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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
FUERON DE VISITA A LA MONTAÑA (11-05-2008)

   Este relato es una nueva versión de una historia corta, muy corta pero buena de verdad (no sé como lo hace), leída al PUTOJACKTWIST. No me canso de releerlas, sobretodo cuando se pasa por momentos pocos halagüeños como nos ocurre actualmente en mi país. Que me disculpe el putojacktwist, pero aquí va la historia.

   PROYECTO BROKEBACK MOUNTAIN

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia se sintió obstinada. No cansada, simplemente sin ganas de seguir oyendo a los niños discutiendo ásperamente por cada franela limpia o cada pedazo de torta, indiferentes a sus llamados de paz, de calma. Ni ellos ni su marido parecen entender que necesita escuchar algo de silencio. No puede mirar la cesta llena de ropa lavada, con camisas que esperaban se planchadas. No está contenta; le gusta su vida, pero a veces, en un raro momento de quietud entre dos tareas, recuerda que quiso visitar la India cuando era muchacha, cuando pensó que tenía todo el tiempo del mundo para hacer cosas increíbles. Y ahora le había dado por evocar con extraña insistencia al muchacho de su clases en bachillerato, el ‘loco' de ojos brillantes de sueños maravillosos y fantásticos que una noche sin son ni ton le dijo que ella era la cosa más hermosa que había visto en su vida, que por ella él esperaría toda una eternidad y sería feliz si lo mirara con amor, que escaparan juntos. No lo hizo, porque ella deseaba estudiar, tener éxito e ir a la India. Pero nada resultó como lo imaginó, como sucedía siempre. Había sido feliz, era feliz, su vida era buena. Sin embargo...

   Ricardo es un profesor de liceo, enseña lenguaje y siente amor por lo que hace. Le agrada la juventud con esas ganas de hacer cosas; pero mientras va adentrándose en los cuarenta, pierde cabello y engorda un poco, va sintiéndose desasosegado, aburriéndose y perdiendo la paciencia con sus alumnos, jóvenes y atractivos, llenos de vitalidad e irreverencia pero pocos dados a la reflexión, aún a hablar correctamente, desconcertándolo cuando en medio de una oración sobre Harry V, le preguntaban asombrados: "¿Inglaterra es una isla, profesor?”. Los mira pendientes de los mensajes telefónicos, de las citas para bailar y parrandear, y le parecen seres vacíos; y se molesta, con ellos, con él, por su fracaso. Antes se sentía lleno de ganas por transformarlos, por transmitirles el secreto de la existencia, casi como la misión de su vida, llenarlos de ese fuego nuevo y renovador que una vez tuvo, pero ahora...

   Sentado tras su escritorio, Esteban mira pasar al nuevo ingeniero, sólo un muchacho, lleno de altanería y buena pinta. Nota como todos lo buscan, le hablan y quieren intimar. Lo entiende, el tipo irradiaba vitalidad, fuerza, determinación, algo que él iba dejando atrás. En algún momento perdió la chispa que lo empujaba e hizo que arrastrara a otros hacia las metas. La vida le fastidiaba, no soportaba la oficina, ni la casa. Laura y los niños lo agotaban, y había comenzado a distanciarse, refugiándose dentro de sí, desconectándose del mundo. Lo sabía egoísta, pero no tenía fuerzas para cambiarlo, ni le veía necesidad; ese vacío que ahora era su vida le brindaba una paz extraña, la serenidad de la resignación, de quien no espera nada, por lo tanto jamás será desilusionado, pero sin vivir. La gente le molestaba en todas partes, pero no en su mundo interno. Sabía que era insano, extraño, pero fantaseaba con tenderse en una cama, sin moverse, sin vivir. Le iba bien dentro de un país que se despedazaba, y sin embargo no era feliz ni infeliz. Se sentía vacío...

   Vicky terminó el bachillerato hace dos años y no encuentra cupo en la universidad, y no quiere irse a unas de esas perreras donde hay carreras como medicina que se cursan en tres años bajo tutela cubana. Ella quiere trabajar y salir de la casa paterna. Ama a sus padres, pero quiere su espacio, su vida. Si no en la universidad, en la realidad cotidiana con un trabajo. Ha sido mimada, sus padres le compran la gasolina del carro, que también le dieron, y la tarjeta del teléfono móvil. Tiene casi veintiún años y aún la tratan como a una cuiquilla de siete años a la que le dan de todo dentro de sus posibilidades. No le falta nada, nunca le faltó, podría ir a una universidad privada si chillaba, pero sabe que aunque sus padres harían el sacrificio, sería duro para ellos que ya le habían dado tanto. No quiere eso. No quiere seguir dependiendo, no quiere seguir bajo tutela. Los ama pero quiere correr, gritar, alejarse. No quiere...

