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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
ANTES DE LA DESPEDIDA (15-01-2008)

   Era suyo en cualquier lugar...

   La bajada de Brokeback Mountain había sido hecha en silencio. Jack parecía querer hablar a su lado, pero Ennis sólo podía ver al frente, sintiendo sobre sí la dolida mirada del otro. Pero es que no podía corresponderle. Dejaría de verlo dentro de poco, de hablarle, de saberlo y tenerlo a su lado, y debía comenzar a olvidar todo lo ocurrido para continuar con su vida. Eventualmente dejaría de recordar su cuerpo tibio que había sido suyo a placer, uno que lo enloquecía aún en esos momentos rodeados como estaban de otros sujetos. Pero no puede evitarlo y allí, en medio de los otros hombres en la parte trasera de la vieja camioneta que los lleva a la estación, Ennis se estremece recordando el sabor de Jack. Pero todo había acabado, todo terminaría cuando se separaran finalmente, y aunque por un lado nota alivio (terminaría toda esa locura sufrida) por el otro se sentía mal. Repara en que Jack mira a la distancia, y por primera vez se permite observarlo de frente, notando la curva de su cuello, la sombra de su barba en ese mentón que había acariciado y no se cansaba de besar en momentos de silencioso placer. Repara en su mirada lejana, algo desolada, y sabe que el recuerdo de ese abandono en el ánimo de su amante, esa tristeza que adivinaba en él, lo acompañaría durante mucho tiempo después de que olvidara Brokeback Mountain. Le llevaría años comprender que jamás lo olvidaría, y sería un doloroso aprendizaje.

   Descienden en la estación y reciben el regaño de Aguirre, quien los acusa de inútiles y hacerle perder dinero. No responden, aunque Ennis nota la chispa de rabia en los ojos de Jack, y las ganas de discutir. Pero callan, porque a nivel subconsciente temen que no sea prudente que hablen más de la cuenta. Jack lo mira en forma interrogante cuando salen de la pequeña, agobiante y calurosa oficina, quiere saber de sus planes, qué hará. Y Ennis, encogiéndose de hombros, dice que volverá a su pueblo, a su novia, a su vida. Y no quiere mirar la tristeza de Jack, su silenciosa desesperación ante la inminente separación, quien dice bajito que regresará para la próxima estación. Y calla, dejando el espacio abierto para que Ennis intervenga. Pero Ennis guarda silencio un momento antes de responder que no cree que repita el viaje. Jack asiente, entendiendo: no sucedería nuevamente aquello que los había arrastrado en las montañas. Disculpándose, dice que tiene que ir al retrete y con urgencia se aleja. Ennis lo mira distanciarse y siente que el corazón se le arruga, que una angustia poderosa, deprimente y desesperante lo domina, que un dolor que no entiende ni puede ponerle nombre, lo embarga. Y la visión de un futuro donde no estaba Jack, uno donde debería vivir extrañándolo y sintiendo eso que ahora padecía, sin volver a verlo, lo embarga. Lastimándolo mucho.

   Recuerda las locuras de la montaña, a Jack cabalgando con su sombrero en la mano alzada, con su desgastado pantalón vaquero, sin camisa, haciendo corcovear a su animal, sosteniéndose de una mano, mientras gritaba como vaquero de Rodeos. Y él sonriendo, fumando, echado contra un tronco, mirándolo divertido, pero sintiendo por dentro que lo embargaba la excitación ante su risa franca de niño grande, en unos labios que él había cubierto con su boca cuando bebía de él; ante su torso delgado y esbelto que no podía dejar de tocar dentro de la tienda de campaña, ante esos pezones que había apretado a placer, y que llevado por una locura intensa había mordido y chupado de ellos como jamás pensó hacer ni en sus fantasías más dementes. A Jack le había dicho cosas que no había contado a nadie ni consideró hacerlo nunca durante toda su vida. A Jack lo había tocado como nunca antes había tocado a otro ser humano, y algo le gritaba en su interior que ya no habría nadie más como él; que ese tipo, que eso que sentía, era lo que le tocaba a él para ser feliz. Por eso tuvo que ponerse de pie y caminar hacia él, quien sonriendo lo miraba, deteniendo sus saltos.

   -¿Quieres cabalgar, vaquero? –le preguntó, sonriendo con ese aire campechano, tendiéndole las riendas y amenazando con bajar.

   -Si, quiero cabalgar. –gruñó tragando saliva, mirándolo con ojos intensos, oscuros, y en ellos Jack leyó la lujuria que sabía despertaba en el otro.

