En la imagen, un regalito de frescura. ¿Alguno ha empezado ya a añorar el invierno?
Para los primeros visitantes, os recuerdo que esta historia proviene de la que se inició con "Un hombre sin norte". Ah, si yo hubiera sabido lo que me acabaría pasando por tratar de orientarme...
Pero continúo tras la brusca interrupción provocada por mi carcelera hace un par de días. ¿Por dónde íbamos?
Michelle, con sus gestos, me permitió intuir que me iba a llamar y yo, tuve que escapar de la jefa. Ciertamente la jefa es una mujer terrible: una depredadora. No quiere dejarme ir; no quiere renunciar a mi y lo intenta con todas sus fuerzas. Insistió en que me quedase allí en una habitación. ¡Ja! ¡Qué lista! Para tenerla toda la noche pegada a mi puerta. Menos mal que mi hija secundo mi versión de que queríamos pasar la noche en el coche, en plena naturaleza. Aún así, la jefa averiguó dónde. Es decir, se lo dije porque no la creía capaz de ir a buscarme en medio de la oscuridad. Menos mal que me espero todo de cualquiera, y a los dos minutos de haber aparcado en una orilla oscura y protegida por chopos, me di cuenta de esos dos problemas: la jefa iría, y deshacerme de ella esa vez me iba a suponer ponerme violento; lo intuía. El segundo problema era infinitamente más grave: en la orilla no había cobertura.
Relámpagos de angustia recorrieron mi cuerpo: Michelle podía estar llamándome y no lograrlo. La tortuosa carretera no permite avanzar a mas de cuarenta por hora y ansioso, abandoné mi plan de pasar la noche a la intemperie para dirigirme a otro hotel, a sólo 400m del suyo. Os juro que pasan cosas extrañas con Michelle. No recuperé la cobertura hasta que aparqué frente a la recepción, y fue apagar el motor, e iluminarse la pantalla. ¡Era ella! ¿Podéis creerlo? En ese tan preciso instante. Después de todo lo ocurrido, mi sueño se estaba haciendo realidad: Michelle no me rechazaba, y la posibilidad de pasar con ella la noche estaba ahí, tangible.
-Hola, soy Michelle. ¿Donde estás?
-Acabo de llegar al hotel "Tudor".
-Pero, ¿no te ibas a la laguna?
-Sí, pero al poco de estar allí me di cuenta de que la noche iba a ser muy dificil con mi hija en el coche, y he preferido un hotel.
-Pues "La gorda" dice que va a ir a buscarte.
-¡Joder! Ya, me lo temía. Por eso también me he ido. ¡Qué pesada!
-Claro, después de lo que hiciste con ella... -me reprochó.
-Oh, Michelle, de veras. Siento muchísimo lo que pasó.
-Ya. Y, ¿por qué no te vienes para acá?
-Pero, ¿ahí vamos a poder vernos? Ella no me dejará en paz. ¿Tú puedes salir?
-Hmm, es que el guarda luego se lo va a contar a "La Gorda". Pero... -unos segundos de pausa- Vale sí. Salgo -añadió resuelta. -Pero, ¿y tu hija?
-¿Mi hija? Pues nada, en cuanto se duerma... ¿Te llamo dentro de una hora?
-Vale.
Y nuevo milagro: mi hija normalmente es un huracán en la cama que puede tirarse 2 horas saltando y gritando y canturreando hasta que cae rendida. Me temía que dormirla en una hora iba a resultarme imposible, pero no: se durmió a una velocidad asombrosa. A falta de cuentos, hube de inventarme uno en el que yo era un zorro, Michelle un conejito, y su jefa, otro conejito al que yo había matado perdiendo su amistad. Pero, ¡yo queria ser un zorro bueno! Y el cuento acababa con que para satisfacer a su amiga la conejita, el zorro abandonaba la caza menor.
No quiero extenderme con las llamadas. Una hora después, tenía a Michelle ante mi, su grandiosa silueta recortada contra la luz de una farola lejana. Su cuerpo era aún más impresionante de lo que yo recordaba. La curva con la que su cintura se convierte en cadera era perfecta; su pecho se erguía bajo una camiseta sin mangas color teja. Llevaba el cabello oculto bajo una visera negra, que hacía que sus ojos azules brillasen en la oscuridad con fuego infernal y sus delgados brazos eran tan largos y delicados...
