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Cas(z)a de Poesía

Poesía Viva
<<UNA ALEMANA POR OSCCO ASESINADO | "CARLO RENGIFO CUENTISTA PERUANO" | MANUEL LOZANO DE ARGENTINA>>
CARLO RENGIFO CUENTISTA PERUANO (16-05-2006)

Foto: Cuadro de Herbert Rodríguez

CARLOS RENGIFO

Narrador limeño, estudió Ciencias de

la Comunicación en

la Universidad San Martín de Porres. Ha participado en diversos eventos literarios, como el 2do y 3er Encuentro de Escritores Jóvenes convocado por

la Asociación Peruana de Promotores y Animadores Culturales, (APPAC), en 1991 y 1993, respectivamente;

la Bienal Arte de los Noventa, realizada en

la Biblioteca Nacional del Perú, en 1998; y el Primer Encuentro de Nuevos Narradores Ernest Hemingway, organizado por

la Universidad Federico Villarreal, en 1999. Es autor de los libros El puente de las libélulas (1996), Criaturas de la sombra (1998), La morada del hastío (2001) y Prosas impúdicas (2005). Ha ejercido el periodismo en diferentes medios de comunicación y colaborado activamente en revistas literarias. Con algunos premios literarios en su haber, en el 2000 fue incluido en el octavo tomo de la antología EL CUENTO PERUANO 1990-2000 que publicó el organismo estatal Petroperú y en el 2005 en CUENTOS PIGMEOS, antología de la minificción latinoamericana.

 

CENIZAS DEL PASADO

            Resulta difícil aceptarse mutilado, seguir adelante sin que esta pérdida socave nuestro interior. Para alguien que, como yo, ha ejercitado su cuerpo en drásticas rutinas militares, la falta de ambas piernas es una baja considerable. No me recuperé hasta pasado un buen tiempo. Pretendí varias veces el suicidio; pero los intentos fueron en vano. Al final, uno se acostumbra a todo, más aun si el desgarramiento es irreversible. Ahora, ser un minusválido ya no me importa. Los hay muchos, y en peores condiciones. Es como la edad, como la vejez. Uno acepta resignado las primeras arrugas, las canas, el vientre voluminoso. Yo, sin venda en los ojos, admito mi amputación. Soy un medio hombre, qué le vamos a hacer. Nadie puede predecir lo que le va a pasar. En cualquier esquina puedes hallar la muerte. Todo acontecer debe tener una razón. Por eso, siempre trato de encontrarle un sentido a los episodios inesperados. Mi accidente, por ejemplo. En realidad, más que un accidente fue un descuido ingenuo. No tomé las debidas precauciones. La explosión me cogió desprevenido; no era mi día. ¿Quería convertirme en un héroe? Los héroes no existen, son invenciones de los historiadores. Pero estaba al mando, la carga explosiva sembrada en el campo no parecía de cuidado. Lo primero que pensé, al recuperar el conocimiento, fue que la venganza se había cumplido. Mi deuda con los campesinos estaba saldada. No es que esperara su revancha; pero algo había en sus ojos lagrimosos, en esos rostros pishpados, en su quechua suplicante. Si hubiera aflojado, si me hubiera temblado la mano al ejecutar una orden, tendría que haber desertado. Los sentimentalismos no contaban; esas boberías había que dejarlas para los débiles, los irresolutos, para los pobres diablos. Un asomo de duda, y estaba perdido. Allí todos eran el enemigo, aunque tuvieran caras acongojadas y algunos fueran adolescentes o niños. La consigna era una sola: el exterminio. El problema había que extirparlo desde la raíz. Sin embargo, el miedo no quedó en las zonas rurales, en los poblados inhóspitos de las alturas, sino que se extendió hasta la capital. Aquí, como reguero de pólvora, este miedo se tornó en pánico, y ya nadie quería salir de sus casas. La penumbra invadió la ciudad, ante la voladura de torres eléctricas, y vivíamos por las noches a la luz de las velas, trémulos bajo nuestras frazadas, oyendo el estallido de algún coche-bomba. Hoy ya nadie se acuerda de eso, muchos prefieren olvidar, borrar aquellos años pendientes de un hilo; incluso mi hija (que entonces era una niña) piensa que exagero cuando hablo en la mesa, que lo hago solo para mortificarla. Supongo que ella también quiere olvidar. Y no es para menos, pues debió tener su propio viacrucis.