   Su mano sobó esa espalda, encontrándola caliente y firme, como si de la grupa de un brioso y hermoso animal se tratara, y al otro joven se le secó la boca, por lo que tuvo que abrirla, jadeante. Esa mano era firma, posesiva, y bajó hasta los contornos del pantalón vaquero, mientras con su otra mano, mirando a Jack en todo momento a los ojos, abría el botón y la bragueta. Ahora la mano entraba más abajo en esa espalda. Esos dedos recorrieron esa piel turgente, cálida y vital. Los dos hombres jadearon y Jack no soportó más, bajando el rostro y buscando su boca, la cual se aplastó contra la suya, dura, brutal. Y mientras sus lenguas lamían y luchaban, esa mano bajó más, aprovechando el movimiento de Jack que le permitía más libertades en su exploración.

   Sus bocas se separaron en busca de aire y volvieron a unirse, salvajes, mientras Ennis se quitaba la camisa a todo correr, necesitando al otro con esa urgencia que siempre lo quemaba. Y mientras estaban jadeando, boca contra boca, Jack lo miró con claridad, y con entrega y simpleza le dijo que lo quería. Ennis no respondió, bajando un poco la mirada, dándole un leve palmoteo indicándole que volviera las piernas hacia él, ayudándolo a despojarse del pantalón. Y Jack supo que no había tiempo para hablar.

   Al tenerlo sólo con su sombrero y botas, Ennis, sin camisa subió tras él, que sonrió y gorgojeó cerrando los ojos, sintiendo la firmeza del otro contra él, el calor que emanaba quemándolo en oleadas, notando el pecho de Ennis contra su espalda y ambos hombres sabían que ya no necesitan de nada más. Las manos de Ennis sobaron, acariciaron y pellizcaron, mientras su boca iba al encuentro de la de Jack una y otra vez cuando este volvía el rostro. La mano bajó más, atrapando toda la dura muestra de deseo del joven, apretó y sobó como jamás imaginó hacer en su vida con otro hombre. Pero ahora le parecía algo increíble, algo que lo excitaba a tal grado que ya sentía explotar bajo su pantalón.

   Cuando Ennis abrió y bajó el cierre de su pantalón, con la mirada nublada y perdida de deseo, Jack le sonrió, y nunca como en ese momento al catire le pareció que jamás había notado tal belleza y ternura en una mirada. Aún en ese momento, cuando sólo era sexo, miró un sentimiento profundo en el otro que le asustó. Pero no pudo más, su virilidad amenazaba afuera y ya dolía, por lo que Jack tuvo que tenderse un poco hacia delante, abriendo ojos y boca en busca de oxígeno, temblando de expectación y ganas, cuando el amor entre ellos se inició, cuando bajó y sintió que iba a estallar de dolor, algo siempre presente, pero que duraba un instante, antes de ser reemplazado con esa cálida sensación que lo llenaba, que lo hacía desear gritar, correr y saltar como un demente. Y Ennis gruñó por lo bajo al notar a Jack caer sobre él, sintiéndose atrapado y aprisionado de una forma que no lo dejaba pensar, respirar o detenerse. Y el caballo, inquieto, corcoveó y los meció suave, antes de galopar levemente ante una indicación de Jack. Los jóvenes cuerpos iban uno contra el otro, uno sobre el otro; uno sintiéndose lleno, el otro aprisionado, y jadeando entre dientes. Y Ennis rodeó a Jack con sus brazos y tuvo que morder en su hombro para no gritar como un muchacho, para callar cosas que quería confesar, para saborear su piel joven, saludable y caliente. Ni por un momento considera la posibilidad de que su cierre metálico esté lastimando a Jack, ni este se lo dice, ocupado como estaba en jadear y estremecerse, revolviéndose una y otra vez contra Ennis, arañando el Cielo en esos momentos, sin conciencia, pero percibiendo una vocecilla que le gritaba que estaba lo más cerca que se podía llegar de la dicha total; que ese era su momento...

   Con tan sólo recordarlo sobre ese caballo, al pie de la estación, Ennis tiembla de lujuria. Jack había sido suyo en esas cumbres, y él se había entregado también. Jack le pertenecía, pero ahora también él le pertenecía a Jack. Sintiéndose excitado, y peligrosamente erecto, por lo que mira con disimulo en todas direcciones encorvándose un poco más, se dirige hacia la pequeña pieza que sirve de retretes. No había nadie por allí y eso le parece fantástico. Aún duda un momento y abre, cegado repentinamente por la penumbra del sofocante lugar. No sabía qué esperaba encontrar, tal vez a Jack cagando o algo así, pero no. Jack estaba sentado sobre la tapa cerrada de uno de los retretes, encorvado y fumando, la habitación parecía llena de humo. Cuando entró, Jack lo miró, y Ennis entendió que el otro joven había huido para ocultarse de todos, y notó cuan desolado y triste se encontraba, sin necesidad de reparar, como hizo, en sus ojos empañados de humedad.

   -No sé que será de mí ahora, ¿a dónde iré? ¿Qué haré...? -jadea Jack, sin mirarlo, viendo el humo de su cigarrillo, como si hablara consigo mismo.

