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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
ADIÓS, AMOR, ADIÓS... (23-11-2007)

   Él te quiere, Jack... es verdad. No estés triste...

   Jack no había dicho nada desde su regreso, más allá de un ausente y cortés como estás, y preguntar por su hijo. Lureen estaba acostumbrada a ese aire reservado del hombre al regreso de sus excursiones de pesca. Partía feliz, excitado de contento, luego regresaba calmado, pero distante. Pero esta vez era distinto. Por lo general, al volver parecía caminar sobre nubes, encontrándose dolorosamente feliz de su paseo de fin de semana, con los ojos llenos de añoranzas, como si le doliera no estar ya allí sino en su hogar. A la mujer le parecía que Jack había sido tan feliz en esos momentos que le costaba regresar a la realidad (a casa, a ella; pero no le gustaba pensar en eso). A Lureen le parecía algo... lógico, ya que sabía que Jack no era feliz en el negocio de su padre. Trabajaba, y lo hacía bien, pero no le gustaba. Su padre y él no congeniaban. Había algo en Jack, una chispa de rebeldía en sus ojos y en sus silencios melancólicos que hablaban de desear hacer algo más (o estar en otro lugar, pero tampoco le agrada pensar en eso), que a su padre le irritaba. Sin embargo, esta vez Jack parecía triste. No dulcemente nostálgico como notaba ella en su aire distraído mientras miraba por la ventana, con sus hermosos ojos (a ella le parecían increíbles) perdidos en la distancia, con una sonrisa de medio rostro, evocativa.

   La mujer no se equivocaba, Jack estaba triste. Había recorrido dos estados, muchos kilómetros y horas para encontrarse con el gran amor de su vida, alguien que sólo podía atenderlo por pequeños intervalos de tiempo, casi como un regalo, y al llegar, acalorado pero feliz de volverlo a ver, había sido rechazado. A Ennis del Mar, el hombre al que había ido a ver, le había salido un trabajo de última hora y no podía desatenderlo.

   -¡Pero era nuestro fin de semana! ¡El último por este año! Recorrí dos estados para verte. –le había gritado, desesperado ante la negativa del otro, al que sabía que no convencería cuando se reunieron, como siempre, a las afueras del condado, alejados de todos, escondiéndose siempre, como gente que hacía mal.

   -Lo siento, Jack, pero no puedo dejar pasar esta oportunidad. Necesito el dinero, para Alma, para las niñas. La pensión no alcanza para... 

   -Sé que tienes que atenderlas porque son importante para ti, pero ¿y yo?

   -No pasa nada. Ya nos veremos después. –parecía ir molestándose, arrugando un poco la frente y endureciendo la mirada al tiempo que cerraba en una delgada línea, de obstinación, los labios. Y Jack comprendió que el otro no cedería porque para él, eso sí era importante, el trabajo y el dinero extra. No su presencia.

   -Siempre va a ser así, ¿verdad? Yo necesito verte, espero como un condenado estos malditos días para estar contigo... Pero para ti no significan nada, nunca te han importado en verdad. –reclama resentido con una sombra de pesar en sus ojos, algo que era doloroso de observar para quienes lo querían.

   -Oh, vamos, Jack. Sabes que no puedo permitirme el ser tan indolente con el dinero como tú, no tengo una mujer rica. No puedo dejar que los caprichos me controlen. –acusa, y Jack lo resiente.

   -¿Caprichos? ¿Crees que recorro toda esa carretera por un capricho...?

   -No quise... -y Ennis se incomoda y molesta, como siempre que entran en ese terreno, porque sabe que Jack habla de cosas más profundas, de sentimientos a los que él no puede ni ponerle nombres.- Será sólo un trabajo temporal, tal vez podamos vernos dentro de un mes. –ofrece, sin comprometerse, recostándose de la vieja camioneta, intentando no mirar a Jack; no quiere ver esos ojos grandes y hermosos donde brillaban con igual intensidad el dolor, la rabia y la frustración.- Yo te aviso.