   Rodolfo es un cabo segundo de la Guardia Nacional, un hombre adulto que hizo carrera como militar, que ve como día a día la gente que antes le tuvo aprecio va mirándolo con desdén y hasta con asco, apartando la mirada cuando pasaba para fingir que no lo vieron. La gente que ayer lo apreciaba, hoy no le dirigía la palabra, excepto aquellos que fingían aceptar el tutelaje cubano en Venezuela para hacer negocios. Eso le desagrada, le hace infeliz, ese tutelaje, el rencor en esos ojos antes amigos. También le inquieta la necesidad que va sintiendo de llamar a Alberto y Wilson, antiguos amigos de muchachadas, a quienes recordaba con una añoranza que le desconcertaba. Mientras iba ascendiendo de joven a adulto, y en su carrera, se apartó de mucha gente, desatendiendo invitaciones, no visitando, no respondiendo llamadas. Por aquellos días pensó que ya no los necesitaba, que debía seguir. Ahora extrañaba esas charlas cuando los tres bebían caña casi hasta la inconciencia, echados en el suelo, mirando un juego de pelota. Cuando hablaban de todo, de cosas alegres para terminar hablando de cosas reales, a veces dolorosas. Mientras recorre la conscripción, Rodolfo recuerda a Alberto llorando por su mamá muerta, con una congoja tan grande que parecía no tener consuelo, casi recostado sobre él, con la cabeza en su hombro, momento en el que sintió que lo quería de una forma total, que de poder habría dado algo, lo que fuera, por no verlo así, sin embargo nada sexual había en ello. Pero los había alejado, como a muchas otras cosas buenas o significativas en su vida. Y ahora no sabía qué hacer...

   Silvia adora ir a la universidad, porque allí estaba Mariana, su mejor amiga, con quien podía hablar, reír, intercambiar secretos, ropas o lápiz labial. Ella quería a Mariana de una forma que a veces la asustaba, porque le dolía verla hablando con otras personas, con muchachos o chicas. A Silvia le pesaban los días cuando no la veía. Que Mariana no fuera una tarde a clases era doloroso, porque eran amigas. Amigas que caminaban tomadas de la mano, rientes, sintiéndose alegres y vitales. A su mamá no le agradaba mucho esa amistad tan estrecha con Mariana, y eso le hacía la vida difícil en casa. Pero Mariana era su amiga, su mejor amiga de todo el mundo. Sin embargo algo había cambiado, ayer había sucedido algo que la turbaba; en clases, mientras el profesor hablaba de gráficas de crecimiento demográfico, Mariana, sentada a su lado dentro del salón oval del rectorado, le había tomado la mano bajo los respaldos para los cuadernos, bajo la mesa como dirían. Silvia la miró sorprendida, encontrándola algo pálida y tensa, mirando al frente, y no tuvo fuerzas para soltarse, ni deseó hacerlo tampoco mientras se estremecía y su corazón latía con fuerza, haciéndola desear tomar aire a bocanadas y sonreír. Se separaron al salir y no habían hablado de eso aún...

   Javier y Nelson son dos muchachones veinteañeros, amigos de siempre, alegres y parranderos que sólo quieren ir de rumbas, bailes, tomar cervezas, fumar y tirar con bellas chicas. Nelson había probado un poco de piedra, algo que Javier sospechaba y le molestaba, aunque no le había dicho nada. Eran los mejores amigos, se sabían guapetones y que gustaban a las féminas. No amaban a ninguna en especial y más de una vez la que salía con uno terminaba en la cama del otro, sin problemas. En medio de una borrachera, dos años atrás, Nelson le había dicho a Javier, casi pegando la frente a la suya, que quería que montaran el la camioneta de Javier y se fueran a recorrer todo el país, de montaña a playa, y de valle a selva, parándose en cada pueblo a comer, beber y encontrar mujeres, antes de que fueran más viejo y ya no pudieran hacerlo al estar atrapados en la vida de los adultos, ese momento cuando la magia muere y ya no se es un muchacho. A Javier le sedujo la idea, quería partir con su mejor amigo y vivir así, alegremente al garete, en aventuras. A su lado. Porque le había impresionado la urgencia detectada en esa voz amiga y querida. Pero su padre se lo prohibió, y el joven no aceptó, temeroso de perder su carro, la tarjeta de crédito y la ayuda paterna. Nelson pareció entenderlo, pero a Javier le inquietó algo en su mirada (¿decepción?), que fue apagada y se desvió casi al instante de la suya; tampoco le gustó lo que él mismo sentía, aunque no sabía exactamente qué era...

