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Basilisa "La sabia"

CONSULTORIO GRATUITO DE PROBLEMAS EN LA PAREJA
Un hombre sin norte II (30-06-2006)

Si, y definitivamente sin norte. Pido perdón a los asiduos por dejar pasar tanto tiempo sin contar lo sucedido, pero me hacia falta poder digerirlo y... soportarlo. La cagué. No hay mejor modo de decirlo. No sé me ocurre nada peor que pudiera haber hecho. Ahora Michelle probablemente me detesta y se detesta a sí misma por haberse entregado a alguien como yo.

Eso sí, NO ME EXPLICO CÓMO PUDO OCURRIR. Fuí a verla, como ya sabéis, lleno de nervios, de miedo y de esperanza. Lo que en absoluto me imaginaba era que el hotel estuviera cerrado. Y os lo juro: fué verlo y empezar una tormenta que duró cuatro horas. Sí, habéis leído bien: CUATRO horas encerrado en el coche porque no cesaba de llover, de tronar, de relampaguear... Las orillas de la laguna parecían las del caribe en pleno huracán.

Me entretuve con el GPS hasta llegar al final de la carretera. ¿Cómo podía estar el hotel cerrado, y cuando encima tenía una reserva? ¿Qué respeto era ese para los clientes? Volví a pasar delante, y vi la reja entreabierta y el Audi de la jefa aparcado frente a ella. Me pareció extraño. ¿Dónde estaría Michelle? Me entretuve mirando una cascada cuya visita siempre había pospuesto. Luego compré la cena, decidido ya a pasar la noche en el coche: queso y pan. Al volver a pasar delante, lo ví todo peor: verja cerrada, ni sombra de coche. ¡No daba crédito! Y seguramente no me lié a patadas con un cubo de basura porque aún quedaba la posibilidad, ya segura al 100%, de verla al día siguiente.

Me quedaba aguantar la noche. Me busqué una playa recóndita y comencé a tomar whisky. Llegó el momento de llamar a mi esposa. Descubrí que no había cobertura. Quedaban escasos minutos para que cayese la oscuridad completa cuando con la excusa de encontrar el lugar más cercano desde donde fuera posible llamar, volví a conducir rumbo al hotel. Cual fue mi sorpresa cuando de nuevo vi el Audi y la verja abierta por completo.

Atisbé entre unos arbustos y sólo vi al guarda y a la dueña. ¿Y Michelle? Estaba claro: si ella no estaba dentro, llegaría para dormir, por lo tanto: YO DEBIA ESTAR DENTRO.

No me apetecía liarme a charlar con la dueña, pero en honor a Michelle, franqueé la verja, ignorando aún como sería recibido. También para mi sorpresa, la dueña me saludó efusivamente desde lejos y enseguida me ofreció una copa que por supuesto, acepté.

Dicha dueña es una mujer de bien pasados los cincuenta y pasados los cien kilos de peso. Gorda, mofletuda, con la papada unida al escote... El pecho formando un bloque único sobre su barriga... Total, desagradable. Bueno, ahora ya no me supone tanto trauma, pero, de alguna misteriosa manera, quizá me puso algo en la bebida, un par de horas más tarde ella me hacía una mamada en la hierba. El lapso de tiempo desde la primera copa hasta "eso" no lo recuerdo. Pero sí el horror de verla encima de mi diciéndome:

-Ahora estoy más seca que una esponja en una residencia de ancianos, pero tú espérate a la próxima vez: me traeré mi crema y ya podrás entrar, ya.

Osea, yo... ¿quería tirármela? ¿!Cómo?! ¿Por qué? ¿La desesperación por no hallar a Michelle me hizo buscar solaz con el monstruo más cercano? Sinceramente, no doy crédito a lo que pasó. Nunca me había ocurrido. Yo sólo me ocupo de mujeres hermosas.

Pues bueno, y aquí suspiro y rebufo, a la mañana siguiente desperté con una resaca de bastante espanto, pero al abrir las cortinas y asomarme, vi, con mis ojos entrecerrados y el ceño fruncido por el dolor de cabeza, a Mi ansiada Michelle barriendo el patio. Fué como caer en un fresco remanso de agua, en un balneario de salud. ¡Ella-estaba-allí! Ya, y mi resaca también. Y la boca de la dueña en mi ***** también. ¡Dios...! ¿Cómo pude?

