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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
ESPERANDO UNA NOCHE CUALQUIERA (30-06-2008)

    -Te odio porque te amo demasiado...

   Mientras se toma la tercera cerveza, notando de pasada que se juntaban rápidamente, Jack sonríe con todo el rostro sintiéndose realmente complacido en mucho tiempo. Hace calor aunque es de noche, pero la bebida estaba fría, eso era bueno, y una buena razón para sentirse bien; pero no era ese el motivo de su buen humor en esos momentos. Recorre la cantina con la mirada, un local pequeño algo cerrado y oscuro, y le parece que está bien. No había muchas personas y nadie se fijaría en él. Traga un buche de cerveza pero lo acompaña ahora con uno de una saliva que le sabe mal, le ocurre cuando piensa en todas esas precauciones que debe tomar cada vez que sale de su casa. A él no le importaría sentarse donde fuera, pero sabía que a Ennis la idea le horrorizaría y que preferiría no acudir al encuentro a exponerse a la mirada de otros, aunque los dos lo desearan mucho.

   Espera a Ennis, y como siempre su corazón late con fuerza, con ansiedad. Se siente vivo, con ganas de gritar, de hablar y de reír de mil idioteces, aún en ese momento tiene que contenerse para no sonreír tanto, como tonto, al parecer no era bien visto que un hombre hiciera tal cosa. Mira la botella y sonríe leve a pesar de todo; no, eso no era totalmente cierto. Claro que deseaba encontrarse con Ennis, pero lo que más desea era fundirse en sus brazos del otro, sentirse atrapado, apretado, abrazado de esa forma ruda, tosca y totalmente posesiva que Ennis dejaba salir cuando lo tenía contra él, indicándole sin palabras cuánto lo necesitaba. En esos momentos el catire le gritaba sin voz cuánto lo amaba y todo merecía la pena, el mundo cobraba sentido.

   En esos momentos Jack entendía qué tanto lo deseaba y necesitaba al otro. Cuando lo atrapaba con su cuerpo, comprendía que para Ennis eso era comenzar a vivir cada vez, que ese hombre tosco y cerrando dentro de sí, vivía únicamente en esos instantes. Su rostro aún está animoso, pero su sonrisa decae un poco y sus ojos brillan con cierta melancolía: ¿por qué estaban condenados siempre a amarse, a buscarse, a esperarse... y al mismo tiempo a ocultarse y separarse? Todo el mundo tenía el derecho a amar, pero no ellos. Espera a Ennis y sabe que será algo increíble, como siempre, pero ya le duele el saber que se alejaran otra vez, cada uno con su vida. Siente una punzada de dolor al recordar los primeros días en Brokeback Mountain, cuando sólo estaban el uno para el otro cada segundo de cada uno de esos días, cuando se abrazaban y amaban donde las ganas los alcanzaban, sin temores, sin preocupaciones, sin pensar en el mañana, en la gente, en la vida.

   -Tráeme otra cerveza, y la cuenta, amigo. –alza la expresiva mirada en un momento dado hacia la barra, con su rostro franco de cabello muy negro y con la eterna sombra de barba en sus mejillas. El oscuro sombrero yace sobre la mesa.

   Y frunce levemente el ceño, sin disgusto, porque repara ahora en el tipo joven que atiende la cantina a quien no notó antes, preocupado como estaba por la discreción del sitio; joven que lo mira largamente, desprovisto también de hostilidad o agresividad, quien asiente y saca otra cerveza de la cava, llevándosela. Se la tiende, y la mirada verdosa del joven parece quedar prendada un momento en las pupilas azules del otro, y por un instante ese joven se siente como suspendido en el aire, pensando que eran los ojos más hermosos que ha visto nunca. Jack toma la cerveza sintiéndose algo cortado ante la fascinación que detecta en el joven. Bebe de ella, sacando algo de dinero de la cartera, tendiéndoselo, y encontrándose con que el otro sigue mirándolo de forma directa y abierta. Y en esa mirada había inocencia, sí, pero también una clara indicación de algo, una petición a que dijera, actuara o pidiera otra cosa. Ese muchacho, porque sólo de un muchacho se trata, esperaba que ese hombre dijera... Pero Jack vuelve a su cerveza, desviando la mirada.

   Ese chico debía tener cuidado, se dice el vaquero de rodeos, pero sonriendo levemente halagado; le agradó esa atención. No se podía ser muy severo con Jack, es joven, es un tipo vital y caliente, y es también algo coqueto (un puto, como lo acusó una vez Ennis).  Intenta alejar al muchacho de su mente, porque espera a Ennis y no le gusta mezclar su nombre, su recuerdo, con nada más, ni siquiera con la imagen del apuesto joven de quien sabía ahora que con algo de charla, y tal vez dos o tres tragos, se podría salir con él de allí a una calle oscura, a un cuarto sin numero, sin dirección y pasar un rato grato, aunque extrañamente vacío.

   Jack lleva la botella a sus labios y sonríe un poco mortificado porque siente la cálida mirada del joven sobre él, desde la barra. Y en verdad no se puede culpar al tipo, Jack Twist se ve realmente apuesto en esos momentos, con el negro cabello brillante y bien peinado, la sombra de una sonrisa atractiva en sus labios, con sus brillantes ojos que hacen juego con su camisa azul oscura, nueva. El vaquero de rodeos huele a colonia, a sudor, a cigarrillo y a cerveza, y esa mezcla que al joven le parece el olor de un hombre que debía ser sensacional en la intimad, lo hace muy llamativo. Sus ojos caen sobre el vaquero una y otra vez, sintiéndose inquieto, nervioso, deseando llamar la atención del hombre de alguna manera. Sintió una conexión con el otro y entendió que no le era indiferente, y saberlo, y mirarlo tan guapo pero a punto de escapársele, lo enloquecía. ¡Dios, que tipo tan guapo!, no podía dejar de pensar.

   Es joven, por lo que ignora que mucho de ese atractivo que Jack muestra en sus ademanes, en su actitud y rostro, proviene de su interior. Está feliz, excitado y ansioso porque espera a Ennis del Mar, a su Ennis, el hombre al que más quiere en todo este mundo, y eso le confiere ese brillo. El vaquero aguarda por el único hombre al que en verdad ha amado en toda su vida. Sabía que nunca podría explicarle eso a nadie, porque no tendría manera de expresarlo aunque se desenvolviera bien con las palabras. No, dudaba mucho que alguien entendiera que cuando no estaba con Ennis, cuando no lo miraba, le dolía algo en el pecho de una forma física y real, lastimándolo, y que a veces sentía ganas de dejarse simplemente caer y no moverse más; que los días eran lentos hasta hacerse insoportables, que las noches eran largas y que a veces debía emborracharse para poder cerrar los ojos y dormir, sin pensar, sin soñar. Cómo decirle a alguien que al mirar a Ennis acercarse por una calle sentía ganas de correr, gritar, saltarle al cuello y besarlo con ansiedad para sentirse nuevamente completo, vivo, y que los ojos se le empañaban un poco de tanta emoción. Y sin embargo el vaquero sabía que aún no era sincero.

