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Cas(z)a de Poesía

Poesía Viva
PERÚ MIGUEL ILDEFONSO (30-05-2006)
Miguel Ildefonso: Lima, 1970. Estudió Literatura en la Universidad Católica del Perú e hizo una Maestría en Creative Writing en la Universidad de El Paso, Texas. Perteneció al grupo poético Mundana Laetitia. Ha publicado los libros de poesía: Vestigios, Canciones de un bar en la frontera, Las ciudades fantasmas, m.d.i.h. y Heautontimoroumenos. En el  2005 publicó el libro de relatos El Paso con el que ganó el Premio Nacional de Cuento de la Asociación Peruano-Japonés (2005). Codirige la revista de Literatura Pelícano. Ha ganado los premios: Premio Poesía Juegos Florales Universidad Católica (1995), Premio Juegos Florales Poesía El Paso- Texas University (2001), Primer Premio Copé de Oro Poesía (2002) y Concurso de Cuento “Alfredo Bryce Echenique” (2003).

Miguel Ildefonso

LOS TRANCES DEL DECAPITADO (extractos)

1. Inicio de la oscuridad

La noche es la muerte con el sabor de mi piel,

yo mismo busco las estrellas donde arrancarme los ojos.

Deliciosamente desnudo como el nacimiento,

la noche me da de lactar su negra senda de voces amargas,

me deja solo en mitad del camino y tengo que huir.

La noche tiene la parada de una prostituta,

algo bello y eterno en un bosque donde esperamos

juntos el amanecer.

La noche que muere clavada por las luces

y los solitarios hombres que caminan sin destino.

Debo decirte que no te volveré a ver

y que te la tienes que arreglar sola.

No me busques. No preguntes quién soy.

2. Campo de silos

Ahora estoy sentado en un lugar de Lima, escuchando de lejos una canción,

una oscura y lenta melodía que atraviesa los ojos cansados de la noche.

Aquí hay una avenida.

Aquí hay hombres y mujeres que van a algún lugar.

Pero yo que estoy aquí desde hace varias horas, no pienso regresar,

porque aún sigo escuchando el suave murmullo de la carne

golpeada por la luz.

3. La emoción perdura

Un puñal o una rosa: es la muerte.

Ilumina la noche con sus luces de neón.

Yo quiero bailar esa canción abrazado a una mujer de culo maldito.

La canción dice:

“Vuelve vuelve noche, por favor”.

Quiero culear bajo carros asesinos y púas.

Lentamente sólidos eclécticos mentales llantos

con su guinda mirada y diciendo dame eso,

en tu cuerpo he hecho un nido de ratas

y preñada a tu locura he bebido tu líquido,

pero sin embargo mantengo ese deseo.

Así atravieso la noche.

Puñal o rosa: la muerte.

Entre el crujido de una rama y la caída de una torre.

Tengo una sombra que me dicta los pasos.

Tengo una herida que me roe el alma.

Nada, nada, nada.

Sospecho que alguien me espera con un puñal, pero es en vano.

4. Corazón atado

Odio el maldito puente México,

esa inabarcable muerte de noche con extensión de luces

y estrellas y cuencas en la espalda.

Yo le he preguntado mucho de mí, y ninguna respuesta,

ni un eco de sangre,

sólo el fétido viento de los muertos borrachos bajo el puente.

Bajo la clara pesadilla del microbús,

interno en el amor de la señorita que amanece en la playa,

su violación florecida, su nostalgia de muñeca.

Por eso odio el puente que no me lleva al corazón de la mar.

Y he sido muchas veces dichoso de no hacer daño a nadie,

haciendo el peor mal,

este arte de caminar, de mentir.

Bendigo mis venas y las avenidas de la noche.

Bendigo mis pies y los burdeles abiertos.

Bendigo mis brazos y los microbuses podridos.

Ancla de la frustración y la belleza.

Manual de mi desgracia, gracias de todas maneras.

Cuando alguien canta a la esperanza,

es porque ya no se la tiene.

8. Lo que trajo el viento

La nada de polvo que alegre el viento pálido arrastraba

ahora es mi corazón que arrastra su sombra en la vereda,

deletreando las sucias paredes de las almas arrojadas de las fábricas,

todos sedientos y hermanos acostados en las paredes.

Sin rumbo como empuja el mundo va el esqueleto de mi canto,

como un quejido, un lamento, una carcajada,

oliendo aún los vientres y las ollas negras de mis carnes,

queriendo dar de beber con el corazón a los que lamen su sudor,

de polvo que alegre el viento pálido arrastraba.

Fichado en las paredes rajadas con el estigma de la mala muerte,

desechado en la decrepitud del tiempo terrenal,

el viento harapiento y mudo se apoya en una sombra pasajera,

su mirada dice adiós a todo, vientres pegados en el paraíso celestial.

Yo quisiera también que mi corazón sea la sombra,

sobre la ardiente vereda de la muerte, la sombra donde acostar su costal,

y mi alma que ambula toque las frentes, los rincones de polvo,

muriendo sin desmayar el despido de las paredes, los candados,

las tristes veredas que se hunden en pleno sol.

9. No es el paraíso

El sol muerto de los desaparecidos nos arranca los huesos,

nos latiga la espalda contra la pared de los nombres.

Ah, la tierra labrada que ahora cosecháis,

el sol lo arranca todo, los cabellos, los brazos,

flagela las piedras que tomaron nuestras raíces.

