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SECRETO DE LA MONTAÑA

AMOR ADULTO
UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS... (2) (27-10-2007)

   Dime Heath, ¿dónde está tu amado amigo del alma...?

   Ahora volvemos con una historia sobre Ennis del Mar, a quien habíamos dejado recordando el momento exacto cuando conoció a su nuevo amor, Ed. Para mí, la cosa es hasta anatema. Él no tenía ningún derecho a olvidar a Jack Twist, pero digamos en beneficio de otros, que si; bueno, qué se le hace. Pero esta es sólo una trama marginal.

   La historia de esos dos, Ennis y Jack, sí era definitivamente una historia de amor. Supongamos que no el primer encuentro cuando Jack decide mandarlo todo al diablo y aproximarse a ese carajo tosco y hermoso que estaba a su lado, enloqueciéndolo, y se entrega a él, necesitándolo, deseándolo tanto, lleno de ganas porque el otro fuera su hombre. Acordemos que hasta ese momento la cosa había sido carne, lujuria, el deseo de dos jóvenes calientes que deseban sexo, dándose latazos y frotes. Pero una vez que Ennis decide que todo eso, toda esa locura de los sentidos, no volverá a ocurrir porque no es ningún marica y todo eso para él había sido un feo trauma que lo enfrentaba a todo lo que era y deseaba ser, pero obligado por algo más fuerte que él mismo a regresar esa noche a la tienda donde un Jack “con el joven torso desnudo y los ojos llenos de estrellas”, lo espera, y cada uno constata en la mirada del otro la intensidad de lo que sienten, allí la cosa cambia. 

   Aún el escéptico más grande al respecto no puede encontrar otra explicación como no sea un ataque de pánico y desesperación, la agresión de la que Ennis hace víctima a Jack cuando están a punto de bajar de la montaña. Era la única forma en que ese hombre cerrado en sí mismo podía dejar salir lo que sentía, la rabia, la impotencia y desesperación al ver que la estación terminaba y Jack se iría de su vida y no había forma de detener nada de eso; o como la escena que sigue al enfrentamiento con Alma cuando ella le grita que sabía de todas sus cochinadas con el tal Jack, y sale tan mal que ataca y golpea al tipo del camión, buscando al mismo tiempo ser agredido, tal vez castigado por sus ‘pecados'. Ennis era complejo, amaba a Jack pero no podía permitirse amarlo, por lo que condenaba a todo el mundo a la infelicidad: a Alma, sus hijas, a Jack y hasta la mujer de Jack. 

   Pero, a pesar del rechazo a los sentimientos y a lo que se es, Ennis del Mar no puede dejar de pensar en Jack Twist, de extrañarlo, de añorarlo, entendiendo que su vida vacía, sin felicidad, sin ternura, era así porque el otro no estaba a su lado. Es por ello la escena del reencuentro, de los besos imprudentes a los pies de unas escaleras, o la ida al motel, o los celos terribles que hacen que Ennis casi amenace de muerte a Jack si sabe que va a México a entregarse a otros hombres. Para mucha gente eso puede parecer ridículo, o idiota. La idea de una necesidad tan grande, de una añoranza por un cuerpo, una boca, unos brazos y unos besos que ni el tiempo ni la distancia pueden apagar, o el que se viva soñando con eso todo el tiempo sin poder sentirse jamás feliz, o tranquilo, puede parecer algo tonto a demasiados. Muchas personas parecen encontrar alivio o una razón de ser en cada encuentro fortuito, en algo rápido e indoloro. 

   Pero tal vez para otros no sea así, hay quienes aman de tal manera que a veces asustan. Tal vez para algunos no baste con cualquiera, no puede ser este o aquel, sino esa persona en especial, a la que ‘miran' en cada rincón sin que esté, a veces como una sombra vaga captada por el rabillo del ojo que acelera el corazón y luego lo deja dolido al ver que todo era una ilusión. Tal vez por eso hay personas que sin ninguna razón aparente, ni ningún motivo para rechazar, dicen no. U otros, que en la soledad e intimidad de sus casas, sencillamente deciden que ya no pueden continuar, que ya no pueden soportar un día más en esa forma, y toman resoluciones mortales; y luego todos se preguntan por qué hizo eso. Creo que la cantante mexicana Amanda Miguel, tenía una canción que hablaba de eso: ella no salía con cualquiera, cualquiera no la hacía feliz, ella quería esperar la primavera. Tal vez Ennis del Mar, y el mismo Jack, eran de ese tipo. Me gusta creer que realmente hay personas así...

  UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUES DE BROKEBACK MOUNTAIN... 

   Mientras arrancaba la furgoneta, alejándose de la cabaña, Ennis se pregunta por qué tantos recuerdos justo esa mañana, después de todo sólo una más de tantas que ha tenido durante muchos años. De tarde en tarde recordaba algo del pasado pero nunca todo de golpe. Su mirada, bajo el sombrero, se eleva y mira el firmamento a través del parabrisas. 

   “Es por el cielo. Es por este cielo con el color de los ojos de Jack Twist”. Y pensar en él le eriza la piel una vez más. “Jack, si yo hubiera sido un hombre de verdad con el valor para enfrentar mi vida, quizás hubiera sido tu imagen, amable y amada, siempre con esa tristeza suave en tus ojos cuando yo partía, y no la de Ed la que habría visto despidiéndome con un gesto por el espejo retrovisor”, reconoce, sintiendo como el corazón se le encogía en el pecho. Pensar en Jack y en Ed, lo lastimaba, cuestión que siempre había estado allí, latente. El dolor que había sentido por la muerte de Jack, algo que pensó que lo enloquecería de tanto sufrimiento y que finalmente lo mataría también, por su ida definitiva (nunca como en ese momento entendió lo terrible que era la muerte), se había mitigado un poco con los años y la llegada de Ed, que lo había cubierto con su entrega y cariño, tanto que en determinados momentos podía olvidar la herida, o que Jack alguna vez había estado ahí. 

