En el blog de ELPUTOJACKTWIS, del que ya he hablado, no sólo el dueño del lugar escribe bonito, también la gente que se comunica con él. Recuerdo que en un hermoso relato, no retuve el nombre exacto, si era una Carta a Aguirre o a Ennis del Mar por el Día de San Valentín, alguien que escribe bajo el nombre de PON, hizo un relato igual de bello. De ese cuento quiero hablar ahora. Que no se moleste PON por este uso indebido de su historia, creo que así le dicen los abogados. Me gustan los cuentos donde Ennis piensa en todo lo que ama a Jack, porque me parecen justos, porque nunca le dijo que lo quería.
CARTA DE ENNIS DEL MAR AL SEÑOR JACK TWIST
Querido Jack:
Te escribo esta carta, pero tú sabes que jamás te la enviaré, no podría ponerla por escrito y mandarla sin sentir que muero de vergüenza. Discúlpame pero no tengo tu valor, ese que siempre muestras cuando me miras, diciendo tanto sin palabras, así que sólo puedo pulirla y llevarla en mi mente, recreándome horas enteras en las cosas que te diría, si pudiera, para verte sonreír de sorpresa, de felicidad y de amor, como sé que harías si te dijera que sin ti... Bueno, tú lo sabes aunque nunca te lo haya dicho.
Sí, puedo imaginar tu rostro si hablara, si te leyera algo como esto. En mi cerebro veo esa cara que encuentro en cada rincón cuando dejo flotar mi mente, sin sentido, sin propósito, momentos en los que mis pensamientos siempre vuelan a tu lado; sé que ese rostro brillaría más hermoso aún. Nunca te he dicho lo hermoso que eres, ¿verdad? Tampoco lo haré, no puedo, perdóname. Imaginar que llegaré junto a ti y te lo diré, me hace sonreír mientras subo con el camión de los caballos por este apestoso camino de mierda. Y este camino de porquerías que recorro para verte me trae a la realidad, y no puedo soñar ya con gritarte que te amo, porque aquí voy en pleno invierno, sabiendo que te resfrías cada vez, angustiándome, lo más lejos posible de todo el mundo, donde no podamos encontrarnos con nadie, como si fuéramos unos delincuentes, unos sucios, unos enfermos. Y tú no eres eso, Jack. En ti no hay maldad ni mal. Tú eres... la vida. Mi vida.
Mi Jack, no sabes hasta qué punto te extraño a cada instante de mi vida. Paso las noches y los días pensando únicamente en ti, en tu sonrisa, en tu mirada de cobalto, brillante y llena de vida. Te veo debajo de cada sombrero negro, detrás de cada camisa azul que cruza una calle. A veces, a la distancia, veo que alguien se acerca con una camisa de esas, con un sombrero de esos, y percibo que el corazón me palpita con fuerza y siento deseos de correr, y pienso: eres tú, Jack, llegas de sorpresa para hacerme dichoso. Hasta que está más cerca y compruebo que es otra persona, que a veces me mira con extrañeza, porque temo que en ocasiones mis ojos no pueden ocultar lo que siento cuando la aparición es repentina.
Como sabes, ya no vivo con Alma y las niñas, por lo que paso largas horas en los bares, sentado a la barra, con una cerveza en las manos, sin mirar a nadie, sin hablar, ganándome fama de tipo callado. Pero lo que no saben todos esos sujetos es que oigo con avidez todas sus conversaciones sobre rodeos. Porque cuando escucho de potros broncos y de toros briosos, no puedo dejar de imaginarte a ti, gritando alegre, joven, lleno de vida, con tu sombrero en lo alto en tu mano, domándolos, sosteniéndote sobre ellos, porque recuerdo que eso te hacía dichoso, que te hacía sentir vivo años atrás. Me gusta imaginarte así, cuando eras feliz haciendo algo que amabas... como espero que me ames a mí. Me has enloquecido de tal manera que a veces paso horas viendo los tractores trabajando, porque en mi cabeza eres tú quien los conduce, quien los moviliza, y estás allí muy cerca de mí. Y eso me pone contento.
Joder Jack, por muchos años que pasen, cada vez que recibo una postal tuya el corazón me late con violencia y siento ganas a veces hasta de besarlas, porque la emoción que me embarga es tan grande que jadeo por lo bajo. Quienes me conocen me miran extrañados, porque la tonta sonrisa de felicidad infinita y secreta que tu postal desata no se borra de mi cara durante días enteros. Y comienzo a hacer planes como nunca, machacando cada detalle, porque todo tiene que salir bien, porque es tan poco lo que te tengo que debo procurar que sea perfecto. Planifico lo que llevaré de comer y guardo para el whisky del que te gusta, distinto a aquel que tomábamos en Brokeback Mountain cuando éramos unos muchachos que sólo teníamos lo que llevábamos encima, de lo que nos despojábamos con pasión en esa tienda de campaña cada noche y donde comprobé que el Cielo existía, que se podía alcanzar y tocar con las manos... ¿Puedes creer que tardo horas enteras, angustiosas horas, pensando en qué ropas llevaré, para verme bien a tus ojos, para que no notes que los años pasan por mí como no lo hacen por ti?