Los tiran sobre la arena, los embolsan, se los llevan,

el escuálido sol de los fosos revienta contra la pared,

tirado por un cabello negro, del mismo color de los fosos.

El amanecer no importa, nada de lo que venga después importa,

yo quiero este momento, yo quiero que vengas a mí ahora.

10. Flash

Esta es la tierra que no descansa de abrir sus fosas,

aquí nos llaman como negras constelaciones de ausencia,

nos reclaman a gritos sin escucharlos,

nos tiran un trozo de camisa, un par de llaves, un tejido.

El álbum familiar desfila en la fiesta donde enterraron la memoria,

ponen una música para atarnos del aire a la tierra, del odio al odio.

La familiar ráfaga de corazones inocentes

son blancas rosas que chupan las moscas,

y nos succionan los dientes, nos revientan los ojos,

y no nos dicen nada y no nos dicen absolutamente nada.

11. Noche de bodas

Habiendo sido esposado con la muerte,

sólo digo habiendo perdido el habla,

mi lengua que habla en humano,

deseando cantar en el piso o suspendido en el aire,

cantar a mi amor perdido.

Camino a los fosos, conducido con desgano,

hasta aburrido de golpe, como si no hubiese otra ley en este reino.

Canto por eso ese amor extraviado.

Y podría besar tu mano, pero temo mancharlo,

sólo susurro, porque habiendo perdido el habla,

mi lengua, mis huellas digitales, mi costilla,

nada puedo decir que no sea miedo.

Es mi noche de bodas, sólo está permitido decir sí.

12. Ya qué importa

Yo sé cómo es la necesidad que tiene la tierra

de buscar al hombre.

Lo veo en estos fosos sin nombres, como bocas esperando

que abran la puerta del comedor, que digan: “haber?”

Son sesenta céntimos.

El sol muerto aún quema nuestras almas sin esperanza,

pero yo sé que sólo es la necesidad

que tiene la tierra de obligarnos a hacer cola y esperar.

Esa es la necesidad que nadie ha creado y en vano buscamos.

Enterrado en mi zapato, mis anteojos, mi ombligo.

Enterrado el sol de todos los días,

mi trabajo humilde de los otoños, mi lapicero.

Fatigado, ensombrecido, encerrado, madrugado,

privado, torturado, helado, ocultado.

Después de todo lo que me han querido,

me dan una caja de leche,

bebe _ me obligan _ bebe esa leche negra.

14. Sueño y transfiguración

Fuera del camino nos han encontrado,

fuera de nuestras irreconocibles cuerpos nos han sacado.

Yo escuchaba al viento cómo se llevaba las voces,

terribles pedazos de nuestras vidas.

Y a todos nos han mandado a tragar nuestro aliento,

nuestro excremento, nuestras lágrimas.

Las madres preguntaban por nosotros arriba,

abajo nosotros la escuchábamos y reconocíamos las voces.

Era como si quisiéramos nacer de nuevo en ellas,

nacer con un grito anticipado,

con esa luz amarilla en el techo que nos calcinaba los ojos.

Yo escuchaba pasos todo el tiempo, pasos de día, pasos de noche.

Iguales todos.

Yo iba caminando buscando a mi amor perdido.

Yo iba sin empleo caminando entre los desempleados.

Yo iba de azul, pateando la basura, oliendo las resecas calles.

Yo iba entre la gente, tosiendo en la esquina,

respirando hondo para no caer.

Yo iba entre la gente pero caí en el foso.

15. El desierto no existe

En esta tierra no crece nada.

Es sólo desierto donde nos han ocultado.

Después escuchamos los motores,

después es de mañana y nos llamamos mañana,

después no importa nada.

Después nos cansamos de hablar entre nosotros,

unos sonríen, otros lloran,

Después nos preguntamos dónde estamos.

El desierto no existe.

Hay rocas, hay pájaros que a veces cantan en las mañanas.

El desierto también oculta lo que hay arriba.

Se oculta lo que está adentro,

Lo mismo lo que hay afuera.

Por eso en esta tierra no crece nada, sólo hay cenizas

en estas piedras que levantamos.

Borradas las huellas, bolsas que se llevan nuestras sonrisas.

Yo quiero una fiesta para mi corazón,

yo quiero llenar este desierto de una fiesta para mi amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 19:40:03 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
MANUEL LOZANO DE ARGENTINA (16-05-2006)

Manuel Lozano nació en Córdoba, Argentina. Poeta, narrador, dramaturgo y ensayista, Prof. de Literatura, Máster en Historia de

la Cultura Argentina, Máster en Comunicación, Doctor Honoris Causa en Educación y Doctor en Filosofía de

la Educación del Consejo Iberoamericano de Educación, ha escrito 15 libros entre los que pueden citarse a "Libro de Amenemope", "

La Línea y el Círculo" , "

La Rueca Dorada", "El Enigma Silvina Ocampo:

La Paradoja y lo Sublime". Su obra fue traducida al inglés, francés, italiano y árabe, encontrándose en más de 180 websites, habiendo realizado crítica literaria para importantes diarios de su país y publicaciones de Europa.