¿Sabéis lo que es el peso de la vergüenza? ¿Y el del miedo al rechazo? Pues así bajé a desayunar: temiendo que todos supieran que un bombón como yo, por alguna perversa desviación mental, se había enrollado con la dueña. ¿Qué iban a pensar de mí? ¿Que me daba igual con quién? De veras que la idea era repugnante: Michelle y su jefa son incomparables.

Bueno, bajé con la mirada fija en el suelo, por supuesto. Menudo horror cuando ví que la dueña estaba en la barra. ¡Y no sólo eso! Me hablaba como si por la noche hubiéramos tramado cientos de futuras citas en secreto.

-¿Qué tal, guapo? ¿Has descansado bien? Ya veras cuando tenga mi crema, ya. ¿Qué quieres tomar? ¿Café?

-No, zumo de piña.

-¿Quieres tostadas, hombretón?

-No, gracias.

De reojo trataba de atisbar a Michelle, pero a la vez quería exterminar a la maldita dueña con la mirada. ¿De qué coño iba? En ese momento Michelle entró y me saludó por la espalda en un tono muy confidencial. Noté que la jefa observaba mi reacción, así que la devolví el saludo con total indiferencia, maldiciéndome a mi mismo.

¡Joder, menuda situación! Y, ¿ahora qué? Si la jefa veía que yo estaba por Michelle, me denegaría la entrada y... ¡adiós, Michelle! O echaría a Michelle y... también ¡adiós, Michelle!

Apuré el zumo para alejarme de los secuaces guiños de la dueña lo antes posible. Al regresar a la habitación a llevarme los puños a la cabeza, volvía a cruzarme con Michelle, que de nuevo me saludó con gran jovialidad y brillante sonrisa. La respondí, a mi pesar, con frialdad.

¿Qué maldita argucia del destino me había liado nada menos que con la dueña? Me tiré en la cama a pensar qué hacer sin por supuesto hallar ninguna solución. Exterminar a la dueña: borrar de su cabeza lo ocurrido. Ya... Bonitas fantasías.

Sin ninguna gana de bañarme, bajé a la playa; había que justificar mi presencia allí, ¿no? Continuamente miraba hacia el bar. Michelle no salió a mirar durante tres horas. Y empecé a preocuparme. La vez anterior me la había encontrado con frecuencia merodeando a mi alrededor. Si no salía, era por algo. Y tanto. Más tarde supe que la dueña la mantenía en la barra, a su lado, vigilada.

Fui y volví de la habitación no menos de cinco veces y en todas, con el rabillo del ojo, vi a Michelle en la barra. Por nervios, retrasé la hora de comer. Cuando llegó el momento, me entretuve charlando con unas monjas que estaban por allí, también de camino al restaurante. Me apoyé en una columna a la sombra antes de franquear la entrada, para hacer acopio de valor, celoso de que Michelle estuviera liada con alguno de los obreros que pintaban la fachada y que por eso no hubiera salido a verme.

Inesperadamente me encontré con su mirada, y era fria y recriminatoria. Tragé saliva y entré. Como quien no quiere la cosa, me senté en la barra, y enseguida vino la dueña. Michelle se ocultó de mi vista, entretenida en ordenar bolsas de tila al amparo de otra columna. Y la dueña me observaba. Podía notarlo. Miraba a mis ojos para ver a donde se dirigían y miraba a Michelle. Y no se apartaba ni por un momento. La maldita dueña me puso otro zumo, sin dejar que Michelle se acercara. Yo me puse a leer un libro pasando de ambas, pero sin dejar de observar a mi deseada de soslayo.

La dueña tenía la típica actitud de la mujer que sabe que se ha llevado al huerto al hombre más codiciado, lo que me exasperaba. Ignoraba si Michelle lo sabía o si estaba enfadada o qué. Desde luego, amable no estaba. Preciosa y sublime, sí. Era una delicia paralizante mirarla.

Sonó el teléfono y la dueña hizo incluso que Michelle atendiera la llamada. Y por fortuna era para la dueña. ¡Al fín se fue! Y yo, con todo el temor del mundo, me atreví a dirigir la palabra a Michelle, que andaba en plan "paso de ti- no me importas un bledo".

-¿Te dijeron algo por lo de la habitación? -inquirí-

-Que va -dijo presumida, como si se supiera tan preciada que sabía que no iban a echarla ni por eso ni por mucho más -El guarda no dijo nada. Pero la dueña sí que se enteró de lo otro -añadió con un movimiento de hombros de impotencia.

Yo me quedé sorprendido. Si la dueña sabía que yo me había acostado con Michelle, ¿qué? ¿Estaba mal de la cabeza? ¿No estaba suficientemente claro que yo preferiría a Michelle SIEMPRE?

La dueña regresó, me miró y abrazó a Michelle en plan: "Somos grandes, compañera. Ambas nos hemos tirado al tío bueno". Me quedé perplejo. Noté como Michelle le seguía la corriente y luego se retiraba a sus bolsas de tila tras la columna. Así que la hija de puta de dueña le había dicho a todos que se había líado conmigo... ¿Se puede ser más perverso? Y encima comenzó a preguntarme delante de Michelle cuando yo pensaba regresar. Y otra mencionó lo de su estúpida crema.

Yo estaba furioso y desarmado. No encontraba más culpable que a mí mismo. Necesitaba una foto de Michelle, al menos, eso, para tener siempre a la vista el rostro de la mujer más hermosa con la que he estado jamás. Ella sonrió cuando con una excusa tonta les hice una foto juntas. Y con arrogancia cuando con una excusa más la saqué a ella sola. Luego fotografié a las monjas. Luego le pedí que me sacase una. Y después, fingiendo que me quedaba sólo una...

-Bueno. Pues otra a ti.

Y ahí la ví sonreir con alivio. Y en la foto se la ve, mirándome directamente, como agradecida. ¿Quién sabe lo que pasa por la mente de una mujer? Puede que por su cabeza ni se pase la idea de que la dueña es una hembra repugnante fisicamente. Puede incluso que crea que me la tiré para acercarme a la dueña. No lo sé. ESTOY PERDIDO. Sólo sé que QUIERO a Michelle. Quiero un hijo de ella. Me casaría con ella.

Tras lo de las fotos, la dueña, inesperadamente, volvió a ausentarse.

-¿Siempre libras los mismos días? -pregunté a Michelle tras lograr que se acercara al pedirle otro café.

-No. Normalmente los martes. O los jueves. O cuando a ella le da la gana cerrar sin avisar -explicó con rencor- Aquí nunca te avisan de nada.

-Y... ¿te quedas aquí?

-A veces sí. Otras me lleva su hija al pueblo de al lado. Trabaja allí en un concesionario.

Yo quería proponerla encontrarnos en uno de sus días libres, pero la dueña volvió, y al instante, Michelle se alejó a seguir colocando no sé qué al abrigo de una columna.

La dueña nos miró, pero se hizo la resabida.

-¿Te pongo una copa? -me ofreció.

-No, ¿qué dices? Tengo que conducir -me negué.

-Hmm, mirá, tienes razón. Haces bien.

-Si me abres la puerta, saco el coche.

Ella había logrado que yo metiese el coche en el recinto, y no me dejaba sacarlo de ningún modo. Se lo había insinuado no sé cuantas veces durante toda la mañana.

-A mi no me molesta. Está bien ahí, pero si quieres...

-Es que le da el sol -objeté.

-Que va. Ahí lo dejo yo y está a la sombra.

Desistí. Volví al agua. La dueña había enviado a Michelle a ocuparse de unos clientes sentados en unas mesas MUY alejadas.
Media hora más tarde decidí irme.

-Si me invitas a un último café... -dije a la dueña.

Michelle no estaba en la barra.

-Se te ve triste.

-Es que estoy cansado -mentí.

¿Acaso no estaba claro? Pero, ¿cómo puede una mujer de más de cincuenta años no saber que no tiene nada que hacer entre una chica como Michelle y yo? ¿No se la ocurre que la utilicé para conseguir habitación en un hotel cerrado?

-No, no. No se te ve cansado. Tú estás triste. No te preocupes. Que me traigo la crema.

Yo sonreí con sorna.

-¿Cuando vas a volver?

Me encogí de hombros.

-No sé. En dos semanas.

-¿O más? -dijo como quien se teme lo peor.

-Cuando me dejen- repliqué.

-Si quieres, cuando vengas, me llamas y quedamos para comer a medio camino. Yo me acerco adónde quieras. Ten mi móvil. Llámame para lo que quieras. De verdad, sin problema. Hacemos una comida en...

-No puede ser. Vengo con mis hijos.

-Y ¿qué?

La miré como si estuviese loca. Pero guardé su tarjeta. No podía permitirme desairarla. Me echaría de allí, me prohibiría la entrada con su derecho de admisión y ¡adiós, Michelle!

¿Cómo he podido meterme en esto? ¡Con la dueña! ¡Con un ogro! Pero ahora lo tengo más claro. Volveré, por supuesto, a las dos semanas. Y le diré que... "Mira, no sé cómo pudo pasar, pero no va a volver a pasar. Tú sabes por quién yo vengo aquí". Y que haga lo que quiera. Me dará tiempo a preguntar a Michelle si quiere volver a verme o no. Y si dice que si, nos veremos cuando libre. Y si dice que no... Pues bueno, una pena es, pero, al menos, la tuve una vez. Pero algo me dice que si insisto, me aceptará. Y para insistir hace falta tiempo, y para tener tiempo, debo estar a buenas con la dueña... Bueno, pues seré cruel. La preguntaré por la crema y por lo que haga falta, hasta que logre hablar a solas con Michelle.

Esto debería ocurrir dentro de... 5 días. Deseadme suerte, toda la suerte. Necesito de veras a Michelle, para siempre.

Publicado por Andrey a 03:54:27 in amoríos | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
A punto de hallar el norte (20-06-2006)

(Continúa del artículo "Un hombre sin norte")

Se ha llegado el día D. Hoy me propongo a cualquier precio ir a ver a Michelle, asunto que aún no le he comunicado a mi esposa. En las dos semanas transcurridas he ido acumulando una terrible inquina contra esta última. Obligarme a hacer el amor con ella para que no ponga pegas a mi pequeño viaje ha sido de lo que más esfuerzo me ha supuesto: el egoísmo de mi mujer la está tornando odiosa para mí.

Me quedan 23 minutos para salir sin demora. Os mantendré al corriente.

Publicado por Andrey a 12:28:06 in amoríos | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
Un hombre sin norte (07-06-2006)

Estoy de Rodríguez, y me fastidia no estar sacándole ningún partido. Mira que es raro que mi piva se pire. ¡Sólo lo hace una vez cada dos años! Esta vez ha surgido de improviso. Una muerte en la familia. No tenía porque ir al entierro de un familiar no directo con el que no mantiene el contacto, pero le ha dado la gana marcharse a 6000kms durante tres días. ¡Pues allá ella! Y, ¿qué he hecho yo? Bueno, he quedado con una compañera para resolver unos asuntos. Me la tiré hace una semana, pero habíamos bebido bastante, así que, sólo lo doy por supuesto. Pero a lo que voy es que hoy podría haber repetido y he pasado. Últimamente no encuentro ninguna tía que me mole. Es un desastre.

Mira que yo soy romántico, pero... nada. Esta está bastante buena, tiene pelas, un coche que es una pasada, un cuerpo moldeado... más, como está demasiado dispuesta, yo paso. ¡Si hasta me ha planchado la camisa que me dejé en su casa! Y la pobre intentaba disimular que no le importaba el tiempo que yo me quedara, pero se le notaba. Luego hay otra que... yo alucino. Está pillada por mi y el otro día me lo soltó claramente. Que no pudo dormir en tres meses desde que estuvo conmigo. Yo fui demasiado caballero para decirle que ella fue un simple polvo en una noche de fiesta. No me disgusta ser el dueño y señor de sus fantasías, pero de ahí a hacérselas realidad, pues no. Además, guapa no es, pero tiene un cierto atractivo. Y un pedazo de chalet con piscina al que siempre intenta invitarme. Pero ni loco. No aguanto saber que sueñan conmigo y que aunque finjan que no les importa, en realidad están desesperadas porque yo cambie de opinión y me digne a revolver las sábanas con una de ellas. Y hay otra más. Por esta última sí que estuve pillado. Hasta que descubrí que ella me evitaba por tonterías como no salir con hombres casados. ¡Venga ya! ¿De qué va a servirle? Yo voy a ser infiel cuando me venga en gana con o sin sus impedimentos. Con eso paso de ser una diosa a convertirse en una gilipollas. Porque además, entre nosotros se daba la famosa química. Decir que no a un romance del que te provoca escalofríos con sólo una mirada sólo porque uno esté casado es absurdo por completo. Así que, dejé de sentir nada por ella. Y ahora, no me queda nadie.