Vaya sorpresa que te daré hoy: compré un saco nuevo, uno acolchonado, para que no pases tanto frío en estos inviernos de mierda, cuando tu nariz enrojece y tienes que sorber a cada momento, sonido que he llegado a amar en ti. También llevaré unas sillas plegables nuevas para que estés más cómodo. Recuerdo aún como te quejabas la última vez por el leve dolor de espalda que sufrías producto de tantos rodeos. Sí, he pensado en todo, y aunque creo que lo he cubierto bien, me atormenta pensar que olvidé algo, que no traje alguna cosa que te será necesaria. Es que contigo siempre estoy así, al borde de la duda. No puedes imaginar cómo me tiembla la mano cuando contesto tus postales, diciéndote si, amigo, vamos a vernos en tal fecha. A veces tengo que repetir la respuesta tres o cuatro veces, para que no sean garabatos sin sentido que vayas a malinterpretar y no acudas a la cita.
Como te dije ya no puedo mantenerte mucho tiempo lejos de mi pensamiento. No puedo sacarte, y no quiero hacerlo tampoco. Soy feliz cuando pienso en ti, recordándote reír o contando uno de tus cuentos exagerados y fanfarrones. Recordar tus besos, saborear el recuerdo de tu aliento, de tu boca, me quita la respiración y debo jadear otra vez, lamentando en mi piel el que no estés ahí para sentirte otra vez. Evocar tus manos recorriendo mi cuerpo, siempre con ganas, como si no te cansaras nunca del viejo Ennis, o el calor de tu cuerpo junto al mío, cuando nos fundimos en un abrazo, o cuando dormimos simplemente uno en brazos del otro, con toda las ropas puesta por culpa del maldito frío, me deja mal, indefenso, consiente de cuánto te necesito para continuar viviendo. ¡Y tu mirada, Jack! Pensar en tus ojos, donde puede leerse la alegría y la tristeza, el amor y el dolor, aún ahora, después de tantos años, me llena de ternura, de algo que me debilita. Y que muchas veces me ha lastimado, cuando noto en ellos tu dolor por algo que dije o hice, o que no dije ni hice. ¿Por qué tienes que mirar así, viejo muchacho de rodeos, mostrando sin tapujos ni hipocresías tu alma, tus sentimientos?
Coño, lo extraño todo de ti, aún tus gritos de demente, de vaquero de comiquitas, o ese ruido infernal que haces con tu armónica y que tú llamas música, como si realmente creyeras que lo haces bien. ¿Pero sabes qué es lo extraño?: cuando no estás, deseo oír tu armónica, y ya me parece realmente algo melodioso, parte de ti, de todo lo que te hace único y maravilloso. ¿Eres realmente un tipo genial e increíble, o me lo pareces sólo a mí? A veces me lo he preguntado, pero cuando cruzamos una poblada, noto que hay momentos en los que alguien te mira, algún tipo silencioso y distante, y me pregunto si no te habrá encontrado tan hermoso como lo hice yo años atrás. Y, no te molestes conmigo, me lleno de rabia contra ti, y me parece que eres un coqueto, un maldito puto, y que un día lo echarás todo a perder, perdiéndonos a los dos en alguna desgracia.
De todas formas no puedo pensar en eso mucho tiempo, porque nada en mi vida tiene sentido sin ti. Salvo mis hijas, así como tu hijo es tan importante para ti. Siempre noto como tus ojos brillan al hablar de él, aunque siempre intentas hacerlo ver como algo corriente. El mismo amor siento yo por mis niñas ya grandecitas. No pude sacrificarlas por nuestro amor, Jack, ¿alguna vez lo entendiste? ¿Me perdonaste también por eso, como me perdonaste tantas cosas? Te amo, pero también a ellas, y estar así, dividido, me está matando hoy como hace años. Recuerdo que la primera vez que te dije esto, callaste y miraste al cielo, y en tus ojos leí lo que pensabas, que nada de eso habría pasado si yo me hubiera ido contigo ese día al bajar de Brokeback Mountain. Maldita sea, ¿crees que no lo he pensado mil veces en mis momentos de más amarga soledad? Pero no me atreví, dejé que mi tren rumbo a la felicidad pasara y ahora están ellas. Y estás tú. Y debo callar lo que siento, sin entregarme de corazón a lo que en verdad quiero, despertar abrazado a ti cada mañana de mi existencia, abrir los ojos y que seas tú lo primero que vea cada día. Debo callar lo que es mi vida, lo que deseo con todas mis fuerzas, y eso me quema y me duele.
