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misterios
¡No tiene nada de triste ser la otra! (10-04-2007)

En la imagen, nitrato de potasio ampliado.

“La otra”

Vengo leyendo una serie de artículos, el último publicado por Maggie Kim en la revista “Happen” de Hotmail, sobre cuánto sufren las pobrecitas amantes, las otras, sintiéndose secundarias y envidiosas siempre de la esposa, viendo a ésta como un pedestal que recibe todo lo mejor del marido. Pues bien, a modo de consuelo para las quejumbrosas amantes, les diré que poco tienen que envidiar a la esposa.
En concreto, las otras se quejan de cinco aspectos:

#1: Es sólo sexo, no amor.

Claro, el marido tiene tan poco tiempo para escabullirse, que le da tiempo a irse a la cama con su amante y poco más. Y la amante envidia a la esposa, quien, según ella, le tiene todos los días. Ya, pero... ¿y qué tiene la esposa? Ciertamente, ni sexo, ni amor.

Para un marido, su mujer es casi como su madre: algo que siempre está ahí y que no exige esfuerzo para mantenerlo ahí. Quizá sienta algo de apego por su esposa, dado por la convivencia, pero desde luego, no experimenta ni por asomo la clase de amor apasionado con el que sueña la amante. Y en cuanto al sexo... ¿qué sexo obtiene la esposa? La obligación de abrirse de piernas al menos una vez por semana, para cumplir, y dejarse hacer. ¡Cualquier esposa querría ser tratada en la cama como la amante, vaya!

#2: No le llames, te llamará él.

La amante se queja de que no puede llamarle al trabajo, ya que él no quiere riesgos. De su casa, no tiene ni el número. Con el móvil, ha de andarse con cautela por si acaso la esposa anda cerca. O sea, que en ocasiones se muere de ganas por hablar con él y ha de aguantarse y esperar a que sea él quién dé noticias. Y claro, ella, la esposa, puede llamarle siempre que quiera. Bueno, ¿y qué si puede llamarle? ¿De qué le va a servir? ¡Cómo si los maridos no se burlaran a menudo de lo pesada que es una esposa que llama mucho! Y además, no le llama para deshacerse en versos de amor, sino probablemente, para pedirle que recoja a los niños o recordarle que hay que ir a hacer la compra. ¿Para qué quiere la amante también poder llamarle? ¿Para agobiarle a todas horas y que así, decaiga la magia? ¡Tonterías! Es mejor dejarle en paz en ese aspecto. Seguramente, el marido a menudo se muere de ganas por llamarla, y el riesgo de no poder hacerlo le hace desearla aún más.

#3: Olvídate de citas en fin de semana.

Sí, como mucho, él podrá dedicarte un par de horas un miércoles por la tarde. Y nada de ir a locales de moda, donde él podría ser visto.

La amante anhela ir un sábado a un buen restaurante, como imagina que él hace con su esposa, cuando ella, en cambio, ha de pasar los fines de semana sin él. ¿Y qué más da? Si él sale a hacer vida social con su esposa, lo hará por mera rutina; para salir de casa en los días no laborables. Desde luego, no se va por ahí enervado con la posibilidad de una velada romántica. Seguramente, saldrán con otra pareja igual de aburrida que ellos, y en silencio, el marido anhelará la llegada del lunes, cuando de nuevo se abre la veda de posibilidades de escaparse y pasar de veras un buen rato junto a la amante.

Como se ve, no hay nada que envidiarle a la esposa. Aunque ella le vea todos los días, será para estar en la misma habitación mientras él dedica toda su atención al televisor.

#4: Mucha soledad.

El mundo de la amante gira alrededor de él, y se queja de que no puede hablar con nadie de la relación, pues sólo se encuentra con la desaprobación de sus amigos. Aparte, como no puede llamarle para averiguar cuando será la siguiente cita, a menudo no hace planes, quedándose en casa para si estar disponible por si él llama. Así que, la pobre, se siente sola, deseando ser como la esposa, que al menos duerme a su lado cada noche. ¡Ni se imagina lo sola que puede llegar a sentirse una esposa! ¿Qué es peor? ¿Sentirse solo porque se está solo a veces, o sentirse solo incluso en compañía?

Para el marido, esposa es igual a hogar, y hogar es igual a descanso. No llega a casa para relacionarse con ella. Va a casa para descansar de la jornada laboral. Le fastidia que su mujer hable sin parar. Le enerva que ella pueda estar de mal humor. ¡Qué esté de mal humor mientras él está fuera! ¿No? Ni siquiera le preocupa la causa del mal humor, sino que pueda llegar a estropearle la tarde.