   Ennis va hacia él, sin decir nada, no puede. No puede responder nada a los miedos y esperanzas de Jack. No puede ofrecerle nada, ni prometerle, ni jurarle. Ni siquiera quiere imaginarse algo así. Lo mira y baja sus manos, tocando sus hombros, con fuerza, atrapándolo. Y Jack lo mira con sus maravillosos ojos azules, con pesar, con entrega, con esperanzas, cosa que lastima a Ennis. Lo hala, parándolo, sus cuerpos chocan y Jack deja caer el cigarrillo porque entiende que es la despedida, el doloroso adiós había llegado y él debí estar a la altura del momento. La boca de Ennis cae sobre la suya, invadiéndolo, saboreándolo con su lengua tibia y tanteante, que atrapa la saliva y el aliento acre, a cigarrillo de Jack, chupándolo, tragándolo. Sus bocas se atan en un beso imprudente e insensato, pero necesario. Se muerden, se chupan y sólo succiones y jadeos ahogados se oyen en esos baños inmundos, mientras los cuerpos no pueden estar más cerca, restregándose uno contra el otro.

   Ennis da media vuelta, cayendo sobre esa tapa, mirando a Jack de forma sumisa ahora, y sin embargo, dueño de la situación como siempre. En sus manos, como lo estuvo siempre, estaba resolver todo y darle un final distinto al que sería. Y hala a Jack que cae entre sus piernas, sentado. Y Ennis adora ese peso, ese calor, esa vitalidad contra su cuerpo, mientras las bocas se buscan con urgencia, cuando las nalgas de Jack se frotan de su entrepierna, despertando lo que no estaba muy dormido desde el recuerdo de la cabalgata. La lengua de Ennis casi baja por la garganta de Jack, mientras su mano tantea lo botones de la camisa y la abre; y se lamenta: “Dios, ¿cómo viviré sin Jack? ¿Cómo viviré lejos de él, Dios mío?”.

   -Ennis, te necesito y yo no sé si podré... -comienza Jack, pero Ennis lo calla besándolo otra vez.

   La mano frenética abre la camisa, casi halándola sobre sus hombros, y mientras una mano le atrapa la nuca, sometiéndolo a su beso ardiente, la otra recorre sus hombros, su cuello, bajando a los pectorales, acariciando las erectas tetillas que piden ser atendidas por su dueño, por el señor de su vida. Y Ennis tiene que sobarlas, apretarlas y teme correrse de puro placer mientras lo oye gemir contra su boca, cuando lo siente estremecerse de lujuria contra él, y como su trasero se frota enloquecedoramente de su pelvis. Y piensa, Ennis piensa: “¿Cómo podré continuar viviendo mañana tras mañana sin tenerte así, Jack Twist? ¿Cómo podré seguir años y años sin sentirte contra mí, sin oírte hablar tus tonterías, tus sueños, tus fantasías sobre una vida bonita, sin oírte reír, sin escucharte aún cuando callas, usando sólo tus bellas miradas con las que eres capaz de gritar que me amas? Eres el único que me ha amado jamás, Jack... y no sé si pueda olvidarte. ¿Y si no puedo, Dios mío? Mi vida será un infierno si me alejo por esa carretera y no consigo olvidar tu cara, tu risa, tus ojos, tu ternura y tu entrega a mí...”.

   -Vámonos juntos, Ennis. Escapemos. –le susurra desesperado, Jack, tomándole el rostro entre sus manos, casi al punto del llanto, ante el miedo de perder todo lo que tiene. Pero Ennis sólo calla y desvía la mirada. Y Jack casi jadea de frustración y dolor, pero baja el rostro y lo besa nuevamente. Que al menos le quede eso, esos últimos minutos para recordarlos toda la vida.

   Ennis responde nuevamente, saboreándolo, pero ahora lo encuentra algo más amargo, porque mientras lo besa, mientras se hunde en él, percibe y paladea su llanto, las saladas lágrimas de Jack Twist, unas que no sabe como enfrentar. Pero lo siente entregado a él, aún en el momento en que sufre. Casi lo empuja, obligándolo a ponerse de pie, frente a él, reparando en la erección del otro, que toca y soba sobre la tela, oyéndolo gemir contenidamente. Ennis lo mira a los ojos y ahora ve un coto cerrado, Jack estaba guardándose para sí ahora, ya había entregado demasiado. Y esa convicción lastimó a Ennis, quien abre más la camisa y sin reparos pega el rostro de su abdomen, en forma de adoración, acariciándolo, recorriéndolo, soltando su aliento caliente por boca y nariz contra la joven piel, haciendo estremecer a Jack, quien gime débilmente, totalmente sin fuerzas.