Ha recibido 54 premios nacionales e internacionales como Primer Premio Fondo Nacional de las Artes, Beca del Ministerio de Asuntos Sociales de España junto a los Premios Nobel José Saramago y Wole Soyinka, Jorge Amado, Juan José Arreola y Juan Goytisolo; Fue Faja de Honor de http://www.poetasdelmundo.com/verInfo.asp?ID=594, y "Ambassadeur de

la Sociedad Argentina de Escritores, Premio Federación Universitaria de Buenos Aires, Premios 2004 y 2006 a la "Excelencia Educativa" (Consejo Iberoamericano de Educación), conjuntamente con Doctorados Honoris Causa "por su proficua y relevante trayectoria internacional, Premio Joven Sobresaliente de

la Argentina (de

la Cámara Junior, votado por unanimidad). Considerado una de las voces jóvenes más potentes de su país, en 2006 fue designado "Embajador para Argentina" del mega proyecto "Poetas del Mundo" -Chile- 

la Paix" del Cercle Universel de

la Paix, con sede en Ginebra Suiza.

 

Creo en 1999 

la Fundación FIED (Fundación Interdisciplinaria de Estudios para el Desarrollo), con sedes en las ciudades de Buenos Aires y de Córdoba, con el objetivo de afianzar la capacitación e investigación en torno al paradigma de la interdisciplinariedad, de la que es Presidente del Consejo Académico. Coordina también la "Escuela de Escritura Silvina Ocampo", destinada a la recuperación e investigación de escritores y pensadores eclipsados o parcialmente olvidados de latinoamérica.      

 

Ha recibido elogios de grandes escritores de Argentina y del mundo como Silvina Ocampo, Adolfo Bioy Casares, Olga Orozco y Juan José Arreola. Siendo Lozano un adolescente, Jorge Luis Borges escribió sobre su obra: "(...) Nos deslumbra con páginas memorables. Descubro que tiene el hábito de frecuentar el universo, de traducirlo en misteriosas y afortunadas invenciones" (1984)

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                  Querido Feliciano: Este es uno de los tres poemas que dediqué

                  a James Ossco. Un fuerte abrazo.

                  Manuel

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CONSTRUCCION ALEGÓRICA

SOBRE EL VIENTRE DE

LA ARAÑA

 

La araña que atrapas con la mano,

y está en palacios de rey.

                                                                                

                                      Proberbios, XXX, 28

 

                  

                  Para James Oscco, con una lluvia de memoria

                  

 

                  Me arrojan a paredes, me sumergen, me sepultan

                  donde nunca he de estar,

                  allí mismo donde irrumpen las crueles dinastías de fantasmas,

                  el deseo y sus aves de marfil incandescentes.

                  Éramos el tiempo de la dicha.

                  La luz languidecía entre las arpilleras

                  y los objetos carnívoros y los estibadores.

                  Mi brazo arrancaba piedras de tu sexo

                  para el júbilo interior de los pequeños altares.

                  ¿Qué lenguaje de hiena silba en la tierra del desquicio?

                  ¿Y esas risas estriadas por los ruines,

                  parodias del Hijo de Hombre?

                  El tacto diminuto sube por las pieles

                  haciendo del mundo la grandiosa impostura.

                  ¿Quién, pero quién arroja el saldo

                  de tu desesperante errar por la noche?

                  ¿Por qué no confiesan el asco de volver

                  con un grito sobre las plumas de mi carne,

                  la soledumbre, las babas, el temblor?

                  Serán membranas revelándose

                  ante una cueva de forajidos, tatuados

                  en las cámaras del odio.

                  Hoy se extinguen los silenciadores.

                  Bajo cualquier mutación, entreabierto,

                  se retuerce un latido, desvaría,

                  como la puerta avara en los ojos de una loca.

                  Está crucificándose este gesto

                  sobre el pedernal desollado

                  en que colocan tu cadáver.

                  Pero ese cuerpo es una llama que contagia.

                  Hazme una señal.

                  Repliégame entre los alcatraces

                  para despedazarme de a poco.

                  ¡Mamparas anómalas del hambre,

                  pezones cortados en la guerra!

                  Te recogerían, lo sé, aquellos súbditos

                  con sus sacos de lluvia

                  como al dios de la leyenda,

                  o tal vez como a Lázaro en el alba del terror.

                  Espumarajos salen de esta boca.

                  Incrústame, coagúlame

                  en el ruinoso zaguán de los exilios.

                  ¿Toda plegaria es un perverso guijarro

                  contra la pasión y la fuga?

                  La vagabunda tiene el cuerpo de los profanados.

                  ¿Han de envolverla, al fin

                  con las fisuras de tu transparencia?

                  ¿Cómo un quejido entre  risas?

                  ¿De qué revelación de atribulados

                  para tocar mi herida en vuelo?

                  Curtida en el sordo ronquido de la emboscada,

                  invadida por tenues mareas de otro adiós,

                  escupe el veneno hasta nosotros.

                  Así nazco al alba amamantada de mi grito.

                  

                  Manuel Lozano

                  Buenos Aires, mayo 2006

VOLVÍ HERIDO DE

LA HERIDA

                                                                               

Para James Ossco Anamaría

 

De un manantial de oscura sangre subo a estas grietas

con mi piel aterida, con mis huesos cortados, con los ojos vacíos

que ayer miraron y soñaron y pisaron la tierra de los hombres.

¿Quién es el peregrino aquí?

Coronándome de espinas, un ataúd del aire

sella la fiebre en el relámpago.

..................................

Trepo desnudo con mis ajadas pertenencias

la ruindad de este mundo,

escalo los sucios peldaños de un hospital sumergido,

convivo ya con sangre y pus y calientes algodones

bajando por mi carne de cielo.

El dolor quedó afuera.

Las puertas se cerraron, blasfemadas.

¿Y qué jardín nocturno aguarda por el crimen?

