Miguel Ildefonso
LOS TRANCES DEL DECAPITADO (extractos)
1. Inicio de la oscuridad
La noche es la muerte con el sabor de mi piel,
yo mismo busco las estrellas donde arrancarme los ojos.
Deliciosamente desnudo como el nacimiento,
la noche me da de lactar su negra senda de voces amargas,
me deja solo en mitad del camino y tengo que huir.
La noche tiene la parada de una prostituta,
algo bello y eterno en un bosque donde esperamos
juntos el amanecer.
La noche que muere clavada por las luces
y los solitarios hombres que caminan sin destino.
Debo decirte que no te volveré a ver
y que te la tienes que arreglar sola.
No me busques. No preguntes quién soy.
2. Campo de silos
Ahora estoy sentado en un lugar de Lima, escuchando de lejos una canción,
una oscura y lenta melodía que atraviesa los ojos cansados de la noche.
Aquí hay una avenida.
Aquí hay hombres y mujeres que van a algún lugar.
Pero yo que estoy aquí desde hace varias horas, no pienso regresar,
porque aún sigo escuchando el suave murmullo de la carne
golpeada por la luz.
3. La emoción perdura
Un puñal o una rosa: es la muerte.
Ilumina la noche con sus luces de neón.
Yo quiero bailar esa canción abrazado a una mujer de culo maldito.
La canción dice:
Vuelve vuelve noche, por favor.
Quiero culear bajo carros asesinos y púas.
Lentamente sólidos eclécticos mentales llantos
con su guinda mirada y diciendo dame eso,
en tu cuerpo he hecho un nido de ratas
y preñada a tu locura he bebido tu líquido,
pero sin embargo mantengo ese deseo.
Así atravieso la noche.
Puñal o rosa: la muerte.
Entre el crujido de una rama y la caída de una torre.
Tengo una sombra que me dicta los pasos.
Tengo una herida que me roe el alma.
Nada, nada, nada.
Sospecho que alguien me espera con un puñal, pero es en vano.
4. Corazón atado
Odio el maldito puente México,
esa inabarcable muerte de noche con extensión de luces
y estrellas y cuencas en la espalda.
Yo le he preguntado mucho de mí, y ninguna respuesta,
ni un eco de sangre,
sólo el fétido viento de los muertos borrachos bajo el puente.
Bajo la clara pesadilla del microbús,
interno en el amor de la señorita que amanece en la playa,
su violación florecida, su nostalgia de muñeca.
Por eso odio el puente que no me lleva al corazón de la mar.
Y he sido muchas veces dichoso de no hacer daño a nadie,
haciendo el peor mal,
este arte de caminar, de mentir.
Bendigo mis venas y las avenidas de la noche.
Bendigo mis pies y los burdeles abiertos.
Bendigo mis brazos y los microbuses podridos.
Ancla de la frustración y la belleza.
Manual de mi desgracia, gracias de todas maneras.
Cuando alguien canta a la esperanza,
es porque ya no se la tiene.
8. Lo que trajo el viento
La nada de polvo que alegre el viento pálido arrastraba
ahora es mi corazón que arrastra su sombra en la vereda,
deletreando las sucias paredes de las almas arrojadas de las fábricas,
todos sedientos y hermanos acostados en las paredes.
Sin rumbo como empuja el mundo va el esqueleto de mi canto,
como un quejido, un lamento, una carcajada,
oliendo aún los vientres y las ollas negras de mis carnes,
queriendo dar de beber con el corazón a los que lamen su sudor,
de polvo que alegre el viento pálido arrastraba.
Fichado en las paredes rajadas con el estigma de la mala muerte,
desechado en la decrepitud del tiempo terrenal,
el viento harapiento y mudo se apoya en una sombra pasajera,
su mirada dice adiós a todo, vientres pegados en el paraíso celestial.
Yo quisiera también que mi corazón sea la sombra,
sobre la ardiente vereda de la muerte, la sombra donde acostar su costal,
y mi alma que ambula toque las frentes, los rincones de polvo,
muriendo sin desmayar el despido de las paredes, los candados,
las tristes veredas que se hunden en pleno sol.
9. No es el paraíso
El sol muerto de los desaparecidos nos arranca los huesos,
nos latiga la espalda contra la pared de los nombres.
Ah, la tierra labrada que ahora cosecháis,
el sol lo arranca todo, los cabellos, los brazos,
flagela las piedras que tomaron nuestras raíces.