Pero no lo hago sólo por mí, Jack. No soy tan egoísta como imagino que muchas veces has pensado, aunque al segundo siguiente ya me has disculpado y has olvidado. No, no es sólo miedo a que alguien me grite en la calle... Bueno, tú sabes. Debo mantenerte a distancia, con los pies en la tierra para protegerte, porque me asusta que alguien te vea distinto y busque hacerte daño. A veces creo que no mides el riesgo, que no ves el peligro que nos rodea; yo, de noche, tengo pesadillas ocasionales donde te veo sonriente, joven y fuerte, emboscado de repente en un callejón por tipos que gritan marica, marica y se arrojan sobre ti con odio irracional para lastimarte, y que aunque corres y luchas, no puedes hacer nada. Y caes, y gritas, y hasta imagino que tal vez me llamas pidiendo ayuda. Esas noches no puedo volver a dormir, porque siento miedo por ti, Jack, miedo de que te expongas, de que te señalen y te agredan.
En mis pesadillas te he visto tirado en una cañada que vi de niño, cuando mi padre quiso enseñarme a ser un hombrecito y me llevó a ver al tipo brutalmente asesinado porque era distinto y su sola existencia asustaba a muchos. Callo para mantenerte prudente; pero el miedo a veces es más grande, y hay noches en las que el imprudente quiero ser yo y deseo tomar el teléfono, llamar a tu casa y preguntar simplemente: ¿todo bien, Jack? Lógicamente también tengo miedo por mí, a que mis hijas un día me vean con asco, de detectar repulsa en sus caritas. Miedo de que Alma un día las llame y les cuente... Pero no, Alma es una buena mujer y jamás haría eso, aunque me odie y esté lastimada. Eso me atrajo un día a ella, antes de entender lo que era realmente el amor, en tus brazos, sintiendo tus besos, tu entrega y aún tus lágrimas.
No, no quiero pensar en temores, lágrimas o muerte en este momento. No ahora, porque ya estoy llegando y me parece que es tu camioneta nueva la que está allí. El corazón me bombea con fuerza, locamente, queriendo salírseme del pecho. Sí, eres tú, veo tu sonrisa franca, hermosa y luminosa aún antes de ver los contornos de tu rostro, y no puedo dejar de pensar en pendejadas como que es el rostro del amor. Nuevamente estoy deseando que ya caiga la noche para que entremos en la tienda y que seas mío como yo soy tuyo. Carajo, te deseo tanto que las manos ya me queman por las ganas que tengo de tocarte, de recorrer tus hombros y atrapar tu rostro para apoderarme de tu boca. La mía se seca al imaginarme hundiéndome en ti, saboreando tu aliento, tu saliva, y pegar mi frente de la tuya y que nos quedemos así un rato, como si habláramos de todas las pequeñas tonterías que hemos hecho o dicho en todos estos meses de no vernos. La piel se me eriza al imaginar el momento de separarme de ti y poder mirar al fin en tus ojos, esos ojos dulces, hermosos y brillantes que me dirán sin palabras cuánto me has extrañado y cuánto me amas en este momento, y yo sentiré que vivo nuevamente, feliz.
Vienes hacia mí y siento que las piernas me tiemblan, me cuesta hasta respirar. No puedo evitar sonreír como un idiota, estrechándote entre mis brazos, sintiendo la fuerza con la que me atas a ti. Y puedo al fin hundir mi cara en tu cuello, sintiendo tu piel rasposa con la sombra de tu barba, caliente contra mis labios, tu olor masculino y dulce inunda mi nariz. Pero aún nos contenemos, porque es de día, porque alguien podría vernos, porque somos dos hombres y los hombres no se miran a los ojos con entrega o ternura, ni se besan con anhelo mientras se dicen cuánto se han extrañado o se juran amor; no sin exponerse a la burla, al odio. Pero no importa, ¿verdad, Jack? Aún estos momentos que la vida nos roba y niega no tienen importancia, porque estamos aquí, juntos. Y estos son los días buenos, los días de la felicidad. Por unos días podremos soñar que esto es lo único real, lo verdadero. Que estamos juntos en el Paraíso. Sé que tú sabes todas estas cosas, aunque no te las diga. Yo sé que tú sabes muy bien hasta qué punto te amo, Jack Twist, mi vida, el único ser humano en todo este mundo al que he amado. Perdóname que no te escriba esta carta entonces... Perdóname como siempre...
Por cierto, Jack, traigo judías no frijoles, y voy a cocinar otra vez para ti como en los viejos buenos tiempos. Ven a mi lado, vaquero, nota que paz se siente, mira que sereno está el lago y que hermoso está el cielo... El cielo azul e infinito siempre me ha parecido bello desde que me vi reflejado una noche en tus ojos grandes y llenos de amor. Abrázame, Jack, aunque aún es de día y hay luz, abrázame un momento más...
Julio César.