            No le vi la cara cuando me trajeron del hospital, luego de permanecer varias semanas en el pabellón de heridos. Mi mujer me condujo empujando la silla de ruedas hacia el dormitorio, y una vez echado en la cama, por fin pude distinguirla a lo lejos. Dudaba si entrar a saludarme o esperar que alguien le diera una señal. ¿Qué impresión se habría llevado? Uno nunca llega a saber realmente la verdad de estas cosas. En todo caso, no creo que haya sido tan grave como la mía. Evidencias de tal magnitud no se asimilan de la noche a la mañana. Estaba consciente que mis piernas habían sufrido una desgarradura; no obstante, jamás imaginé que fuera para tanto. Cuando desperté en la cama de hospital y sentí una rara comezón en la parte inferior de mi cuerpo, destapar la sábana que cubría desde la cintura me tomó una eternidad, aterrado por lo que iba a descubrir. Y entonces el llanto fue inevitable, el llanto y un grito desgarrador. No había consuelo, no sabía cómo manejarlo, abatido luego de comprobar los terribles muñones. Recordaba las cucarachas que de niño pisoteaba a medias y aún seguían avanzando; los grillos que con los amigos les quitábamos las extremidades para nuestro deleite infantil. Los sollozos posteriores, la falta de apetito, las reacciones violentas frente a los que me rodeaban, no fueron más que consecuencias naturales. Una cruz de esta naturaleza no se carga así nomás. Y más tarde, cuando fui dado de alta, mis quejas e improperios, los objetos frágiles arrojados contra la pared, resultaron el escudo necesario para evitar la lástima. Volver a casa no como el teniente Santiago Bermejo de la sétima región sino como uno de los pacientes de la sala de heridos, me abrumó por completo. ¿Qué era? ¿Un ex combatiente? ¿Un veterano de guerra, como esos soldados norteamericanos que volvieron derrotados de Vietnam? Aquí también hubo emboscadas, ráfagas, agonía; más de una década encarnizada trajo un saldo de miles de muertos y heridos. ¿Quién los recuerda ahora? Remover escombros es tarea de sepultureros. Nadie quiere abrir las heridas ya cicatrizadas. El pasado, dicen, enterrado debería de estar. Pero no para mí, no para alguien que se despierta todas las madrugadas con un sudor frío recorriendo su espalda.

            Los primeros apagones en la ciudad coincidieron con mi adaptación a la silla de ruedas. Era penoso depender de aquel aparato para trasladarse; me chocaba con los muebles de la sala, no medía bien las distancias. Permanecer todo el día sentado marcaba mi reciente inutilidad, me hacía sentir igual a esos vagos que se rascan la barriga tirados en una esquina. Me dejaba llevar por la inercia. El brillo de mis ojos, de mi semblante, se fue apagando, y poco a poco el descuido en mi persona se hizo evidente. No me bañaba, no me afeitaba; dejé crecer mi cabello hasta el hombro, de la manera que siempre aborrecí porque lo relacionaba con los hippies alucinados, y para menguar los hincones de la ansiedad empecé a beber. No había nacido para estar lisiado. Cada mañana de sol era una tentación (imposible, además de cruel), pues me invitaba a trotar, a saltar, a realizar los ejercicios gimnásticos que estaba acostumbrado a hacer. En el bar me conocían como Rambo (por joder, claro), ya que de entrada les solté mi currículum, e hice buenas migas con el dueño y con algunas putas, a quienes en ocasiones les relataba algún episodio de mis incursiones en los pueblitos serranos. No sé por qué lo hacía, cuando en el fondo lo que deseaba era olvidar. El olor de la coca, cuyas hojas un día chacché mientras andaba por un terreno lleno de ichu, me seguía sin tregua hasta ocasionarme náuseas. Llegaba a casa vomitando, balbuceando; destapaba a mi mujer dormida en la cama y la gramputeaba media hora, le decía de todo con un lenguaje altísono (como si ella tuviera la culpa), antes de caer rendido sobre mi propio charco de babas y vómito. Al día siguiente, me levantaba con un humor de perros y volvía a gramputear, pero esta vez a mi hija, que tomaba rápido el desayuno y salía igualmente apurada hacia el colegio. Una amargura creciente se había apoderado de mí, obligándome a dar la espalda a la vida diaria, vida de orden y responsabilidades, para sumergirme en el pantano iluso del alcohol. Llegué muchas veces, incluso, a amanecer en esas llamadas «cámaras de gas», de las que salía casi inconsciente, llevado en mi silla de ruedas por algún amigo ocasional, quien, luego de dar vueltas inútilmente, e ignorando mi dirección, me abandonaba en medio de la calle. Una mañana desperté tirado en el parque, con la cabeza rota, profusa de sangre, y sin la silla de ruedas, y entonces viéndome solo, sin nadie quien me ayudara, me arrastré como un gusano hasta mi casa, mientras refunfuñaba y juraba entre sollozos no volver a tomar nunca más. Estos juramentos —ya se sabe— se dicen por decir, a la semana siguiente ya están olvidados; pero en este caso fue distinto. Mientras me arrastraba, durante aquel largo y penoso trayecto que me ocasionó heridas en los brazos, una enorme humillación se abatió sobre mí para sacudirme completamente, más aún cuando, poco antes de llegar, mi hija abrió la puerta y, al verme en el piso, lanzó un grito de terror.

