La tarde sería larga y rica... para todos.
Mario, un joven estudiante universitario, había conseguido un empleo de medio tiempo en aquel taller mecánico, a la semana ya sabía por donde iban los tiros, ¡y a él le había encantado!, aunque la vaina le había sorprendido de entrada. Ya casi no trabajaban en esa vaina, en cuanto él legaba, temblando de excitación, quitándose las ropas, quedando en calzoncillos, que debían ser blancos y pequeños y sus zapatos de goma, esos carajos comenzaban su trabajo. Lo amordazaban, ataban y maniataban. Correas, paletas, bates y sogas estaban listas para darle lo suyo. Luego vendrían las pinzas para pelotas, o las pinzas para tetas, que apretaban feo... y a él le encantaban. Cada uno tenía su turno, y se aplicaba a darle y darle, mientras él gritaba, berreaba, babeaba, gemía y... mojaba su calzoncillo y no de orina.
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Curiosamente, esto nunca me había parecido algo llamativo, hasta ver una película francesa (porno, claro) llamada Abuso de Poder; Dios, ¡qué cosa más pornográfica! Eran cinto escenas y cada una mantenía a uno tenso y húmedo, entre sudores y otras vainas. Esta fotografía, encontrada en Flickr, fue increíble, y allí había cosas así.
Julio César.