   Y ocurre una de esas extrañas escenas de la vida: el rostro de Ennis se suaviza y sonríe, oyendo a Jack, sintiéndolo estremecerse. Su lengua sale todo lo que puede y lame lentamente esa barriga de la cintura del pantalón al ombligo, siguiendo el tenue camino de pelusilla que baja. Lame y siente, lame y saborea. Quiere paladear a ese joven caliente, y su lengua recorre la tersa piel una y otra vez. Y mientras lo lame y besuquea, mordiéndolo también un poco, las fuertes manos de Ennis atenazan esa cintura estrecha, clavando sus dedos en esa carne que conoce bien. “¿Cómo viviré sin tu calor a mi lado, Jack? ¿Cómo seguiré adelante sin percibir tu olor? ¿Como viviré sin todo esto que ahora tengo, a lo que tú me acostumbraste en lo alto de la montaña cuando te entregabas ardiente y generosamente? ¿Podré olvidarte, mi dulce Jack, no llegaré a extrañarte cada segundo de mi maldita vida de ahora en adelante hasta el día que me muera?”. Lame y besa, mirándolo: “Ya te extraño Jack, no nos hemos separado y te tengo en mis manos, y ya te añoro y me duele”, y se estremece sintiéndose increíblemente infeliz mientras saborea la vida.

   -Vámonos, Ennis. –repite el joven, lloroso.- Lejos. Podemos ir a mi casa, trabajaremos en la propiedad de mi padre, levantemos algo para nosotros y no tendremos que verlo o explicarle nada. O podemos ir a un lugar nuevo, lejos de todos, a Nuevo México, y conseguiremos algo para los dos. –jadea, con voz temblorosa, mirándolo.- Estaremos juntos y a todo el mundo le diré que soy tu hermano. Ya no seré Jack Twist, seré del Mar... -ofrece renunciar a sí.

   -Jack, no... -gruñe Ennis, levantándose, mirándolo a los ojos y besándolo otra vez.

   Ennis prueba nuevamente esa boca y casi bebé la saliva que Jack no pudo pasar como un trago amargo ante la negativa a su generosa oferta. Las manos del catire bajan por la espalda de Jack, hasta caer sobre sus nalgas, donde aprieta con urgencia, como si necesitara atenazarlas para atesorarlas en su memoria para siempre. Quería ese cuerpo, recorrerlo y amarlo aunque no lo dijera, para llevárselo en la piel, con su olor, su calor y recordarlo después. Jack lo entiende, y con su frente pegada a la de Ennis, ambos sombreros casi caídos, respira pesadamente, conteniendo el sollozo, algo que le parece poco viril y digno en esos momentos. Están abrazados y se besan, en forma más calma, más lenta. Y Ennis sufre: “¿Cómo vivir sin ti, Jack? ¿Cómo irme y saber que tú te irás por otro camino, lejos de mi vida? No sé si ya sea posible seguir sin ti, Jack Twist. Algo me dice que no lo lograré”. Y mientras besa al hombre que ama, aún sin saberlo todavía en esos instantes, Ennis del Mar siente miedo y dolor, una mezcla que lo mata al mismo tiempo que desea ese cuerpo. Apretándose todavía más a Jack, tiene deseos de llorar también. Y sí se iba con Jack, piensa por un momento. “Y sí escapáramos juntos, donde nadie sepa que somos dos hombres ociosos y enfermos que sienten lo que está mal el uno por el otro. Y sí Jack se convierte en mi hermano y todos nos conocen así, sin saber que somos dos tipos que se acuestan en la misma cama cada noche o cada vez que la carne pide la del otro. Entonces podríamos estar juntos cada mañana, cada noche, y sería mío para siempre”, piensa con pesar, con un miedo terrible atenazándole la panza. El miedo a ceder a eso que le parece terrible y hasta monstruoso. Pero miedo también de no volver a ser feliz.

   -¿Dónde están esos dos imbéciles? –oye que trona la voz de Aguirre, no muy lejos de la entrada a los retretes.- Búscalos. Quiero salir de ellos de una vez. –es tajante. Y suena cerca.

   Con un gruñido de espanto, palideciendo violentamente, Ennis aleja a Jack de su lado, empujándolo. Jadea mal, respira pesadamente y mira al otro, alcanzado de pronto por todos sus miedos, por todas sus creencias, su homofobia, por todo aquello que le habían enseñado de feo y pecaminoso sobre hombres de cierto tipo.

   -Mejor vístete. –gruñe ronco, dirigiéndose hacia la salida.

   -Ennis... -llama Jack, abatido, frustrado, pero el otro no se detiene.