Me jacto ahora de la usura

extendida sobre los corazones.

No soy el sobreviviente.

Soy el testigo fiel  de la tiniebla.

.........................................

Todas las potestades del bien y del mal

han de caer en estos basurales.

El maná de las criaturas enviejadas -el agua misteriosa-

ya no brota de los surtidores.

¡Dime cómo llorar a lágrima viva

por este ejército de escorias en la noche!

Vuelves a leer, a suplicarme esta lenta genealogía:

Traspasaron mis manos y mis pies,

y contaron cada uno de mis huesos.

...........................................................

¿Qué raíz del comienzo  traigo a cuestas,

qué miserias de Cristo laten en el estigma?

Que el brote se abra.

Que esta arena se abisme.

...........................................................

Arrojo un Memorare al país lacerado.

Principio un sol nocturno como llaga lustral,

como lepra urgente en el corazón que se enfría.

El asesino huele la sangre,

no cicatriza el asesino.

Sus ropas fueron teñidas

con las babas mordientes de otro escalofrío.

Ahora rugen.

Un  olor silenciario está subiendo por los pies.

Mis manos que son aire y tierra y agua con sacratísimo fuego

labran el altar del hilandero.

 

Manuel Lozano

Puerto Valdivia (Chile) febrero de 2006/

Buenos Aires, mayo de 2006

 

 PALIDO CERCO DE

LA SOMBRA

Manuel Lozano

 La vejez mecía mi corazón, como mece

una loca a un niño muerto. El silencio no me

amaba ya. Y la lámpara se apagó.

O. W. de Lubicz Milosz

 

 El visionario ha desollado la hendidura

por donde cae el amor, infancia adentro,

y en que aguardo el frío amante

del rumor de un irse de la tierra.

Perdido entre los tuyos,

 te devorabas con fiebres

que engarzan y abandonan

el exacto rumor del bosque incendiado.

¿A qué crías, a qué sed, a qué funesta tribu

reclamaste por el oro de la lluvia?

¿Pero por qué se entregan esos hijos

que vienen con la esfinge tatuada de su lepra?

Nunca terminan los viajes bajo el puente,

bajo el puente donde un cuerpo tiembla:

tajo libérrimo de la separación.

Hoy has llorado el mundo.

Huye todo presente.

Sin número, la música y el alba

calcinan los huesos de los hombres.

¿Quién acuña el hocico del ronco gemido del yacente?

Ahí tienes la tormenta.

 Un ciruja en Bagdag bebe su sopa larvaria.

Pitágoras se sepulta en un sueño

con ataúdes de hierbas sin descanso.

Las viejas matronas alzan cucharas.

Whitman resplandece hasta doler.

 París, tarde del 26 de diciembre de 1996

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 16:41:20 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
CARLO RENGIFO CUENTISTA PERUANO (16-05-2006)

Foto: Cuadro de Herbert Rodríguez

CARLOS RENGIFO

Narrador limeño, estudió Ciencias de

la Comunicación en

la Universidad San Martín de Porres. Ha participado en diversos eventos literarios, como el 2do y 3er Encuentro de Escritores Jóvenes convocado por

la Asociación Peruana de Promotores y Animadores Culturales, (APPAC), en 1991 y 1993, respectivamente;

la Bienal Arte de los Noventa, realizada en

la Biblioteca Nacional del Perú, en 1998; y el Primer Encuentro de Nuevos Narradores Ernest Hemingway, organizado por

la Universidad Federico Villarreal, en 1999. Es autor de los libros El puente de las libélulas (1996), Criaturas de la sombra (1998), La morada del hastío (2001) y Prosas impúdicas (2005). Ha ejercido el periodismo en diferentes medios de comunicación y colaborado activamente en revistas literarias. Con algunos premios literarios en su haber, en el 2000 fue incluido en el octavo tomo de la antología EL CUENTO PERUANO 1990-2000 que publicó el organismo estatal Petroperú y en el 2005 en CUENTOS PIGMEOS, antología de la minificción latinoamericana.

 

CENIZAS DEL PASADO

            Resulta difícil aceptarse mutilado, seguir adelante sin que esta pérdida socave nuestro interior. Para alguien que, como yo, ha ejercitado su cuerpo en drásticas rutinas militares, la falta de ambas piernas es una baja considerable. No me recuperé hasta pasado un buen tiempo. Pretendí varias veces el suicidio; pero los intentos fueron en vano. Al final, uno se acostumbra a todo, más aun si el desgarramiento es irreversible. Ahora, ser un minusválido ya no me importa. Los hay muchos, y en peores condiciones. Es como la edad, como la vejez. Uno acepta resignado las primeras arrugas, las canas, el vientre voluminoso. Yo, sin venda en los ojos, admito mi amputación. Soy un medio hombre, qué le vamos a hacer. Nadie puede predecir lo que le va a pasar. En cualquier esquina puedes hallar la muerte. Todo acontecer debe tener una razón. Por eso, siempre trato de encontrarle un sentido a los episodios inesperados. Mi accidente, por ejemplo. En realidad, más que un accidente fue un descuido ingenuo. No tomé las debidas precauciones. La explosión me cogió desprevenido; no era mi día. ¿Quería convertirme en un héroe? Los héroes no existen, son invenciones de los historiadores. Pero estaba al mando, la carga explosiva sembrada en el campo no parecía de cuidado. Lo primero que pensé, al recuperar el conocimiento, fue que la venganza se había cumplido. Mi deuda con los campesinos estaba saldada. No es que esperara su revancha; pero algo había en sus ojos lagrimosos, en esos rostros pishpados, en su quechua suplicante. Si hubiera aflojado, si me hubiera temblado la mano al ejecutar una orden, tendría que haber desertado. Los sentimentalismos no contaban; esas boberías había que dejarlas para los débiles, los irresolutos, para los pobres diablos. Un asomo de duda, y estaba perdido. Allí todos eran el enemigo, aunque tuvieran caras acongojadas y algunos fueran adolescentes o niños. La consigna era una sola: el exterminio. El problema había que extirparlo desde la raíz. Sin embargo, el miedo no quedó en las zonas rurales, en los poblados inhóspitos de las alturas, sino que se extendió hasta la capital. Aquí, como reguero de pólvora, este miedo se tornó en pánico, y ya nadie quería salir de sus casas. La penumbra invadió la ciudad, ante la voladura de torres eléctricas, y vivíamos por las noches a la luz de las velas, trémulos bajo nuestras frazadas, oyendo el estallido de algún coche-bomba. Hoy ya nadie se acuerda de eso, muchos prefieren olvidar, borrar aquellos años pendientes de un hilo; incluso mi hija (que entonces era una niña) piensa que exagero cuando hablo en la mesa, que lo hago solo para mortificarla. Supongo que ella también quiere olvidar. Y no es para menos, pues debió tener su propio viacrucis.

            No le vi la cara cuando me trajeron del hospital, luego de permanecer varias semanas en el pabellón de heridos. Mi mujer me condujo empujando la silla de ruedas hacia el dormitorio, y una vez echado en la cama, por fin pude distinguirla a lo lejos. Dudaba si entrar a saludarme o esperar que alguien le diera una señal. ¿Qué impresión se habría llevado? Uno nunca llega a saber realmente la verdad de estas cosas. En todo caso, no creo que haya sido tan grave como la mía. Evidencias de tal magnitud no se asimilan de la noche a la mañana. Estaba consciente que mis piernas habían sufrido una desgarradura; no obstante, jamás imaginé que fuera para tanto. Cuando desperté en la cama de hospital y sentí una rara comezón en la parte inferior de mi cuerpo, destapar la sábana que cubría desde la cintura me tomó una eternidad, aterrado por lo que iba a descubrir. Y entonces el llanto fue inevitable, el llanto y un grito desgarrador. No había consuelo, no sabía cómo manejarlo, abatido luego de comprobar los terribles muñones. Recordaba las cucarachas que de niño pisoteaba a medias y aún seguían avanzando; los grillos que con los amigos les quitábamos las extremidades para nuestro deleite infantil. Los sollozos posteriores, la falta de apetito, las reacciones violentas frente a los que me rodeaban, no fueron más que consecuencias naturales. Una cruz de esta naturaleza no se carga así nomás. Y más tarde, cuando fui dado de alta, mis quejas e improperios, los objetos frágiles arrojados contra la pared, resultaron el escudo necesario para evitar la lástima. Volver a casa no como el teniente Santiago Bermejo de la sétima región sino como uno de los pacientes de la sala de heridos, me abrumó por completo. ¿Qué era? ¿Un ex combatiente? ¿Un veterano de guerra, como esos soldados norteamericanos que volvieron derrotados de Vietnam? Aquí también hubo emboscadas, ráfagas, agonía; más de una década encarnizada trajo un saldo de miles de muertos y heridos. ¿Quién los recuerda ahora? Remover escombros es tarea de sepultureros. Nadie quiere abrir las heridas ya cicatrizadas. El pasado, dicen, enterrado debería de estar. Pero no para mí, no para alguien que se despierta todas las madrugadas con un sudor frío recorriendo su espalda.

            Los primeros apagones en la ciudad coincidieron con mi adaptación a la silla de ruedas. Era penoso depender de aquel aparato para trasladarse; me chocaba con los muebles de la sala, no medía bien las distancias. Permanecer todo el día sentado marcaba mi reciente inutilidad, me hacía sentir igual a esos vagos que se rascan la barriga tirados en una esquina. Me dejaba llevar por la inercia. El brillo de mis ojos, de mi semblante, se fue apagando, y poco a poco el descuido en mi persona se hizo evidente. No me bañaba, no me afeitaba; dejé crecer mi cabello hasta el hombro, de la manera que siempre aborrecí porque lo relacionaba con los hippies alucinados, y para menguar los hincones de la ansiedad empecé a beber. No había nacido para estar lisiado. Cada mañana de sol era una tentación (imposible, además de cruel), pues me invitaba a trotar, a saltar, a realizar los ejercicios gimnásticos que estaba acostumbrado a hacer. En el bar me conocían como Rambo (por joder, claro), ya que de entrada les solté mi currículum, e hice buenas migas con el dueño y con algunas putas, a quienes en ocasiones les relataba algún episodio de mis incursiones en los pueblitos serranos. No sé por qué lo hacía, cuando en el fondo lo que deseaba era olvidar. El olor de la coca, cuyas hojas un día chacché mientras andaba por un terreno lleno de ichu, me seguía sin tregua hasta ocasionarme náuseas. Llegaba a casa vomitando, balbuceando; destapaba a mi mujer dormida en la cama y la gramputeaba media hora, le decía de todo con un lenguaje altísono (como si ella tuviera la culpa), antes de caer rendido sobre mi propio charco de babas y vómito. Al día siguiente, me levantaba con un humor de perros y volvía a gramputear, pero esta vez a mi hija, que tomaba rápido el desayuno y salía igualmente apurada hacia el colegio. Una amargura creciente se había apoderado de mí, obligándome a dar la espalda a la vida diaria, vida de orden y responsabilidades, para sumergirme en el pantano iluso del alcohol. Llegué muchas veces, incluso, a amanecer en esas llamadas «cámaras de gas», de las que salía casi inconsciente, llevado en mi silla de ruedas por algún amigo ocasional, quien, luego de dar vueltas inútilmente, e ignorando mi dirección, me abandonaba en medio de la calle. Una mañana desperté tirado en el parque, con la cabeza rota, profusa de sangre, y sin la silla de ruedas, y entonces viéndome solo, sin nadie quien me ayudara, me arrastré como un gusano hasta mi casa, mientras refunfuñaba y juraba entre sollozos no volver a tomar nunca más. Estos juramentos —ya se sabe— se dicen por decir, a la semana siguiente ya están olvidados; pero en este caso fue distinto. Mientras me arrastraba, durante aquel largo y penoso trayecto que me ocasionó heridas en los brazos, una enorme humillación se abatió sobre mí para sacudirme completamente, más aún cuando, poco antes de llegar, mi hija abrió la puerta y, al verme en el piso, lanzó un grito de terror.

            A partir de entonces, no volví a salir a la calle, y no por carecer de silla de ruedas, ya que luego adquirí otra, sino porque los parques comenzaron a asustarme; me quedaba mucho tiempo en cama, escuchaba las noticias por un pequeño radio transistor y, si había luz, veía televisión. Es increíble el poder adictivo de este medio. De no haber sido por los apagones, estoy seguro que me hubiera aficionado a las series cómicas y a los programas de concurso. Pero como algunas noches las pasábamos en tinieblas, me aficioné más bien a la lectura, algo que no pensé que me sucedería. Leer por el simple placer de leer, siempre me pareció una pérdida de tiempo, una holgazanería, un pasatiempo inútil que no conduce a ninguna parte. Sin embargo, las circunstancias obligan a hacer muchas cosas que antes creíamos inconcebibles, y como por esos días había desterrado de la casa los periódicos, empecé a hojear unos viejos libros olvidados en el estante. No fue tan difícil acostumbrarme a ellos, ya que en la semioscuridad, con la luz amarillenta de los lamparines, solo quedaba leer o dormir. Las charlas con mi mujer se habían reducido a un intercambio de frases domésticas, y la presencia de mi hija con una vela en la mano era como la de un fantasma andando sigilosamente. Me podía abstraer durante horas mientras mi mente se internaba en parajes ficcionales, hasta que unos disparos de metralleta o una explosión lejana (producto de algún atentado) me volvían a la realidad. Entonces caía de nuevo en la reminiscencia, en el pánico que era estar oculto bajo las trincheras, con el frío de la sierra metido hasta los huesos, queriendo defender una comisaría abandonada a su suerte. Volvía a temblar, a orinarme en los pantalones, y sollozaba en la soledad de mi cuarto, al lado de mi mujer que despertaba con el estrépito amortiguado por la distancia y se acercaba tímidamente para consolarme. Estos gestos te desarman, hacen tambalear tu autoridad, algo que no se me estaba permitido cuando interrogaba a los campesinos y les hacía delatar —a punta de borceguíes y objetos candentes— el destino de sus compañeros. En el fondo, no sabía si lo que decían era verdad (el dolor puede hacer hablar hasta a las piedras), pero una confesión era una confesión, de modo que irrumpíamos en casuchas de adobe y sacábamos a rastras al jefe de familia, quien suplicaba en un quechua ininteligible, y en la penumbra de algún privado ablandábamos su cuerpo, lo exprimíamos hasta más no poder, seguros de estar vengando con él las bajas de nuestra tropa. Cogíamos a varios y los teníamos encerrados, desnudos, desangrándose, hasta que, ya habiendo sido estrujados lo suficiente, les dábamos el tiro de gracia y luego los mandábamos a la fosa. Eso, con los que aguantaban hasta el final, porque algunos fallecían al poco rato, y hubo otros que, ante su forcejeo desesperante o el intento por huir, eran aniquilados en sus casas, delante de la mujer y de los hijos, y sus cuerpos llevados con nosotros para después hacerlos desaparecer.

            De esto me acordaba por fucilazos (¿o tendría que decir que eran más bien estos relumbrones los que surgían sin avisar?), cuando estaba de lo más tranquilo en la sala o en el comedor y, de pronto, el parpadeo del foco antes de apagarse, el zumbido de una mosca, la corneta agudísima del heladero que pasaba por la casa, me hacían saltar en mi silla de ruedas, mover la cabeza de un lado a otro, abrir los ojos desorbitadamente. Todo ruido nimio ya me afectaba, al cabo de un tiempo de haberme acostumbrado al silencio (mejor dicho, al encierro), pero me afectaba además porque era el anuncio, la señal, de que venían las imágenes encabritadas a revolotear mi mente, las sensaciones punzantes que originaban el temblor en las manos, el sudor frío. Hay rostros que quedan grabados para siempre, miradas que no logras apartar y que aparecen de improviso, nítidas, ampliadas; y a mí, desde que permanecía en casa, los ojos saltones de una joven campesina, de una niña, me perseguían sin cesar, no me dejaban en paz. Ni el alcohol tomado a hurtadillas ni los libros, incluyendo