La esposa, si es de las que se cuestionan cuanto ocurre a su alrededor, o por lo menos se fija, estará harta de ver la cara de tedio que se le pone a él cuando le cuenta, en un torrente inagotable de palabras, cómo le ha ido el día. Y también estará hasta las narices de que él tache de gilipolleces todo lo que a ella le parecen problemas serios. Con el tiempo, la esposa dejará de charlar con su marido para no aburrirle, y los problemas, mejor se los contará a sus amigas, que son quienes tal vez muestren comprensión.

En cambio, aunque la amante esté sola físicamente, puede estar casi segura de que en pensamiento, él la acompaña a menudo. Y después de la cita sexual de rigor, él es incluso capaz de quedarse un rato escuchándola, sin hacer nada más mientras. Y con esto, ¡ya puede sentirse mucho más acompañada que la esposa!

#5: La culpa.

Sabe que está mal robarle el marido a otra, tanto si la esposa anda al corriente como si no. Le atormenta que si cuenta su historia, nadie se ponga de su parte, y por otro lado, sabe que él nunca se divorciará.

Bien, entonces, ¿para qué sentirse culpable por quitarle el marido a otra si sabe que él nunca va a dejar a su esposa? Lo único que la amante tiene en común con la esposa es el género femenino. Al marido ni se le pasa por la cabeza compararlas. La esposa es la que él eligió como encargada del hogar y de la familia. Y la amante pertenece por completo a otro ámbito. La amante es inspiración, pasión; la que le hace flotar por encima del denso gris de la vida cotidiana, la que le hace sentirse un héroe admirado.

Al marido, ni se le pasa por la cabeza considerar que la amante pudiera convertirse en esposa. ¡Menudo metamorfosis! Él no quiere que la amante se convierta en una criada a la que le tiene cariño, pues la amante pertenece al mundo exterior, ¡al mundo de la acción! De hecho, si quisiera casarse con su amante, sería muy mala señal, indicio del sosiego que trae consigo el aburrimiento.

Hay que tener en cuenta que un hombre no se echa una amante porque le vaya mal con su mujer, sino para volver a sentir la fiebre y el orgullo del conquistador. Erróneamente, la amante piensa que si con ella se muestra tan apasionado, entonces ya ocupa un puesto en el podio de su corazón por encima del de la esposa, y no así en absoluto.

De la misma manera, la esposa es tremendamente celosa de las amantes por la misma equivocación, pero igual le daría tener celos de la afición de su marido por el bricolaje, por ejemplo.

Piensa que para él todas las mujeres pertenecen a la misma categoría y que dentro de ésta son intercambiables.

Es una verdad muy triste, cuando una mujer se da cuenta de que su marido no se casó con ella por las mismas razones que ella con él. La gran mayoría no se da cuenta nunca.

Una mujer se casa con quien cree su príncipe azúl. Se casa enamorada y gustosa de que él ocupe el centro de su universo. Una mujer está genéticamente programada para dedicarse a su familia, y dentro de la familia, por supuesto, está el marido. Pero, ¿qué pasa con el hombre? Pues que para él, la familia es algo secundario; son las bambalinas, mientras que el verdadero escenario es su vida laboral y casi todo lo que hace fuera del hogar.

La mujer le presta toda su atención; él a ella, no. La mujer espera que él sea una especia de amante, padre, mejor amigo y confidente, con quien poder contar para todo, para luego encontrarse con que su comportamiento se asemeja más al de un jefe algo déspota.

Ella se preocupa de los sentimientos de él; él de los de ella, no. Da por hecho que ella ya está contenta por el mero hecho de tenerle como marido, tanto más si tiene un sueldo elevado. Y puesto que para él la esposa pertenece al hogar, el lugar donde de descansa, ni se le pasa por la cabeza cederle a ella la elección de las vacaciones ni de lo que se ve en el televisor.

Con el tiempo, la esposa puede llegar a darse cuenta de que no es correspondida, y empezará a torturarse con los porqués, atribuyendo quizá la falta de atención y el egoísmo de su marido a la existencia de una amante que le gusta más que ella. Y no. Aunque él tuviese una amante, como mucho serviría para que él tal vez llegase a recordar la fecha de su aniversario de boda.

Si hay que tener celos de una amante, también hay que tenerlos de todo cuanto él hace fuera del hogar; de todo cuanto para él es prioritario. Pero es imposible pasar a ese otro mundo siendo esposa. Simplemente, es una solución irreconciliable.