   “Pero basta sólo con un cielo azul y claro como el de hoy para que vuelva a ver sus ojos grandes y su sonrisa traviesa, fanfarrona, alegre y hermosa, como lo vi el primer día que le conocí, cuando tuve que bajar la mirada ante su presencia, porque sentí que se me ponía roja la cara, la piel se me erizó y me costaba respirar, y temí que él lo notara. El momento más extraño de mi vida hasta ese instante. Cómo me asusté cuando lo miré”. Ahora una imagen copaba totalmente su mente y sus recuerdos: Jack agotado frente a un fuego casi apagado. Y el tiempo desapareció, Ennis lo sintió en la piel, todos esos años no habían transcurrido, porque ahora, muchos años después, pudo volver a sentir contra sí ese cuerpo fuerte, joven y amado, que él había abrazado y acunado desde atrás; podía percibir otra vez el suave aroma a hombre saludable y aseado que le llenó las fosas nasales al apoyar la nariz en su nuca que se eriza levemente ante su contacto, su piel siempre respondía a sus toques, a su proximidad, y era otra cosa que le encantaba de Jack Twist, por lo que tuvo que soltar un rápido y leve beso en esa piel tibia y amada, antes de susurrarle: “Eh, amigo... te duermes de pie como los caballos...”. Ahora, años después, Ennis notó como su mirada se nublaba... justo antes del accidente. 

   El súbito estallido lo regresó a la realidad, pero de un modo extraño, uno que le hizo entender que tal vez una vieja conocida había venido por él al fin; todo parecía desplazarse en cámara lenta. Entendió que un neumático había estallado y que ya no tenía control sobre la furgoneta que había comenzado a derrapar. Y con un escalofrío, sintiéndose algo culpable, supo que ya no estaba sólo. 

   -Cuidado, vaquero. –parecía vibrar una advertencia en la cálida voz. 

   -¡Jack! 

   -¿A quién esperabas en este momento, Ennis?

   Ennis miró. Sentado a su derecha estaba él, con su camisa azul preferida, con su sombrero negro de ala ancha, con su mirada hermosa y su sonrisa de siempre; joven y fuerte, como lo vio un día a la entrada del trailer de un carajo al que ya no recordaba, al pie de Brokeback Mountain. El hombre hundió el pie en el freno sin ningún resultado sobre el vehiculo que derrapaba más y más hacia el abismo.

   -¡Jack! –lo miró suplicante, como asustado, y el otro lo miró largamente.

   -¿Pasa algo, Ennis? Creí que estabas listo...

   -Así no, Jack. –casi gimoteó en voz alta, y todo se detuvo en seco: el giro enloquecido que describían, el polvo en el aire, el paisaje rodando a su alrededor, todo paró en el acto. Tragando saliva se volvió hacia Jack, y pronunció palabras que lo sorprendieron mientras iban saliendo de su boca, como si fueran algo ajeno a él.- Ahora no, Jack... -repitió.

   -¿Pasa algo, vaquero?

   -No puedo irme así, Jack... Quiero despedirme antes de Ed; quiero poder decirle adiós y que lo extrañaré, decirle que el tiempo juntos fue bueno, y agradecérselo. No quiero que él pase y viva, lo que pasé y viví yo cuando te fuiste, sin que pudiera verte antes. –le dolía decir eso, por lo que le extrañó notar ensancharse la sonrisa de Jack, quien miraba hacia arriba por el parabrisas.

   -Eso no depende de mí, Ennis. Nunca ha dependido de mí. Es sólo la fuerza de tu amor, de tu dolor, de tus recuerdos y nostalgias lo que me retienen aquí, lo que me hace aparecer de vez en cuando... y no deja que yo parta a otro lugar. –lo dice y parece escrutar el cielo en busca de una señal, tal vez de ese ‘lugar'.

   -De mi amor y del tuyo, ¿verdad, Jack? Porque tú me... amabas, ¿verdad, Jack? –suena preocupado, como el niño que espera ver en los ojos de su padre, viejo y cansado después de toda una vida de contacto seco y distante, la aprobación y el afecto. Jack lo mira largamente a los ojos.

   -Mi amor por ti nunca estuvo en discusión, Ennis del Mar. De mi devoción por ti nunca has podido dudar, tan sólo quizás del tuyo. –callan y se miran.- ¿Vas a hacerlo ahora? Yo sigo esperando, estoy aquí esperando por ti... -y el viejo dolor que lo había acompañado toda su vida, le golpeó de nuevo el pecho a Ennis del Mar. ¡Una salida, había una salida!, Jack le hablaba de un lugar, de un paso, de ir a otro sitio, un punto donde estarían juntos, pero aún así, tuvo que responder.

   -Quiero a Ed, sin él no habría encontrado fuerzas para continuar viviendo. Me gustaría... -y la mirada se le nubla, y le duele detectar tristeza en Jack; porque sabía que era por su culpa, aún después de tantos años seguía lastimándolo.

   -¿...poder decirle lo que sientes? –terminó por él, Jack, y la sombra oscura de dolor que cruzó su azulada mirada hizo que Ennis se deshiciera en lágrimas.- Entiendo, es importante oírlo decir... -remachó con voz queda.

   Ennis cerró los ojos incapaz de soportar continuar mirándolo, arrasado por el arrepentimiento y la culpa. Cuántas veces esas palabras no pronunciadas habían abrazado su boca y garganta como el trago más amargo (te amor, Jack Twist) al tenerlo entre sus brazos, a la luz de las estrellas. Habría sido tan fácil decírselo mientras él reposaba contra su pecho, hablando soñadora y alegremente de comprar un rancho, algo para los dos, donde estarían juntos y serían felices. Cuántas veces no se mordió los labios hasta sangrar, al ver partir a Jack en una de mil despedidas, con esa luz que brillaba en sus ojos, luz de espera, de esperanza por oírle decir (te amo, Jack Twist) algo. Soltando una mano del volante, Ennis la lleva a su rostro, intentando sofocar el llanto que subía por su garganta y lo ahogaba, uno que era bilioso, el sabor de la culpa.