            A partir de entonces, no volví a salir a la calle, y no por carecer de silla de ruedas, ya que luego adquirí otra, sino porque los parques comenzaron a asustarme; me quedaba mucho tiempo en cama, escuchaba las noticias por un pequeño radio transistor y, si había luz, veía televisión. Es increíble el poder adictivo de este medio. De no haber sido por los apagones, estoy seguro que me hubiera aficionado a las series cómicas y a los programas de concurso. Pero como algunas noches las pasábamos en tinieblas, me aficioné más bien a la lectura, algo que no pensé que me sucedería. Leer por el simple placer de leer, siempre me pareció una pérdida de tiempo, una holgazanería, un pasatiempo inútil que no conduce a ninguna parte. Sin embargo, las circunstancias obligan a hacer muchas cosas que antes creíamos inconcebibles, y como por esos días había desterrado de la casa los periódicos, empecé a hojear unos viejos libros olvidados en el estante. No fue tan difícil acostumbrarme a ellos, ya que en la semioscuridad, con la luz amarillenta de los lamparines, solo quedaba leer o dormir. Las charlas con mi mujer se habían reducido a un intercambio de frases domésticas, y la presencia de mi hija con una vela en la mano era como la de un fantasma andando sigilosamente. Me podía abstraer durante horas mientras mi mente se internaba en parajes ficcionales, hasta que unos disparos de metralleta o una explosión lejana (producto de algún atentado) me volvían a la realidad. Entonces caía de nuevo en la reminiscencia, en el pánico que era estar oculto bajo las trincheras, con el frío de la sierra metido hasta los huesos, queriendo defender una comisaría abandonada a su suerte. Volvía a temblar, a orinarme en los pantalones, y sollozaba en la soledad de mi cuarto, al lado de mi mujer que despertaba con el estrépito amortiguado por la distancia y se acercaba tímidamente para consolarme. Estos gestos te desarman, hacen tambalear tu autoridad, algo que no se me estaba permitido cuando interrogaba a los campesinos y les hacía delatar —a punta de borceguíes y objetos candentes— el destino de sus compañeros. En el fondo, no sabía si lo que decían era verdad (el dolor puede hacer hablar hasta a las piedras), pero una confesión era una confesión, de modo que irrumpíamos en casuchas de adobe y sacábamos a rastras al jefe de familia, quien suplicaba en un quechua ininteligible, y en la penumbra de algún privado ablandábamos su cuerpo, lo exprimíamos hasta más no poder, seguros de estar vengando con él las bajas de nuestra tropa. Cogíamos a varios y los teníamos encerrados, desnudos, desangrándose, hasta que, ya habiendo sido estrujados lo suficiente, les dábamos el tiro de gracia y luego los mandábamos a la fosa. Eso, con los que aguantaban hasta el final, porque algunos fallecían al poco rato, y hubo otros que, ante su forcejeo desesperante o el intento por huir, eran aniquilados en sus casas, delante de la mujer y de los hijos, y sus cuerpos llevados con nosotros para después hacerlos desaparecer.