No podía creer que la tuviera allí, a 10cms de mí. Comenzamos a caminar hacia el hotel mientras me contaba, bastante atemorizada y preocupada, que había conseguido salir inventándose que iba a hacer unas cosas al pueblo, pero que se había cruzado con el coche de la jefa, la que probablemente la había reconocido.
-Pero no ha parado ni nada- observó perpleja.
-¿Estás segura de que te ha visto? ¿Te ha mirado?
-Sí. Yo he ocultado la cara bajo la visera, pero me temo que reconoce esta camiseta -suspiró profundamente- Bueno, es igual. Pero es raro que no haya parado. Le diré también que he ido al pueblo a hacer unas cosas y ya está.
Aún ahora no entiendo esa gran preocupación, y como veréis más adelante, va a resultar un enigma imprescindible de esclarecer.
Yo había cogido una habitación más, contigua a la de mi hija. Michelle había dudado cuando se lo propuse, pero enseguida accedió.
-Y... ¿para qué has dicho que querías la habitación? ¿No habrás dicho que era para...?
-No, he dicho que quizá esperaba la visita de una amiga, pero sobre todo que era para tener un lugar donde estar ya que mi hija se duerme demasiado pronto, y no voy a estar metido en el baño para no molestarla.
-Ah, ¿entonces no has dicho que...?
-No, tranquila.
-Espero que aqui no me reconozcan.
-¿Por qué? ¿Os conocéis con los empleados?
-¡Claro! Estando tan cerca...
Abrí la habitación y bastante tenso y excitado por estar viviendo un sueño, le dije que sentía no tener nada que ofrecerla más que una coca-cola templada.
-¿Quieres que vaya a por algo de beber?-se ofreció al instante.
-No, me da igual. Si quieres tú...
-¿No quieres un whisky o algo?
-No, he dejado de beber, para que no ocurra lo que no tiene que ocurrir. Pero si tu quieres una copa...
-Vale. Voy a por algo.
Mientras, me dió tiempo a entrar en la otra habitación, a coger la cámara y a cambiarme de ropa por una camisa sin abrochar y un pantalón corto. La verdad, es que, no me parece demasiado natural esa insistencia de Michelle en ir a por las bebidas. Vólvió con agua, fanta y coca-cola.
-Hmmm, estás muy guapo- dijo observando mi nuevo atuendo- Bueno, decías en tu carta que querías hablar conmigo, ¿no? Y bien, ¿de qué?- me exigió casi con frialdad, sentándose en una cama.
Yo me deje caer con pesadumbre, aún callado.
-¿Qué? De lo de mi jefa, ¿no?
-Si -dije torturado- Michelle, no sé como pudo llegar a ocurrir. Si te he hecho algún daño, por favor, perdóname.
-No, sí a mi... -dijo tratando de aparentar indiferencia, pero advertí el alivio en sus ojos- Yo pensaba que entre nosotros había algo, pero luego hiciste eso y pensé: "Pues mira. Pasando de él". Y como luego no querías ni hablar conmigo...
-Tú tampoco saliste afuera a verme.
-Claro que no. Me había enterado de lo de "La Gorda". Estaba muy enfadada- replicó.
-Y yo no es que no quisiera hablar contigo. Estaba muerto de vergüenza ante ti por lo ocurrido -confesé.
No me dejó seguir. Atrapó mi boca, y me fundí con ella en un beso ansioso. Se deshizo de mi camisa y devoró mi pecho y aún llegó más allá en su recorrido, regalándome con olas de placer.
-Te deseo mucho- murmuró, rogó, casi con dolor.
¿Imaginais qué frenesí? ¿Estar a punto de tomar a la mujer por la que has estado sufriendo y suspirando durante semanas? Introducirme en ella fue más poderoso que cualquier droga. Ver su rostro anhelante, la cabeza echada hacia atrás, la línea perfilada de su mandibula, su cuello, los labios entreabiertos en una mueca de placer tan intenso que casi era una tortura. Fue sublime. Ella se movía conmigo a la perfección, agarrada con fuerza ya fuera a mi pecho, brazos o espalda y sucumbió, mucho antes que yo.
-Oh, igual que la otra vez- se quejó- Te mueves tan bien que siempre termino antes tú. ¿Por qué tú tardas tanto?
