oscura, nueva. El vaquero de rodeos huele a colonia, a sudor, a cigarrillo y a cerveza, y esa mezcla que al joven le parece el olor de un hombre que debía ser sensacional en la intimad, lo hace muy llamativo. Sus ojos caen sobre el vaquero una y otra vez, sintiéndose inquieto, nervioso, deseando llamar la atención del hombre de alguna manera. Sintió una conexión con el otro y entendió que no le era indiferente, y saberlo, y mirarlo tan guapo pero a punto de escapársele, lo enloquecía. ¡Dios, que tipo tan guapo!, no podía dejar de pensar.

   Es joven, por lo que ignora que mucho de ese atractivo que Jack muestra en sus ademanes, en su actitud y rostro, proviene de su interior. Está feliz, excitado y ansioso porque espera a Ennis del Mar, a su Ennis, el hombre al que más quiere en todo este mundo, y eso le confiere ese brillo. El vaquero aguarda por el único hombre al que en verdad ha amado en toda su vida. Sabía que nunca podría explicarle eso a nadie, porque no tendría manera de expresarlo aunque se desenvolviera bien con las palabras. No, dudaba mucho que alguien entendiera que cuando no estaba con Ennis, cuando no lo miraba, le dolía algo en el pecho de una forma física y real, lastimándolo, y que a veces sentía ganas de dejarse simplemente caer y no moverse más; que los días eran lentos hasta hacerse insoportables, que las noches eran largas y que a veces debía emborracharse para poder cerrar los ojos y dormir, sin pensar, sin soñar. Cómo decirle a alguien que al mirar a Ennis acercarse por una calle sentía ganas de correr, gritar, saltarle al cuello y besarlo con ansiedad para sentirse nuevamente completo, vivo, y que los ojos se le empañaban un poco de tanta emoción. Y sin embargo el vaquero sabía que aún no era sincero.

   Estaba feliz porque iba a ver a Ennis, su Ennis, pero también porque sabía que las cosas iban muy mal entre el hombre y su mujer, Alma, y que nada parecía ser capaz de salvar ese matrimonio. Y mientras lo piensa, sus pómulos enrojecen un poco, de vergüenza al sentirse tan ruin y mezquino, porque a él le alegra. Él desea que ese matrimonio acabe, que Ennis deje atrás esa relación y quede solo y libre. Porque ese día él correría a su lado y le diría como nunca antes que ya no debían esperar más, que ya no podían seguir perdiendo meses y años de vida, que ya los agostos y noviembres no eran suficiente, que partieran juntos, a cualquier lado, a esconderse donde fuera con tal de que estuvieran juntos día y noche, mañana y tarde, amándose como debió ser desde el principio. Ese día lo buscaría y aún no sabía qué haría o qué diría, pero lo arrastraría a una taberna, luego a un motel y lo obligaría a fuerza de tanto quererlo a que le diera un sí y comenzaran a vivir de una vez, así tuviera que amenazar, gritar, golpear o llorar. No más una relación de ratos, no por unos pocos días al año, sino vivir juntos siempre, para siempre. Bota aire y casi termina la cuarta cerveza de tres buche al imaginarse dormir cada noche entre sus brazos, con el aliento de Ennis cayendo sobre su nuca. E imaginarlo lo hace sonreír con cierta lujuria, su sólo recuerdo era suficiente para excitarlo.

   -¿Desea otra? –el joven está a su lado, mirándolo de forma brillante, como diciéndole aquí estoy, mírame por favor. Y Jack entiende: para el chico la vida tampoco era fácil, no todos los amores eran fáciles, ni felices. Él lo sabía, y por un momento piensa en aconsejar al muchacho, pero ese no era asunto suyo. Los hombres no debían hablar de ciertos temas.

   -Si, gracias. –le sonríe en forma abierta, amistosa, solidarizándose con él; de una forma que Ennis jamás entendería. Él, Jack, podía considerar al muchacho... un hermano, aunque su razonamiento no llega tan lejos.