   -Y supones que vendré, ¿cierto? Que lo dejaré todo, mi trabajo, a Lureen y a mi hijo porque ellos si no importan, y que subiré a la camioneta y recorreré todo el camino hasta aquí agradecido porque quieres verme, rezándole al cielo porque tú me llamas, porque puedes darme algo de tiempo. –casi sonríe mientras lo dice, con rabia, antes de darle un leve manotazo en el pecho, algo que sorprende a Ennis dejándolo paralizado.- Pero puede ser que esa próxima vez yo no pueda o no quiera venir. –dice entre dientes, amenazante. Y el otro lo mira, alarmado fugazmente, pero cubriéndose pronto, como cubría siempre sus sentimientos, elevando un poco los hombros en un gesto indolente, gesto que lastima más al otro.- Puede que ya no regrese... o no quiera regresar, Ennis.

   -Bien, será como quieras. –casi escupe, desafiante. Y Jack alza la barbilla viéndose magnifico, sintiéndose lastimado, dolido, porque le parece que sólo él ama y sufre en esa relación. 

   -Bien. No quiero quitarte más de tu tiempo, Ennis; hasta la vista... –termina ronco, pasando saliva, sintiéndose increíblemente lastimado, pero decidido a salir con cierta dignidad, mirándolo todavía un momento y dándole la espalda.

   -Jack... -jadea el otro, malencarado, y calla, sin moverse.

   Pero Jack no se vuelve, no responde, sube a la camioneta y mantiene los ojos obstinadamente sobre el volante, no quiere verlo. No puede. Pero espera, por Dios que espera que pase algo que le impida irse así, espera que Ennis diga algo y lo detenga, que no lo deje marcharse con la velada amenaza de no volver a encontrarse, y aunque transcurren segundos, a él le parecen horas, horas dolorosas y terribles porque el otro nada hace o dice. Ennis sólo oprime los labios, molesto con la emotividad de Jack. Vuelve a pronunciar secamente su nombre; pero no es eso lo que el otro quiere oír mientras enciende el motor, que ronca con potencia a tiempo que se deja oír la radio, mira sobre su hombro hacia atrás y se aleja. A Jack Twist le zumban los oídos y siente que el corazón le duele mientras se distancia sin ver al hombre que aún está de pie, con su gesto huraño, mirándolo irse. Jack se aleja sintiéndose increíblemente mal, con ganas de volverse, de disculparse, de rogar por algo de amor, pero sabe que no puede. Jamás haría eso, y la rabia que siente en esos momentos contra Ennis le da fuerzas para largarse. La radio deja oír notas que le hacen un nudo en el estómago y humedecen sus ojos, y tiene que apagarla, no sin antes dejar de oír un:

“Una mañana fría desperté entre tus brazos llorando,

porque estuve soñando que te alejabas y ya no volvías...”

   En su casa, esa noche, Jack no puede dormir, comer o pensar. Habló como un autómata con Lureen, pero su mente volvía una y otra vez a las frías palabras de Ennis, el hombre al que amaba con todas las fuerzas de su ser. Y así había sido desde la noche que se entregó entre sus brazos, sintiendo sus torpes caricias, su cuerpo caliente como dominado por unas fiebres extrañas, y lo había penetrado alzándolo hacia un mundo nuevo, a uno de urgencias y satisfacciones desconocidas. Él amaba a Ennis, lo sabía porque sólo deseaba verlo, tocarlo, oírlo, sentirlo entre sus brazos. Lo sabía porque únicamente estaba contento, feliz, completo y vivo cuando estaba a su lado, y podía reír fácilmente, y se le ocurrían cosas graciosas, y los silencios eran cómodos, sabrosos, así como su cercanía. Sí, él amaba a Ennis del Mar, pero Ennis no a él, y ese siempre fue, era y sería el problema. El joven percibe que la amargura y la rabia lo embargan, así como la mirada se le nubla, sintiéndose muy triste por él, muy dolido al saberse poco amado, poco merecedor de ser querido (¿por qué Ennis no lo amaba?).