   Estaba feliz porque iba a ver a Ennis, su Ennis, pero también porque sabía que las cosas iban muy mal entre el hombre y su mujer, Alma, y que nada parecía ser capaz de salvar ese matrimonio. Y mientras lo piensa, sus pómulos enrojecen un poco, de vergüenza al sentirse tan ruin y mezquino, porque a él le alegra. Él desea que ese matrimonio acabe, que Ennis deje atrás esa relación y quede solo y libre. Porque ese día él correría a su lado y le diría como nunca antes que ya no debían esperar más, que ya no podían seguir perdiendo meses y años de vida, que ya los agostos y noviembres no eran suficiente, que partieran juntos, a cualquier lado, a esconderse donde fuera con tal de que estuvieran juntos día y noche, mañana y tarde, amándose como debió ser desde el principio. Ese día lo buscaría y aún no sabía qué haría o qué diría, pero lo arrastraría a una taberna, luego a un motel y lo obligaría a fuerza de tanto quererlo a que le diera un sí y comenzaran a vivir de una vez, así tuviera que amenazar, gritar, golpear o llorar. No más una relación de ratos, no por unos pocos días al año, sino vivir juntos siempre, para siempre. Bota aire y casi termina la cuarta cerveza de tres buche al imaginarse dormir cada noche entre sus brazos, con el aliento de Ennis cayendo sobre su nuca. E imaginarlo lo hace sonreír con cierta lujuria, su sólo recuerdo era suficiente para excitarlo.

   -¿Desea otra? –el joven está a su lado, mirándolo de forma brillante, como diciéndole aquí estoy, mírame por favor. Y Jack entiende: para el chico la vida tampoco era fácil, no todos los amores eran fáciles, ni felices. Él lo sabía, y por un momento piensa en aconsejar al muchacho, pero ese no era asunto suyo. Los hombres no debían hablar de ciertos temas.

   -Si, gracias. –le sonríe en forma abierta, amistosa, solidarizándose con él; de una forma que Ennis jamás entendería. Él, Jack, podía considerar al muchacho... un hermano, aunque su razonamiento no llega tan lejos.

   Desde la entrada, Ennis del Mar lo mira, entrando en esos momentos y recibiendo una fea impresión. Venía con esa mezcla que siempre oprimía su pecho mientras iba al encuentro con el otro, cierto temor a ser pillado en algo, pero sobretodo excitado y delirante ante la perspectiva de encontrarlo, sabiendo en qué terminaría todo, teniéndolo finalmente entre sus brazos, sobre una cama o una lona, poseyéndolo y cabalgando ambos hacia la dicha. Ahora, sin embargo, su espíritu se estremece, le parece que Jack se veía demasiado amistoso, y atractivo, mientras le sonreía a un carajo joven, no mal parecido tampoco, quien lo miraba de forma emocionada. Ennis capta y entiende bien la mirada de ese joven por Jack, es la del tipo que se encuentra de pronto ante la cosa más atractiva que ha presenciado nunca en su vida. ¡Jack lo hechizaba con su encanto! ¡El maldito puto!

   -Buenas noches. –masculló, de pie, deteniéndose frente al otro, quien no reparó en él hasta ese momento.

   -Ennis... -le sonríe de forma abierta, algo achispado por las cervezas ya.- Que bueno que llegaste.

   -¿De veras? ¿No tardé mucho? Creo que ya cuadrabas algo más. Mira, no puedo quedarme. Debo ir por mis hijas a la iglesia; pero imagino que estarás bien, ¿no? –dice entre dientes, como si le costara hablar. Casi desdeñoso se aleja, reparando con rencorosa satisfacción en el desconcierto, sorpresa y molestia de Jack. Lo había lastimado, ¡qué bueno!

   El catire sale a la cálida noche caminando envarado, con paso rápido, sintiéndose sólo ligeramente mejor. Sólo un poco. En esos momentos odiaba a Jack, y sentir eso no era nada agradable. No se aleja mucho cuando siente un empujón rudo en su hombro derecho y casi es arrojado con violencia a una oscura y estrecha calleja entre el bar y un feo restorancito. Se vuelve, tenso, con cara inescrutable y encara el rostro crispado y enrojecido de Jack.

   -¿Qué carajo te pasa? ¿Por qué te marchas así? –reclama Jack, muy cerca de él, casi salpicándolo un poco de saliva olorosa a cerveza. Molesto y dolido.

   -Debo ir por mis hijas. –repite lacónico.

   -No puedes salirme con eso, que tienes otro compromiso. Habíamos planeado este encuentro hace tiempo. ¡Tú lo sabías! No puedes irte así. Te he estado esperando desde hace semanas.

   -Y eso ¿qué? Vuelve a tu mesa y sigue con lo que hacías. –acusa con voz acerada, oprimiendo los labios, lleno de rabia.- Eres un maldito puto, Jack Twist. ¿Tanto necesitas eso que te expones por un mesero en una cantina cualquiera? –reprocha con rabia y dureza.- Eres un tipo desvergonzado y un día de estos nos meterás en problemas a todos. Y no voy a dejar que me hagas caer contigo en tus cochinadas.

   -¿Qué? –exclama Jack, con boca y ojos muy abiertos.- ¡Cállate, maldito bastardo! –le grita, señalándolo con un dedo.- Toda mi maldita vida contigo me la he pasado protegiendo y cuidando a todos, porque no me quedó otro remedio. ¿Cuándo te he hecho una escena o he provocado un escándalo? Siempre he estado ahí para ti, porque quise, sin pedirte nada. Siempre he sido tu amigo bajo tus términos, el amigo a quien quieres ver unas pocas veces al año, manosear un rato y luego alejar como a un sarnoso, pero yo lo acepté así. Por ti cruzo todo este territorio, por ti dejo los riñones en la carretera, por ti dejo a mi familia y mi casa mientras tú sólo esperas que yo llegue y te des... el gusto y luego me miras cansado, aburrido, deseando que me vaya y te deje en paz. Tú te ocultas. Tú me ocultas. Me acusas de marica, y en tu cabeza eso soy, ¿verdad, Ennis?: Jack, el marica. Por eso jamás me has presentado a nadie en la calle aunque saludas a uno que otro cuando vamos a una cantina, como si temieras que fuera tan marica que todos se darán cuenta. Ese soy yo, ¿no?, Jack, el cochino. El cochino marica. –deja escapar con rabia y amargura.

   -Déjame en paz... -grita ronco, como si le costara.- Déjame con mi vida como era antes...

..........