Hubo otra, guapísima de darle un 10, parecida a Diane Kruger, alardeando de tener pareja y de tener que hacer “esto con mi novio, mi novio lo otro”. Yo, sin ninguna intención de ligar, sino simplemente de reconocer lo que es bello, le dije que tenía unas piernas preciosas. “Y eso que no me has visto en minifalda” me respondió coqueta. Y yo pensé: “¡Venga ya! ¿A qué venía entonces lo del novio?”. No sé, igual se creía que estando “cogida” resulta más apetecible. Antes de lo de la minifalda yo me lamentaba de que tuviese a su novio en tan alta estima, pero cuando se me insinuó... adiós todo interés.

Y así estoy como estoy: con mi mujer fuera y sin sacarle partido por no haber ninguna que me inspire. Bueno, una hay. Pero me temo que esa es de mi carácter. Ya me ha visto en compañía de mi esposa y ha notado mi interés. Lo supe por su sonrisa socarrona de “otro más que ha caído”. No hay por dónde cogerla. Una pena, porque esa sí que es toda una hermosura, rubia de ojos azules, de padre alemán y madre rumana. Ya se me ocurrirá algo, aunque sólo sea para pasar el rato. Con éstas, lo único que funciona es andar en su presencia sin hacerles ningún caso. Aunque ya lo probé y no la convencí. Piensa que estoy pillado. Y todo porque se me ocurrió ir a tomar un café a solas y preguntarla de dónde era. Ella pensó que me había escabullido de mi mujer aposta para comenzar a ligar. Bueno, ya caerá, ya.

(Un día después)

Al final me decidí a ir a por la tía engreída. He puesto en práctica una táctica que parece estar dando resultados: ponerme a charlar con su compañera e ignorarla a ella. Ya se sabe que los celos son ciegos, y por muy poco agraciada que sea su amiga, ¿quién sabe? Puede pensar que igual a mí me interesa más. Es una camarera, lo admito, pero sólo por haber nacido en un país con mala suerte económica. Además, el destino ha actuado en mi favor. No quedaban habitaciones en el hotel donde ella trabaja. Un fastidio inmenso porque entonces me quedaba sin excusa para permanecer alli. Su compi me invitó a otra caña y mientras, la jefaza se lo pensó y me dijo: “Te doy una habitación pero mañana a las 8:45 tienes que estar fuera”. ¡Bingo! El viaje no había resultado en vano.
Y ella, con quien no había cruzado una palabra hasta entonces, se ofreció a mostrarme el camino a la habitación. Le pregunté su nombre como quien no quiere la cosa, y tiene un nombre digno de acostarse con ella sólo por él: Michelle von Rheinholm, nada menos. La cosa va viento en popa. Ahora me queda volver a bajar y lucirme ante ella en bañador. Dentro de una hora, y no antes, le pediré una copa y quizá, según las circunstancias, le pregunté si hace algo esta noche; más disimulado, por supuesto.