   Cada dos meses, o algo así, Ligia escapa de su casa, de su marido y sus hijos para pasar un rato con ella misma, con sus pensamientos, dándose el gusto de no hacer nada, de no vigilar nada ni estar siempre al pendiente. Sentada a solas en un café, saboreando un cargado marrón oscuro, humeante y oloroso, pensaba en su vida, y le agradaba aunque ya no tenía mucho tiempo para nada más. Ni para las antiguas amistades. Ya no habla con nadie de un tema personal o abstracto, sobre algo que no fuera la familia; pero supone que eso está bien. Aunque...

   Con paso lento, hace mucho calor, Gonzalo cruza la calle rumbo al edificio donde vive con su madre después de su divorcio hace ocho años atrás. Imagina que tal vez esa noche habrá otra cena preparada por su madre donde le presentará a alguien. La mujer parecía decidida a casarlo, aunque él daba claras muestras de que no quería. Su madre no le preguntaba por qué, o por qué se divorció, ni él le contaba nada. ¿Cómo contarle de ese momento fugaz en aquella fiesta del trabajo muchos años atrás, que cambió su vida, abriéndole los ojos a lo que sentía, pero condenándolo a ocultarle todo a todo el mundo? Hubiera querido decirlo, dejar que alguien supiera, que otra persona lo escuchara, entendiendo que se descargaría, que por un momento se quitaría el pesado fardo de encima, que habría alivio y tal vez hasta lanzara un largo jadeo de contento; pero exponerse así era demasiado para él. Jamás se atrevería. Pero pensaba que estaba bien, que podía seguir así, sin nadie, para siempre...

   Esa tarde, casi de noche ya, Alicia sale de su casa sin saber qué hacer. Ricardo camina lentamente por el boulevard, pensando en todo y en nada, algo molesto por algo que no entiende. Esteban deja la oficina y en lugar de tomar su carro e ir a casa, sale del estacionamiento y deambula de aquí para allá. Vicky espera a un amigo en el boulevard, uno con quien siempre habla de mil cosas, sintiéndose algo inquieta. Rodolfo espera hora para una reunión, se rumorea que van a enviarlo a Cuba y eso no le gusta. Silvia y Mariana deambulan por el boulevard también, discutiendo sobre un trabajo de investigación, pero sin concentrarse, sabiendo cada una que tienen que hablar de otra cosa. Javier y Nelson van al teatro Humboldt esperando entrar y ver King Kong, pero no hay entradas, y siguiendo a dos chicas (Mariana y Silvia), van tras ellas a otra sala. Ligia, terminado su café, medita si entrar o no a una función cinematográfica. Gonzalo desvió sus pasos también, no quiere cenar con su madre. Y todos coinciden en una cola extrañamente larga para ver una película que promete ser mórbida y polémica, la de los vaqueros maricas y sinvergüenzas. Hay risitas y comentarios bajitos. Nadie espera mucho de ella.

   La sala está llena, cosa rara para una película de ese tipo, piensan algunos, seguros de haber cometido un error al entrar. Se apagan las luces y se oye un rasgar de guitarras extrañamente inquietante sobre un paisaje árido, casi desértico y solitario. Y para muchos el mundo se detiene de una forma total, casi brutal, y sus vidas dejan de transcurrir en esos instantes, porque están dentro de la existencia de otros. Ya no están en esa sala, se encuentran en lo alto de una montaña donde hace algo de frío, entre ovejas y caballos, y miran, más allá, la pequeña tienda de campaña, y hasta reparan en el vaquero catire y hosco que sale a cocinar para el otro, el moreno de sonrisa hermosa. Miran al tipo que observa a su compañero con algo que va convirtiéndose en pasión, aunque aún no se atreve a decirlo, y para disimular debe saltar y gritar como un vaquero de comiquitas. Lo observan decidido y valiente moverse para conseguirlo una vez que entiende que ese es su destino, su vida. Asisten al momento donde en una segunda entrega, perciben en unos ojos grandes, azules y expresivos todo el amor que una persona puede sentir por otra, y toda la entrega de la que es capaz.