   Me quedó algo largo, así que lo termino después. Me gustan estos cuentos donde Ennis deja salir todo lo que siente por Jack, dejando salir su frustración, sus celos; aunque es difícil hacerlo distinto al que vimos en esa película que disfrutamos y sufrimos tanto. Y el del film es mucho mejor que el del cuento. Esa historia, ese relato corto, un día vamos a revisarlo mejor, ¿no les pareces?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:12:15 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ACTUALIDAD
A CUATRO MANOS (30-06-2008)

   Como con el fútbol, les encantaba cuando metían goles...

   -Hummm... -se le escapó cerrando los ojos, con la boca abierta sobre la tersa superficie del mueble.

   -Te dije que te iba a gustar. Se siente como la miel, ¿verdad? No sé que se botó en ese mueble. –gruñe el otro; dándole con fuerza, a fondo, con golpes secos, trapo a ese charco.

   -No... no me gusta, lo hago porque me obligas y... Ahhh... sí, así...

   Roberto, Saúl y Antonio fueron de visita a la casa de Jacinto para ver los juegos del día en la Eurocopa. Cuando las mujeres salieron decidieron apostar en un juego. Saúl y Roberto perdieron y los otros dos estaban cobrándosela, y bien duro. Al principio se negaron a lo que les pedían, pero una vez que lo dieron, gimieron con gusto, y Roberto hasta pedía más y más.

......

   ¿A quién no le gusta una escena así? Cuatro tipos guapos, jóvenes, fornidos, dándole con todo al asunto. Dos pa' dos. Una pareja al lado de la otra, las dos jadeantes. Se miran caras de gozo, uno sonríe cerrando los ojos y la cabeza recostada mientras lo atienden, y el otro con la lengua afuera como relamiéndose de gusto. Para ser perfecto no pueden fallar o faltar los gemidos, los “oh Dios, que rico”, o “sí, cabálgame, dámelo todo”. Tampoco puede faltar una que otra nalgada, de quien domina, somete y coge... la vaina por los cachos. Si la escena la filmara yo sería así, uno contra el otro, buscando ese punto de encuentro con ruidos de palmadas, con manos que tocan y soban. Sí, una escena así siempre impresiona, ¿o no?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:09:58 in ACTUALIDAD | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ES PURO CUENTO, ¿EH...?
VIAJE DE PESCA (30-06-2008)

   -Epa, si lo paras lo bajas...

   Siempre que bajo con mis panas a la playa para pescar bagres de noche, pasa lo mismo. Mientras vamos van con sus bromitas sobre mamadas, tolete y culos, juegos raros en tantos héteros. Una vez que comenzamos a beber como locos, y a hablar de mujeres, todo el mundo anda duro... para dejar de tomar. Con un “mira como lo tiene”, lanzado por Jasón, este le dio un agarrón de verdad increíble al sorprendido Ricardo, quien peló los ojos, huyendo, amenazando que lo soltara o se lo haría tragar. Todos reímos, yo tomé la fotita y continuamos tomando caña e intentando pescar. Jasón seguía con la bromita, diciéndole algo bajito a Ricardo quien lo llamaba güevón y mamagüevo, molesto. Siempre era así, siempre había alguien que bromeaba más de la cuenta. Jasón no pararía hasta que Ricardo se molestara y le lanzara una mano o le dijera ago bien ofensivo que los disgustara. Sentado en mi silla plegable los vi discutir cerca de la camioneta, y como Ricardo le dio un manotón por un hombro. La vaina podía termina en pelea y lo mejor era intervenir, por eso fui. Pero no había rollos. Los amigos son así en verdad, estar allí, en la arena, bajo la brisa marina y la luz de la luna, lo arregló todo... también el que Jasón, de rodillas, con la boca muy abierta... se disculpara con el otro, que gemía, gruñendo que le dijo que le haría tragar sus palabras, acompañándolo todo de un golpe de caderas. Y vaya que Jasón estaba tragándose, con gula, con la boca muy abierta, todo lo dicho... y no dejaría de darle a esa boca hasta que Ricardo le soltara... un “todo bien, pana”. Bien, así resuelven los hombres sus vainas.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:07:30 in ES PURO CUENTO, ¿EH...? | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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LA LOCURA DE LA ERA… (4) (30-06-2008)

   Con una crisis de valores, rodeados de mil problemas causados por las desigualdades sociales, políticas y económicas, caímos en el año dos mil, el nuevo siglo, algo que parecía lejano y misterioso, como si nunca fuéramos a llegar. Al paso del noventa y nueve al cero cero, el mundo debió enfrentar nuevamente los miedos atávicos de todas las profecías habidas y por haber sobre el fin del mundo, desde el Apocalipsis, al Hercobolus y aún al virus de las computadoras que nos regresarían al mil novecientos causando un colapso tecnológico. Ninguna se cumplió, cosa que no desanimó a los místicos a pesar de verse de tanto en tanto en el apuro de tener que explicar por qué el mundo seguía aquí. Ah, pero son gente descarada, casi admirable, en seguida estaban escribiendo nuevos libros y ganando más plata profetizando el final para otro momento; por ahí ya se habla de un planeta rojo (dicen que no es Marte) que se acerca a la Tierra, con quién sabe qué intensiones.

   ¿Qué traería el futuro como regalo a la humanidad? ¿Las bases en la Luna y el Imperio Galáctico? ¿Las ciudades submarinas? ¿El fin del cáncer, la diabetes y el sida? ¿Un método para adelgazar mientras se mira televisión sin hacer nada más? ¿Una forma práctica de viajar astralmente? No, no nos dio tiempo para soñar con todas esas maravillas que se suponía ya tendríamos en esta época. ¿Qué ocurrió en verdad? El 11 de septiembre de 2001 tres aviones comerciales llenos de civiles inocentes fueron secuestrados y desviados, hasta que se estrellaron, dos en Nueva York derribando las Torres Gemelas, y uno en Washington sobre el Pentágono, y se inició una nueva era de temor, regresábamos a la pesadilla de la muerte súbita que podía llegar a manos de dementes violentos. El miedo al terrorismo talibán en este caso.

   Siquitrillados los comunistas, ahora era el turno al bate de los enemigos del Islam y de Occidente, los fundamentalistas. Bastó tan sólo una mañana para que revivieran todos los temores a la guerra, a la muerte, a la violencia. Con la caída de las Torres Gemelas cayó la sensación de seguridad y poder de Estados Unidos y de Occidente todo; la violencia y la muerte podía llegar en gran escala a cualquier lugar. El espejismo de un mundo a salvo se había roto. Ahora la muerte podía estar moviéndose en cualquier terreno, en un avión que despegara de aquí o allá, de una bolsa abandonada cerca de los rieles de un tranvía. Recuerdo que ese día trabajaba y mi jefe venía con ojos espantados, más sorprendido que angustiado, a decir que un avión se había estrellado contra el edificio. No le creí y fui hacia el televisor, y aunque estaba allí, viéndolo, me resistía a aceptarlo.