Parecía preocuparla no satisfacerme lo suficiente, como les ocurre a muchas mujeres, que creen que si su amante no culmina en los primeros minutos, es porque no está entusiasmado. Pero al contrario, yo estaba tan alucinado con ella y empeñado en grabar ese momento a fuego en mi memoria, que tenía un control pleno de la situación. Casi una lástima: completamente sobrio, no pude abandonarme por entero a la lujuria; no me dejé llevar. Es irónico, ¿no? Cuando sabes que la mujer que tienes delante puede ser la mujer de tu vida, se encienden todos tus puntos de alerta y adquieres casi un dominio frio y magistral, que ellas confunden con desinterés. Y es muy al contrario.
Michelle me pidió papel y me levanté a dárselo. Fue la primera o segunda vez que me preguntó la hora.
-La una y diez- dije mostrándole el reloj- Lo he adelantado para que Claire se durmiera antes. Cuando ve que es tarde...
-Ah, entonces ¿todavía son sólo las doce?- inquirió feliz.
-No. Ya lo he puesto en hora.
-¿Me puedes pasar un cigarrillo?
Se había tumbado desnuda en la parte de la cama que daba a la pared. Hablamos mucho. Yo admiraba su cuerpo y ella el mío, con lentas caricias.
-Eres la mujer más hermosa que he visto en muchos años- le dije.
-¡Qué va! -dijo con recato- Soy muy normal. Son sólo mis ojos.
Me preguntó qué había estado haciendo todo ese tiempo.
-Nada en especial.
-Ya, pero... ¿qué has estado haciendo? -insistió.
"Pensar en ti cada día" estuve tentado de responderla, pero temí que comenzara a subestimarme de saber lo muy atado a ella que yo estaba. Ya sabéis, cuando la gente sabe que tiene a alguien a sus pies, se lanza en pos de nuevas y más arduas conquistas.
-La verdad es que... nada en especial. Terminar de trabajar...
-Y ¿qué más? -me apremió.
¿Temería que hubiera quedado con su jefa?
-Poco más, de veras. Ocuparme de mis hijas ya es bastante tarea, ¿no?
-¿Le diste el teléfono a "La Gorda"?
-No. Claro que no. Sí que me lo pidió. Pretendía quedar conmigo en Port Arthur para llevarme a comer- dije con desprecio- Pero no le doy mi teléfono ni loco.
-¿Qué? Oh, si, dijo que no se lo quisiste dar. Pero, ¿qué es lo de Port Arthur? ¿En serio quería...?
A ver, ¿por qué me preguntó si había dado el teléfono si ya sabía que no? Ay, mucho me temo que Michelle no se fia de mí, que la jefa cuenta mentiras, o que Michelle realmente cree que me gusta su jefa.
-¡Joder! Odio a la gente que no se da por aludida. Mira que se lo he dicho esta tarde. "Quiero borrar esa noche de mi cabeza".
-¿Le has dicho eso?- preguntó complacida.
-Si. Y aún así, insiste e insiste.
-¿Quieres... quieres que yo le diga algo?- se ofreció con cierta tensión.
-Por favor, si puedes ayudarme a librarme de ella -rogué.
Michelle tomó aire.
-Está bien. Hablaré con ella.
Volvió a besarme. Lo hacía a menudo. Creo que no se dejo centímetro de mi cuerpo sin escudriñar con la mirada.
-Me gusta morder los labios. Lo llevo en mi sangre de vampiresa- bromeó con su procedencia rumana.
Asi que, mordí los suyos, para complacerla.
-Eres guapísimo. En el hotel todas lo dicen. Todas.
Yo me encogí de hombros con cierta arrogancia.
-Y... ¿con tu mujer...? ¿Qué pasa? ¿Qué os llevais mal o eso?- sé que quiso aparentar indiferencia, pero se notaba tensión en su voz. ¿Quién sabe si en el fondo sueña con que me divorcie?
-No, normal.
-Pero... ¿te acuestas con ella?
-Por obligación- dije con desdén.
Creo que cometí un grave error diciendo eso. Michelle pensaría que soy un mujeriego común que engaña a su mujer sin motivo, y no es así. Dije "normal" por dos motivos: No me llevo con mi mujer. Para mi no es más que un ente extraño, egoísta y cruel que vive en mi casa. Me refería a todo lo normal que alguien puede llevarse con un desconocido. Pero tampoco quise decir que mal, por si acaso a Michelle le entraba miedo de ser causa de una ruptura matrimonial. Fui un imbécil. Pero no quería mezclarla en mis problemas. Y lo de saber que me acuesto con ella... a Michelle le disgustó. No se lo esperaba. Lo noté.
No sé cuando preguntó la hora por segunda vez. Puede que en ese momento. Era la una y cuarenta.
Tuve una amante anterior a Michelle que me dejó muy marcado, a la que perdí porque no soportaba ser la causa de un divorcio. Cuanto más le decía lo mal que me llevaba con mi esposa, ella más se asustaba y se apartaba, creyéndose la única causa. Y cuando una vez le dije que me iba a divorciar, le entró tanto pánico que desapareció de mi vida por completo. Lo cierto es que sólo gracias a Michelle he podido olvidarla.
No debí decirle eso. Y menos aún que me acuesto con ella. Imagino que a Michelle le place pensar que es la única que comparte cama conmigo y que alivio mi sufrimiento doméstico sólo con ella. Pero ya es tarde para enmendarlo. Y claro, si te quedas con la impresión de que alguien te dice: "Que va, me llevo estupendo con mi pareja", pues piensas que te tiene a ti como mero entretenimiento; a ti, y a quien se ponga a tiro, aunque sea una gorda cincuentona como la jefa.
Michelle siguió haciéndome muchas, muchas preguntas. Se me hace raro que alguien se interesa tanto por mi. Me dijo que no le gustaba como sale en las fotos, siempre triste. Me pidió una, y la sorprendió que yo no llevase encima. Me preguntó incluso por la familia de mi mujer, por mi trabajo, por cómo lo conseguí. Y me pilló en lo que para ella sin duda era otra mentira.
Cuando la conocí, aprovechando la primera oportunidad que tuve de alejarme de mi esposa y hablar con ella a solas, la pregunté de dónde era.
-De Rumania- respondió- Pero mi padre es alemán- añadió con inigualable orgullo.
-¡Vaya! Mi madre también -dije- De hecho, ahora vengo de Alemania.
-¿Ah, sí? ¿De donde?
-De Freiburg.
El hecho es que yo venia de vacaciones. Que Michelle dedujera que vivo en Alemania y que me he criado en Alemania y que siempre he vivido con mi madre, es cosa suya.
Resulta que en la nota que le escribí en alemán, ella detectó un error.
-Pero, ¿no se dice "auf" en vez de "für"?
-Ah, pues la verdad es que no sé.
-¿Qué pasa? ¿Es que se te ha olvidado?- bromeó.
-Han pasado muchos años.
-Pero, ¿no vivías en Alemania?
-No.
-Pero dijiste que habías estado en...
-Ya. Pero venía de vacaciones. No vivo allí.
-Y tu madre, ¿ahora vive en Madrid?
-Si.
-Y, ¿dónde fuiste de vacaciones?
-A la Selva Negra.
-Ah, ¡la cuna del Donau!-exclamó.
-No sé donde nace el Donau. De hecho, de ríos que yo recuerde por allí, estaba el Rhein y el Main.
Y Michelle me miró con el entrecejo levemente fruncido, sopesando. Mi madre me abandonó de pequeño. No tengo ningún recuerdo de ella. Sólo que hay un noventa por ciento de posibilidades de que fuese alemana, pero no iba a entrar en tales detalles de mi escabrosa vida con Michelle.
Necesitaba hacerle de nuevo el amor y dejarla satisfecha en cuanto a mí, es decir, tratar de terminar lo antes posible, pero entendéreis la dificultad, la tensión, y encima, siendo la segunda vez... Recorrí su cuerpo a besos y suaves mordiscos, y también le correspondí como ella hiciera conmigo, hundiendo mi cabeza entre sus hermosos muslos y mi lengua en su interior. Estaba increiblemente húmeda, pero se quedo inmóvil cuando me tuvo ahí.
-Sin prisa, ¿vale? -le propuse antes de tomarla de nuevo.
Yo, entiendo que puedo aparentar ser un hombre arrogante, despreocupado, antiromántico, pero es sólo apariencia. Mi única preocupación era satisfacerla, dejarla contenta conmigo y a la vez ansiarme más, lograr que desear gobernar mi corazón. No podía dejarme llevar pues no podía permitirme ningún fallo, y aunque logré bastante placer, estuvo lejos de las cotas alcanzadas con otras en otras ocasiones. Pero fingí, para satisfacer a Michelle. Estábamos tan empapados en sudor que era imposible que ella, en su humedad, notase si yo había terminado o no.
