Me sorprendió hace poco una conversación que escuché a dos mujeres jóvenes sentadas en un banco en un parque. Iba de infidelidad. Una hablaba de un hombre que se portaba magníficamente en casa: no sólo pasaba doce horas diarias ocupadas en su trabajo, sino que, cuando llegaba a casa, ayudaba además a poner o quitar la mesa y acostaba sin rechistar a uno de sus hijos.
Una de las mujeres mantenía que sin duda, era porque tenía una amante, cosa que ella sabía con total certeza, y que a causa de sentirse culpable por tal asunto, era por lo que colaboraba tanto en las tareas del hogar. Es decir, un equivalente al regalo inesperado de flores para compensar.
-A mi no me importaría que mi marido tuviese una amante sin que yo lo supiera. Si eso iba a significar que se va a portar bien conmigo...
-¡Ah! Pues yo no. Yo, si el mío tiene una amante, que me lo diga y que se vaya. ¡Qué se case con ella!
Eso me dio qué pensar. Esta última mujer pensaba que si su marido tenía una amante, debía por fuerza querer a esa amante más que a ella, y por lo tanto, era con la otra con la que debía irse y casarse. Craso error.
Las mujeres creen que sólo la que se convierte en esposa se ha ganado el corazón del hombre. No es así. De hecho, esposa y amante son cada una de dos mundos diametralmente opuestos.
Ocurre a menudo que una mujer ha tenido una relación pasional con un hombre para luego ver cómo él se ha casado con otra. Ella se ofende y no entiende qué hizo mal y empieza a darle vueltas a su comportamiento y atañe lo ocurrido a haber sido demasiado concesiva en materia sexual.
Pues no. Simplemente, por mucho que digan que la pasión en el matrimonio existe, no es en absoluto comparable a la que se pueda llegar a sentir con una amante.
Un hombre escoge como esposa a una buena chica; responsable, agradable, con aspecto de convertirse en una buena madre, llevar un hogar cómo se debe y junto a la que se puede estar tranquilo. Y la mujer tampoco se casa a la ligera.
"Si éste era muy distinto a todos mis otros novios. Era el más soso de todos. Me decían, <si no pegáis>. Y mira, acabé con él."
Es un claro ejemplo de que se casó con un soso, sí, pero un soso capaz de llevar un sueldo a casa en cualquier circunstancia.
En realidad, cualquier amante debería sentirse halagada de ser sólo eso: la amante. O de que nunca le hayan propuesto matrimonio.
Si estás con una mujer que te vuelve loco, ni se te pasa por la cabeza imaginarte compartiendo el tedio de la vida matrimonial con ella.
Si mi esposa supiera que yo tengo una amante, seguramente se pondría celosa y querría romper conmigo, pensando que yo prefiero a la otra. Pero en realidad, no tendría nada que ver. Sería como pretender que yo me casara con mi afición favorita. O para que mi esposa pudiera ser mi amante, entonces, no podría ser mi esposa.
Mi amante es como mi refugio; un premio secreto que me otorgo. Paso con ella dos horas por semana en el paraíso, y no quiero aumentar la dosis. Ni se me pasa por la cabeza casarme con ella. ¿Para qué?
Imagina que te encanta tomar baños de espuma con una botella de champán frío y bombones de chocolate; cosa que te permites hacer una o dos veces por meses. Pretender que un hombre pueda querer casarse con su amante sería equivalente a pedirte que si tanto te gustan los baños con champaña, ¡dátelos a diario!
Uno no aprecia lo que puede hacer a diario; se da más valor a lo exclusivo, como es bien conocido. Algunos tienen una amante. Otros se van a ver un partido en directo. Otros a un club de carretera. Otros de pesca o caza con los amigos. O al casino. Pero todo... de vez en cuando. Son pequeñas recompensas al trasiego diario. Y las mujeres también tienen amantes. Un 70% de ellas después del quinto año de matrimonio, según el informe de Shere Hite. Y otras se van de compras, o a una salida sólo para chicas, o a un spa, o... lamentablemente, muchas no saben o no pueden desdoblar su vida familiar, y pretenden que también esos pequeños placeres surjan de su marido. Intento vano.