   Desde la entrada, Ennis del Mar lo mira, entrando en esos momentos y recibiendo una fea impresión. Venía con esa mezcla que siempre oprimía su pecho mientras iba al encuentro con el otro, cierto temor a ser pillado en algo, pero sobretodo excitado y delirante ante la perspectiva de encontrarlo, sabiendo en qué terminaría todo, teniéndolo finalmente entre sus brazos, sobre una cama o una lona, poseyéndolo y cabalgando ambos hacia la dicha. Ahora, sin embargo, su espíritu se estremece, le parece que Jack se veía demasiado amistoso, y atractivo, mientras le sonreía a un carajo joven, no mal parecido tampoco, quien lo miraba de forma emocionada. Ennis capta y entiende bien la mirada de ese joven por Jack, es la del tipo que se encuentra de pronto ante la cosa más atractiva que ha presenciado nunca en su vida. ¡Jack lo hechizaba con su encanto! ¡El maldito puto!

   -Buenas noches. –masculló, de pie, deteniéndose frente al otro, quien no reparó en él hasta ese momento.

   -Ennis... -le sonríe de forma abierta, algo achispado por las cervezas ya.- Que bueno que llegaste.

   -¿De veras? ¿No tardé mucho? Creo que ya cuadrabas algo más. Mira, no puedo quedarme. Debo ir por mis hijas a la iglesia; pero imagino que estarás bien, ¿no? –dice entre dientes, como si le costara hablar. Casi desdeñoso se aleja, reparando con rencorosa satisfacción en el desconcierto, sorpresa y molestia de Jack. Lo había lastimado, ¡qué bueno!

   El catire sale a la cálida noche caminando envarado, con paso rápido, sintiéndose sólo ligeramente mejor. Sólo un poco. En esos momentos odiaba a Jack, y sentir eso no era nada agradable. No se aleja mucho cuando siente un empujón rudo en su hombro derecho y casi es arrojado con violencia a una oscura y estrecha calleja entre el bar y un feo restorancito. Se vuelve, tenso, con cara inescrutable y encara el rostro crispado y enrojecido de Jack.

   -¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué te marchas así? –reclama Jack, muy cerca de él, casi salpicándolo un poco de saliva olorosa a cerveza. Molesto y dolido.

   -Debo ir por mis hijas. –repite lacónico.

   -No puedes salirme con eso, que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace tiempo. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas.

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a todos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiendo y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des... el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: Jack, el marica. Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?, Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.

   -Déjame en paz... -grita ronco, como si le costara.- Déjame con mi vida como era antes...

..........

   Me quedó algo largo, así que lo termino después. Me gustan estos cuentos donde Ennis deja salir todo lo que siente por Jack, dejando salir su frustración, sus celos; aunque es difícil hacerlo distinto al que vimos en esa película que disfrutamos y sufrimos tanto. Y el del film es mucho mejor que el del cuento. Esa historia, ese relato corto, un día vamos a revisarlo mejor, ¿no les pareces?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:12:15 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
…desde el MAR DEL NORTE… POESÍA (15-06-2008)

Miradas

                   Hay hombres que nunca partirán,

                             y se les ve en los ojos,

                         pues uno recuerda sus ojos

                  muchos años después de que han partido.

posted by Mar del Norte at 8:53 PM 9 comments

......

   Que me disculpe Mar del Norte, pero necesitaba tener esta entrada aquí. Por dos motivos; porque es hermoso lo que dice... y últimamente no tengo mucho tiempo para escribir. No sé, y me admira, como hacen algunas personas para decir tanto con tan pocas palabras. Yo no puedo. Para mí este fue un momento clave en la película, cuando comienzan a hablar de lo que son, pero al mismo tiempo ya sentían eso que era tan grande y tumultoso que los ahogaba. Recordarán que después de esto, Jack tuvo que gritar y satar como un vaquero de comiquitas. Gritaba y se agitaba para intentar aligerar la carga emocional que lo atenazaba en ese momento: su gran amor por ese otro carajo. No debe ser sencillo para nadie, hombre o mujer, hetero o no, encarar un momento así: Dios, ¿me amará? ¿Sentirá lo mismo que yo? ¿Y si me dice que no? No, no es fácil, por eso es de admirar el valor de aquellos que saltan sobre sus dudas y miedos, y encaran su verdad, sea para probar la miel de la dicha en otros labios, o para lamer sus heridas cauterizadas en amargo llanto. Pero sabiendo a qué atenerse.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:01:07 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ME DEJAS POR PRIMERA VEZ… (10-06-2008)

   Vuelve, por favor. No me dejes solo.