Ser esposa le da algunos derechos, pero su vida transcurrirá en la sombra. Y como mucho, podrá contar con su marido para que acceda a ir a comer en casa de los suegros en fechas importantes, para que la lleve al médico cuando se encuentre tan mal que no pueda ir por sí sola y... Como dijo un marido defendiendo su amor:

“¡Claro que te quiero! Es más, lo he estado pensando y... Si te murieras, ¡yo lloraría!”.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por RebeccaMRM a 19:26:40 in mal de amores | Comentarios(5) |  Permacoplamiento
Hombres y BARES (31-12-2006)

Esta vez el tema va de BARES. ¿Por qué a las mujeres les sienta tan mal que sus maridos se vayan un rato a... lo que quiera ser que hagan con sus amigos? Ya que no se les conoce como grandes habladores, pues mantener la hombría significa no quejarse y ocultar los sentimientos, parece ser que se dedican a hablar de sus trabajos, de fútbol, de política y a contar chistes. Pero, ¿acaso no hablan de sus mujeres? ¡Por supuesto que sí! Y yo diría que les encanta quejarse de las pegas que ellas les ponen por salir.

-Bueno, tío, me voy. Que si no, la parienta me arma una...

Y también disfrutan cuando les suena el móvil.

-¡Otra vez Isabel! ¡Qué plasta es, colega! ¿Es que no me puede dejar ni un rato en paz?

Por un lado se quejan de las restricciones en su libertad, por otro, de si a ellas no les molesta que se hayan ido, aunque naturalmente, de esto último, no lo hacen abiertamente.

-Y a ti, ¿qué? ¿La tuya no te da la tabarra?

-¡Qué va, tío! ¿Qué dices? Eso es porque está tan enfadada que ni me habla. Ya verás. La voy a llamar por si acaso.

Y la llama.

-Oye, que soy yo. Que dentro de una hora o así voy pa' casa, ¿vale? –le dice, haciendo ver a sus amigos que ÉL decide cuando.

Y ahora imaginemos la hipotética situación en que ella, en vez de reprenderle, ya sea porque está tan enfadada que se ha puesto irónica o porque por un milagro tenga algo que hacer en lo que la presencia del hombre sea molesta, le responde:

-Cariño, no te preocupes. No pasa nada. ¡Vuelve cuando quieras!

-¿Qué? ¡Pero si solo llevo una hora! Y hace más de una mes que no veía a Paco. Ya te has enfadado, ¿no?

-No, que no estoy enfadada, ¡de verdad! Vuelve cuando quieras, en serio.

-Bueno. Pues en una hora voy –termina el ceñudo.

Los amigos observan con atención, ansiosos de conocer el resultado final. “¿Qué?” inquieren con la mirada “Cabreada, ¿no?”

-Ya. ¡Joder! ¡Otra vez igual! ¡Ni que yo saliese todos los días, coño! –protesta el afectado.

-Ya ves. Parece que según ellas uno se gasta el sueldo en el bar y llega a casa beodo perdido to's los días.

Y el pobre marido que acaba de recibir la bendición de quedarse hasta cuando le plazca, agarra su jarra de cerveza y traga ansioso para quitarse el nudo que se le acaba de formar en la garganta. Por lo menos sus amigos no se han enterado, pero la indiferencia de su esposa le ha puesto pero que muy nervioso. Sin duda alguna, en cuanto llegue a casa, comenzará con un interrogatorio con el único afán de tranquilizarse y demostrarse que en realidad, ella está tan preocupada por sus salidas como cualquier otra esposa de colega.

Y mientras tanto, ¿qué le ocurre a la mujer? Ella sabe, de otras tantas veces, lo mal que a él le sienta que proteste porque sale, y en afán de agradarle, se ha propuesto, ¡no solo no protestar!, sino recibirle con una sonrisa. Y, ¿qué se encuentra? Con las mismas acusaciones que si le hubiera montado un escándalo en toda regla. Y encima, hace lo que menos soporta, compararla con Patricia, el terror de los maridos, la súper Maruja, la mandona.

-Eres igual que Patricia. También está enfadada con Paco porque se ha venido a tomar unas cañas. ¿Es que acaso salimos todos los días, ¡joder!?

Isabel trata de contenerse, aunque siente las palabras arremolinándose en su garganta, cargadas de acusaciones demostrables con fecha y hora. ¡Claro que no sale todos los días! Pero es que... ¡ella no sale nunca! ¡Nunca! Y si queda con sus amigas, no lo hace en momentos en que pueda privar a su esposo de su compañía, sino mientras él está trabajando.