   -Perdóname, Jack, perdóname mi dulce Jack Twist... -gimoteó incontrolable, al tiempo que sintió sobre su hombro la cálida, fuerte y joven mano del otro que lo zarandeaba un poco, con aire animoso.- Perdóname por todas esas despedidas áridas, por todas las cosas que no te dije y que merecías oír. Perdóname por no decirte cuan feliz, vivo y dichoso me hiciste en esos días que...

   -Joder, Ennis del Mar, toma el volante, ¿o es que quieres matarte?

   Y sin más, se vio haciendo girar noventa grados el vehiculo, hasta detenerlo a un par de metros del precipicio. Aún lloraba cuando apagó el motor y apoyó la frente sobre el volante, y no necesitó mirar a su lado para saber que estaba solo otra vez, y eso también dolía. Jack había hecho su parte, y se iba, como el dulce ángel de la guarda en que se había convertido, quisiera o no, desde que él se aferraba a su recuerdo de forma desesperada y desolada, temeroso de olvidar algo de su cara, de su risa, de su ternura y que el recuerdo desapareciera finalmente en la nada, eso, lo único real que un día lo hizo sentir y vivir. Jack había cumplido y se marchaba, y al hombre le asustaba eso, ¿por cuánto tiempo se había ido? ¿Por un rato? ¿Volvería mañana cuando lo invocara al despertar, como cada mañana? ¿O estaba dirigiéndose a otro lugar, uno donde siempre había luz, paz, tranquilidad, y se recostaría en el verde pasto, sonriendo dulcemente, mordiendo una brizna de paja, somnoliento, acogido por suaves rayos de sol que no calentarían sino lo justo, disponiéndose a descansar un rato, a esperar, a esperarlo a él hasta el momento en que cayera nuevamente en sus brazos?

   Ed acababa de atender a los caballos y salía entrecerrando los ojos por el deslumbrante sol de la mañana cuando vio acercarse la furgoneta de Ennis, renqueando con uno de los neumáticos pinchados. Fue a sonreír y a bromear sobre algo, pero al ver bajar al otro con expresión turbada, sombría, dejó caer lo que tenía en las manos y corrió junto a él. Rozó con sus dedos el rostro ceniciento, y lo encaró preocupado.

   -Ennis, ¿qué tienes? ¿Te encuentras bien? –pero por toda respuesta, el otro lo miró en forma desvalida, abrazándolo luego muy fuerte y durante mucho tiempo, hasta que al fin le oyó en un murmullo corto, entrecortado.

   -Quería decirte que... -y no puede.

   -¿Decirme qué? ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? –y lo miró a los ojos, extrañamente brillantes y húmedos, cuando Ennis se separó un poco de él.

   -No es nada malo, sólo que... creo que nunca te he dicho... -y la cara se le contrae en un puchero de vergüenza, de temor a expresar lo que siente.- ...cuánto significas para mí. Te quiero mucho, pero no te lo he dicho, ¿verdad? –y calla, notando la sorpresa del otro y como su mirada se ilumina (así habría resplandecido Jack, piensa y le duele, le duele mucho). El otro había enmudecido de emoción, y sólo pudo abrazarlo con más fuerzas, reteniéndolo contra sí, acunándolo.

   -No hace falta que digas nada, Ennis. –respondió Ed, al fin.- Hay cosas que se sienten, que se saben, que no hace falta decirlas. Yo lo sé. Sé que me quieres, que me tienes mucho cariño. –termina con voz soñadora, algo hueca.

   Luego sintió las lágrimas ardientes de Ennis en su cuello, y no pudo decir nada más. Volvió a abrazarlo con fuerza y los dos estuvieron mucho tiempo así, enlazados, unidos, corazón contra corazón, con la gran extensión de terreno agreste, con la cabaña, la caballeriza y una lejana montaña azulada al fondo, como únicos testigos del cariño de esos dos hombres que habían decidido compartir una vida porque se necesitaban y eran felices estando juntos como no lo habían sido en mucho tiempo, cada uno por su propia historia; aunque sabiendo que sus familias no lo entendían, y que otros los mirarían con repulsa, burla, agresividad o desprecio.

   Ed lo abraza y siente un leve deseo de llorar también. De felicidad, de sentir a Ennis así, ese hombre rudo y tosco que una noche lo sedujo con su mirada ardiente, de tortura, sabiendo que escondía un alma hermosa, apasionada. Sin embargo, Ed sabía que Ennis lo ‘quería', le tenía mucho ‘afecto' y ‘cariño', pero amor no se había pronunciado. A él no le importaba, porque nadie podía tener a Ennis del Mar para sí más de lo que él lo sentía ahora. Comprendía que esas lágrimas del otro eran en parte por sus sentimientos hacia él, pero también una tardía confesión de culpa por cosas que no dijo antes. Eran palabras y lágrimas dirigidas a un silente y amable fantasma que a Ed le constaba que existía. El recuerdo de un tal Jack Twist. De tarde en tarde, cuando cenaba con Ennis a la mesa, y hablaban, Ed podía percibir con el rabillo del ojo, algo retirado en la mecedora de la esquina, la presencia del amable espectro que convivía con ellos. “Yo lo amo, Jack”, se había visto obligado a recitar con urgencia más de una noche, cuando al entrar en el dormitorio principal encontraba a Ennis sentado en la cama, con una almohada aferrada contra sí (¿soñando con otro cuerpo?) mirando por la ventana, hacia la lejana montaña, alejado en el tiempo, con los ojos llenos de ayer, brillantes de nostalgia y amor. “Yo también lo amo, Jack. Deja que se quede conmigo un tiempo más, por favor; luego será tuyo, como siempre lo ha sido”.