   Jack, inconforme con algo que no entiende o no expresa, se queja amargamente de las subidas con las ovejas al aprisco a pasar malas noches en lugar de quedarse en el campamento junto al fuego. Ennis se ofrece a vigilar...

......

   Subes por primera vez a cuidar las ovejas y parte de mi paz se va contigo. Pensé que sería grato quedarme en el campamento, pero ahora entiendo que sólo lo sería si te quedaras a mi lado. No podré dormir, cómo si estaré pendiente de ti, soñando que regresa en medio de la noche, altivo, sonriendo, preguntándome si esperaba por ti, adivinándolo, antes de acaricia mi rostro, cayendo a mi lado y besándome.

   Te vas y me siento culpable, con mis quejas te obligo a partir, y tú lo haces porque quieres que esté tranquilo, que el trato sea más justo para los dos... pero lo único que en verdad deseo en este mundo eres tú, estar junto a ti. Mis noches, cada noche, se llenan contigo; en mis fantasías vuelves una y otra vez y mi cuerpo es la guitarra que tocas a placer, que acaricias, que haces vibrar, tensar y estallar de vida, de alegría.

   Me alejo por primera vez del campamento rumbo al aprisco y aunque lo nuevo me atrae y la noche es clara y hermosa, nada me satisface. Otra vez estamos separados. Subo con las ovejas y tú te quedas atrás. Dime, por favor, ¿es tu mirada ardiente lo que siento a mis espaldas, o son mis deseos de que me extrañes tanto como yo a ti? Te avergonzaste de quejarte, crees que me sacrifico, que será una tortura este viaje... pero tortura es estar junto a ti viéndote sonreír, oyéndote reír, y tener que apartar la vista, excitado y apenado de mis deseos, cuando lo único que quiero es mirarte, mirarte siempre y para siempre, a mi lado, junto a mí.

   No podía seguir en el campamento porque de noche no duermo. Cuando cierro los ojos es a ti a quien veo, sentado en el aprisco, vigilante, atento, solitario, fumando, mirando a la noche en medio de la nada. Y en mis pensamientos deseaba subir, llegar sin hacer ruido y caer de sorpresa a tus espaldas. ¿Puedes creer tanta locura, mi querido amigo? Quería atraparte entre mis brazos, desde atrás, imaginando que si te resistías aún así te sometería, y hundiría mi nariz en tu cabello negro y sedoso, mis labios en tu cuello y te mordería y besaría, mientras todo mi cuerpo, caliente y duro se aferraría al tuyo; y en mis sueños respondes, te vuelves y mi mirada queda atrapada en tus labios suaves y rojos, en esos lunares y...

   ¿Estas pensando en mí? ¿Por qué me lo parece? Mi corazón late con fuerza, con angustia y esperanza. ¿Acaso estás pensando en mí, chico peón de hacienda? ¿Acaso me extrañas tanto como yo a ti?

   ¿Me estás llamando en verdad, muchacho de rodeo? ¿Es tu dulce voz pronunciando mi nombre la que trae el viento o son mis esperanzas? ¿Por qué me pareces que estás aquí, junto a mí, abrazándome con tu calor, con tu olor? Subo por primera vez y no sé si podré permanecer lejos de ti, esta noche te siento más cerca; me alejo pero creo que estás más unido a mí. Cómo deseo enterrar mis dedos en tu cabello, mi amigo, y atrapar tu aliento con mi boca, bajar mis manos por tu espalda y oírte gemir contra mí... Dios, ¿qué me pasa? ¿Qué es esto que tengo?

   Regresa, por favor, regresa conmigo, y lo que quieras de mí te lo daré; lo que desees que sea, seré...

......

   Sólo hay miradas que se siguen, silencios de tipos rudos que no conocen de ternuras ni de afectos, de muchachos que ya son hombres... y el acompasar de dos mentes en un mismo pensamiento, de dos cuerpos que se buscan sin darse cuenta, de dos corazones que laten a un único ritmo que llama al amor. Hay gente con suerte en este mundo.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:25:58 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | >>

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

Archivos

< Février 2012 >
DiLuMaMeJeVeSa
   1234
567891011
12131415161718
19202122232425
26272829   

Buscar

  • Valid CSS!
  • Valid XHTML 1.0!
  • valid RSS
  • RSS
  • votre blog sur blogg.org
  • Podcast