   Y comienza una larga historia donde no se vivirá hasta cuatro años más tarde. Años donde dos hombres existirán recordando, sabiendo que todo pudo ser distinto, pero atrapados en un mundo donde muchos se sentían con derecho a burlas, a gritos, a ofensas o agresiones. Gente que sembrada miedos. Miedos cultivados en tantos corazones que a la hora de la verdad podían hacer retroceder a un hombre recio que por un momento pensó en escapar de la cárcel de una vida sin sentido y estéril hacia el cielo abierto que le ofrecía un tipo joven y hermoso, con su pasión extraña, distinta y sin un nombre bonito que darle en el Wyoming del sesenta y tres. O en cualquier otra época, porque la intolerancia, el odio y la ignorancia nunca estaban muy lejos del corazón humano, provocando que alguien pudiera ser golpeado hasta morir por ser un marica, un extranjero ilegal, un negro pobre que escapa de la miseria o una mujer que sale sin un velo en el rostro desafiando a los hombres...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:20:16 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
FETISH
NATACIÓN OLÍMPICA (15-01-2008)

   -Ven a mis brazos, papi...

   El equipo de natación había ganado batiendo varios record. Felipe, casi llorando de alegría, fue hacia Sebastián, rodeándole los recios hombros con sus brazos, la piel cálida lo quema mientras se pega a él, sonriente, saltandito, frotándose, al tiempo que las manos de Sebastián rodean su cintura estrecha, atrapándolo contra él, riente también, y sus pectorales parecían guerrear, sus panzas planas encajan, y sólo las siluetas voluminosas dentro de los ajustados y chicos bañadores parecen tener problemas para encajar, pero sin embargo también se pegan, tibios. A la rusa, la boca de Felipe busca la de Sebastián, es tanta la dicha que tiene que darle un piconcito... pero su lengua entra allí lamiendo, atrapando la otra y chupándola, al tiempo que cada una de las manos de Sebastián atenaza una nalga, durita, filme, antes penetrar dentro de la pequeña telita, temblando al tocar la firme y joven carne. El jadeo d Felipe es tragado por el otro, mientras los dedos Sebastián van a tocar y batir la melcocha...

   Siempre he sentido debilidad por las pruebas de piscinas, ¡esos carajos se ven tan bien! Los que ganan se abrazan, los que pierden son consolados. Y el esfuerzo por ganar siempre los pone algo mal. Esos bañadores... hummm... Es una pena que ahora se usen esos trajes tan raros, siempre esperé verlos nadar en hilos dentales. El waperpolo así, sería el deporte más popular del mundo, ¿no lo creen?

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:17:00 in FETISH | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
QUÉ  HACES  AHÍ,  GUAPO...
LLEVANDO SOL (15-01-2008)

   Era como una tentación...

   Como capitán del equipo de fútbol, joven, atlético y bastante listo, Germán era una joyita de su generación. Le encantaba el bronceado, y ataviado de chicos bóxers, con los que nadie se atrevía a meterse, a criticar quiero decir, que meter... mano o algo más, muchos estaban más que dispuestos, se tendía a llevar sol en la tierra de nadie en la universidad. Como nadie decía nada, Antonio, un pana, comenzó a llevar sol a su lado, en su propia toalla. El problema para Germán fue cuando llegó Román, un tipo más alto, musculoso y escandaloso, quien gritó: “yo también quiero llevar sol”, quitándose la ropas mostrando otro chico bóxer, con un cacho grande que se alzaba. “No hay más toallas”, gruñó Germán. “No importa”, le respondió, cayéndole encima, acomodándose sobre él, caliente, grande. Gritando se restregaron, Germán quería quitárselo, riente, pero el otro no bajaba. La gente reía ante el juego, que era serio, ya que Germán sentía contra sus turgentes nalgas la presencia de un tubo grueso y caliente, frotándose, buscando su camino, alojándose. Estaba más tieso, más duro; y a Germán le estaba dando un calorcito que traidoramente lo hizo menear sus caderas. Para Román no hizo falta más, acostándose totalmente, como para dormir, quieto, excepto por su músculo pulsante que latía de emoción, pensando ya en la hora de ir a las duchas y darle a Germán la atención que como el gran ídolo que era, merecía...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:14:23 in QUÉ HACES AHÍ, GUAPO... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
PRESTADO DE OTRAS PÁGINAS
BRITNEY SPEARS BAJO LA LUPA (15-01-2008)

   Definitivamente hay gente que se le vuelan los tapones. No hay otra explicación. Britney Spears, esta joven y bonita aún (aunque realmente desgastada por el uso del abuso) artista de la música pop un día lo tuvo todo. Era realmente una bendita entre muchos, porque simpatía, talento y belleza iban de la mano en su persona angelical y rubia como dicen por el Norte. Sin embargo, de un día para otro, todo acabó en una terrible pesadilla. No quiero hablar de cómo fue degradándose de forma personal desde sus tiempos juveniles e inocentes del Club Disney, ¡del que ahora se dice cada cosa!, ni de cómo fue abusando del escándalo y de lo ruidoso para avanzar en su carrera, práctica generalmente utilizada por gente sin talento, que no era su caso; tampoco me meteré en su caída en todo vicio y exceso; de sus matrimonios, su internado en la clínica aquella o la rapada de cabeza. Quiero hablar de sus rollos personales, los de su casa, que le amargan la vida.