 

Para las mujeres es difícil de comprender. El trabajo del hombre no parece tan duro como el de la casa, sobre todo si en el matrimonio hay niños. Y a menudo ella también trabaja y ha de apresurarse a regresar a casa para continuar sus tareas. Es impensable que pueda permitirse el lujo de quedarse por ahí en un bar con compañeras, y sin embargo, su marido lo hace con mucha más frecuencia y sin ningún remordimiento de conciencia, ¡como si lo mereciera y tuviera pleno derecho a ello!

 

Puede que algunas mujeres ansíen la llegada del esposo para que colabore en el hogar, o para charlar con él y desquitarse un poco del estrés del día, pero en el fondo, la raíz del problema es otra:

SI ÉL PREFIERE ESTAR FUERA,

ES QUE NO LE GUSTA ESTAR EN CASA,

LO QUE POR LÓGICA LLEVA AL PENSAMIENTO DE QUE

SU MUJER LE DESAGRADA

Para ella es un hecho. Prefiere a sus amigos a estar con ella, e incluso si está en casa, ¡también prefiere el televisor a estar con ella! Con el tiempo, ella acaba sintiendo que lo único que significa para él son camisas planchadas, comida caliente y sexo a petición.

Y desgraciadamente, es así. La mujer cree que el hombre da el paso hacia el altar por amor, como hace ella; la realidad es al revés. Diversas encuestas demuestran que la inmensa mayoría de hombres no se casan con la mujer de la que están enamorados. ¿Os suena la frase de “los hombres se divierten con esa clase de chicas, pero no se casan con ellas”? Pues ahí está la clave.

Para un hombre, el hogar es el lugar donde descansa; es decir, allí donde no pasa nada. La verdadera vida, la aventura y la emoción transcurren fueran de los muros de su refugio.

Cuando un hombre se decide por una mujer, no busca sufrir en casa el abrasador y agotador fuego de la pasión, sino una hembra tranquila que le procure descendencia y mantenga la casa limpia y cómoda.

Su única labor al respecto es procurar sustento, lo que traducido a épocas actuales significa ganar lo suficiente como pagar la hipoteca, pagar los recibos y si sobre para caprichos y ocio y vacaciones en el extranjero, mejor que mejor. ES TODO LO QUE ÉL TIENE QUE HACER.

Así que, para la esposa, hacer del marido un amante atento y apasionado es tarea más imposible que convertir metales en oro. Un hombre puede desvivirse por una amante; nunca por una esposa. La esposa está ahí para preocuparse por él, y por eso no está mal comprobar que ella se alarma cuando sale de noche con sus amigos. Mas, una cosa es ver que le disgusta y otra muy distinta es verse castigado con privación de sexo durante una semana. Eso no va según las normas. Ella no está ahí para opinar sobre lo que él hace. Él ya gana lo suficiente y eso debería bastarle.

Por eso, él único modo de sobrellevar las pasiones de puertas afuera del hombre es resignarse a vivir como la sombra que eres y admitir que, después de todo, lograr que se casara contigo no fue un triunfo, sino todo un fracaso: le resultaste lo bastante aburrida y monótona como para creer que contigo tendría un hogar en paz.

Ofensivo, ¿no? Pues aunque quieras vengarte y tratarle de igual modo, como si él fuera el punto menos prioritario de tu vida, no vas a lograr mucho. Y lo mismo pasará si te da por intentar hacer milagros convirtiéndote en la esposa ideal que llegue a ocupar su centro de atención: es IMPOSIBLE. Y por muy buena que seas o por muy bien que finjas que no te importa que él se vaya al bar con sus colegas, ya se encargará él de demostrar que no es así.

¿Te suena contradictorio? Pues tiene fácil explicación: los celos en una esposa se suponen una cualidad.

Es una triste verdad, una vez se sabe, ver cuan poco significas para él como esposa. Al fin y al cabo, ¿qué quiere él de ti? ¡Oh! Que te muestres contenta y satisfecha con su sueldo y esfuerzo laboral, que le adores, que le hagas sentirse un héroe, el mejor amante y, puestos a pedir, que no engordes, que te mantengas bonita, que te vistas de modo sensual, en casa al menos, que no hables por los codos, que cocines bien, que le des hijos sanos y que no sufras alteraciones en tu estado de ánimo a consecuencia del ciclo menstrual, que siempre estés dispuesta para el sexo y que mantengas la casa cómoda, bonita y limpia.

Dicen que los hombres suelen romper con sus parejas si éstas no aprecian su esfuerzo, y las mujeres lo hacen porque no se sienten amadas.

El asunto es espinoso, pues, ¿cómo apreciar algo que él haría de todos modos? ¿Acaso no estaría trabajando y tratando de ganar más dinero de estar casado con otra? