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Basilisa "La sabia"

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<<A punto de hallar el norte | "Un hombre sin norte II" | Des-experado>>
Un hombre sin norte II (30-06-2006)

Si, y definitivamente sin norte. Pido perdón a los asiduos por dejar pasar tanto tiempo sin contar lo sucedido, pero me hacia falta poder digerirlo y... soportarlo. La cagué. No hay mejor modo de decirlo. No sé me ocurre nada peor que pudiera haber hecho. Ahora Michelle probablemente me detesta y se detesta a sí misma por haberse entregado a alguien como yo.

Eso sí, NO ME EXPLICO CÓMO PUDO OCURRIR. Fuí a verla, como ya sabéis, lleno de nervios, de miedo y de esperanza. Lo que en absoluto me imaginaba era que el hotel estuviera cerrado. Y os lo juro: fué verlo y empezar una tormenta que duró cuatro horas. Sí, habéis leído bien: CUATRO horas encerrado en el coche porque no cesaba de llover, de tronar, de relampaguear... Las orillas de la laguna parecían las del caribe en pleno huracán.

Me entretuve con el GPS hasta llegar al final de la carretera. ¿Cómo podía estar el hotel cerrado, y cuando encima tenía una reserva? ¿Qué respeto era ese para los clientes? Volví a pasar delante, y vi la reja entreabierta y el Audi de la jefa aparcado frente a ella. Me pareció extraño. ¿Dónde estaría Michelle? Me entretuve mirando una cascada cuya visita siempre había pospuesto. Luego compré la cena, decidido ya a pasar la noche en el coche: queso y pan. Al volver a pasar delante, lo ví todo peor: verja cerrada, ni sombra de coche. ¡No daba crédito! Y seguramente no me lié a patadas con un cubo de basura porque aún quedaba la posibilidad, ya segura al 100%, de verla al día siguiente.

Me quedaba aguantar la noche. Me busqué una playa recóndita y comencé a tomar whisky. Llegó el momento de llamar a mi esposa. Descubrí que no había cobertura. Quedaban escasos minutos para que cayese la oscuridad completa cuando con la excusa de encontrar el lugar más cercano desde donde fuera posible llamar, volví a conducir rumbo al hotel. Cual fue mi sorpresa cuando de nuevo vi el Audi y la verja abierta por completo.

Atisbé entre unos arbustos y sólo vi al guarda y a la dueña. ¿Y Michelle? Estaba claro: si ella no estaba dentro, llegaría para dormir, por lo tanto: YO DEBIA ESTAR DENTRO.

No me apetecía liarme a charlar con la dueña, pero en honor a Michelle, franqueé la verja, ignorando aún como sería recibido. También para mi sorpresa, la dueña me saludó efusivamente desde lejos y enseguida me ofreció una copa que por supuesto, acepté.

Dicha dueña es una mujer de bien pasados los cincuenta y pasados los cien kilos de peso. Gorda, mofletuda, con la papada unida al escote... El pecho formando un bloque único sobre su barriga... Total, desagradable. Bueno, ahora ya no me supone tanto trauma, pero, de alguna misteriosa manera, quizá me puso algo en la bebida, un par de horas más tarde ella me hacía una mamada en la hierba. El lapso de tiempo desde la primera copa hasta "eso" no lo recuerdo. Pero sí el horror de verla encima de mi diciéndome:

-Ahora estoy más seca que una esponja en una residencia de ancianos, pero tú espérate a la próxima vez: me traeré mi crema y ya podrás entrar, ya.

Osea, yo... ¿quería tirármela? ¿!Cómo?! ¿Por qué? ¿La desesperación por no hallar a Michelle me hizo buscar solaz con el monstruo más cercano? Sinceramente, no doy crédito a lo que pasó. Nunca me había ocurrido. Yo sólo me ocupo de mujeres hermosas.

Pues bueno, y aquí suspiro y rebufo, a la mañana siguiente desperté con una resaca de bastante espanto, pero al abrir las cortinas y asomarme, vi, con mis ojos entrecerrados y el ceño fruncido por el dolor de cabeza, a Mi ansiada Michelle barriendo el patio. Fué como caer en un fresco remanso de agua, en un balneario de salud. ¡Ella-estaba-allí! Ya, y mi resaca también. Y la boca de la dueña en mi ***** también. ¡Dios...! ¿Cómo pude?

¿Sabéis lo que es el peso de la vergüenza? ¿Y el del miedo al rechazo? Pues así bajé a desayunar: temiendo que todos supieran que un bombón como yo, por alguna perversa desviación mental, se había enrollado con la dueña. ¿Qué iban a pensar de mí? ¿Que me daba igual con quién? De veras que la idea era repugnante: Michelle y su jefa son incomparables.

Bueno, bajé con la mirada fija en el suelo, por supuesto. Menudo horror cuando ví que la dueña estaba en la barra. ¡Y no sólo eso! Me hablaba como si por la noche hubiéramos tramado cientos de futuras citas en secreto.

-¿Qué tal, guapo? ¿Has descansado bien? Ya veras cuando tenga mi crema, ya. ¿Qué quieres tomar? ¿Café?

-No, zumo de piña.

-¿Quieres tostadas, hombretón?

-No, gracias.

De reojo trataba de atisbar a Michelle, pero a la vez quería exterminar a la maldita dueña con la mirada. ¿De qué coño iba? En ese momento Michelle entró y me saludó por la espalda en un tono muy confidencial. Noté que la jefa observaba mi reacción, así que la devolví el saludo con total indiferencia, maldiciéndome a mi mismo.

¡Joder, menuda situación! Y, ¿ahora qué? Si la jefa veía que yo estaba por Michelle, me denegaría la entrada y... ¡adiós, Michelle! O echaría a Michelle y... también ¡adiós, Michelle!

Apuré el zumo para alejarme de los secuaces guiños de la dueña lo antes posible. Al regresar a la habitación a llevarme los puños a la cabeza, volvía a cruzarme con Michelle, que de nuevo me saludó con gran jovialidad y brillante sonrisa. La respondí, a mi pesar, con frialdad.

¿Qué maldita argucia del destino me había liado nada menos que con la dueña? Me tiré en la cama a pensar qué hacer sin por supuesto hallar ninguna solución. Exterminar a la dueña: borrar de su cabeza lo ocurrido. Ya... Bonitas fantasías.

Sin ninguna gana de bañarme, bajé a la playa; había que justificar mi presencia allí, ¿no? Continuamente miraba hacia el bar. Michelle no salió a mirar durante tres horas. Y empecé a preocuparme. La vez anterior me la había encontrado con frecuencia merodeando a mi alrededor. Si no salía, era por algo. Y tanto. Más tarde supe que la dueña la mantenía en la barra, a su lado, vigilada.

Fui y volví de la habitación no menos de cinco veces y en todas, con el rabillo del ojo, vi a Michelle en la barra. Por nervios, retrasé la hora de comer. Cuando llegó el momento, me entretuve charlando con unas monjas que estaban por allí, también de camino al restaurante. Me apoyé en una columna a la sombra antes de franquear la entrada, para hacer acopio de valor, celoso de que Michelle estuviera liada con alguno de los obreros que pintaban la fachada y que por eso no hubiera salido a verme.

Inesperadamente me encontré con su mirada, y era fria y recriminatoria. Tragé saliva y entré. Como quien no quiere la cosa, me senté en la barra, y enseguida vino la dueña. Michelle se ocultó de mi vista, entretenida en ordenar bolsas de tila al amparo de otra columna. Y la dueña me observaba. Podía notarlo. Miraba a mis ojos para ver a donde se dirigían y miraba a Michelle. Y no se apartaba ni por un momento. La maldita dueña me puso otro zumo, sin dejar que Michelle se acercara. Yo me puse a leer un libro pasando de ambas, pero sin dejar de observar a mi deseada de soslayo.

La dueña tenía la típica actitud de la mujer que sabe que se ha llevado al huerto al hombre más codiciado, lo que me exasperaba. Ignoraba si Michelle lo sabía o si estaba enfadada o qué. Desde luego, amable no estaba. Preciosa y sublime, sí. Era una delicia paralizante mirarla.

Sonó el teléfono y la dueña hizo incluso que Michelle atendiera la llamada. Y por fortuna era para la dueña. ¡Al fín se fue! Y yo, con todo el temor del mundo, me atreví a dirigir la palabra a Michelle, que andaba en plan "paso de ti- no me importas un bledo".

-¿Te dijeron algo por lo de la habitación? -inquirí-

-Que va -dijo presumida, como si se supiera tan preciada que sabía que no iban a echarla ni por eso ni por mucho más -El guarda no dijo nada. Pero la dueña sí que se enteró de lo otro -añadió con un movimiento de hombros de impotencia.

Yo me quedé sorprendido. Si la dueña sabía que yo me había acostado con Michelle, ¿qué? ¿Estaba mal de la cabeza? ¿No estaba suficientemente claro que yo preferiría a Michelle SIEMPRE?

La dueña regresó, me miró y abrazó a Michelle en plan: "Somos grandes, compañera. Ambas nos hemos tirado al tío bueno". Me quedé perplejo. Noté como Michelle le seguía la corriente y luego se retiraba a sus bolsas de tila tras la columna. Así que la hija de puta de dueña le había dicho a todos que se había líado conmigo... ¿Se puede ser más perverso? Y encima comenzó a preguntarme delante de Michelle cuando yo pensaba regresar. Y otra mencionó lo de su estúpida crema.

Yo estaba furioso y desarmado. No encontraba más culpable que a mí mismo. Necesitaba una foto de Michelle, al menos, eso, para tener siempre a la vista el rostro de la mujer más hermosa con la que he estado jamás. Ella sonrió cuando con una excusa tonta les hice una foto juntas. Y con arrogancia cuando con una excusa más la saqué a ella sola. Luego fotografié a las monjas. Luego le pedí que me sacase una. Y después, fingiendo que me quedaba sólo una...

-Bueno. Pues otra a ti.

Y ahí la ví sonreir con alivio. Y en la foto se la ve, mirándome directamente, como agradecida. ¿Quién sabe lo que pasa por la mente de una mujer? Puede que por su cabeza ni se pase la idea de que la dueña es una hembra repugnante fisicamente. Puede incluso que crea que me la tiré para acercarme a la dueña. No lo sé. ESTOY PERDIDO. Sólo sé que QUIERO a Michelle. Quiero un hijo de ella. Me casaría con ella.

Tras lo de las fotos, la dueña, inesperadamente, volvió a ausentarse.

-¿Siempre libras los mismos días? -pregunté a Michelle tras lograr que se acercara al pedirle otro café.

-No. Normalmente los martes. O los jueves. O cuando a ella le da la gana cerrar sin avisar -explicó con rencor- Aquí nunca te avisan de nada.

-Y... ¿te quedas aquí?

-A veces sí. Otras me lleva su hija al pueblo de al lado. Trabaja allí en un concesionario.

Yo quería proponerla encontrarnos en uno de sus días libres, pero la dueña volvió, y al instante, Michelle se alejó a seguir colocando no sé qué al abrigo de una columna.

La dueña nos miró, pero se hizo la resabida.

-¿Te pongo una copa? -me ofreció.

-No, ¿qué dices? Tengo que conducir -me negué.

-Hmm, mirá, tienes razón. Haces bien.

-Si me abres la puerta, saco el coche.

Ella había logrado que yo metiese el coche en el recinto, y no me dejaba sacarlo de ningún modo. Se lo había insinuado no sé cuantas veces durante toda la mañana.

-A mi no me molesta. Está bien ahí, pero si quieres...

-Es que le da el sol -objeté.

-Que va. Ahí lo dejo yo y está a la sombra.

Desistí. Volví al agua. La dueña había enviado a Michelle a ocuparse de unos clientes sentados en unas mesas MUY alejadas.
Media hora más tarde decidí irme.

-Si me invitas a un último café... -dije a la dueña.

Michelle no estaba en la barra.

-Se te ve triste.

-Es que estoy cansado -mentí.

¿Acaso no estaba claro? Pero, ¿cómo puede una mujer de más de cincuenta años no saber que no tiene nada que hacer entre una chica como Michelle y yo? ¿No se la ocurre que la utilicé para conseguir habitación en un hotel cerrado?

-No, no. No se te ve cansado. Tú estás triste. No te preocupes. Que me traigo la crema.

Yo sonreí con sorna.

-¿Cuando vas a volver?

Me encogí de hombros.

-No sé. En dos semanas.

-¿O más? -dijo como quien se teme lo peor.

-Cuando me dejen- repliqué.

-Si quieres, cuando vengas, me llamas y quedamos para comer a medio camino. Yo me acerco adónde quieras. Ten mi móvil. Llámame para lo que quieras. De verdad, sin problema. Hacemos una comida en...

-No puede ser. Vengo con mis hijos.

-Y ¿qué?

La miré como si estuviese loca. Pero guardé su tarjeta. No podía permitirme desairarla. Me echaría de allí, me prohibiría la entrada con su derecho de admisión y ¡adiós, Michelle!

¿Cómo he podido meterme en esto? ¡Con la dueña! ¡Con un ogro! Pero ahora lo tengo más claro. Volveré, por supuesto, a las dos semanas. Y le diré que... "Mira, no sé cómo pudo pasar, pero no va a volver a pasar. Tú sabes por quién yo vengo aquí". Y que haga lo que quiera. Me dará tiempo a preguntar a Michelle si quiere volver a verme o no. Y si dice que si, nos veremos cuando libre. Y si dice que no... Pues bueno, una pena es, pero, al menos, la tuve una vez. Pero algo me dice que si insisto, me aceptará. Y para insistir hace falta tiempo, y para tener tiempo, debo estar a buenas con la dueña... Bueno, pues seré cruel. La preguntaré por la crema y por lo que haga falta, hasta que logre hablar a solas con Michelle.

Esto debería ocurrir dentro de... 5 días. Deseadme suerte, toda la suerte. Necesito de veras a Michelle, para siempre.

Publicado por Andrey a 03:54:27 in amoríos | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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