la Biblia, conjuraban su recuerdo. Se me había metido en el alma y no sabía cómo borrar su inocente cara. Era la que aparecía en el puesto, a la hora del rancho, con su talega de quesos para ofrecerlos a quienes estaban de guardia. Se acercaba tímidamente, preguntaba aún con mayor timidez, y luego concluía la venta. A veces entraba en mi despacho y me traía aguardiente de parte de su papá, un agricultor que seguro quería congraciarse pero que ya estaba en la mira de nuestras redadas. La hacía sentar, conversábamos un rato; ella era típica del lugar, con su hablar motoso, con su rostro pishpado. Cuando veía a alguien así, pensaba en pastoras acarreando cabras, en sirvientas. Pero me acostumbré a verla, y cuando traía el licor, cuando ya en confianza sonreía cabizbaja, la cholita removía mis entrañas, encendía las ansias del bajo vientre por varios meses en abstinencia. De modo que, en una de las rondas nocturnas, mientras Jiménez y Ortiz arrastraban al papá a la calle, yo me encerré con ella en el corralón y, levantando sus interminables polleras, la hice mía. Le tapaba la boca para que no gritara, la abofeteaba, le propinaba rotundos golpes de puño en la mandíbula que la apaciguaban un poco; pero luego volvía a patalear, se movía inquieta por soltarse, y me desesperaba, me tocaba de nervios, hasta que de un culatazo de mi AKM la desmayé. Pensé que la había matado, pero no, aún respiraba. Desgarré entonces las polleras, la desnudé, y seguí tirándomela pese a estar desvanecida. Era bueno hacerlo sin gritos ni arañazos, poder olisquear su cuerpo lechoso y púber, acariciar sus tetillas infantiles, y ya estaba a punto de acabar, sentía ya que temblaba, que llegaba al clímax, cuando ella despertó. Abrió los párpados y, antes de que chillara otra vez, mis manos atenazaron su cuello, fueron apretando lentamente, ahogando su respiración, al tiempo que me estremecía el orgasmo. Mis dedos se cerraban en su garganta y de pronto ella me miró, me clavó los ojos moribundos, inquisitivos, y quedé petrificado, sin poder despegar de los míos sus ojos de niña que se iban apagando. Alguien me dio golpes en la espalda, trataba de apartarme de ahí, gritándome al oído, sacudiéndome con desesperación..., y yo que no podía alejar esa mirada agónica e implorante fija en mí, yo que deseaba con todas mis fuerzas extinguir esa mirada inocente y horrorizada a la vez, la mirada llena de espanto de mi hija atrapada entre mis manos, mi propia hija semidesnuda a los pies de la cama, ahogándose, tosiendo —mientras mi mujer intentaba sacarme de encima y arrojarme fuera de la silla de ruedas—, mi pobre hijita desvalida, con el rostro convulso, incapaz de saber lo que estaba sucediendo.     

 

© Carlos Rengifo, 2006

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 16:24:09 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(1) |  Permacoplamiento
UNA ALEMANA POR OSCCO ASESINADO (06-05-2006)

REGINE KRESS-FRICKE

Ella vive como escritora en el sur de Alemania, pero un parte de su corazón es del país y de los hombres de México. Entre 1989 - 1991 fue miembro del Comité Federal y del Estado Baden-Württemberg de los escritores alemanes (Verband deutscher Schriftsteller, VS). Su obra literaria abarca  poesía, cuento, novela (corta), piezas de teatro, features/ ensayo. Ha publicado en el radio y en numerosos contribuciones para antologías, revistas literarias y en sus libros.

Sus últimos  título publicados son: WENN HANSEMANN KOMMT (QUANDO HANSEMANN VIENE) (novela); DIE KUH AUF DEM DACH (La vaca sobre el techo) editada también en Francia con el título de

LA VACHE SUR LE TOIT (novela corta); DER WEIHNACHTSFANG (La pesca de Navidad), libro para niños.

Ha obtenido las siguientes becas y premios:

GOLDENER FEDERKIEL (primer premio en prosa) der Internationalen Gemeinschaft deutschsprachiger Autoren; beca de

la KUNSTSTIFTUNG DEL ESTADO BADEN- WÜRTTEMBERG; WRITER IN RESIDENCE im Künstlerhaus Lauenburg/Elbe ; ELLE-HOFFEMANN-PREIS (GEDOK); Beca de MINISTERIO DE

LA CULTURA Y COMMUNICACION DE FRANCIA y de el DRAC, y otros.

DIE TOTEN SCHWEIGEN NICHT

Espero que el mundo escuche el luto

por el asesinado

James Oscco Anamaría.

 

Die Erkenntnis

traf dich

schon damals

im Kern.

Sie schmeckte

nach Kampf

und nach Erde.

Du nahmst

das Herz

voll davon.

 

Du sahst

die Feiglinge

die Federn einziehen

die Ohren anlegen

und aufgehen

die ungute Saat

wo der Mensch

nicht mehr Mensch

blieb dir ein Sterbens-

wörtchen nur.