   Contemplan la dolorosa despedida porque el mundo no perdonaría a dos jóvenes que escaparan para vivir uno con el otro. Miran como nada detiene los sentimientos, como la nueva reunión termina en besos desesperados, en un llanto casi contenido del hermoso moreno que temió no encontrar nada para él pero allí estaba el hombre al que amaba recibiéndolo en sus brazos. Y allí está el vaquero solitario y viejo, que no deja escapar ni una lágrima aunque queman sus ojos, un tipo tan encerrado en sí que besar, decir que ama o llorar le cuesta. Pero lo miran ahora solo, amargado, extrañando el amor que se ha marchado definitivamente al reino de la muerte. Lo saben infeliz porque el mundo es intolerante. Lo saben desdichado porque nunca reparó sus faltas o se disculpó, pensando que siempre habría tiempo para hacerlo. Entienden que ese hombre arrastraba sus propios temores y dudas, sus propios recelos que no lo dejaron simplemente abrir los brazos y el alma y entregarse haciendo feliz al otro; pero también que mucho había amado y mucho había perdido.

   La película acaba y ellos no pueden moverse, no pueden pensar, no pueden reaccionar. Sus mentes se han cerrado a ese final, desechándolo, maldita sea; las mentes alejan el dolor y deciden volver al momento feliz. Ellos no pueden abandonar el lugar porque siguen dando vueltas alrededor de esa tienda de campaña, siguen atrapados sentados a la hoguera, junto a los vaqueros con sus veinte años a cuesta, con todo su amor y sus esperanzas, con todos sus temores de muchachos. No pueden abandonar ese lugar que hace humedecer sus ojos y agitar sus pechos entre el amor y el dolor, aunque intentan decirse que ya basta, que ya está bien, que debían regresar. Pero no pueden, es como si un mal hipnotizador no hubiera sido capaz de sacarlos del trance. Lentamente todos abandonan la sala, salen a la noche, a las avenidas, pero en cierta forma nada de eso es real. No, lo verdadero es el joven moreno que salta y grita como una parodia de vaquero, angustiado ante lo que siente al mirar al compañero de amarillentos cabellos; en medio de una naturaleza hermosa, con el bello cielo sobre sus cabezas, bendiciéndolos.

   Todos vuelven a sus casas, a sus vidas, con los suyos; pero no pueden reintegrarse. Están tristes, se sienten abrumados, dolidos y vencidos por pasajeros instantes de vacío que atormentan, para ser sustituidos luego por los sueños, por imágenes creadas por sus mentes, donde el final es distinto. Vagan entre suspiros, entre miradas angustiadas, entre añoranzas. Nadie sabe qué les pasa. Nadie entiende por qué esas súbitas melancolías, por qué el de los ojos rojos en un instante. Algunos se preocupan por ellos, otros parecen perder la paciencia: “Pero ¿qué tienes? Si estás así es por algo, ¿no?”

   Ellos continúan con la vida, pero se sienten inquietos por la forma en que marchan las suyas mientras flotan entre ovejas y vaqueros, y no pueden olvidar esa mirada, esa mirada de amor en una carpa (Dios, esa mirada que lo abarcaba todo, que lo decía todo y creaba un mundo nuevo, infinito, de valor); o esa otra mirada, llena de expresividad, de entrega, del hombre que entiende que ya no es dueño de su vida mientras ve cabalgar hacia lo lejos al hombre que quiere y que segundos antes lo acunó en sus brazos cantando a su oído. No pueden olvidar ese abrazo inexperto, esas caricias rotas, esos besos brutales, esa media sonrisa del chico que encuentra frente a una vieja oficina a alguien que no esperaba encontrar jamás, esa última lágrima, esa maldita música (Dios, esa maldita música). Y sueñan e imaginan, sonríen como idiotas por las calles cuando algo les trae un vago recuerdo, una camisa, unas botas.

   Y lloran, porque tienen que llorar a veces, sintiendo las lágrimas lavando tantos momentos tristes observados en esa película, pero también los de una vida que no se estaba viviendo en ese momento. Se van a la cama, sonriendo, soñando y llorando como no lo habían hecho nunca antes por nada, y menos por una película. Y mientras van cayendo en el sueño, piden volver junto a la hoguera, a su calor, a ese cielo infinito tachonado de estrellas, sentándose al lado de los dos jóvenes vaqueros, que sonreirían al verlos llegar, agradecidos de sus visitas y de esa compañía. Contentos de la presencia de gente que los amaba, que no deseaba para ellos ningún mal. Y hablaban con Jack, le contaban cosas para verlo y oírlo reír con su voz, con sus labios y ojos hermosos; y notaban como Ennis sonreía complacido, de medio lado, al saber feliz a su Jack. Y mientras toman algo de whisky y escuchan la armónica, cada uno de los visitantes cuenta algo de ellos, de sus vidas, de lo que un día soñaron para sí. En esas visitas cada uno entiende que esos dos hombres realmente están enamorados. Y ellos mismos vuelven a enamorarse también.

   Y la mujer, el profesor, los muchachos y las chicas, el divorciado, el cabo, incapaces de aguantar una noche más de desvelos, de ese que se produce a media noche cuando súbitamente llega con toda su fuerza la certidumbre de que Ennis está solo en esos momentos en su trailer, viejo y triste, tal vez abrazado a la camisa de Jack, lamentando su perdida. Su vida sin amor, sin compañía, se hace insoportable, y sólo queda llorar, y pedirle a Jack que vuelva, con su alegría, y le acompañe hasta que salga el sol nuevamente. Cada uno de ellos, incapaz de aguantar más se coloca frente al computador y teclean las palabras mágicas, Brokeback Mountain, el abracadabra que abre ante ellos todo un mundo nuevo. Y leen el primer mensaje:

   “Estoy totalmente enganchado a esta película y me sentía un poco extraño e incluso mi ‘adicción' me llegó a parecer absurda e infantil. Publicado por: Bagheera 25/01/06 a las 21:12”.

   Todos sienten un vacío de alivio, de felicidad, porque entienden que no están solos. Que hay otros como ellos, esperando que abran sus corazones, algo que necesitan desesperadamente. Sus vidas como habían sido hasta ese momento, terminan para siempre. Un hombre llora por el recelo que sienten todos de su trabajo como militar y habla de los amigos que quiere y de los que se separó. En seguida le contestan que sea honesto consigo mismo y la gente lo entenderá, y que qué espera, que tome el teléfono y llame ya a Alberto y a Wilson. Y a una joven le aconsejan que busque el empleo que desea y se arriesgue a vivir su vida fuera de la casa paterna, que si le va bien, perfecto, si no, sus padres estarán allí para oír y entender. Dos amigos deciden por fin salir de viaje por todo el país, juntos, extrañados de lo mucho más que se quieren ahora (como amigos) y prometen escribir a diario a todos contando lo que encuentren, jurando hacer cosas buenas, y portarse como gente decente, como habría querido Jack Twist. Un hombre cuenta de su vida de claustro, de lo que vivió fugazmente muchos años atrás, y hacerlo lo alivia de tal forma que llora un poco, y piensa en esos ojos grandes y azules de los que se enamoró ahora, después de viejo como quien dice. Y hay otro mensaje, y mil contestaciones.

   Las vidas se cuentan, las historias se oyen, la hermandad se crea entre esos noctámbulos, los que necesitan explicarse tantas cosas. Ha comenzado el proyecto Brokeback Mountain.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:37:49 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
FETISH
EL GRATO OLOR DEL ÉXITO (11-05-2008)

   “Dios... ¿qué aroma es este tan embriagador...?”

   -¡Coño!, creo que me lastime el pie... -jadeo Jonson, cayendo sentado. Esas malditas botas que le apretaban y hacen sudar tanto los pies, le apestaban, lo estaban matando.

   -Déjame ver... -gruño su sargento, McQuien.

   -No, señor, tengo los pies hediondos y...

   -¡Déjate de vainas! –le gruñe, tomándole un pie, sintiéndose extraño al montarse el musculoso miembro en su muslo, le costó bajar la bota. Carajo, ¡no usaba calcetines! Y esa peste...

   El hombre abrió la boca, atontado. Era algo estimulante, sentía su corazón agitado, su respiración pesada. Ese pie rojizo, caliente como el infierno, duro al tacto, lo debilitaba. Lo mira, lo estudia, dizque buscando la herida, pero era palpándolo, sobándolo. Lo acerca a su nariz.

   -¡Sargento...! –jadeó Jonson.

   -Cállate. –balbuceó ronco, entre dientes, sin verlo. Esos dedos...

   Y pícaro, notándolo extraño, Jonson los agita. Con un gemido el carajo pega la nariz, boca y cara toda del sudado pie, lo huele, olfatea y excita. Le duele de lo duro que se le pone... el asunto. Su lengua sale, paladea. Jonson gime, el otro gruñe ronco mientras lame, recoge el sudor y lo traga embriagado. Su bocota rodeada de barba, se abre y traga el dedo gordo, lamiéndolo, chupándolo, afiebrado, incapaz de contenerse, mientras Jonson cae acostado, gimiendo. Era una caricia tan extraña, prohibida y... “¡Ahhh...!”, deja escapar cuando esa lengua va de dedo en dedo, lamiéndolo todo. El joven sonríe leve, si al Sargento le encantaban los pies sudados y olorosos, él tenía algo más sudado, más hediendo y largo también.

......

   Este fetish no lo entiendo del todo. Personalmente los olores a pata no me atraen, aunque a veces es imposible evitarlo. Un chico lindo al quitarse los zapatos puede traer ese defectillo, ¿qué se le hace?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:32:42 in FETISH | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
ACTUALIDAD
ABRIL-MAYO (11-05-2008)

   Definitivamente voy a tener que reconsiderar mi punto de vista sobre el cambio de gobierno en Estados Unidos. Hace poco, cuando hice mención a un posible desastre que dejaría a los republicanos en el poder si se elegía al señor Obama para la candidatura demócrata, mucha gente me acusó de cierto tinte racista, y de que hablaba necedades sin sentido. Intenté explicar en qué me basaba para hablar, pero no convencí a muchos; pero hace poco, en GLOBOVISIÓN vi al internacionalista Alfredo Salgueiro, un señor nada agradable, comentar que la manera torpe de comportarse de los demócratas casi había conseguido un empate técnico entre estos y los republicanos, que como estaban las cosas él prefería al republicano. Y lo decía con disgusto. Pero es que los demócratas no dan pie con bola; entre ellos ya sólo quedan personas gritonas, aparentemente no subsiste un estadista, ni un solo hombre o mujer de estado que sepa mirar por encima del borde del vaso. A la fiebre de izquierdas retrogradas y trasnochadas que recorren Latinoamérica, con su odio visceral hacia el Norte, responden dándole la espalda a uno de los pocos socios confiables que tienen, Colombia, con lo del tratado de libre comercio. Aducen que es imposible ayudarlos por las denuncias de represión, de paramilitarismo y de violación de los derechos humanos. Claro, esta recua de bichos se lo hace a Colombia, a China, con sus mil y un pico de millones de habitantes, de gente que puede comprar cuanta baratija se produzca en el mercado, ni se les ocurre ponerle peros porque, ¿y si se molestan y dejan de comprar? No, China es un bocado demasiado grande para sus boquitas chillonas, podrían atragantarse, Colombia es más fácil, y que eso cierre la puerta de un gobierno serio, de derecha, es lo de menos, después de todo cuentan con que si se arman gobiernos peligrosos y delirantes que se asocien a extremismos de otros lare, ya habrán marines pendejos que vayan a morir en playas extrañas para reparar sus imbecilidades. De lo que también podrán acusar al gobierno de turno. La verdad es que los demócratas ya hasta parecen peligrosos.

   Casi tan degradante como eso, es tener que ver a un señor que molesta por sus políticas de pacifismo a troche y moche, defendiéndose a todo gañote, negando ser el culpable de la represión, violencia y muertos en el Tíbet. Porque el responsable de todo eso es él, no es China con su ocupación y su aparato de terror. No, es el Dalai Lama, ese peligrosísimo hampón que tuvo el tupe de alzar a los monjes. ¡Pobre China!, por suerte el Comité Olímpico Internacional se ha puesto decididamente de su parte, igual que los demócratas norteamericanos, Bush y Chávez, todos ayudándolos para que sometan al peligrosísimo sujeto. Y de tanto repetirlo esa gente, y de tanto oírlo, uno va a terminar creyendo que es verdad, que los juegos deben ir por encima de cualquier cosa, después de todo representan mucho dinero... digo ideales. Cuando uno mira las escenas en el Tíbet, oye las explicaciones de las autoridades chinas y las reacciones de una mayoría cómplices, casi parece verse esos antiguos documentales de la BBC de Londres cuando se denunciaban los crímenes nazi contra los judíos, cuando muchos decidieron dejar de ver, hacerse los locos y hasta simpatizar con el régimen.

   El regreso del señor Silvio Berlusconi al poder en Italia, me resultó algo sorpresivo, jamás esperé que ese hombre temperamental y odioso repitiera, pero el pueblo italiano, acosado de problemas, decidió retirarle a apoyo a una izquierda inútil como no sea para criticar desde la oposición, entregándole nuevamente el poder. Así lo habrán hecho de mal, porque ese señor es venenoso. Pero igual ocurre en Francia, Nicolás Sarkozy ya aburre con su farandulerismo fatua, sus poses y payasadas sin abocarse a resolver problemas. De ese señor pensé muy mal cuando se inventó un test para que sus ministros fueran evaluados y echados según su desempeño, ¿acaso los ministros no obedecen a una línea de gobierno dictada por él?, ¿o cada quien hace lo que le da la gana para ver cómo le va? Ah, gente incompetente, no entiendo para qué buscan el poder si no saben qué hacer.