   Ennis no lo quería lo suficiente, y eso siempre sería así. Lo mejor era dejar todo de ese tamaño e intentar olvidar la necesidad que tenía de su piel, de su aroma, de sus besos, de sus manos que lo exploraban todo con urgencia, antes de hacerlo suyo, único momento en que creía notar que el otro también sentía algo poderoso por él (o le parecía porque quería creerlo). Pero eso no le bastaba, ni a Ennis ni a él; no podía continuar existiendo por ratos, por fines de semanas, como una sombra hasta que era llamado para ser querido. Si, lo mejor era olvidar, se dice mientras entra en la cama matrimonial, al lado de Lureen, quien antes de acostarse le había lanzado una extraña mirada. Tenía que cambiar, en su vida debía haber cambios, y lo primero sería dejar de sentir ese dolor, el sofoco, esas idiotas y poco viriles ganas de llorar al saber que debía olvidar a Ennis. Mañana sería otro día y lo olvidaría, se promete. Mañana... No, esa misma noche comenzaría a olvidarlo, para dejar de recordarlo, de extrañarlo, de añorarlo. El sueño sería su aliado, lo haría olvidar por un rato y mañana sería más fácil. Pero no puede dormir, es conciente de la respiración de Lureen, del lento tic tac del reloj, del calor que hace en esos momentos.

   Jack Twist no puede dormir, sólo mirar el techo en las penumbras, o la oscuridad al cerrar sus ojos. Pero no quiere cerrarlos, porque en cuanto lo hace mira a Ennis del Mar arrojándosele encima como un demente, quitándose a tirones las ropas y cayendo sobre él, desnudos ambos en una cama de motel, cuando sus cuerpos se necesitaban, cuando debían sentir el uno al otro para no morir de necesidad. Y las manos grandes y callosas de Ennis recorrieron toda su piel, y Jack adivinaba el deseo que el otro tenía de tocarlo, de acariciarlo, de besarlo... como hizo la segunda vez que se amaron en esa cama que crujió y chilló mientras Jack era cabalgado como un joven potro. Ese recuerdo del cuerpo firme y joven, excitado, de Ennis contra el suyo, de la boca contra la suya, explorándolo con hambre, con pasión, sin inhibiciones ya, no lo dejan dormir. Está excitado, ahí en medio de la noche, extrañando a Ennis.

   Se revuelve en la cama, y en medio de la oscuridad se mira en el espejo de la peinadora de Lureen, y se ve a sí mismo como huérfano, falto de cariño. Cierra los ojos y vuelve a verlo dormido a su lado en esa cama de motel, cuando los cuerpos cansados y ahítos de tanto amarse, cuando las caricias lo dijeron todo, cayeron rendidos, y siente ganas de gritar. Puede verlo otra vez, atractivo y varonil, y él mirándolo con amor, sin disimulos, sin tapujos, sin sentir la necesidad de mentirse así mismo como hacía Ennis. Él lo amaba, lo amaba desde antes de bajar de Brokeback Mountain, donde sintió que moriría en esa estación cuando se fue, dejándolo atrás. Dejarlo le había dolido tanto que tuvo que detenerse unos kilómetros más adelante y llorar, con amargura, con dolor, sin consuelo, como un niño perdido en la noche que deseaba a su madre cerca para que lo cobijara y le dijera que todo iba a salir bien de alguna manera.

   Lloró porque no podía hacer nada más, por él que se quedaba solo y triste, y por Ennis. Lloró para encontrar consuelo, mientras lo llamaba a gritos, entre lágrimas, deseando morirse. ¿Por qué tuvo que sucederle eso? ¿Por qué tuvo que enamorarse de él, de otro hombre, de uno que no se permitía sentir lo que él sentía? ¿Por qué tuvo que pasarle a él, Dios mío? Incapaz de resistirse, en ese cuarto de motel, tuvo que acariciar su torso, tanto que lo despertó. Y en ese momento iba a decírselo, mientras le acariciaba el torso con una mano y con la otra jugaba con sus cabellos suaves, mirándolo a los ojos, iba a hablar. Iba a decirle que lo amaba, que era su vida, que sólo él tenía sentido en su existencia, una que había vivido sin entender cómo hasta ese momento. Que sólo a su lado era feliz. Iba a decírselo todo, que seguir sin él a su lado no era posible, que no lo quería así, que no lo aceptaba; pero Ennis se medio elevó y atrapándole el rostro lo había besado, cubriéndole totalmente la boca con la suya, atándole la lengua y lamiéndola de una forma lenta, deliberada. Esa lengua lo acarició y esa boca tomó su aliento y su saliva, y a Jack todo le dio vueltas y con un gemido fue suyo nuevamente.