   Las autoridades norteamericanas la tienen en salsa por múltiples denuncias de maternidad irresponsable. No la consideran apta para cuidar de sus propios hijos, lo que en sí es triste, una demostración patente de su incompetencia para manejarse como una persona adulta, o una medianamente normal. Claro, no será la primera persona en el mundo poco capaz para conducirse con inteligencia, ni será la primera o única en ser la peor madre del mundo, pero sin embargo, es lamentable. Mucha gente cree algo injusto que se le investigue, y opinan que tan sólo es un ataque propagandístico de alguien que desea darse a conocer; el juicio llevado sin testigos o pruebas concretas contra Michael Jackson hizo mucho daño a la credibilidad en las leyes. Pero en este caso sus apariciones públicas, y de muchas zonas no públicas sino púdicas, así como su conducta claramente inapropiada, intoxicada, y las prueba gráficas documentadas donde se observa que deja caer a los niños, han terminado por colmar la medida. Nada más con eso, sin necesidad de estudiar su rapada en una clínica para desintoxicarse de la que salió peor, o los videos donde afeita sus piernas con navajas.

   Ahora muchos temen por los infantes, ya que van a caer en manos del padre, Kevin Federline, de quien todos dicen que es una joyita, y que al fin dará la gran mordida, resolviéndose la vida para siempre, y sin garantías de que los niños estén mejor con él. Aunque por un lado, el tipo algo de sentido común debe tener; y el hecho de que precisamente él, con todos sus defectos, sea el padre, es otro indicativo del estado mental de la joven cantante, y de su criterio. Uno se pregunta a estas alturas, y ¿los abuelos de esos niños dónde estaban y qué hacían mientras la joven chapaleaba en la vulgaridad y los vicios? ¿No hubo nadie que pudiera influir en esta jovencita al menos para salvar la responsabilidad de cara al público? Tal vez la niña es tan inestable que no escucha a nadie, o estos no lo intentaron, o no les importó... o todo lo heredó la chica de ellos.

   Podría decirse que antes que ella, otras cayeron en el exceso, como la misma Madonna; pero quien quiera creer que esa mujer utilizó ciertas armas de la forma en que esta lo hace, se engaña. Madonna siempre tuvo visión, aún con sus escándalos supo mantener la clase. No eran las suyas acciones de una loquita, eran la obra de una mujer inteligente, astuta, que sabía a dónde quería llegar, cómo deseaba hacerlo, y una vez allí, pretendía sostenerse. El video donde canta con Cristina Aguilera y Britney, es prueba de ello. Y pensándolo bien, desde ese beso la jovencita pareció estropearse, tal vez besar a Madonna sea peligroso, tal vez sus labios son de fuego. Pero la mujer se movía en su medio, sabía a las otras dos en ascenso y quiso controlarlas, que el mundo notara que ella les daba la bienvenida, como la gran reina a las princesitas. De Madonna puede decirse que es una gran artista, pero también una fría mujer de negocios que sabe cómo moverse.

   Cristina es un caso aparte también. Será porque tengo más de treinta y tantos, y no aprecio tanto una carita ya. Siempre he considerado que la Aguilera es más cantante y que tiene más talento que la catirita, o será porque fui y soy un fanático del video de Madame Marmalade. La Aguilera también se ha movido con cierta escabrosidad, pero sin rebasar ese límite del mal gusto e insania. Hablando con un tipo más joven, este me decía que Britney todavía ‘está buena'. Yo le dije que me gustaba más Cristina porque tenía cara de... zorrona, de que ‘sabía hacerlo'. Britney era como esa muchacha bonita del liceo, algo idiota e irresponsable que intenta destacar como sea y comienza a entregarlo... todo, cayendo en errores que cree la harán popular y querida. Cristina era como esa muchacha que no parecía tan bonita, pero atraía, a la le que gustaba divertirse, la que parecía exótica, sexy, y hacía sus cosillas, pero guardando las apariencias, moviéndose con dominio.

   Podría alegarse que esta niña, la Spears, no estaba preparada para manejar su vida como niña que fue famosa, que estuvo bajo los reflectores y debió crecer a la vista de todo el mundo; sin embargo, me resulta difícil de creer que cayera en cuentos y trampas. Que hace veinte años atrás engañaran a las muchachas para prostituirlas con el cuento de una carrera artística, o que se le indujera a consumir pastillas y otros fármacos como una manera de ‘relajarse', no funciona hoy. Todas esas cabecitas de ñame como París, Lohan y Britney deben haber pasado, aunque fuera un día de sus vidas, por una escuela y oír que las drogas y el exceso de alcohol hacen daño. La única explicación es que sean... brutas. Definitivamente la plata no compra clase ni sentido común, lo que es una lástima.