   Hace poco se supo que el pico Bolívar, el punto más alto de Venezuela, de nieves eternas, está deshelándose. Se derrite y mucho se teme que se pierda toda esa belleza natural. Ya se habla de una tendencia irreversible. Casi simultáneamente llegó la noticia de que en Los Alpes, Los Pirineos, zona de vacaciones y deportes invernales, se observa y padece el mismo problema. El ecosistema invernal ya no se sostiene, el hielo y la nieve van desapareciendo. Y no es porque estemos pasando por alguna casa mala del zodiaco, o este sea un año malo chino (que los hay) sino por un fenómeno climático. Seguro no han oído de él, casi nadie, muchos lo creen un simple mito: el calentamiento global, la subida de la temperatura. Será un día triste cuando las cumbres andinas dejen de reflejar el sol, con destellos de plata, al desaparecer sus casquetes. Fuera de que eso marcará el fin de los ríos que riegan la zona con agua dulce; me pregunto cuánto aguantará el mundo cuando uno a uno vaya secándose todos los afluentes de agua tierra adentro.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:29:23 in ACTUALIDAD | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
IMAGEN PRESTADA DE OTRA PÁGINA...
CONFESIONES DE MACHOS (11-05-2008)

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:27:38 in IMAGEN PRESTADA DE OTRA PÁGINA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
TIC TAC
AY, ESA ROPITA INTERIOR… (11-05-2008)

   -¿Qué, no te gusta así?

   Como habrá  notado cualquiera que halla leído alguno de mis relatos, e incluso halla visto las fotografías (imagino que pocos, la gente seria sólo va por los artículos como quien lee la PLAYBOY), siento cierta preferencia a la hora de imaginar ropa interior. Más específicamente a hombres en ropa interior. No es complicado, me fascina ver fotografías de sujetos en bikinis, tangas y suspensorios. ¿Qué se le hace?, son imágenes que me llenan de calorcito. Casi puedo rastrear esa fijación hasta mi última niñez, ya a los doce, cuando la primera revistica verde cayó en mis manos, una de PENTHOUSE, donde una hermosa chica, con una diminuta pantaletica roja, se exhibía. Desde ese momento me quedó el amor, como imagino que le ocurre a la mayoría de los hombres, héteros u homos, por semejantes prendas, sobre el cuerpo correspondiente.

   ¿Quién no ojeó una revista de culturistas con aire docto y señor fruncido, pero con los ojos en los bikincitos, o de deportes simplemente, deteniéndose en esos cuerpos mazacotudos? Pocos. Esas prendas mínimas son lo más grande. De hecho hay sujetos, héteros, aunque jamás lo dirían así, que se quedan mirando a carajos bien formaditos en una piscina si llevan un bañador chico, tal vez para criticar o algo, pero de que miran, miran. Imagino que todo el mundo lo nota aunque se hacen los locos. Esto me lleva al punto: en la vida real, cotidiana, eso no es tan bueno. A menos que se tenga un cuerpo del carajo. Un sujeto obeso, peludo y con aire de rascarse las metras cuando no lo miran (y aún cuando lo miran) no es nada sugestivo en tales vestimentas. Igual que aquellos que parecen peleados con el agua y el jabón. La tanga no le queda bien a todo el mundo, lamentablemente hay que admitirlo.

   Ahora, con los bóxer, realmente hemos venido a descubrir lo que es comodidad al vestir, o bajo las ropas. Son prendas tan placenteras, tan funcionales, que uno se pregunta cómo no las usaba antes. Como hombre que de niño usé los tipos ovejitas, mi mamá me los compraba, al ir creciendo compré mi propia ropa y usé los más chicos, porque eran prácticos para llevar la camisa por dentro y para sujetar con cierto grado de seguridad... el bojote, sobretodo en esos años cuando no podía acariciarnos una brisa sin que despertara con ruido. Pero ahora me parece más cómodo, y hasta elegante, el bóxer. Sí, lo sé, no es una prenda tan fantástica, erótica, evocadora, que caliente... como ver a uno de estos modelitos que coloco por aquí con esas tiritas que provocan arrancar con los dientes. Pero en la vida real, el bóxer es mejor.