            De esto me acordaba por fucilazos (¿o tendría que decir que eran más bien estos relumbrones los que surgían sin avisar?), cuando estaba de lo más tranquilo en la sala o en el comedor y, de pronto, el parpadeo del foco antes de apagarse, el zumbido de una mosca, la corneta agudísima del heladero que pasaba por la casa, me hacían saltar en mi silla de ruedas, mover la cabeza de un lado a otro, abrir los ojos desorbitadamente. Todo ruido nimio ya me afectaba, al cabo de un tiempo de haberme acostumbrado al silencio (mejor dicho, al encierro), pero me afectaba además porque era el anuncio, la señal, de que venían las imágenes encabritadas a revolotear mi mente, las sensaciones punzantes que originaban el temblor en las manos, el sudor frío. Hay rostros que quedan grabados para siempre, miradas que no logras apartar y que aparecen de improviso, nítidas, ampliadas; y a mí, desde que permanecía en casa, los ojos saltones de una joven campesina, de una niña, me perseguían sin cesar, no me dejaban en paz. Ni el alcohol tomado a hurtadillas ni los libros, incluyendo

la Biblia, conjuraban su recuerdo. Se me había metido en el alma y no sabía cómo borrar su inocente cara. Era la que aparecía en el puesto, a la hora del rancho, con su talega de quesos para ofrecerlos a quienes estaban de guardia. Se acercaba tímidamente, preguntaba aún con mayor timidez, y luego concluía la venta. A veces entraba en mi despacho y me traía aguardiente de parte de su papá, un agricultor que seguro quería congraciarse pero que ya estaba en la mira de nuestras redadas. La hacía sentar, conversábamos un rato; ella era típica del lugar, con su hablar motoso, con su rostro pishpado. Cuando veía a alguien así, pensaba en pastoras acarreando cabras, en sirvientas. Pero me acostumbré a verla, y cuando traía el licor, cuando ya en confianza sonreía cabizbaja, la cholita removía mis entrañas, encendía las ansias del bajo vientre por varios meses en abstinencia. De modo que, en una de las rondas nocturnas, mientras Jiménez y Ortiz arrastraban al papá a la calle, yo me encerré con ella en el corralón y, levantando sus interminables polleras, la hice mía. Le tapaba la boca para que no gritara, la abofeteaba, le propinaba rotundos golpes de puño en la mandíbula que la apaciguaban un poco; pero luego volvía a patalear, se movía inquieta por soltarse, y me desesperaba, me tocaba de nervios, hasta que de un culatazo de mi AKM la desmayé. Pensé que la había matado, pero no, aún respiraba. Desgarré entonces las polleras, la desnudé, y seguí tirándomela pese a estar desvanecida. Era bueno hacerlo sin gritos ni arañazos, poder olisquear su cuerpo lechoso y púber, acariciar sus tetillas infantiles, y ya estaba a punto de acabar, sentía ya que temblaba, que llegaba al clímax, cuando ella despertó. Abrió los párpados y, antes de que chillara otra vez, mis manos atenazaron su cuello, fueron apretando lentamente, ahogando su respiración, al tiempo que me estremecía el orgasmo. Mis dedos se cerraban en su garganta y de pronto ella me miró, me clavó los ojos moribundos, inquisitivos, y quedé petrificado, sin poder despegar de los míos sus ojos de niña que se iban apagando. Alguien me dio golpes en la espalda, trataba de apartarme de ahí, gritándome al oído, sacudiéndome con desesperación..., y yo que no podía alejar esa mirada agónica e implorante fija en mí, yo que deseaba con todas mis fuerzas extinguir esa mirada inocente y horrorizada a la vez, la mirada llena de espanto de mi hija atrapada entre mis manos, mi propia hija semidesnuda a los pies de la cama, ahogándose, tosiendo —mientras mi mujer intentaba sacarme de encima y arrojarme fuera de la silla de ruedas—, mi pobre hijita desvalida, con el rostro convulso, incapaz de saber lo que estaba sucediendo.     

 

© Carlos Rengifo, 2006

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 16:24:09 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(1) |  Permacoplamiento
03-05-2009  23:41 03-05-2009 23:41
k De  luis Sujet: k
l
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RUNA, Cas(z)a de Poesía en un soporte más de comunicación poética de Runa, Asociación Pro Cultura y su revista en papel.

Queremos ser un encuentro rápido de poetas, poemas, poesía e intercambio de ideas sobre arte y literatura.

El cuadro aquí debajo pertenece al pintor HERBERT RODRÍGUEZ.

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