 

Mörder gaben

dir Erde

zum Sattessen

und

zum Schweigen

duch DU

schwiegst nicht

mit der Zeit.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 18:14:42 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
UN GIGANTE ESPAÑOL (03-05-2006)


Miguel Hernández


 Miguel Hernández nació en Orihuela, España, el 30 de octubre de 1910. Hijo de un contratante de ganado, su niñez y adolescencia transcurrieron cuidando un hato de cabras. Por pocos años asiste a

la Escuela del Ave María, anexa al Colegio de Santo Domingo, donde estudia gramática, aritmética, geografía y religión. En 1925, a los quince años de edad. Deja el colegio y vuelve a conducir cabras por las cercanías de Orihuela. Lee entonces a Gabriel y Galán, Miró, Zorrilla, Rubén Darío. Y empieza a escribir versos sencillos. Conoce a  Ramón y Gabriel Sijé y a los hermanos Fenoll, cuya panadería se convierte en tertulia del pequeño grupo de aficionados a las letras. Ramón Sijé, joven estudiante de derecho en la universidad de Murcia, le orienta en sus lecturas, le guía hacia los clásicos y la poesía religiosa, le corrige y le alienta a proseguir su actividad creadora.  En su proceso de auto-educación Don Luis Almarcha, canónigo entonces de la catedral, le orienta en sus lecturas y le presta también libros. Poco a poco irá leyendo a los grandes autores del Siglo de Oro: Cervantes, Lope, Calderón, Góngora y Garcilaso, junto con algunos autores modernos como Juan Ramón y Antonio Machado. Desde 1930 Miguel Hernández comienza a publicar poemas en el semanario El Pueblo de Orihuela y el diario El Día de Alicante. Su nombre comienza a sonar en revistas y diarios levantinos.


En 1931 va a Madrid con un puñado de poemas y unas recomendaciones que no le sirven de nada, pero las  revistas literarias,

La Gaceta Literaria y Estampa, dan cuenta de su presencia. Madrid le inspira su libro                                               neogongorino Perito en lunas (1933), extraordinario muestrario de sus avances con la palabra y la sintaxis. En Orihuela continúa sus intensas lecturas y sigue escribiendo poesía. Y conoce a Josefina Manresa y se enamora de ella. Escribe El rayo que no cesa (1936). Las lecturas de Calderón le inspiran su auto sacramental Quien te ha visto y quien te ve y sombra de lo que eras, que, publicado por Cruz y raya, le abrirá las puertas de Madrid a su segunda llegada en la primavera de 1934.  Pero regresa siempre a Orihuela. En Madrid hace amigos: Altolaguirre, Alberti, Cernuda, Delia del Carril, María Zambrano, Vicente Aleixandre y Pablo Neruda. Ramón Sijé y los amigos de Orihuela lo habían llevado hacia el clasicismo, a la poesía religiosa y al teatro sacro, mientras que Neruda y Aleixandre lo inician en el surrealismo y le sugirieron, de palabra o con el ejemplo, las formas poéticas revolucionarias y la poesía comprometida, influyendo, sobre todo Neruda y Alberti, en la ideología social y política del joven poeta provinciano. Entonces, Miguel Hernández es ya un poeta completo y comienza a crear su verdadera obra.

Estallada

la Guerra Civil en julio de 1936,  Miguel Hernández, opta sin dudarlo  por

la República. Se incorpora como voluntario al 5º Regimiento, después de un viaje a Orihuela a despedirse de los suyos. Se le envía a hacer fortificaciones en Cubas, cerca de Madrid. Emilio Prados logra que se le traslade a la 1ª Compañía del Cuartel General de Caballería como Comisario de Cultura del Batallón de El Campesino. Va pasando por diversos frentes: Boadilla del Monte, Pozuelo, Alcalá. En plena guerra logra escapar brevemente a Orihuela para casarse el 9 de marzo de 1937 con Josefina Manresa. A los pocos días tiene que marchar al frente de Jaén. Como testimonio de estas épocas están Teatro en la guerra y dos libros de poemas: Viento del pueblo (1937) y El hombre acecha (1939). Ante la caída de

la
República, Miguel Hernández intenta cruzar la frontera portuguesa y es devuelto a las autoridades españolas. Así comienza su larga peregrinación por cárceles: Sevilla, Madrid. Difícil imaginarnos la vida en las prisiones en los meses posteriores a la guerra. Inesperadamente, a mediados de septiembre de 1939, es puesto en libertad. Fatídicamente, arrastrado por el amor a los suyos, se dirige a Orihuela, donde es encarcelado de nuevo en el seminario de San Miguel, convertido en prisión. El poeta -como dice lleno de amargura- sigue "haciendo turismo" por las cárceles de Madrid, Ocaña, Alicante, hasta que en su indefenso organismo se declara una "tuberculosis pulmonar aguda" que se extiende a ambos pulmones, alcanzando proporciones tan alarmantes que hasta el intento de trasladarlo al Sanatorio Penitenciario de Porta Coeli resulta imposible. Entre dolores acerbos, hemorragias agudas, golpes de tos, Miguel Hernández se va consumiendo inexorablemente. El 28 de marzo de 1942 expira a los treinta y un años de edad.

Resumido a partir de un texto de Humberto Garza.

SENTADO SOBRE LOS MUERTOS

Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo mantiene.

Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.

Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué ponerse,
hambriento y sin qué comer,
el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.

Aunque le falten las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.

Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.

EL NIÑO YUNTERO

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra,
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
revuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombre jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

 

 

 

 

Publicado por Feliciano a 03:36:41 in Cas(z)a de Poesía | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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RUNA, Cas(z)a de Poesía en un soporte más de comunicación poética de Runa, Asociación Pro Cultura y su revista en papel.

Queremos ser un encuentro rápido de poetas, poemas, poesía e intercambio de ideas sobre arte y literatura.

El cuadro aquí debajo pertenece al pintor HERBERT RODRÍGUEZ.

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