(...) Las prisas por venir a verla me han impedido perder tiempo parando para comer. No ha ocurrido mucho digno de mención en estos tres cuartos de hora, excepto que ella ha salido a comprobar dónde me hallaba. Luego su compañera se ha tomado un descanso y ha salido a sentarse cerca de mí en la playa. La compañera es más mayor y parece ser que tiene la prioridad de hacer elecciones, pero charlar con ella me ha servido para averiguar que Michelle se queda a dormir en el hotel y que trabaja hasta que cierran. Aún tengo tiempo para pensar, pero el tiempo apremia. Son ya las 19:15. Voy a inflar la barca y salir a navegar. Luego, con la excusa de dejarla en el almacén, quizá me la encuentre y la ofrezca venirse a dar un paseo por el lago. Quizá ahora me pase por el bar a ver si está y me pida un té, para descansar un poco del Jack Daniels, que junto al entusiasmo, se me está subiendo a la cabeza.

(Unas cuantas horas mas tarde) La tía está que flipas. Gracias al dueño hemos compartido mesa y por lo que se ve, hemos quedado dentro de media hora para salir a pasear. Dudo que aparezca. Tiene sólo 21 años. Yo le echaba 27. Tendré que conformarme con vagar a solas por ahí, a ver si aparece. Pero es que está deliciosa. Me conformaría con una foto suya. Y mi hijo acaba de dormirse. ¿La encontraré?

¡Ella vino a llamar a mi habitación! ¡Fue grandioso! Voy a adjudicarle el primer puesto entre mis conquistas. ¡Qué cuerpo, qué cara! No me entretuve ni un segundo en dudar y atrapé sus labios. Ella cogió las llaves de una habitación y enseguida fue mía. Es una obra maestra. Un compañero suyo nos pilló y la echó la bronca por usar habitaciones, así que salimos fuera, a un bosque. ¡Qué modo de cabalgarme! ¡Qué insaciable! Me siento en la gloria al recordarlo. Si pudiera volver a tenerla ahora mismo otra vez... Una auténtica delicia. ¿Quién sabe si volveré a gozarla?

(Al día siguiente) A mi pesar tuve que madrugar a las 10:45. Bajé a la playa del lago y tuve que darme una vuelta en barca para ocultar mi erección. No se me quita. Aún sigo sintiendo el éxtasis. Aún veo su rostro, aunque temo que pronto se me borre de la memoria, como siempre me pasa cuando alguien me gusta mucho. ¡Qué bella es! Y cómo ansiaba volver a verla. Confiaba en que saldría, me vería en la playa y vendría a tumbarse a la playa y cuando a las 13:00 no apareció, fui a preguntar al guarda. ¡La desilusión me bañó como el agua de una ducha cayéndome lenta! Se había marchado a un pueblo a 36kms de allí.
-Volverá luego a la tarde.

Puede que ella me lo comentara, pero no lo recuerdo; desgraciadamente bebí demasiado y no sé ni cómo llegue a la habitación. ¡Qué inmensa lástima no verla! No saber si voy a tener otra oportunidad de que se repita el suceso. Debí haberle hecho una foto. Nunca había estado con una mujer que se le acercara. Es perfecta. Soñaré con ella siempre, siempre. Ahora no sé si volver la semana que viene. ¿Y si no le agrada verme? ¡Será un horror! La necesito de nuevo, ¡la ansío! Tenerla de nuevo en mis brazos, tocar su cuerpo, volver a poseerla y saborear cada sensación, sin una gota de alcohol. El martes. ¿O dejar pasar una semana para que sufra por mi? No sé, algo me dice que habré de conformarme con esta única y gloriosa vez. Al menos, encontré su mechero cuando añorante, fui a visitar el lugar del bosque donde lo hicimos. Y las huellas de su culo perfecto aún estaban marcadas en la blanda arena.

Volveré a verla pero no a tenerla, seguro. Sino, ¿por qué se ha ido al pueblo? Debí haber preguntado al guarda, aunque no creo que sea nada ineludible. Podría haberse quedado conmigo y sin embargo, se ha ido. Quizá me puse demasiado borracho al final de la noche. Y me temo que Cupido, esta vez, me ha herido de gravedad.

(...)

Han pasado diez días desde que la ví por última vez, y me parece que sean meses. Estoy plenamente hechizado, dirigidas todas mis energías y argucias a lograr verla por segunda vez. La carencia de información es insoportable. Eso de tener que haber partido sin saber en que condiciones nos despedimos...
Y tres días tan sólo me duró su hermoso y perfecto rostro en la memoria. No he logrado volver a vislumbrarla más que borrosamente, cuando por casualidad parece que yo adopto alguna de sus expresiones. Sólo en esos momentos se me aparece de golpe alguna parte de su fisonomía y así he podido recordar. Sobre todo, veo su cara de intenso y fulgurante placer contenido.