   Ennis gimotea todavía, quieto, recostado del otro, sintiendo su aroma, su calidez. Lo quiere, lo quiere mucho, pero su mente era un caos. “Jack... Jack... ¿estás aquí? No te vayas todavía...”. Y le avergonzaba pensarlo. Nunca estaría seguro de si fue el extraño y cálido viento que se levantó meciendo los viejos árboles, que susurraron a tranquilidad, o una voz en su corazón torturado, pero le pareció oír un timbre amado, lejano: “Deja de llorar, Ennis del Mar. Nunca me dijiste que me amabas, y aunque deseaba oírlo de tarde en tarde, cuando me reflejaba en tus ojos después de beber en tu pasión, siempre lo supe. En el fondo lo sabía. Desde el primer momento, cuando te vi y tú levantaste tu mirada huidiza y la bajaste, en ese momento lo supe, que eras mi dueño y yo el tuyo. Como lo supe ante tu llanto cuando temías que me fuera a México a olvidarte. Lo supe desde el principio y hasta el final, ese día, en esa carretera, mientras me... marchaba, pensaba en ti y sabía de tu amor. Nunca dudé de eso, aunque tú lo hiciste. Todo está bien, ¿ahora quieres hacerme el puto favor de seguir con tu vida un tiempo más? Déjame ir a descansar un rato. Te estaré esperando, de alguna manera sé que sí hay un lugar de miel y frutas, de césped verde y mullido, y cielos altos y hermosos en montañas eternas, donde el tiempo no pasa. Vive un poco más Ennis, yo te espero...”

..........

   Bien, fuera de una que otra libertad poética, o literaria, la historia es más o menos como la leí en aquel blog, del que espero alguien sepa cuál es y nos lo haga saber a todos. Realmente disfrutarán leer todas esos relatos como lo hice yo el año pasado.

   En cuanto a la historia, creo que debo decir que la gente da demasiadas cosas por sentadas, y eso es arriesgado. Nunca se le dice a la mamá gracias por todo lo que hiciste, por todo lo que te preocupaste, por todo lo que amaste, por tus miedos por mi felicidad. No nos preocupamos a veces de si está triste, o anda molesta, o si se ve infeliz, ni le buscamos una explicación; como si de tonterías de viejas se tratara. Lo mismo pasa con el padre, o los hermanos. Hay gente que se pelea con sus hermanos por tonterías, malos entendidos o discusiones pequeñas y mezquinas y pierden meses y años de vida que no se habló con ellos, no se tomó algo de caña, se hizo una parrilla o se jugó dominó. A veces los sobrinos van perdiendo el interés o el cariño en esas separaciones que son idiotas y las familias terminan alejándose como extraños. Nada cuesta de ve en cuando mirar a todas esas personas a nuestro alrededor y decirles eso, que los queremos; o un: discúlpame por eso que te dije un día. Realmente hay palabras que tienen magia.

   Por alguna razón la gente siempre cree que hay tiempo para remediar esto o aquello, para hacerle la vida más fácil a esta o aquella persona que tanto nos dio, para reconciliarse, para ayudar, para reunirse y amar otra vez; pero el Ennis del Mar viejo en su trailer, viendo la camisa de Jack sobre la suya con sus ojos llenos de amargura, remordimiento, dolor y amor frustrado debería servir de advertencia: nunca demos nada por hecho, ni siquiera el que tendremos el tiempo para cambiar y ser felices después. ¡Cuidado!

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 05:29:54 in SECRETO DE LA MONTAÑA | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
CÓMICS
BELLO Y BESTIA (27-10-2007)

   Ya no podía fingir más...

   Como ocurre muchas veces, Jostín comenzó visitando la casa Gómez, por Andrea, una bonita joven, discutiendo de entrada con su cuñado Ricardo, hasta que una tarde, en la feria de caridad donde debía atender un kiosco de juguetes para niños, luego de una agria discusión, la pareja entendió la naturaleza humana. Jostín se sinceró, quitándose la máscara tras la que había vivido sin saberlo... y le quitó al muchacho algo más, dentro del pequeño, sofocante y oscuro depósito tras la rueda gigante. Un lugar horrible, pero mientras cabalgaban piel contra piel, cara a cara, hacia un nuevo rumbo, nada importaba. El hombre adoró verlo riente y resplandeciente, atributo de su juventud, y él mismo estalló con furia abundante y cálida... de alegría también. Ahora meditan sobre qué hacer, pero Jostín, más adulto y práctico, decide que mientras piensan, actúen, y Ricardo, riente, cae al ir levantándose sin cuidado, sobre manos y rodillas dentro del pequeño local; y por alguna razón Jostín cree que lo invita a entrar... en su vida.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 05:21:03 in CÓMICS | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
AMIGOS
LO SABÍA... (27-10-2007)

   Tuvo que sonreír ante la pasión de ese ‘macho'...

   Elías siempre había tenido problemas dentro del equipo de fútbol con Darío, quien le silbaba, sonreía y siseaba de forma insultante porque un día había visto como un fanático lo había besado. Molesto de tanta mariquera, Elías decidió emboscarlo dentro de los vestuarios. Desnudo totalmente, ¡y era muy bien parecido!, se volvió contra Darío rodeándole la cintura y estrechándolo contra sí. Su boca atrapó la del otro y le dio sendo latón, cubriéndole los labios, metiéndole la lengua hondo y atrapándole la suya, mordiéndole el labio. Todos chillaron, ¡conocían lo grancarajo que era Elías! Darío se batuqueó defensivamente contra esas manos grande, ese cuerpo sólido, esa barbilla rasposa, esa boca que lo succionaba y la lengua que lo chupaba... pero fue mareándose, la piel le ardía, sus brazos rodearon ese cuello, gimió y su lengua se ató a la de Elías, mientras se... endurecía totalmente, quemando y mojando al otro. Todos quedaron con la boca abierta, mientras Elías sonríe, sabiendo que eso pasaría. Esos tipos siempre eran iguales... ahora debía darle todo el tratamiento, y aún no sabe si lo hará allí frente a todos, permitiendo que todos coman un poquito del fresco manjar, ¡y Darío comería mucho también!, o lo atiende en la privacidad de su casa para tenerlo ocupado todo un fin de semana, del que saldría convertido en una dócil... belleza, siempre buscando más de él.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 05:14:53 in AMIGOS | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
COMENTARIOS...
LA LOCURA DE LA ERA (27-10-2007)