   Ahora le parecía que todo había sido calculado, que Ennis le había impedido hablar porque no querida oír lo que iba a decirle. Y eso lastima a Jack en esa cama al lado de Lureen. Siempre había sido así. Y sin embargo, en ese motel, sin palabras, desnudos, con Ennis sobre él, fumando y hablando, Jack entendió que el otro también necesitaba eso, que él también lo había extrañado, que no era un escape ocioso de último momento. Cuando lo recibió a los pies de la escalera que llevaban a su casa, y lo besó incapaz de contenerse más, Jack entendió que para Ennis del Mar aquello tampoco era fácil. Me quiere... se dice en medio de la noche, en su cama, y siente ganas de lanzar un jadeo. Si, Ennis lo quería, no podía engañarse, pero no lo suficiente. El cariño de Ennis no alcanzaba para moverlo a decir o hacer nada; la cantidad de su afecto no le costaba nada. Y eso era algo que Jack debía aceptar aunque doliera.

   Su mirada va a la esfera del reloj, las dos de la madrugada. ¿Qué estaría haciendo Ennis del Mar en esos momentos? Dormir, claro está, se dice con mortificación, sintiéndose tonto (¿dónde iba a estar a esas horas?) y molesto. Seguro que dormía en paz, como un bendito, porque su poco amor no alcanzaba para lastimarlo, para mortificarlo o desvelarlo. Ennis no sentía miedo de perderlo, porque si no volvía él seguiría su vida como si nada. Y nuevamente cierra los ojos, cerrando los puños para controlarse, con unas terribles ganas de llorar. Porque no quiere que sea así. Quiere que Ennis lo extrañe, quiere que Ennis lo necesite. Desea saber que Ennis sueña con él en esos momentos a que están juntos en Brokeback Mountain, corriendo desnudos hacia el lago, y que se sumergen, se tocan y ríen, mirándose a los ojos brillantes, uno junto al otro, excitados, abrazándose y besándose antes de hacer nuevamente el amor, momento en el cual Ennis lo miraría, con sus oscuros ojos y le diría que lo amaba, que jamás imaginó amar a nadie como lo amaba a él. Jack quiere saber que Ennis lo necesita tanto como él a Ennis, y eso le duele tanto que jadea ahogadamente, ganándose un gruñido de Lureen.

   “Ennis, Ennis, ¿por qué no estás a mi lado? ¿Por qué no estoy junto a ti en estos momentos, descansando contra tu espalda caliente, deseada, sabiendo que mañana me besarás y amarás otra vez? ¿Por qué no puedo tenerte si tanto te quiero? ¿Por qué no estamos juntos si es todo lo que le pido a la vida, sí es lo único que necesito y deseo? ¿Sabes acaso que algunas noches le pido a Dios que nos permita estar juntos, arriesgándome a que me castigue por pecador? Pero no me importa, sólo espero que un día Esté de buenas y tal vez nos ayude; aunque transcurren los días y nada pasa. ¿Por qué mis rezos no pueden ser oídos, por qué mi llanto debe ser recibido con burlas y risas, por qué mi dolor no le importa a nadie? Te grité que tal vez no vuelva, pero en este momento sólo puedo rogarle a la vida tener la oportunidad otra vez de sentir tus manos recorriéndome con urgencia, acariciando y apretando mis hombros, que se encorvan un poco ya por la vida servil que llevó al lado de mi suegro, un carajo que me odia. Quiero que me abraces, que me acunes como sólo tú sabes hacerlo, sin decir nada, pero firme, caliente, amoroso, antes de besarme con hambre y con ternura, como si necesitaras beber de mí antes de encender todo el fuego de la creación hasta que me llenas de ti.”

   Jack está muy quieto, con los ojos muy cerrados, sintiéndose vulnerable, triste. En esos momentos sólo le pide al dios de los sueños que sea bueno y lo lleve con su Ennis del Mar, para verlo nuevamente, como lo vio frente a la oficina de Aguirre, callado y serio, esquivo y huraño, pero también emotivo, necesitado y lleno de ternura ruda. Quiere que ese dios de ilusiones lo lleve al lado de Ennis y que vuelvan a estar juntos en sus sueños. Quiere soñar que están unidos y que se aman, que pueden mirarse con ternura, que Ennis le acaricia en forma ruda una mejilla porque le nace hacerlo, porque quiere, sin cuidarse de que nadie los vea. Desea el mundo de las fantasías donde no sienten miedos ni culpas, donde pueden ser Jack y Ennis, dos hombres a quienes la vida juntó en una montaña y descubrieron que se amaban con tal fuerza que ni el tiempo, la separación o la entrada de otros en sus vidas había podido acabar con eso. Un mundo quimérico donde pueden salir juntos y tomar una cerveza, mirándose con amor sin que la humanidad los ataque. Jack desea que Morfeo lo lleve a la tierra donde no dañan a nadie si los dos caminan juntos, riendo, bromeando, chocando sus hombros rudamente, pero también con ternura, una que se nota de lejos.