Me duché tras la segunda vez. Ella no. Espero que no le sentase mal, algo tipo "quiere quitarse todo resto de mi". Me pidió otro cigarrillo con avidez y se lo fumo igual que el que se fumó en el bar tras haber leído mi mensaje: en tensión.
-¿Esta vez sí?
-Si -dije simulando estar aún sumido en extasis- Y habría terminado dos veces si no me hubieras dejado seco.
Me temo que no me creyó.
-Dime algo en serbio- la pedí.
-¿El qué?
-Lo que tú quieras- le dije, con la esperanza de que se confesara pensando que yo no podría entenderla.
-"Lepy" - me dijo o algo así.
-Guapo- traduje.
-¿Cómo? ¿Cómo puedes saberlo? -balbuceó estupefacta.
-De la palabra "lepota". Belleza en ruso antiguo.
-¿También sabes ruso antiguo? Pero, ¿cuantos idiomas hablas?
-Seis-dije sin darle importancia.
-Seis... Pero, ¿los seis bien?
-No, los seis bien, no.
Con esto, la verdad es que uno intenta demostrar que merece la pena, pero a menudo ocurre que la otra persona se siente inferior, se cree insuficiente, inmerecedora y se ahoga en inseguridad, pensando que uno va a encontrarla tonta, ilusa, carente de gracia o interés. Michelle... no sé, pobrecita, espero no equivocarme, pero se sentirá como un mero juguete carente de otro interés que no sea sexual para mí. Y no es así. Vosotros lo sabéis. La naturaleza reina, la naturaleza es poderosa, y Michelle me atrae desde el primer momento en que la ví. Por todo. Por su belleza y por su forma de ser. Me gusta más que ninguna que halla conocido jamás. Y me da igual que sea una inmigrante que se ve obligada a trabajar de camarera. Para mí, ella es insuperable. Pero, por supuesto, eso ella lo ignora. En realidad, creo que nos atraemos por cuestiones puramente genéticas: somos fisicamente muy parecidos, y las feronomas, cuya existencia esta probado pero cuyo funcionamiento no advertimos, puedes hacer virguerias en el tema de la atracción. Ni yo era consciente de la inmensa impresión que Michelle había dejado en mi. Lo descubrí después, viendo que mi aparece en mis escritos desde que la vi.
Siguió hablándome de su infancia y de su adolescencia. Parece que se crió en Alemania hasta que su madre se casó con un serbio cuando ella tenía quince años y se mudaron a serbia. El padrastro no la trataba bien. Su madre ahora tiene leucemia y aunque se empeña en trabajar, Michelle le envía dinero para que pueda estar en casa en tranquilidad, como le han recomendado los médicos. Y en Octubre planea viajar a Serbia, e incluso darse el lujo de hacerlo en avión. Yo le pagaría de mil amores un billete en business si no temiera que se riese de mi al ver en tal gesto una prueba de mi profunda devoción.
También me habló de sus planes de futuro. De que no terminó los estudios, de que quizá lo haga. Creo que mi condición la supera. Que mi profesión la abruma. Pero no diré en qué trabajo por si acaso algún lector pudiese atar cabos, descubrirme y comunicárselo a mi aborrecida esposa.
Cuando más amo a Michelle más odio a mi mujer. No la soporto. No puedo aguantarla, y en casa ultimamente estoy malhumorado e intratable. Despierto en estado febril de tanto como me duele el cuerpo y el alma de anhelar a Michelle, y pago esa carencia con todos, con mis hijas, con mi esposa. Pero mi esposa se lo merece. Es una arpía sanguinaria de maldad indescriptible. Os juro que de veras lo dejaría todo por Michelle. Me da igual perder la fortuna de mi mujer e irme a un piso normal y cambiar mi coche por otro mas mundano. Adoro a Michelle; estoy completamente rendido a ella. Sólo me preocupa su edad. Diez años de diferencia es mucho: yo quiero a alguien para siempre y ella, ella sólo está empezando a vivir. Cuando le conté que mi cuñado se ha casado con veintiún años para divorciarse tres meses después, le pareció increíble que alguien pueda aprisionarse a esa edad. ¡Qué delicia sería deshacerme al fín de mi mujer y traerme aqui a Michelle! Y disfrutar con sólo mirarla, sabiendo que el día menos pensado, volaría lejos de mí.