   La verdad es que las opiniones expresadas aquí no me pertenecen totalmente. Fue algo que dijo el marido de una amiga, Fátima, y que él permitió que yo transcribiera. No quiso que publicara su nombre, seguro no le gusta mi blog. Bueno, mi amiga es ella, a él lo tolero por ella, y él a mí, igual. No se puede ser amigo de todo el mundo. Aunque, aclaro, estoy totalmente de acuerdo con las cosas que dice sobre esto.

   LA  LOCURA  DE  LA  ERA

   La humanidad parece moverse por modas periódicas, como cuando los negros usaban afros y ahora andan calvos. No cosas inocentes como la de modelos anoréxicas que deprimen a todo el mundo por lo flacas y huesudas o por ser tan distintas a las gorditas, porque la moda es ser esquelética. No, hablo de las modas serias, desde las ideológicas a las económicas. Para cada década hay una, por un lado, una panacea, algo que resolverá todo los padecimientos, que traerá empleos, casas, dinero, comida y cinturas esbeltas a los obesos. Pero también están las otras, las graves y terribles de las que nos salvamos de chiripa. Siempre hay un peligro latente, amenazante, real, como un monstruo debajo la cama, que intentamos no ver, no pensar en él, pero siempre ahí a la hora de dormir. Peligro del que salimos sin saber muy bien cómo. Pero jamás podemos respirar tranquilos, primero porque después de vivir en el temor por la crisis pasada (ni cuenta nos damos cuando deja de existir, sí es que desaparece), ya esta es substituida por otra. La mala, la que, ahora sí, en verdad va a terminar con todos.

   Durante los setenta, lo más lejos que me lleva la memoria y eso forzándola (créanme), la moda eran las declaraciones sensacionalistas, alarmantes y aterradoras de gente preparada, que uno suponía que sí sabían de lo que hablaban. Y tal vez era verdad. No, de cierto sabemos ahora que era verdad, pero ¿por qué no se cumplieron sus aterradores augurios? (gracias a Dios). A esos pájaros de mal agüero se les llamó: LOS PROFETAS DEL DESASTRE (nada que ver con un presidente venezolano que más o menos por esos tiempos también ejercía su magia, transformar los reales en deuda pública, el doctor Luis Herrera Campin). Por esos días se dijo que el alarmante aumento de la población mundial, unido a la escasez de alimentos, traerían horribles hambrunas (en parte se cumplió), que un kilo de granos llegaría a costar más que una tonelada de oro, y sería más escaso. Que habría guerras por comida, que masas enteras caerían muriendo de inanición y una gran cantidad de pestes como consecuencia de la desnutrición azotarían al resto. Pero eso no era todo, aducían que como subproducto de todo ese crecimiento demográfico, vendría el más completo abuso al medio ambiente, que los desechos de basura oliente (nunca mejor dicho) y moliente serían montañas y montañas; que se agotarían los recursos naturales y habría envenenamiento por subproductos químicos. 

   Eran los lejanos setenta, pero ya se hablaba del aumento de la temperatura como resultando del incremento de los gases de invernaderos, los cuales dejaban que los rayos del sol llegaran a la tierra, pero no dejaban escapar el calor resultante al espacio ya que los atajaban; gases que causarían cientos de miles de víctimas por problemas respiratorios. Ese calentamiento incrementaría el deshielo de los polos aumentando el nivel de los mares, obligando a comunidades enteras a escapar y desplazarse de un lugar a otro. Y mientras tanto, los enemigos del ozono, los fluorocarbonados, lanzados alegremente por gobiernos, industrias y gente común a la atmósfera, terminarían hiriéndolo de muerte, acabando con el escudo natural del planeta, ese que nos protege de la terrible radiación infrarroja proveniente del sol, amén de otros rayos locos que andan por ahí viendo a quien le caen. El panorama pintado por los profetas no podía ser más desolador y deprimente. O moríamos de hambre, o nos ahogaban las olas cuando los mares comenzaran a subir. Y aún aquellos que lograran sacar la cabeza del agua se encontrarían con que terminarían achicharrados por los rayos cósmicos; fuera de que había que tener en cuenta que si no había comida, tampoco habría fuerzas para nadar en ese océano de calamidades. ¡Todo un desastre! 

   De esa época hubo una película de ficción que fue alarmante, y un fiel reflejo de los temores de toda aquella era: CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE. Todo queda dicho en ese título. Un mundo gris, agobiante, de privilegios increíbles para algunos, comer una lata de dulce, y lo apretado, deprimente y feo de los otros. Un mundo agotado, acabado, sin esperanzas de escapar a ninguna parte. Y al final, el gran descubrimiento: agotados los suelos cultivables y los mares, aún el plantan, sólo podía hacerse comida con personas: el famoso soylent verde. ¿Qué otra cosa podía hacerse? Nada, una vez en la ratonera no queda sino patalear para sobrevivir, y existir otro triste día en la trampa. Sin embargo, de alguna manera la humanidad sobrevivió a pesar de todo (y hay quiénes con aires muy convencido y doctos dudan de que exista Dios), ya que a ningún país le importó un pito semejantes anuncios. Ya en esa década los políticos no eran más que simples empleados de los grandes negocios, desde Estados Unidos a la extinta Unión Soviética, y éstos ya tenían listas sus bases en la luna para escapar del planeta moribundo, con las maletas llenas de plata. Porque dichas instalaciones fuera del planeta deben tenerlas, ya de que otro modo no se explica tanta imbecilidad en hombres de negocios o los voceros oficiales de superpotencias. Ya deben tener un refugio para que los hijos, nietos, y los nietos de estos, existan fuera del mundo que mataron. ¡Es lo lógico, ¿no?! 