   Personalmente no los uso de media manga, son incómodos, uno se sienta y cuando el muslo se retrae, molestan. También se notan a veces con cierto tipo de telas. Prefiero el bóxer corto, ese que termina en el bajo paquete. He notado, modestia aparte, que se ve bien cuando uno se quita las ropas, quedando en medias, camiseta corta y uno de ellos, algo recogido por los costados, enmarcando todo el paquete. En otras miradas se nota también que agrada. Los de algodón son increíblemente buenos, suaves y funcionales. Tengo unos que me trajo una amiga de Colombia y parece que jamás van a acabarse, aunque son blancos, color poco práctico para el hombre. Ese color está bien para un modelito guapo que se quita las ropas para una película; en uno, después de todo un día en la calle, lo más probable es que se note cierta mancha al frente, amarillo pollito, y no de virilidad. Los colores grises, azules y negros son representativos, elegantes, y te cubren por si hay ese problemita. Y esto no tiene nada que ver con la edad. Ya lo dijo Stephen King en una de sus mejores novelas, cuando unos chicos meaban unos al lado de otros y cada uno se sacudía al terminar pero veían que se mojaban; fue cuando uno declamó: lo dijo Aristóteles, ya lo sabía Platón, el hombre cuando orina guarda las últimas gotas para el pantalón. En este caso sería para el calzoncillo.

   ¿Por qué hablo de ropa interior representativa y de agua y jabón? Fue algo que aprendí cuando comencé a trabajar como inspector sanitario en hospitales. En una de mis primeras observaciones de campo me tocó estar en el servicio de radiología del hospital Pérez de León, en Petare, la zona más oeste de la gran Caracas. Allí llegaban las emergencias, y eran como las ocho y media de la mañana cuando llegó un tipo cuarentón, barbudo, sucio de ropas, gordo, y cuando le quitaron los pantalones para practicarle una radiografía de abdomen y pelvis, llevaba uno de esos bikinis de licra, rojo para ñapa, roto por la liga de la cintura, metido casi todo entre las nalgas, enrollado en todo lo demás. Y olía a rayos. La médico de turno, una muchacha bonita, me parecía muy joven, dijo algo lapidario: son el colmo estos hombres que salen a la calle sin lavarse el culo y las bolas, y vistiendo esa mariquerías. Desde ese momento tomé por costumbre asearme muy bien y llevar ropa interior más o menos, que aunque fuera algo chica en esa época, fuera de buena tela.

   Mis amigos, los más jóvenes sí están ahí, jamás salgan de sus casas sin bañarse y lavarse muy bien bolas y culo, como decía esa doctora. Ese olor, sobretodo si se ha tenido actividad y huele a huevos podridos, no es nada grato, y lo peor es que parece percibirlo todo el mundo, y lo digo en serio, no es para enorgullecerse de eso. Hay que formarse esos hábitos. Bastante agua y jabón, y hasta talquito, y sobre todo eso, un bóxer que quede del carajo... Quien sabe, tal vez tengas que entrar en el baño de una discoteca, un cine, un mercado o algo y un muchachón se quede mirándote. ¿Puedes imaginarte la escena, el tipo sonriéndote y dando vueltas y tú ya como todo acerado? Pero ¿te imaginas que realmente se acerque y diga algo como: fo, pana, hueles a chivo?

   Créanme, muchas veces un olorcillo, o una ropa con pinta de desaseo o descuido, enfría el guarapo. Imagino que si se es muy joven y se tiene muchas testosteronas dando vueltas, eso no parará a nadie, pero siempre he creído que quien no se cuida de lavar ni su miembro, quién sabe que más es capaz de dejar de hacer, y eso siempre es un riesgo. Así que, aseo. Lo del talquito tiene sus otras ventajas, evita rozones, humedades incomodas entre el muslo y la cadera, y casi todos conserva cierto aroma, y como dije una vez, nunca se sabe cuando un carajo bien plantado del trabajo tiene que agacharse bajo tu escritorio a buscar algo que se le cayó, olfateando y diciendo algo como: verga, qué bien huele. Eso siempre da pies a más: ¿quieres olerlo mejor?

   Busca, pregunta, tal vez encuentres el tipo de talco o crema que mejor te acomode y que termine agradándote. Igual que los bóxer. Hay variedad, cantidad y colores, así como modelos, algo habrá que te guste y que te sirva. Esos detalles que hablan de cuidado, de aseo, de... elegancia, siempre son bien captados, y apreciados... por otros, que es lo que buscamos, ¿no?

   Para finalizar, un cuento que me echaron una vez: estaban dos indigentes haciendo el amor con pasión, cuando la mujer le dice al hombre: mi amor, tienes ese pájaro como un palo de yuca. El hombre, todo pomposo, le pregunta: ¿por qué lo dices, por lo grueso y nervudo? Y ella replica: no, porque está todo lleno de tierra.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:24:36 in TIC TAC | Comentarios(0) |  Permacoplamiento

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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