He estado casada tres veces. La primera empezó por amor, pero él me trató tan mal, que por venganza aguanté hasta que al final se enamoró, nos casamos y luego le dejé, sumido en el dolor.
La segunda ya fue por conveniencia. No fué mal. Pero no pude soportar que su difunta esposa ocupase siempre el primer lugar en su corazón. Un día me marché. Y la tercera y actual ha sido con un extranjero. A él le hacía falta legalizarse, pero yo tenía esperanza de que me sacase de aquí y me llevase a su país. No lo ha hecho. Seguimos aquí y aquí seguiremos.
Admitir que uno está casado por conveniencia es cómodo. Es casi una relación laboral. No puedes forjarte pretensiones románticas. Lo malo es que él se empeña en negar que se casó por papeles. Yo no le amo, ni él a mi, pero me sulfura que quiera fingirse normal sólo porque le parece terrible ser otro de tantos que trafican con el amor por motivos de inmigración.
Es denigrante cuando se empeña en usar con falsedad las palabras "Te quiero" para luego no demostrarlo jamás. Nunca, nunca ha tenido un detalle para conmigo. Por fortuna le ha ido bien en los negocios, asi que sigo a su lado por dinero; no me hace falta trabajar, pero por su obstinación en fingir que me quiere, estoy sacrificando mi vida. Al empeñarse en ser un marido corriente, pretende que todo lo hemos de hacer juntos, y puesto que detesta todos mis hobbies, no tengo oportunidad de practicarlos. Lo que más me fastidia es el cuidado que debo tener en verme con mis amantes. ¡Es absurdo! Ahora de nuevo he de acompañarle a ir de vacaciones sólo porque "un marido va de vacaciones con su mujer". Me repugna la idea. ¿Por qué no lo admite? Sería tan fácil...