   Y eso que en los setenta no estuvo tan de moda (ah, ¡las modas!) el estudio que hablaba del peligro del deshielo del polo que arrojaría toneladas y toneladas de de litros de agua dulce al mar, variando la salinidad y por lo tanto las corrientes marinas, creando un posible enfriamiento cuando las corrientes no pudieran llevar agua caliente del ecuador a las zonas ubicadas en los trópicos, variando la temperatura, enfriándola. Tal vez en la película El Días Después de Mañana (ah, que bien lo hizo Jake Gyllenhaal), se halla exagerado, pero muchos geo paleontólogos suponen que esa pudo ser la causa de las eras glaciares que acabaron con tantas especies en este mundo. En fin, peligros por todos lados; cuesta entender cómo no hemos desaparecido ya.

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 05:06:11 in COMENTARIOS... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
MI NOVELA...
LUCHAS INTERNAS... (2) (27-10-2007)

   Antes le gustaba una vaina, ahora otra... 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro...

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas... doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo... sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿verdad? Eso es lo que más te gusta... Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero... -dice mórbido, caliente.

   Baja de la mesa y para al carajo que lo mira jadeante, buscando como de besarlo, lo enloquece sentir la lengua de otro tipo en su boca; pero su barbilla ensalivada hace que José dude, obligándolo a darle la espalda apoyándolo de manos contra el escritorio. Se agacha tras ese hombre al que obliga a subirse el saco y la camisa. Encuentra muy erótico tener a ese tipo así, caliente, queriendo mamar y queriendo que le den por el culo (a Cecilio le encantabas que le dieran duro por ese chiquito), vistiendo su saco, su camisa y corbata de abogado y jefe suyo en la firma. Ya debía tener el culo caliente. Muy caliente y dilatado, esperando el ansiado asalto a su frutica secreta. El joven mira esas nalgotas plenas, de quien se ejercita, con una línea chica de bronceado. Las amasa. Sus dedos palpan y soban la piel cálida y firme. Se agacha tras él y su boca cae sobre una de ellas, mordiéndola, saboreándola. Muerde de una a otra. Su lengua las recorre. Están saladitas, tibias y temblorosas de pasión.

   Cecilio gime algo escandaloso, grita como un poseso cuando le hacen cosas así, eso era parte de su encanto según los que lo habían enculado antes. A los carajos les gustaba coger a un tipo alto y gritón como él, que jadeaba y chillaba por más; que gritaba que sí, que lo cogieran duro, que lo cabalgarán, que le rompieran el culo. Era un buen gritón y eso excitaba a sus machos. Esa lengua tibia en su raja, lo excita.

   Esa lengua cae en la raja interglútea, saboreando, lamiendo en forma ostentosa, evidente, con las ganas de quien disfruta un rico platillo al paladar. Esa tibia y babosa lengua arranca más gemidos del otro. A José le gusta eso, verlo así, caliente, queriendo más y más. Sometido a él. La punta de su rojiza lengua aletea sobre el sonrosado culito lampiño, que titila y se estremece ante las caricias del macho. Se ve pequeño, arrugado y deseoso de ser consolado y mimado. Esa lengua lame con ganas, dejando regueros de saliva. Cecilio cierra los ojos y casi se desmaya sobre el escritorio. Todo su cuerpo vibra queriendo más de eso. Sus caderas se agitan, van y vienen contra esa boca caliente que lo atormenta. Su  culito sube y baja agitado sobre esa lengua voraz. Quiere que se lo coman ya. Que le devoren su joyita caliente. El culo le echa candela. Está mojado, hecho una sopa.

   -Cógeme, papi. Cógeme. Métemelo todo en el culo. Anda... cógeme... -jadea mal.

   -Como te gusta que te cojan, ¿verdad? -un dedo de José se frota contra el ojito, mientras lo mama con ganas. El dedo frota y frota produciendo unas cosquillas tan ricas y desesperantes que el otro grita incapaz de aguantar más la dulce tortura.

   José sonríe cruel. ¡Que caliente y puto era ese carajo! Se pone de pie, colocándose tras él, con el güevo tieso como una barra de acero, frotándose caliente contra esas nalgas. La dureza, calor y palpitaciones del pene hacen que Cecilio, al sentirlo tras él, casi grite, echando más el ansioso culo hacia atrás. José se posiciona tras él, abriéndole más las nalgas con las manos, la roja e hinchada cabezota de su güevo se frota contra la chica entrada. Entra lentamente, muy lentamente. Se va clavando centímetro a centímetro, abriéndolo.

   Cecilio grita mirando hacia atrás, desesperado. Le duele. Lo desgarra, pero lo quiere adentro. Todo su cuerpo se estremece de deseo esperándolo. El güevote entra más y más, clavándose en sus ardientes entrañas. Entra todo y José se queda allí, teniendo el güevo totalmente encapsulado en ese culito. Siente como los músculos del hueco le aprietan y aprisionan el tolete, chupándolo. Cecilio grita, jadeando, sintiendo como el güevo palpita, creciéndole más dentro del chiquito. El tolete sufre espasmos, creciendo y soltando líquidos de lujuria.

   José monta sus manotas en las calientes caderas del otro, saca el tolete y vuelve a clavarlo. Lo coge con ritmo, con ganas. El güevo sale y entra victorioso, mientras Cecilio jadea, sintiendo como lo taladra rico. La tranca lo penetra, lo coge. Lo nutre. José lo goza y aprieta los dientes. Goza cabalgando a ese tipo sudado, al que arroja sobre el escritorio que cruje, empujándolo por la brillante espalda, subiéndole más la ropa. Le gusta verlo sometido, jadeando por más. Por más güevo. ¡Y Cecilio siempre quería güevo!