Los tiran sobre la arena, los embolsan, se los llevan,
el escuálido sol de los fosos revienta contra la pared,
tirado por un cabello negro, del mismo color de los fosos.
El amanecer no importa, nada de lo que venga después importa,
yo quiero este momento, yo quiero que vengas a mí ahora.
10. Flash
Esta es la tierra que no descansa de abrir sus fosas,
aquí nos llaman como negras constelaciones de ausencia,
nos reclaman a gritos sin escucharlos,
nos tiran un trozo de camisa, un par de llaves, un tejido.
El álbum familiar desfila en la fiesta donde enterraron la memoria,
ponen una música para atarnos del aire a la tierra, del odio al odio.
La familiar ráfaga de corazones inocentes
son blancas rosas que chupan las moscas,
y nos succionan los dientes, nos revientan los ojos,
y no nos dicen nada y no nos dicen absolutamente nada.
11. Noche de bodas
Habiendo sido esposado con la muerte,
sólo digo habiendo perdido el habla,
mi lengua que habla en humano,
deseando cantar en el piso o suspendido en el aire,
cantar a mi amor perdido.
Camino a los fosos, conducido con desgano,
hasta aburrido de golpe, como si no hubiese otra ley en este reino.
Canto por eso ese amor extraviado.
Y podría besar tu mano, pero temo mancharlo,
sólo susurro, porque habiendo perdido el habla,
mi lengua, mis huellas digitales, mi costilla,
nada puedo decir que no sea miedo.
Es mi noche de bodas, sólo está permitido decir sí.
12. Ya qué importa
Yo sé cómo es la necesidad que tiene la tierra
de buscar al hombre.
Lo veo en estos fosos sin nombres, como bocas esperando
que abran la puerta del comedor, que digan: haber?
Son sesenta céntimos.
El sol muerto aún quema nuestras almas sin esperanza,
pero yo sé que sólo es la necesidad
que tiene la tierra de obligarnos a hacer cola y esperar.
Esa es la necesidad que nadie ha creado y en vano buscamos.
Enterrado en mi zapato, mis anteojos, mi ombligo.
Enterrado el sol de todos los días,
mi trabajo humilde de los otoños, mi lapicero.
Fatigado, ensombrecido, encerrado, madrugado,
privado, torturado, helado, ocultado.
Después de todo lo que me han querido,
me dan una caja de leche,
bebe _ me obligan _ bebe esa leche negra.
14. Sueño y transfiguración
Fuera del camino nos han encontrado,
fuera de nuestras irreconocibles cuerpos nos han sacado.
Yo escuchaba al viento cómo se llevaba las voces,
terribles pedazos de nuestras vidas.
Y a todos nos han mandado a tragar nuestro aliento,
nuestro excremento, nuestras lágrimas.
Las madres preguntaban por nosotros arriba,
abajo nosotros la escuchábamos y reconocíamos las voces.
Era como si quisiéramos nacer de nuevo en ellas,
nacer con un grito anticipado,
con esa luz amarilla en el techo que nos calcinaba los ojos.
Yo escuchaba pasos todo el tiempo, pasos de día, pasos de noche.
Iguales todos.
Yo iba caminando buscando a mi amor perdido.
Yo iba sin empleo caminando entre los desempleados.
Yo iba de azul, pateando la basura, oliendo las resecas calles.
Yo iba entre la gente, tosiendo en la esquina,
respirando hondo para no caer.
Yo iba entre la gente pero caí en el foso.
15. El desierto no existe
En esta tierra no crece nada.
Es sólo desierto donde nos han ocultado.
Después escuchamos los motores,
después es de mañana y nos llamamos mañana,
después no importa nada.
Después nos cansamos de hablar entre nosotros,
unos sonríen, otros lloran,
Después nos preguntamos dónde estamos.
El desierto no existe.
Hay rocas, hay pájaros que a veces cantan en las mañanas.
El desierto también oculta lo que hay arriba.
Se oculta lo que está adentro,
Lo mismo lo que hay afuera.
Por eso en esta tierra no crece nada, sólo hay cenizas
en estas piedras que levantamos.
Borradas las huellas, bolsas que se llevan nuestras sonrisas.
Yo quiero una fiesta para mi corazón,
yo quiero llenar este desierto de una fiesta para mi amor.
RUNA, Cas(z)a de Poesía en un soporte más de comunicación poética de Runa, Asociación Pro Cultura y su revista en papel.
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El cuadro aquí debajo pertenece al pintor HERBERT RODRÍGUEZ.