   De verdad, da cosa presenciar todos los problemas de esta muchachita tonta y necia, fue como cuando París Hilton fue reenviada a prisión, que lloraba, tarde, sin entender que debió parar antes; pero sin embargo daba algo de pesar verla sufrir. Son un desastre, gozan escandalizando y llamando la atención de esa manera, pero en el fondo son unas pobres infelices. Ojalá sean problemas que se curen con algo más de edad.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:10:37 in PRESTADO DE OTRAS PÁGINAS | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
HISTORIAS  CORTAS...
LUCHA LIBRE (15-01-2008)

   -Ahora me las pagas todas...

   -Jorge no es más que un güevón que gana siempre en la lucha libre porque ustedes son unos mamagüevos. –replica insolente Renato en los vestuarios, cuando le advierten que deje de molestar tanto al otro, brusco, riente, desvistiéndose, mostrando el suspensorio blanco que ya usa, antes de ponerse, con esfuerzo, el chico y ajustado traje rojo, que parece atorarse en sus muslos musculosos. Tiene veinticinco años, es alto, de piel blanca cobriza, de cabellos negros y ojos amarillentos. Un tipo guapo, de buen cuerpo, siendo su tórax bien formado, de llamativos pectorales. Es un creído, un seductor y un echador de vaina. Es bueno en la lucha y no cree que nadie sea mejor.- Ese marico tiene que mamarse uno si se enfrenta a mí... -dice en el colmo del desafío, antes de notar el silencio de los otros; volviéndose se topa con la seca mirada de un tipo un poco más alto y fornido, de rostro cuadrado, con sombra de barba, cabello corto y tono moreno de piel: Jorge.

   -Tú si hablas pajas, marico. Te espero esta tarde, cuando todos se vayan, y vemos quién gana. –lo señala con un dedo, duro, alejándose, viéndose grande y poderoso dentro de su traje azul. 

   Esa tarde, algo oscuro ya, un poco sudado por una tarde de ejercicios de  prácticas, el sonriente y confiado Renato espera ya de pie sobre la lona. Todo es silencio y soledad. La puerta se abre, violenta, y entra un mal encarado Jorge, sudado también. Se miran. Jorge serio, Renato dando saltitos, sonriendo con cierta burla, tenía movimientos que lo sorprenderían sacándolo de onda. Iba a ganarle, era más chico pero con mejor técnica. Se medio ladea y alza las manos, pero el otro sólo lo mira, con cierto fastidio.

   -Me tienes arrecho con tus perradas, Renato. Entonces es hora de que te trate como la perra que eres. –gruñe, con voz ronca, profunda, desconcertando al otro por un instante.

   Momento que aprovecha Jorge para darle un sonoro y poderoso bofetón. La cosa es tan insólita, es un ataque tan ilegal, que Renato se paraliza, tiempo en el cual Jorge se le va encima, como un oso, atrapándolo por debajo de los brazos, rodeándole el torso en el abrazo del oso, alzándolo con facilidad y derribándolo de espaldas, pero no es una simple caída. Jorge va sobre él, quien cae de espaldas, con fuerza, soltando un bufido, quedándose sin resuello. El bofetón, el golpe de espaldas y el peso del otro que le sacan el aire, lo marean, quiere gritar que no vale, que así no, pero ya Jorge se medio arrodilla, viéndolo sonriendo cruel, atrapando, de forma desconcertante, los tirantes de su traje, que hala, rasgándolo con facilidad. Hala y rasga a pesar de que Renato gime y se medio revuelve, hasta desudarlo casi todo, dejándole las mangas del traje en los muslos y el blanco y sudado suspensorio.

   Ahora si que Renato se asusta e intenta pararse, sólo para recibir, de rodillas como estaba, otro bofetón en la cara, con el dorso de la manota del otro que lo derriba nuevamente, para ser testigo, sin aliento para gritar, de cómo Jorge se deja caer, transversal a él, con el antebrazo en su plexo, dejándolo ahora casi asfixiado. No puede moverse, sin aire, adolorido, y todavía tiene que ver la sonrisa del otro, quien atrapa con los dedos sus tetillas erectas, jóvenes y desafiantes apretándolas de forma ruda, haciéndolo gritar bajito, y revolverse un poco. Esos dedos aprietan, soban, aprietan fuerte, duele, luego acarician y Renato chilla, aterrado, mirando como una erección espantosa se levanta del entrepiernas del otro. Una mano de Jorge le atrapa la nuca, obligándolo a ir a restregar su cara de esa vaina grande, dura, caliente, que lo quemaba tras el pantaloncillo.