Me pregunto de continuo si pensará en mi, si esperaba verme esta semana. Menos mal que es útil cancelar una cita: es agua de santo para girar un corazón a favor de uno. Me habría sido imposible ir, tal y como yo quería.
Además, mi esposa, parece barruntar algo. ¡Ah del sexto sentido de las mujeres cuya existencia constato a menudo ultimamente! Fue regresar ella de su viaje y comenzar a objetar contra mis excursiones, cuando días antes estaba completamente a favor de que la librásemos de nuestros gustos naturistas.
Algo ha debido hacerle intuir el peligro y la pobre ha decidido por fin portarse bien conmigo. Ahora dice que quiere "intentar" venir conmigo para que siempre estemos juntos e incluso tratar de interesarse por tomar parte en mi aficción a los deportes de aventura. Si pudiera decirle que hace mucho que ya no hace ninguna falta... Incluso me mortifica queriendo hacer el amor cada dos noches, quizá para dejarme haíto e impedir que me queden fuerzas para otras. Fuerzas, ¡ay, sí ella supiera! Viendo a Michelle, me recargo al instante de energía.

No me gusta que mi mujer se ponga en este plan lastimoso y lisonjero cuando dentro de cuatro días pretendo "escaparme", con o sin su aprobación, a ver a mi idolatrada teutona. Si la esposa se porta bien, es más fácil sentirse culpable, pero no soy yo de los que recapaciten, vean que algo es injusto y se echen atrás. Con Michelle, simplemente soy incapaz. He de verla, y he de tenerla. Y ya, no hay vuelta de tuerca. Es mi única meta y mi único horizonte. ¡Es superior a mí! Es la naturaleza la que ha hecho que nos fijemos uno en otro, cuestión de química en grado superlativo, fuerza mayor, es decir: es INEVITABLE.

Y mi esposa anda quejándose de pronto de que no le añado un "cariño, te quiero" cuando escribo algún producto en su lista de la compra. Y cada noche viene a mi con una u otra excusa, y sólo una de cada dos consigo rechazarla. No disfruto con ella. Ni imaginando que es Michelle. No hay ninguna parte de su cuerpo que al tocarla yo pueda siquiera creerme que toco a Michelle. Michelle es firme y cabalga a mi ritmo, y no cambia de postura por agotamiento cada diez segundos ni resuella asfixiada como mi mujer. No es que mi esposa esté mal, pero no puedo equipararse a una diosa. Además, se ha dejado estropear mucho.

Como decía, dentro de tres días y veintidos horas, puede que logre estar viendo a estar Michelle de nuevo. Si la han despedido por nuestra gamberrada nocturna, no sé qué haré: si me sentiré morir o trataré de buscarla a cualquier precio. Tengo que verla, es todo lo que sé. Y mi subconsciente también sabe cuán necesaria es ella para mí.

Hoy he tenido una pesadilla muy ilustrativa al efecto. Luego la he analizado: resulta que yo estaba de viaje con mi mujer. Conducía ella y acontecía lo de siempre: se metía por prohibido, casi se da contra un coche, le ponían una multa... Luego aparcaba en un descampado e íbamos a ver el casco antiguo de alguna ciudad árabe. Al regresar al coche, la noche era tan negra como el interior de una cueva abisal. ¡No se veía nada! Nada, excepto una bandera que colgaba en el cielo con extraña luminiscencia propia; la bandera del hotel en el que trabaja Michelle.
Cada uno por su lado, tratábamos de encontrar un sendero que nos llevaría al coche. De pronto, al dar un paso, metí un pie en el agua. Pensé que era un charco. Dí un paso más y el agua ya me llegó a las rodillas. Dos pasos más, y a medio muslo. Era un pánico terrible temer estar metiéndome en un pantano profundo y desconocido en plena oscuridad. Empezaba a ponerme nervioso cuando una voz calmada me decía: "No pasa nada, André. Simplemente ve hacia la bandera. Allí está la orilla". Y obedecí, y tras salvar dos rocas bajo el agua, volví a salir a tierra firme. Mi esposa debía andar por ahí, igual de perdida.