   Los cuerpos se mueven acompasadamente, en un vals de sexo y lujuria. Cecilio aprieta los dientes y cierra los ojos, sudando sobre el escritorio, mientras su culo va contra ese güevote que lo taladra. Las manos caliente de José se clavan en sus caderas y las pellizca. Se tiende sobre él. Cecilio gime al sentir el peso del hombre sobre sí, aplastándolo contra el mesón. Una mano de José se mete dentro de la ropa del otro y le atrapa una tetilla. Está erecta y dura. Caliente. La soba. La pellizca casi con dureza. Cecilio casi ríe y grita, gozando una bola. José se endereza y mira como el culo del otro va y viene sobre su güevote; ve como el huequito, porque parece chico, se abre tragándolo con ganas. Cecilio lo mueve de adelante atrás, de arriba abajo, casi en forma circular. Sabe bien como mover el culo sobre un güevo, reconoce José. Y cuando más caliente está, oye unas voces que se acercan fuera de la oficina del abogado.

   -Lo mejor sería suspender la junta. Tú no la convocaste. –oye que dice Sam.

   -¿Y qué crean que les tengo miedo? Claro que les tengo, pero no quiero que se sepa. -dice Eric.

   José se impacta y se queda quieto, con el güevo clavado en ese culito ardiente y hambriento. Cecilio, loco de lujuria, mueve el culo de arriba abajo sobre su pelvis, enculándose él mismo, jadeando bajito. La mano de José cae con furia sobre su boca. Callándolo. Sería horrible que los descubrieran así, no tanto por las apariencias, ya que Cecilio tenía mucho más que perder que él; sino porque no era prudente que Eric Roche lo descubriera enculando a otro carajo. Había... planes para él, planes que podrían estropearse sí Eric supiera que él no era un novato en ciertos asuntos. Podría preguntarse cosas que Cecilio, por ejemplo, no se había preguntado, caliente como estaba siempre por su güevo. Los oye alejarse de ahí.

   Mientras piensa en lo que tiene que hacer más tarde, y en Eric (a quien alguien tenía en la mira y de mala forma), José sigue cogiendo al carajo al que le cubre la boca aún. Ahora lo hace porque lo excita. Le mete dos dedos en la cálida boca y Cecilio, con una ansiedad admirable, los lame y lengüetea. Cerrando los ojos, jadeando y moviendo el culo, Cecilio recuerda los días en que iba a la playa y se quedaba mirando a los carajotes grandes en tanguitas. Como le gustaban esas nalgotas musculosas de machos viriles semicubiertas con una suave telita a la que provocaba pasarle la mano. Y los bultos, como se los acomodaban esos carajos para lucirlos...

   José sonríe, pensando en lo que tiene que hacer en el futuro inmediato, y en el dinero que puede ganar; todo gracias a Eric roche. Siente como su güevo se tensa horriblemente, tanto que Cecilio abre los ojos y boca al sentir ese tizón en el culo, que luego se estremece y vomita una cantidad grande de leche caliente dentro de ese hueco que palpita y chupa cada gota del cálido néctar. José jadea, bombeando más y más en un culo que suena plo plo al estar lleno de semen pegajoso. Cecilio se para bruscamente, sintiendo como su propio cuerpo se estremece y José lo abraza por la cintura, teniéndole el tolete aún clavado en el culito. El güevo de Cecilio se vacía con una larga corrida sobre su escritorio.

..... 

   La junta no comenzaba nada bien, se dijo Eric al notar que había concordancia entre Aníbal y Ricardo Gotta. Tradicionalmente esos dos se enfrentaban por el control de una buena parte de la firma, pero ahora parecían trabajar hermanados. Ricardo, quien miró con mala cara a Cecilio al llegar tarde y agitado, comenzó su diatriba contra Eric, intentando parecer tranquilo.

   -Nos pareció oportuno a Aníbal y a mí, convocar a esta reunión, Eric. Todos aquí, minoritarios o no, tenemos intereses creados en la firma. Y nos parece que tu bendita costumbre de vetar proyectos y clientes, sin tomar en cuanta la opinión de los socios o abogados que traen a esa gente, se vuelve francamente irritante. Nos estás coartando, no tenemos libertad de acción y estamos perdiendo mucho dinero. -es tajante.

   -Y cancha. Hoy hay clientes que van con otros. Gente que tradicionalmente estuvo con nosotros, aquí. -acota Aníbal, suave. Eric lo mira molesto.

   -El derecho a veto es un privilegio de la presidencia. Siempre lo ha sido. En tiempos de mi padre nadie discutió...

   -Discúlpame la sinceridad, mi estimado Eric, pero tú no eres Germán Roche. -suena burlón y menospreciador.- Tu padre no limitaría el área de influencia de La Torre, ni de los socios.

   -Lo siento, Ricardo, pero ahora soy yo quien está al frente y quien toma las decisiones. Mi padre está retirado. -es seco. Se siente molesto. Sam se ve preocupado y mira a Aníbal.

   -Es que ese es el centro de la cuestión. El problema... es tu liderazgo. -sonríe Ricardo. Eric lo mira impactado.

   -¿Estás cuestionando mi cargo o mi derecho a estar aquí? Después de los Caracciolo, la mayoría accionaria de la firma pertenece a mi familia. Sí tú y el resto de los socios presentes quieren disputarme... -se acalora.

   -Nadie está negando tú derecho a estar aquí, Eric. -es frío Aníbal.- Pero ésta es una sociedad comercial. Somos abogados, pero también hombres de negocios. Y sí no ganamos dinero, lo estamos perdiendo. Y tú, nos estás haciendo perder mucho. -Ricardo se inclina sobre el mesón, enfatizando su posición con unos leves golpes de nudillos al mesón.

   -También influencias.

   -¿Y qué se supone que vamos a hacer? Mi posición es clara. Lo ha sido desde el principio. Actúo según creo, es lo mejor. -se altera.