   Renato no esta seguro de qué sigue, pero no quiere saberlo, intenta golpearlo en las bolas, pero Jorge le atrapa el puño y aprieta, haciéndolo gritar, y la silueta de la tranca se frota de sus labios. Jorge le gruñe que si lo muerde le fractura los dedos, y aprieta. Renato chilla y esa vainota sigue frotándose. Pero Jorge quiere divertirse, lo atrapa por la axila derecha y la rodilla del mismo lado y lo alza un poco, dejándolo caer, brusco, de panza. Renato gime, todo le duele, no puede respirar, su cuerpo brilla de sudor, sus nalgas rojizas, altivas y redondas llaman la atención del otro que sonríe pasándose codicioso la lengua por los labios, le daría una buena lección. Se mete entre sus piernas, dándole golpecitos en los muslos que le provocan dolor y el otro se abre a lo que daba los faldones del traje, poco antes de que se lo saquen. Sus nalgas dejan abierta la roja abertura. Metido todavía allí, Jorge le atrapa y dobla, casi a punto de fracturárselo, el brazo derecho sobre su espalda, con rudeza.

   El joven charlatán grita y aprieta los dientes, inmovilizado, cuando la otra manota soba sus nalgas, los dedos palpan la carne dura, turgente. A Jorge le encantan esos glúteos musculosos de machito. Lo nalguea, lo ve estremecerse, lo oye quejarse bajito, mira la mancha roja, le gustó. Azota una y otra vez, de una a otra, con rudeza, la palma le arde, pero es sabroso, piensa mientras sonríe y da palmadas sonoras. Y Renato grita lloroso que lo deje ir, que se disculpa. Pero a Jorge eso le encanta. Su manota soba y recorre con codicia esas nalgas de hombre. Le gusta poseer y someter a esos carajitos arrechos. Baja el rostro y besa de una a otra, luego muerde, suave, luego fuerte. Y más fuerte. Y Renato solloza mal. La lengua titila sobre el rojizo y lampiño ojete del culo, le gusta saborear un culito virgen, sometido, que sabe será suyo. La lengua recorre, se mete, y Renato gime ante tan extraño y horrible ritual, nunca antes le habían pasado la lengua así, jamás la cálida y viciosa lengua de otro carajo se había metido en su esfínter.

   Jorge se endereza, no quiere darle placer. Pasa sus dedos, dos, por la espalda mojada, recogiendo sudor, y enfila hacia el culo y los mete, sin ceremonias. Los mete hondo y Renato grita, siente que se rompe. Duele y quema. Los dedos van y  vienen, cogen, Renato llora y se estremece todo, y eso encanta más al sádico, mete tres dedos, hondo, lo ve combarse, llorando a lágrimas vivas, suplicándole que lo suelte. Los agita, ese culito aprieta, calienta y hala sus dedos. No puede más, saca los dedos, con una mano baja su traje, no usa calzoncillo. Su barra titánica, cobriza oscura se enfila contra el abierto culito y aprieta. Renato grita, eso entra, rápido, al fondo, y casi se desmaya. Ahora Jorge lo suelta, semi recostado sobre él, semi arrodillado, con sus pelos pegados a esas nalgas. Retira el güevo, lo mete, saca y mete, cogiendo unas veces lentas, otras rápidas. Lo coge una y otra vez.

   Renato chilla, lloriquea, pero siente un calor grande y poderoso; cuando esa vaina va y viene le provoca gemir, alzar el culo y que se lo cepillen bien, había algo que lo llenaba de ganas, de paz, de gozo, que lo hacía olvidar todo el dolor. Su culo va y viene ahora, abierto como una ‘o', tragándose el grueso tolete, nervudo, largo. Las manotas de Jorge le atenazan las nalgas, lo coge con un ritmo frenético y le gruñe que sé que te gusta, mira como meneas el culo, eres una perra, mi perra. Lo echa de espaldas, lo mira, Renato parece sin fuerzas, los ojos bañados en lágrimas mientras ese carajo le tiene las piernas montada sobre sus hombros y sigue cabalgándolo, cogiéndolo duro, metiéndole esa vainota hasta el fondo de unas entrañas calientes, mojadas, que maman ese güevote. Le duele y le gusta, y eso lo adivina el otro que grita eres mi puta... y le llena el culo de leche bien caliente, es tanta que Renato siente la ardiente lava subiéndole al estómago, corriéndose también dentro del suspensorio.

   -¿Satisfecho, puta barata? –pregunta Jorge parándose.

   -¡Coño'e madre! Esto lo vas a pagar. –gimotea, sentadote.

   -¿Qué, vas a decir que te cogí bien cogido y te corriste? –es cruel.- No digas idioteces. Ahora debes cuidarte de que yo no hable de cómo te meneabas, ni de tu tatuaje en la nalga o los dos lunares sobre el hueco de tu culo. Y puedo hablar, y tú no quieres eso, ¿verdad? Te gusta hacerte pasar por macho, pero ahora sabes que eres una perra caliente. ¡Mi perra! Abre la boca, quiero mear... -ordena, tajante. Renato se llena de odio, de rabia, las mejillas le enrojecen... y abre la boca.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:06:23 in HISTORIAS CORTAS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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