   Me pasó como cuando el secuestro en el Urológico San Román, aquí en Venezuela, cuando la policía terminó con el incidente matando a todo el mundo dentro del vehiculo donde escapaban secuestradores y raptados, atendiendo a la máxima de que muerto el perro se acabó la rabia. Yo no podía creerlo (ni lo del Urológico ni lo de las Torres). Después de eso vino la guerra, ¿qué otra respuesta cabía? Hasta los afganos, donde decían estaban los organizadores del atentado, lo esperaban. Siempre recuerdo la cara de un tipo barbudo y joven, que armaba una carreta a toda velocidad para llevarse a su familia y lo poco que tenía, diciendo con miedo y angustia que se iban porque sabía que los norteamericanos llegarían y quería huir antes de que cerraran las fronteras; era el drama del tipo común, que sólo quiere comer, hablar, reír, ver crecer a sus muchachos y acostarse con su mujer, en contrapartida de los ‘poderosos'. Vino una guerra, y luego otra, y la gente se fastidió. No era extraño, era la misma gente que vivió en medio de la fatuidad de los noventas y educó a sus hijos en esos valores, el mundo había olvidado lo que era el esfuerzo o la constancia. Eran las familias a quienes los hijos decían que querían ser militares y al parecer jamás se les ocurrió que podía haber una guerra, o que el enemigo se molestara y atacara también.

   Es el mundo de los artistas que lloraban por los niños afganos e iraquíes pero que les tiene sin cuidado los niños que caen al mar y se los comen los tiburones mientras intentan escapar  de la isla prisión, Cuba; o de los que se quedaban allí utilizados en el turismo sexual, esperando a los alegres viajeros tan preocupados por la revolución digna del pueblo cubano, defendiendo al viejo barbudo que regenta el burdel (al menos se lo agradecen con declaraciones anti imperialistas o contra el bloqueo). Y en este punto, el de tanto bobo en Hollywood que defiende sistemas aberrantes, debo hacer la salvedad de que no creo que lo hagan por complicidad con los que manejan el burdel caribeño o los pone bombas, o porque atacando la guerra y a su país hacen más propaganda para ganar centimetraje en la prensa. Creo que lo hacen porque son personas de mentalidad algo simples, no tontos, no me malentiendan. Pero al final de cuentas no se puede pedir más de los artistas, fuera de que se vean bien. No tienen porque ser realmente inteligentes o racionales

   El dosmil llegó envuelto en fuego y humo, con rumores de guerra otra vez. Creo que, fuera de que el señor George W. Bush y su tren ejecutivo han demostrado hasta la saciedad que son gente incapaz hasta de tocarse la nariz frente a un espejo y usando las dos manos (y lo siento por la señorita Condolezza Rice, quien tiene una pinta de fábula), a Estados Unidos no les quedaba otro camino sino la batalla. Fueron atacados en su territorio, y gobierno que permita eso y no haga nada, está jodido. Además quien lanza un avión lleno de personas contra un edificio, ¿qué le impide hacer estallar un artefacto nuclear en la plaza de San Pedro, o en Madrid, o en California? ¿Su buen corazón? ¿La cordura? ¿La decencia? Quien quiera engañarse que meta la cabeza en la arena como hace Europa (con el peligro de que dejan el culo afuera), quienes ven como grupos fanáticos del poder para sí, gritan y amenazan con matar a todo el que no les deje hacer su real gana, y que ven como se arman, pero no hacen nada porque creyendo que dejándolos hacer, desviarán su odio irracional y su violencia y que así se protegerán. Es como la familia que ve que a su vecindario se muda gente agresiva y grosera, que gritan y golpean a los que están cerca y toman lo que les da la gana porque nadie puede reclamarles o serán victimas de su rabia, y piensa que con el recurso de no verlos, ignorándolos, ya el problema desaparece, que están a salvo.

   Y la situación europea es dramática, rodeada de infortunios; primero, los viejos mercenarios que cobraban de la extinta Unión Soviética, la recua que se hacía llamar intelectuales que controlan medios de comunicación, continúan recibiendo dinero para atacar a todo el que enfrente o diga algo contra el terrorismo, los dueños del capital de las drogas y armas, o los nuevos déspotas en países del Tercer Mundo que pagan sus buenos dólares a costosos lobbys. Segundo, del lado de las voces sensatas y valientes se fueron Oriana Falacci y el papa Juan pablo II. Tercero, aparentemente la era de Tony Blair está por terminar y tal vez el Reino Unido caiga en las aberraciones que sacuden a la pobre Francia de Mitterrand, que no da pie con bola, o más cercano, a la del alcalde de Londres. Lo que viene puede ser la era tipo Rodríguez Zapatero. ¡Pobre Europa! Por suerte la canciller alemana, Ángela Merckel, parece tener tabaco en la vejiga. No todo podía ser tan malo como las corrientes de caudillismos del siglo dieciocho y diecinueve que amenazan barrer con toda Latinoamérica, mientras muchos aplauden.

   Hay quienes dicen que el mundo afronta un enfrentamiento entre Oriente y Occidente, y puede ser verdad, esos choques siempre han existido. Pero en este caso en particular, no lo parece. Uno cree detectar sólo ambiciones demenciales de pequeños grupos que quieren una obediencia perruna, una sumisión total a sus caprichos, vicios o demencias, del resto de la población. En todas partes se sostiene que el señor Bin Laden, es uno de los hombres más rico del medio oriente, y tal vez del mundo, y que se ocultaba en Afganistán, un país increíblemente pobre. Nunca se oyó que utilizara esa fortuna para construir hospitales para combatir enfermedades, o plantas desalinizadoras para obtener agua dulce del mar, o proyectos para convertir el desierto en tierras fértiles. ¿Cuantas universidades creó que generaran un ejército de maestros contra la ignorancia, médicos, o arquitectos, o ingenieros? Que yo sepa, ninguna. Claro, hay más gloria, dignidad y belleza en comprar bombas y pegárselas a un pobre diablo al cuerpo y enviarlo a morir por su causa, para su gloria personal. De verdad todo eso suena justo y necesario. Y se supone que debemos admirar eso, verlo como un ejemplo de lucha y dignidad de un pueblo pobre contra la Gran Satán.

   No construiremos una sola fábrica que de empleos, ni una carretera para transportar alimentos, muchos menos conseguir animales de cría para entregárselos a la población, compraremos ametralladoras y explosivos, para la gloria del Profeta; gritan, y se supone que hay que creerles, y respetarlos. Hay quienes sostienen que es algo cultural y que hay que dejarlos hacer, porque así son, que salgan y maten que ya se cansarán en algún momento. Entonces uno tiene que preguntarse porqué un hombre que viene de un hogar violento no tiene el derecho cultural de matar a palos a la mujer o a los hijos. Debe ser porque aún estamos en los años que van del dos mil al dos mil diez, pero aún no veo la cinta que describa este tiempo de gente que mata monjas a golpes para demostrar que ellos no son los grupos violentos que sostienen los malhablados; y que si los llaman violentos los ofenden

   ¿Será que el demente soy yo, o esta es simplemente otra manifestación más de la locura de la era?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:58:45 in COMENTARIOS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
MI NOVELA...
LUCHAS INTERNAS… (10) (30-06-2008)

   ¿Es difícil entender por qué fantaseaba con él?