¿Veis? El mensaje está claro: se me muestra cuán torpe e incapaz es mi mujer y cómo sólo Michelle puede salvarme de ellas y del ahogo de las aguas.

Aún no le he dicho a mi esposa que me voy. Temo que se ponga a quejarse y a prometerme que se dará de baja para venir conmigo. Eso sería inadmisible, ya comprenderéis. Creo que se lo diré ese mismo día. La llamaré al trabajo y diré: "Oye, he pensado que me voy a los lagos. Ahora que aún no hay mucha gente y que trabajo este fin de semana y que en julio voy a trabajar a tope...". Y no podrá decir que viene conmigo. Aún he de lograr que no acuda a una fiesta en el colegio de nuestros hijos. Venir no va a venir, pero quiero que se excuse diciendo que está muy ocupada. Así, si por un casual quiere acompañarnos, le recordaré lo atareada que está.

Bueno, un poquito menos de cuatro días para saber la verdad y... ¡para ver a Michelle!

Colaboración del Comte Andrè de Nivernais

 

 

 

 

Publicado por Andrey a 13:47:03 in amoríos | Comentarios(1) |  Permacoplamiento
Como saber si una tia está por ti (07-06-2006)
Hoy he roto una de mis reglas inquebrantables: quedar con una amante en compañía de uno de mis hijos. Y mira que es peligroso. Luego el crío lo menciona y... charla, bronca, divorcio... Pero las circunstancias son las circunstancias, y esto me recuerda a mi madre, siempre criticando a las adolescentes que se quedan embarazadas y abortan: "¡Eso es matar a un ser humano! ¿Qué no tenían preservativo? Pues que no lo hubieran hecho". Ya, ni que fuera tan fácil. Cuando estás ante la oportunidad de tu vida, aceptas el riesgo.
Pues eso me pasó a mi.
Publicado por Andrey a 02:18:24 in lo + alucinante | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
Desnuda en el pasillo (03-06-2006)
Buenos dias, Basilisa. Soy nueva aqui, pero tengo una historia que por lo menos ahora, me provoca sonrisas, porque cuando paso, era para caerse sentada de espanto. Nada, se me subio una amistad recien adquirida a la cabeza con mas velocidad que las copas que me estaba tomando, con lo que, como de costumbre, me puse en un plan muy erotico, proponiendo jugar al strip-boli entre tres. Y empezamos a jugar, si, pero uno de los dos chicos, mi nuevo amigo, se fue. Supongo que por los rollos entre tíos de que yo le gustaba mas al otro desde el inicio. Y nada, en pelota picada y con la mente nebulosa, cuando vi que el tema pasaba a mayores, ¿qué se me ocurrió? Abortar la misión y huir desnuda a mi habitación, y encima, ¡sin la llave! Y esto en un hotel, ¿eh? Asi que me alegro de haber perdido la memoria sobre lo que paso a continuación. Miedo me da saberlo. Parece que llame a otra habitacion pidiendo ayuda, no sé si me darían algo para cubrirme pero parece que me atendió otro hombre, y... sé que desperté en mi casa, pero desnuda o vestida... No estoy segura. Me suena que alomejor me puse el camisón. Y eso, pues otra de mis meteduras de pata enardecidas por la peligrosa mezcla de entusiasmo y copas.
Marta

Pareces casi orgullosa del suceso, Marta, y no debería ser así. Puede que esta vez te haya resultado en una historia anecdótica. No quiero echarte la charla porque tu misma sabrás en los peligros que podrían haberte acechado ya que prefieres ni saber la verdad de lo ocurrido para no asustarte. Con una nueva amistad y otro chico dispuesto, ¿qué falta hace beber, mujer? Normal que te intoxicaras.
Besines...
Basilisa
Publicado por Andrey a 12:54:56 in barbaries | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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Sobre mi

Escríbeme a basilisalasabia@hotmail.com y te ayudaré con toda la experiencia de mi larga vida sin par y con mucho humor ;).

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