   -Es cierto. El problema viene desde el inicio de tu gestión. -Ricardo es falsamente suave, se ve que disfruta eso.- No puedes culparnos si deseamos... remover el escollo en el que te has convertido. -Eric se impacta. Igual Sam.

   -¿Estás amenazándome, Ricardo? No tienes el poder dentro de la firma para... -Aníbal lo interrumpe.

   -Modera tu tono, Eric Roche. Somos socios y colegas, no servidores de un niño rico. -eso impresiona a Eric.- Tu padre ya está en conocimiento del disgusto de la junta. Él... ha entendido nuestra posición.

   -¿Germán? -gruñe Sam, sorprendido.- ¿Lo consultaron?

   -¿Fueron con mi padre antes de hablar conmigo? –Eric se levanta de la silla furioso.

   Al joven le costaba enfrentar a su padre. Siempre había sido un hombre justo y recto, pero feroz e implacable dentro de los negocios y los tribunales. El joven sentía que su padre no lo veía como un digno sucesor; que Germán creía que le faltaba garra y maldad para dirigir los negocios. Ahora ellos, los socios, le iban con la queja, saltándolo a él, como sí fuera un niño tan necio y estúpido que no debía dársele la oportunidad de joder aún más las cosas. La rabia lo domina.

   -No nos dejaste otro camino. -dice Ricardo, sonriente; como la hiena que es, piensa Sam.

   -Mi padre no se dejará convencer por... -le cuesta hablar. Conoce a Germán. Es duro. Es cruel. Combativo. Él no se dejaría acorralar por los socios. Ni por Ricardo. Ni por Aníbal.

   -Tenemos su promesa de que hablará contigo lo antes posible. -lo impacta Aníbal.- Propongo suspender esta junta hasta mañana, para que tengas tiempo de hablar con él. -Eric parece que va a lanzar un juramento, cuando Sam se adelanta poniéndose de pie y cerrando su saco.

   -Creo que es lo mejor. Señores... -con una leve inclinación de cabeza, toma a Eric por un brazo y casi lo saca a rastras de allí.

   Ricardo cruza una mirada divertida con Aníbal, pero éste no le corresponde. Sólo piensa en lo maravilloso que será el día en que saque a Ricardo de allí, como hoy hacían con Eric. Por su lado, Ricardo imaginaba algo parecido. Y como todos en este mundo, ninguno de los dos imaginaba lo que el futuro traería.

.....

   Por el pasillo van los dos hombres. Eric tiembla de rabia. Sam se ve pensativo, serio.

   -¿Por qué acordaste con ellos? No voy a soportar que me hagan esto, Sam. Es...

   -Un golpe de estado. Te quieren tumbar y tú se los pones facilito, pato. -comenta con amarga ironía el otro.- Como están tan de moda los golpes, te dan uno... -su cerebro trabaja a millón.

   -No pueden tratarme como a un niño caprichoso, al que le van con quejas al papá para que le hale las orejas y lo obligue a hacer lo que no quiere. No voy a dejar que Aníbal y Ricardo me amenacen ni que me controlen. -grita.

   -¿Y qué ibas a hacer? ¿Caerte a coñazos con los dos? Aníbal y Ricardo, cada uno por su lado, asustan, juntos son de terror. Seguro que uno sabe artes secretas y mortales de ninja y el otro magia negra de la que hace aparecer demonios y cosas así. Y es obvio que han llegado a un acuerdo entre ellos. Y que han hecho participe a tu padre de eso. Sí el viejo Germán convino en reprenderte... algo muy poderoso deben estar usando contra él. -suena preocupado.

   -No me interesa. Iré contra todos esos coños'e madre... –ruge, molesto, decidido. Sam le atrapa un hombro y con cierta rudeza lo empuja contra la pared, como queriendo meterle sentido común a fuerza de golpes en la cabeza. Lo señala con un dedo y lo apuñala con él en el pecho.

   -No te comportes como el niño caprichoso que supones que todos creen que eres. Averigua primero qué está pasando y qué terreno estás pisando. Cálmate... -le sonríe en forma encantadora.- ¿Por qué no vamos esta tarde a dar unos cuentos batazos? El ejercicio físico tal vez te haga pensar un poco más en frío. Aunque para mí, tú como que no piensas mucho... -baja la voz.- Como no sea en güevos y tipos lavándose el culo.

   -Déjate de maricadas. -suena algo molesto.

   -¿No te sientes extraño utilizando esa palabrita para insultar a otros hombres? -ríe Sam.

   Eric, mortificado va a decirle algo, pero Serena Salgado, su asistente, se le acerca a paso vivo. Le anuncia que su padre, don Germán, lo citó esa noche en su casa. Que no falte, pues se trata de algo muy importante.

   Eric y Sam cruzan una mirada incómoda. Sam no envidia para nada esa velada. Serena mira a Eric, el mensaje no le gustó. Tal vez esa información tenga algún valor para el Capo, siempre le pedía que mantuviera muy bien vigilado al joven. No estaba de más ganarse una platica así, piensa sin demostrar nada. La mujer no siente ningún empacho en espiar a su jefe y salir luego corriendo a contar todo lo que hace; era parte de las luchas que se escenificaban dentro de La Torre.

.....

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito'. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo... suave. Blando.

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca... y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras'), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal.

CONTINUARÁ...

Julio César.

Publicado por Julio Csar a 04:56:45 in MI NOVELA... | Comentarios(0) |  Permacoplamiento

Sobre mi

   Saludos a todos,

   Como notaron si entraron y leyeron algo, hay tres cosas que me encantan:

-         Escribir, o hacer el intento de escribir.

-         Me encantó Brokeback Mountain. Me volví fanático.

-         Me encanta la pornografía, y tengo facilidad para comentarla.

Espero les agrade mi trabajo...

 

SECRETO DE LA MONTAÑA

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