   La biblioteca era un salón angosto, de paredes altas. Todas cubiertas de libreros. Sentado en un cómodo butacón, Germán lee un diario. Eric lo mira al entrar y siente emociones encontradas. Su padre nunca ha sido un hombre cariñoso, pero tampoco un ser cruel. Sin embargo, ahora lo veía bajo una luz nueva.

   -Buenas tardes, papá. -le dice fingiendo animación.

   -Eric, ¿dónde estabas? Hace casi una hora que Jaime me dijo que habías llegado.

   -Yo... hablaba algo con Sam por teléfono. Y me encontré con Pedro. ¿Sabías que se va de la mansión? -suena algo culpable por mentirle. Siempre ha tenido la sensación de que sus padres podían adivinarle el pensamiento.

   -Si. Tu madre me lo dijo. Es una pena. Pensé que estaba contento aquí. Pero parece que encontró algo mejor. Espero que le vaya bien. -le indica un sillón frente a él.- ¿Muy difícil la junta? Imagino que ahora Frank es copresidente, ¿no es así? -Eric toma asiento.

   -¿Sabías que lo harían?

   -Era lógico. Era eso o... defenestrarte. Y nunca creí que se atrevieran a tanto.

   -Casi. -dice molesto. Lo mira fijamente.- Papá, ¿por qué siempre te opusiste a que Ricardo Gotta fuera socio? Recuerdo que casi alentaste a Aníbal López para que comprara acciones de La Torre cuando decidieron fraccionarla, pero no a Ricardo. -el otro hace una mueca.

   -Nunca me gustó Ricardo. Es un hombre que te sonríe y te da la mano mientras piensa cómo apuñalarte por la espalda. Él... tiene sus propios planes. Intenté salir de él hace tiempo, pero ni Aníbal, Norma o los socios minoritarios me creyeron cuando les dije que ese tipo nos traería problemas. No me gustaba la gente que llevaba al bufete. -Eric lo mira duro.

   -Sin embargo, antes de irte, dejaste que la firma se llenara de basura. -lo acusa.

   -¿De qué hablas? -se molesta, encarándolo.

   -Del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. Son poco menos que delincuentes y tú lo sabes bien. Sin embargo son los grandes clientes preferenciales de la firma. Y están ahí desde tus días al frente de todo.

   -Son negocios, Eric. La firma siempre los ha hecho con el gobierno de turno. Siempre ha habido gente acusada de manejos ilícitos, de corrupción. El deber de una firma de abogados es prestar asistencia legal a la gente que los solicita.

   -Papá, hablamos de un traficante de armas. De alguien que... entrega pistolas y fusiles a criminales que ahora están armados. -casi alza la voz. Germán lo contiene levantando una mano.

   -Un presunto traficante de armas. No lo olvides, hijo, un hombre es inocente hasta que se demuestra la contrario. -Eric lo mira impactado.

   -¡Armas, papá! Con eso matan gente. ¿Quieres a La Torre mezclada en eso?

   -Es sólo un rumor. Una denuncia. Algo de política. -suena angustiado y exasperado.- Por Dios, no me extraña que los socios te peleen. No estás dirigiendo un té canasta de la Iglesia. Es un bufete de abogados. Debes tener en cuenta tus prioridades. -se inclina hacia él.- Debes moverte con cuidado o Frank Caracciolo te sacará de allí, con el beneplácito de todos. No dejes que Frank te acorrale. Abre los ojos...

                                                               ....................

   Las sombras caen sobre Caracas. Todo el que quiere vivir la noche, sale lo más arregladito que puede. Es una noche muy cálida, vibrante. Embriagadora. Hombres y mujeres buscan un escape en un país tenso, cercado de problemas, con un Gobierno que desgobierna, amenazando, gritándoles a todos, retando al mundo, y sin resolver un sólo problema real. La gente vivía con cierta urgencia, con desesperación, como sí cumplieran la máxima aquella de: a tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar.

   En un botiquincillo íntimo, no feo o vulgar, Eric (con cara de dolor de muelas), Sam, Lucas, Néstor, Alirio y Renato, toman cerveza alrededor de una mesa. Discuten sobre el negocio que tienen y que iniciaron hace dos años, una constructora. Las cosas no iban muy bien que digamos, toda la rama de la construcción atravesaba una crisis. Sin embargo Lucas  pensaba en un proyecto propuesto por la gobernación del estado Miranda para la construcción de unas casas en zonas rurales. No todos parecían convencidos aunque Lucas insistía.

   -Debemos hacerlo. La compañía necesita activos. -dice el hombre a la defensiva.

   -Desde que te conozco, la compañía está al borde del desastre y necesita activos. -se queja, no muy hostil, Néstor Lobo, tomando su cerveza.- Parece que no te sabes otra letra.

   -Escúchalo, él y tú dirigen igualito. -bromea Sam con Eric, quien hace una leve mueca.

   -¿Y a ti qué te pasa? Tienes una cara de dolor de bolas desde que llegaste. ¿Irene no quiso dártela antes de salir? -se burla Alirio, riendo como conejo.

   -¿Por qué será que los que nunca encuentran una mujer ni para que les deje darle una güelida de cuca siempre hablan así? -lo reprende Lucas. Todos ríen.

   -Tú ni te imaginas cuantas me la dan. -bromea.

   -Si fuera así, no tendrías ese callo en la mano de hacerte la paja. -dice con voz lenta, Renato, guiñándole un ojo a Sam que ríe, pero que también piensa furiosamente para sus adentro mientras lo mira intrigado: ¿sería pato? Siempre lo desconcertaba.

   -Estoy bien. Al menos mejor que la compañía esta. -dice Eric, tomando su cerveza. Sam lo mira fijamente.

   -Entonces, ¿qué hacemos? ¿Trabajamos con la gobernación de Miranda o no? Ese Meléndez no es un mal gobernador. Por lo menos trabaja.

   Después de discutirlo un buen rato, todos aceptaron a regañadientes el tratar con la gobernación mirandina, aunque con reservas, ¡era tan difícil cobrarle a la gente en el poder!, para dedicarse a hablar sobre perdidas y ganancias, así como de la inversión que debían aportar para encarar a los contadores de la gobernación.

   -Tú me sacas más plata que mi mujer. -se queja, amargamente, Néstor.

   -También te da más que tu mujer. -ríe Renato.