   Jack tiene que tragar sus lágrimas ardientes porque se sabe perdido. No puede abandonar a Ennis, no puede dejarlo, jamás podrá olvidarlo porque cada sonrisa del otro, cada palabra, amable o dura, estaban grabadas en su corazón, y una y otra vez eran reproducidas en su cabeza, y lo ama más, y también lo llenan de frustración. Está perdido porque su cuerpo todo le pertenece al otro, quien sabe qué tiene que hacer para hacerlo gemir, estremecerse y arquearse contra él. En su cuerpo lleva la marca, a fuego, del hierro de Ennis del Mar, una marca que le grita al mundo que él, Jack Twist, le pertenece. Extraña hasta la angustia sus caricias, y el dolor terrible en que lo sumía su ausencia sabía que jamás menguaría. Pasó cuatro años después de bajar de esa montaña extrañándolo en cada acto de su vida sin estar consiente de ello, llamándolo en su mente una y otra vez, y con su cuerpo sin saberlo, buscándolo en cada paraje, en cada tipo delgado y fibroso que iba de espaldas por una calle, anhelando en medio de sus sueños su cuerpo, su presencia. Habían sido cuatro años en los que vivió entre juegos y tonterías; jugó a ser el marido de Lureen, a ser padre, a llevar un negocio, pero su vida se había detenido cruel y dolorosamente hasta el momento en que Ennis lo besó, con una tosca y urgente pasión, al reencontrarse con él.

   Lo que queda de la noche, el hombre durmió entre sobresaltos, entre suspiros dolidos, y hacia el amanecer, Lureen creyó notarle las huellas de unas lágrimas secas ya en sus pestañas. Pero no preguntó. Y el nuevo día fue duro para Jack Twist. Desayunó, jugó con su hijo, al que miraba con un amor que enternecía a Lureen. Fue al negocio, a enfrentar a los clientes, a Lureen sacando cuentas, exigente, y al suegro. Encerrado en su oficina, sintiéndose asfixiado, atrapado, sólo podía pensar en huir. El teléfono sonaba y sabía que era la suegra para invitarlo a almorzar, como hacía cada tres días a la misma hora. Y eso le molestaba, lo hacía desear gritar, pero terminaba aceptando para ser aguijoneado mil veces por el suegro, quien lo hacía sentirse inconveniente y poco valioso.

   -¿Si? –no puedo evitar el tono de amarga molestia.

   -¿Jack? –y el corazón le dio un violento vuelco en el pecho, tanto que se sintió débil, casi mareado.- ¿Jack...? –se repitió la llamada, con voz trémula, como si aquello fuera una osadía terrible; y Jack detectó una nota de alarma y temor en esa voz. De debilidad, como nunca antes.

   -Ennis...

   -Vas a venir, ¿verdad, Jack? ¡Tienes que venir conmigo! Todo estará bien de ahora en adelante. Nada se interpondrá esta vez. Te espero. Será un maravilloso fin de semana. Te lo juro, Jack...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:25:41 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
QUÉ  HACES  AHÍ,  GUAPO...
CRTICAN... PERO QUIEREN... (23-11-2007)

   A los bonitos no les es tan fácil tampoco...

   Reinaldo había tenido un problema con el resto de los muchachos del equipo de béisbol, porque como era bonitico, todos se metían con él, por pura envidia. Ahora, después de terminar una caimanera con otro liceo, quitándose la ropa sudada, mira a Sonny, el capitán de su equipo, el que más lo molesta. Sonny no puede quitarle los ojos de encima, y Reinaldo sonriente, le guiña un ojo y se aleja por un paraje. Sonny llega casi enseguida, algo jadeante.

   -Tenemos un problema, Sonny, me molestan tus burlas.

   -Lo siento, yo... -Sonny se avergüenza de ser malo, teniéndole los ojos clavados en los pectorales, así como en el calzoncillo.

   -Si quieres disculparte, ponte de rodillas... -sonrió Reinaldo, bajando algo su prenda, y Sonny cayó como en trance, abriendo la boca buscando pedir perdón, y tragando poco después la absolución, entre gemidos, deseando más...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:22:22 in QUÉ HACES AHÍ, GUAPO... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
AMIGOS
DESPUÉS DE LA PRÁCTICA (23-11-2007)

   Si las mujeres supieran lo que pasa...

Como camarógrafo de SPEN, Jhonny amaba y sufría al cubrir las entrevistas en los vestuarios luego de una práctica o un partido. Lomis, con su sombra de barba, y Tube, con su cara redonda de muchacho malo, eran sus jugadores preferidos de rugby. Al verlos saetaditos allí, con los mínimos suspensorios tipo tangas, forrados en músculos, sudores y aromas, le temblaban las piernas. Imaginaba a Lomis montando su piernota sobre la del amigo, quien se la sobaría, deleitándose en la dura piel masculina; eso antes de que ambos se pusieran de pie, y él cayera de rodillas buscando... lo que no se le había perdido. Cuánto trabajo le darían aseándolos como los gatos, a fuerza de lengua que lamería con gula y entre gemidos en cada parte. Imaginaba a esos dos cabrios llenos de adrenalina por el juego y la competencia, deseando desahogarse, corriendo los dos entre gritos animales... y él ahí, con la boca abierta... de sorpresa, compartiendo con ellos, el estallido de jubilo. Sabía que se daría un buen gusto de... camarería entre machos.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:17:29 in AMIGOS | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
COMENTARIOS...
LA LOCURA DE LA ERA... (2) (23-11-2007)

   Sin que se resolviera ninguno de los problemas de los setenta, referentes casi todos a los peligros ambientales, pero relegados al olvidado de alguna manera, entramos sin darnos cuenta en la década siguiente. Los ochenta trajeron a colación una crisis gigantesca que el mundo desconocía, que terminaría con la caída de los países soviéticos. Algo que era impensable para muchos. Por ser latino, y haber recibido una educación socialista, desde la escuela hasta en la iglesia por lo de amar al prójimo y haz el bien, uno tendía a tenerle más aprecio a la Unión Soviética con su revolución del proletariado, que a los Estados Unidos. Claro, ignorábamos la mega estafa, el engaño monumental de una casta demente y cruel que se aseguró el poder para sí, y el vivir como jeques mientras el resto padecían, igualito que ahora cuando pretenden engañar al iluso con la palabra REVOLUCIÓN. No sabíamos de los millones de asesinados, por el hambre provocado o los ajusticiamientos.

   No sabíamos de los gulags, los campos de muerte llamados de reeducación, de donde pocos salían y escapaban a Occidente, para ser atacados allí por la recua de sanguijuelas al servicio de la Unión Soviética, que se ocultaban bajo el título de intelectuales, sobretodo en Francia donde parecían una mala imitación de Cruela de Vil, y cuya única misión era ridiculizar, perseguir y destruir a todo el que hablara de los horrores tras el telón, o como lo que pasa en Cuba y una que otra nación deslizándose a la africanización en América Latina, pero que suelta billete para que sigan sus vidas parasitarias e inútiles. Aunque viéndolo bien, ¿dónde se anota uno para parásito? Me gusta la plata y sí no hay que hacer nada sino taparear vagabunderías, aquí estoy a la orden.

   Bien, nada de eso lo sabíamos en los inicios de los ochenta. Sólo oíamos que Estados Unidos y la Unión Soviética extremaban sus fichas sobre el tablero nuclear. Había escaramuzas, peleas y amenazas, veladas una y otras no tanto. Había una sensación de incertidumbre. De miedo. Todos temíamos oír que en tal o cual sitio había estallado un arma nuclear y bajo su hongo de muerte todo había desaparecido. Leer un periódico era saber sobre la tensión entre las alemanias, o en el Oriente Medio, o en el Báltico. La palabra se repetían como un eco de pesadilla: guerra... guerra... Había una sensación de fragilidad dentro de todo aquel que podía sumar dos más dos. Muchos estaban convencidos de que el mundo terminaría en medio de un holocausto nuclear, con un único y fenomenal grito de miedo. Una película que retrató todo ese horror, y de forma muy convincente, fue AL DÍA SIGUIENTE; que en Venezuela completaban con aquello de Al Día Siguiente del Apocalipsis Nuclear, para hacerla sonar más dramática, como si hiciera falta. Ese filme marcó a mucha gente de mi generación. Terminaba la primaria cuando logré verla (no soy tan viejo como dicen mis enemigos), con dos amigas, una de ella con la copia de la película, que vimos en un aparato que estaba de moda en esos días, la última sensación en tecnología, y que no había desaparecido junto con los dinosaurios como dicen los insolentes: el Betamax.

   Todo era angustiante en esa película: la mirada de la mujer del médico cuando oye las noticias y se le nota el miedo; o el joven que está en la barbería y oye a los otros hablando de guerra y él pregunta como esperanzado: pero no atacarán aquí, ¿verdad?, ¿que objetivo tendría? O la joven en la universidad que entra a un salón de clases gritando que arrojaron las bombas (todavía se me eriza la piel); o cuando el ranchero manda a todos al sótano y sube por la mujer y esta se aferra a tender las camas, a lo que conoce, a su vida ordinaria, y grita que no y llora cuando él dice que eso ya es inútil y la arrastra al refugio. Todo fue terrible, lleno de significado. Aquí en Venezuela las promociones eran angustiantes: Al Día Siguiente... y la humanidad caerá víctima de su propia maldad. O la otra: Al Día Siguiente... cuando los vivos envidiarán a los muertos. Fue una locura en su época, porque reflejaba nuestros temores más primitivos, algo que sabíamos que ocurriría tarde o temprano, estábamos seguros de eso. Hay una guerra nuclear, ¿qué se puede hacer? ¿Huir, esconderse, reunirse con la familia y esperar a que llegue el final? ¿Qué más queda?

   Pero, cosa rara, la crisis pareció desaparecer por sí misma. Un día la Unión Soviética parecía que iba a durar mil años, y al otro ya había caído como moneda devaluada de país en crisis. Muchos conocidos míos quedaron en el aire, como preguntándose: ¿y ahora que hacemos sí sólo nos hemos preparado para el final? La humanidad se había salvado nuevamente de perecer, bajo el calor del fuego atómico, o de padecer el largo invierno nuclear, como se salvó antes de los augurios de hambrunas, cataclismos climáticos y amenazas del cosmos. Sabemos que hubo presiones para que tan monstruoso sistema sucumbiera al final, eran demasiados millones de esclavos los que padecían, incluso se hablaba de la decidida participación del antiguo Papa, el polaco, en esa batalla; pero a uno le queda la duda sobre sí eso fue todo. Sería fácil decir que tuvimos suerte, pero tal vez sea como en esa historia de Isaac Asimos, el gran autor de ficción, LA FUNDACIÓN, y cada cierto tiempo la humanidad debe padecer estas crisis para que algo mejor surja, o no, como parece indicar la experiencia, y que éstas se resuelven por su propia dinámica. Y la verdad es que eso no brinda tranquilidad ni seguridad, a menos que uno sea de los que deja hasta lo que comerá o beberá en manos de la suerte o de fuerzas superiores.

   De los noventa y el dos mil, hablamos después...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:10:36 in COMENTARIOS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
AMIGOS
EL OBSEQUIO (23-11-2007)

   Avergonzado... pero caliente...

   Tomás es un tímido estudiante de secundaría a punto de graduarse. Buena gente, sensible y delicado, todos lo sabían marica menos él, que intentaba negárselo. Para su cumpleaños, las amigas lo sorprendieron con un bailarín exótico, quien se la dedicó. Cuando el tipo movía su cuerpo junto a él, Susana lo empujó, y su cara se refregó allí, en el punto exacto del sabor, y aunque apenado, el chico temblaba de ganas, preguntándose si todo eso era músculo de verdad, ya que se notaba grande. El carajo iba a dárselo todo... más tarde, en el cuarto de la chica que prestó su casa para la fiesta; era atrevido y le gustaban los estrenos. El obsequio había sido grande, pero no tan grande, y duro, como comprobaría Tomás, más tarde, mientras creía morirse de placer... al obtener lo que tanto quería, cosa que a pocos les ocurría con esos regalos de amigos.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 03:06:14 in AMIGOS | Comentarios(0) |  Permacoplamiento

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

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