   -¿Qué te pasa? Tienes una cara de caligüeva... -le pregunta Lucas a Eric, tomando más cerveza.

   -Los negocios. Sam tiene razón. Yo estoy con La Torre como tú con la constructora. Necesito más y más plata. -no nota que Sam le hace una seña como para que no hable. Alirio sí la nota. Sam piensa que no es bueno hablar tanto de las cosas internas de la firma.- La gente no está contenta conmigo. Dicen que filtro muchos casos y perdemos real. Pero es que esa gente a la que boto son unas ratas y yo no quiero... -calla como notando que habló de más.

   -Si no te gusta tratar con ratas y ratones, no debiste ser abogado. -sentencia Néstor.- Aunque a veces uno queda atrapado en sus pesadillas. Mírame a mi, urólogo. Y con el asco que me dan los carajos chinos. Si ellos supieran con cuanto desprecio los toco. -pone cara de asco y se estremece teatral. Algunos ríen.

   -¿Has ido a un urólogo? -le pregunta Sam a Renato a su lado, sin saber por qué.

   -Una vez. Ya conocía a Néstor, pero ni loco hubiera ido con él. -baja la voz acercándosele.- ¿Te imaginas todo lo que habría contado de mí en cuanto yo me fuera? -ríen escandalosos.

   -Y para colmo, la junta nombró a otro jefe. Un cojefe... -ríe.- Eso sonó a grosería, ¿verdad?

   -Como a coge jefe. -ríe Alirio, chillón.

   -Todo lo tuyo son cogidas, estás como obsesionado con eso. ¿Hay algo que no nos has dicho, Alirio? -le pregunta Néstor, tomando un buche de cerveza como para enjuagársela, tragándosela luego.- Habla con confianza, somos tus amigos y ya muchos te creemos maricón.

   -¡Güevón! -casi le grita, cuando una joven pasaba, mirándolos feos.

   -Dejen las groserías, pila de coños'e madres cogidos. -se burla Renato.

   -No te pongas así, papá. En el país todo va mal. -le dice Lucas a Eric, indiferente a la conversación de los otros.

   -¿Han visto las interpelaciones? -pregunta Alirio.- Eso da dolor de culo verlo. -se refiere a la pantomima montada por el Gobierno para interrogar a un grupo de personas ligadas o no a los eventos de abril que terminaron en la masacre, la caída del régimen y su resurgimiento, todo en ese desastroso año del dosmil dos.

   -Son unas ratas. -sentencia Sam.- Ahí lo que se debería estar buscando es quién disparó y mató a esa gente. El crimen fue asesinar a esa pobre gente desarmada. No marchar. -ataja duro. Eric lo mira, sintiéndose mal.

   -Es lo que yo digo. Que busquen a quienes dispararon, pero también a quien los contrató. Al que les dijo suban ahí que nadie los va a molestar, ni helicópteros ni Guardia Nacional. A quien le dio las armas y los entrenó. Alguien tiene que haber traído esas armas y entregársela a esos asesinos. En alguna parte debe haber un papel que diga tal día, tal sujeto compró tales pistolas o metralletas. Es a esos  coños'e madre a los que hay que atrapar y mandarlos a El Rodeo. -dice Lucas, mientras Sam nota que Eric se pone más y más tristón.

   Poco después, todos se despiden y se van. Sam se las arregla para retrasar a Eric...

......

   Las sombras solitarias de la construcción podían resultar alarmantes o deprimentes para algunos. No para Lucas. Él sabe de esas cosas. Él sabe qué de ese desorden, de ese caos, surgirá algo sólido, hermoso y funcional. Es su vida. Es lo que hace desde niño y le gusta. Es algo que él fabrica con sus manos, con su esfuerzo, con el día a día. Detiene el carro cerca del remolque que funciona como oficina en trabajos de campo. Es tarde, pero tiene que hacer esa llamada tan importante. Sonríe al recordar la última vez que llamó. ¡Como se alegrará cuando le cuente lo que había averiguado esa noche!

   Mira en todas direcciones. ¿Dónde estaba Pepito? Ese carajito no servía para guachimán. Lo contrató porque conocía a su papá desde hace tiempo. Bebían cerveza juntos de vez en cuando. Y ahora porque el muchachito había resultado caliente. Con un estremecimiento lujurioso recuerda los besos de esa tarde y las sobadas. Hacía tiempo que ningún carajito así, lo había excitado tanto. Pensó que ya no pasaría más. A pesar de su fuerza, de su porte vigoroso, ya estaba en los cuarenta y tantos. Tenía una vida hecha y debía enderezarla del todo. No quería que Socorro, su mujer, volviera a formarle un peo y plantearle la separación como cuando supo de Lupita. Y si sabía de Pepito, lo mataba.

   Entra al trailer, diciéndose que mañana hablaría con él. Debía ser más cuidadoso con la propiedad. Para eso le pagaba, no para que le diera el culo, aunque también se agradecía. La oficina está a oscuras, enciende una lamparita de mesa, un toque coqueto que desconcertaba a todo el que venía. No podía decirles que fue cosa de Lolita (otra más), Socorro podría saberlo. Toma el teléfono y marca una serie de números que parecen el de dos cédulas de identidad juntas, por la cantidad que son. Espera y más tarde relata lentamente los acontecimientos del bar a alguien. Calla. Oye. Responde. Aclara un punto o dos. Después de diez minutos, cuelga. Le sienta un poco mal hacer eso, hacérselo a sus amigos, pero...

   Bota aire, cansado. Nota que algo se mueve tras él, cuando se abre la otra puerta del trailer, por lo que gira con brusquedad en su silla, el hacer esa llamada lo llenaba de algo de culpa y cuando la conciencia no está tranquila, todo alarma. Se trata de Pepito, que le sonríe recostado en el marco de la puerta. El trailer está en penumbras y como del patio penetra la luz de una potente lámpara, Lucas ve que el joven, delgado y sonriente, viste únicamente una franelota blanca que le llega un poco por debajo de los muslos. Y que está desnudo debajo de eso.

   -¿No deberías estar de guardia? - le pregunta ronco, mirando la joven silueta, sintiendo como su güevo se endurecía bajo el pantalón. El cachorrito se veía bien caliente.

   -Eso hacía; vigilaba su regreso. -le sonríe traviesamente.

   -Mejor déjalo así, Pepito. Anda a ver televisión o a masturbarte... -intenta resistirse, pero sintiendo que el tolete le duele un poco de lo erecto que está dentro del pantalón. No puede olvidar que es hijo de un amigo. El chico sonríe, alcanza a notar la erección.

   -Lo que necesito, no puedo dármelo yo solo, aunque quisiera. -dice ronco, apoyando la espalda del marco con un aire de abandono, mirándolo lascivamente. Al coño, pensó Lucas.

   El hombre se para y va hacia él, que sonríe excitado y temeroso. Le nota le enorme tranca contra la tela del pantalón caqui. El hombre quiere decirle que es un error, que se vaya, o algo, pero lo recorre con la mirada, lo atrapa por un brazo y con rudeza lo atrae hacia sí. El joven con un leve jadeo de excitación, responde. Los dos se trenzan en un abrazo apasionado, caliente. Sus bocas se unen anhelantes. Lucas besaba con rudeza, con fuerza, experto. Su lengua invadía, lamía y atrapaba, mientras tragaba la saliva del otro.

   Pepe, con la boca intervenida, sólo podía jadear, sintiéndose débil ante esa tibia lengua que lo acariciaba tan íntimamente. Sin abandonar esa boca dulce, las manotas del macho recorrían la espalda del joven, sobándola, palpándola, clavándole los dedos. Finalmente cayeron sobre sus nalgas, aferrándolas con furia, intentando abrírselas, separarlas debajo de la franela. El joven chilla y eleva el rostro cuando el otro, dejando su boca, le atrapa el lóbulo de su oreja izquierda, mordisqueándola, provocándole oleadas de excitación. Los dos güevos erectos se frotaban uno contra el otro a pesar de la ropa.

   Cada uno sentía que la leche ya se le iba a salir de lo cachondo que estaban. Las manos del joven recorrían con ganas, con deseo de sobar y explorar, los pectorales recios del otro, aplastándolas contra sus tetillas graníticas, sintiendo el loco palpitar de su corazón. Mientras esas bocas desesperadas y hambrientas de placer y lujuria vuelven a unirse, Pepe se dice que este si es un machazo. Un carajo grande y viril. Ya tenía tiempo experimentando con amigos y compañeros de clases, pero eran sólo muchachos comparados con este tipo. Siempre le gustó; cuando iba con su padre y jugaban al béisbol y cosas así, él no podía apartar sus ojos de él, de sus entrepiernas, de su torso sudado. Si se quitaba la camisa o la franela, era una locura. Cuanto lo deseaba...

   Lucas se separa un poco, mirándolo lujurioso, sus manotas caen sobre el cuello de la franela y la hala, rasgándola con una facilidad abismal. El chico queda desnudo, jadeante, rojo y con el güevo erecto. El otro se lo mira y hace una mueca aprobatoria. Con un movimiento brusco, lo alza en brazos, llevándolo hacia el sofá. El joven lo mira respirando agitado, totalmente subyugado por él. Lucas lo deposita boca arriba en el sofá y cae sobre él, besándolo. Su lengua lo lame por los labios, la barbilla y las mejillas, saboreándolo con ganas. Se para y se quita lentamente la ropa. Su torso se ve agitado, subiendo y bajando, se quita los zapatos y pantalones. El bóxer muestra la gran erección. Se lo quita y nuevamente el joven mira el increíblemente enorme tronco. El hombre se agacha a su lado, le atrapa el güevo con una manota y su pulgar se frota de la roja cabeza. El chico jadea y gime, siente ganas de revolcarse. Cada paso de ese dedo despierta más deseos, más ganas. El hombre sonríe, ¡que caliente estaba ese muchacho!; bueno, era la edad, a sus años siempre se estaba caliente, siempre se quería amar y gozar del sexo, no tenía nada de malo.

   Saca la lengua y como quien lame una chupeta, la posa en la base, entre las bolas, El joven grita contenido. Las bolas se contraen dentro del saco. El güevo palpita, y mientras lo recorre muy lentamente, Lucas lo siente endurecerse y calentarse más. Lo siente rico contra su lengua, tiene la boca llena de saliva. Su lengua lame la roja cabeza y le da leves lengüetazos. El joven gime, sus piernas se tensan. La boca de labios gruesos rodea la punta de la cabeza y le da leves besos, lame lenta y profundamente. Y Pepe le parece que la vida se le va por ahí, una gota espesa de jugo sexual escapa, y Lucas la paladea, agridulce, salina, en su boca. Ese chico no va a aguantar mucho, pronto se correrá, se dice Lucas, estimulado al máximo.

   -Pepe, no soy un muchacho. Soy un hombre adulto, si te cojo... puede ser doloroso. -le dice Lucas mirándolo. El joven le sonríe.

   -Cógeme, papi...

   Lucas sonríe más, eso es todo lo que necesitaba oír. Se pone de pie y la tranca le resalta como una lanza. Negra. Nervuda. Enorme. Pepe contiene un jadeo de deseo, y su culo sufre un involuntario espasmo de anticipación. El hombre le atrapa con las manos los tobillos, abriéndolo, inmovilizándolo. Dominándolo. Mira al joven sonriente, mira su güevo blanco, sus bolas, la hendidura del culo; y el tolete se le vuelve de acero, mirándole el titilante agujero. Lo hala y las caderas vienen hacia él, hacia el borde del sofá. Se tiende algo sobre el joven y sus caderas suben y el culito queda viendo hacia arriba. Monta el tobillo derecho en su hombro, con la mano aferra su tolete y mira fascinado como la morada cabezota se frota contra la sonrosada raja, como se aprieta contra el lampiño y rojo culito. Pepe jadea sintiendo la suave, dura y tibia masa contra su entrada secreta.

   El carajo se calienta como nunca, le parece que no ha visto otro culo más bonito y deseoso de ser llenado, saciado. La negra mole se frota, empujando. Pepe jadea entre dientes. El tolete va clavándose lentamente. La cabeza se incrusta, caliente. El joven gime, eso quema y desgarra, duele un poco, pero lo enciende todo. Lucas gruñe; ese joven culito apretado, que se resiste, ahora comienza a apretarle y soltarle el tolete. Lo clava más. Pepe lanza un alarido, de deseo. Debajo de las piernas del negro, se ven sus dos bolas enormes, su tolete largo, grueso, tieso y nervudo, semimetido dentro del rosado culo de aquel muchacho que tiene las piernas muy abiertas. El hombre jadea, sonríe y apretando los dientes empuja más y más, clavándoselo con ganas. Pepe chilla, sus caderas se tensan ante el asalto, su culo aprieta más el güevo, queriendo pararlo, pero deseándolo también.

   Centímetro a centímetro, Lucas se lo clava  todo, hasta los pelos, sus bolas descansan sobre el nacimiento de la raja interglútea del otro. Pepe grita, sudando, revolviéndose sobre el sofá. El negro sonríe, lo ve hermoso así, caliente y deseoso de sexo duro. Echa el rostro hacia atrás y lanza un gemido, sintiendo como ese culito lo amasa, lo soba, lo chupa. Ese culo cálido quiere comérselo todo. Lo saca unos centímetros y se lo clava. Lo saca un poco más y vuelve a enterrárselo, agitándolo con la fuerza de sus embestidas que lo aplastan contra el sofá. Pepe chilla, agudo, con una voz de falsete, agarrándose el güevo, que teme le vaya a estallar por todas las deliciosas sensaciones que lo recorren, excitándolo más aún. Ese monstruo clavado en su culo lo hace casi sollozar cuando entra poderoso, quedándose allí, palpitándole adentro, calentándolo con su fuego mágico. Lucas, con un bramido, alza más los tobillos de Pepe, alzándole algo más las caderas, mientras su güevote va y viene contra el rico agujero. El güevo sale casi todo para luego clavarse con ganas, con deseos de aplastarlo y machucarlo contra el mueble. Sale y entra, enorme y vigoroso. El güevote brota del rojo culo como si fuera demasiado grande para él, es cuando Pepe gime, agudo, para luego volver a enterrarse todo, hasta que los crespos pelos púbicos del hombre se pegan del bajo bolas del joven. Lucas lo deja enterrado, mirando como las bolas del muchacho se agitan contra su cadera.

   Con esa tranca en sus entrañas, Pepe chilla, sintiendo como crece más, como palpita, como suelta algo caliente que le sube, llenándolo de lujuria, de más ganas. Su culito echa candela ante la invasión de esa tranca. Lucas le monta los tobillos en sus recios hombros, sus manotas bajan hacia sus nalgas, atrapándolas. Lo alza un poco, lo agita. Lo mueve. Pepe chilla, así siente que el tolete lo taladra más, moviéndosele adentro como una barra de candela. Sólo puede jadear, gemir y sudar, débil, dominado por ese macho que lo cabalga hacia la gloria.

   No pasa mucho tiempo antes de que Lucas repose boca arriba sobre el sofá. Pepe está sobre él, montado a hojarasca sobre sus caderas. Mira al hombre con deseo, sumiso, ardiente. El enorme tolete, erecto como un mástil, choca contra las blancas nalgas. Pepe eleva las caderas, sus nalgas están muy abiertas, el culito se ve cerrado, pero se frota contra la negra cabezota. Lentamente se lo va metiendo todo, jadeando feo, apretando los dientes. El culo baja y baja sobre la dura tranca. El otro pasa saliva, con deseo. Pepe jadea y termina de caer sobre el güevo, enculándose, empalándose hondo. El culo esta totalmente invadido con esa barra caliente. El hombre chilla bajo, apretando los dientes, siente ese peso rico sobre sus caderas; Pepe pesa, y su cuerpo tibio se siente delicioso, pero lo mejor era el culo que amasa, aprieta y chupa su güevo. Pepe sube un poco y vuelve a caer. Sube y baja, lentamente; pero luego con más fuerza, rítmicamente. Los dos jadean. El tolete sale y entra dentro del ardiente culo. La gorda tranca aparece y desaparece cuando el culito de Pepe sube y baja, viéndose pequeño para ese garrote.

   Vistos por una ventana, se habría notado las tensas piernas de Lucas, con sus dos bolas colgando, con las nalgotas abiertas del joven que sube y baja sobre la dura tranca. Cuando se lo mete todo, y Pepe chilla, sólo un pedacito de güevo se ve. La blanca y sudada espalda del joven se agita, subiendo y bajando. Pepe baja el rostro hacia el otro, sus manos caen a los lados de su rostro, echando el cuerpo hacia adelante. El culo sube y baja, con ganas, con fuerza. Frenéticamente. Parece un vaquero cabalgando sobre un potro, y a cada sacudida de su cuerpo, el güevo entraba y salía de sus entrañas hambrientas, pero bien atendidas ahora. Lucas jadea, medio levantándose atrapa el rostro del muchacho y sus bocas se unen en un beso húmedo y mordelón. Las caderas del macho  suben y bajan ahora, clavando al muchacho, cogiéndolo con rudeza. Ese culito caliente ya está más dilatado. Mientras salta y suda sobre sus caderas y su güevo, el hombre le atrapa las erectas tetillas y las soba, las aprieta, dándole más gozo al muchacho. El güevo del joven cae y se frota contra el vientre del macho una y otra vez, golpeándolo, masajeándoselo así.

   -¿Te gusta? ¿Te gusta...? -ruge bajito Lucas.

   -Hummm, sí... ahhh... ahhh... -gime el joven, sudando a mares.

   Lucas, caliente como el infierno, se medio sienta y atrapando al muchacho entre sus brazos recios, lo besa ardiente, con ganas, con lujuria. Lo deja clavado contra su tranca, que queda muy dentro del ardiente joven. El güevo palpita y se estremece, corriéndose dentro de Pepe en un estallido de vida, de sexo, de pasión. Pepe grita, sin ambages, sintiendo como esa cálida explosión lo inunda, haciéndolo casi desmayarse en los brazos del hombre. Lucas sonríe ante el chicuelo, jadeando, intentando respirar de nuevo, pero sintiendo una nueva oleada de semen que escapa de él. ¡Vaya chico!, tendría que atenderlo aún mientras se corría...

......

   Sam y Eric toman a solas sus whiskys. Eric amargado habla de que tiene ganas de mandarlo todo al coño desde que Aníbal y Ricardo lo citaron a aquella junta para decirle que reprobaban su gestión, para recibir luego a Frank y convocar a la nueva reunión donde casi lo echan. Comenta lo que habló con Germán sobre Guzmán Rojas y el general Bittar. Y que oír lo que dijo Lucas sobre la gente que disparó y los que les dieron las armas, lo deprimió.

   -Te dejas afectar muy fácilmente. -lo reprende Sam, palmeándole con rudeza, la espalda.

   -Ya hablas como papá. Estamos hablando de armas, de gente que dispara con esas armas y de gente que muere por esas armas. -suena dolido y amargo. Sam bota aire.

   -Entonces, lo que hay que hacer es sencillo: saber sí la firma tiene algo que ver con eso, ¿no? Tampoco a mí me agrada la idea de ser cómplice de asesinos, porque eso es lo que son en definitiva los que dispararon contra esa gente ese día, y quienes los mandaron allí. Creo que un buen inicio sería ir tras William Bandre.

   -Si... es lo que hay que hacer. -se dice como poco convencido. ¿Y sí La Torre...?, menea la cabeza. No quiere pensar en eso.- Y yo puedo intentar algo, por mi cuenta... -sonríe leve.- Te sorprendería saber a quién me presentaron hace cinco días en una cena. Pero no, no te lo voy a decir todavía. Voy a concertar una entrevista primero. -suena animado. Sam pone cara de preocupación. Algo lo inquieta.- ¿Pasa algo más? Tienes cara como de dolor de vientre. –se burla.- ¿Linda te los pegó?

   -Eric... se supone que ustedes tienen algo así como un maricarradar, ¿no?...

   -¡Sam!

   -... ¿Tú crees que Renato... es pato? -se ve chismosamente interesado, casi burlón.

   -¿Qué? ¿Lo quieres encular?

CONTINUARÁ...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:53:08 in MI NOVELA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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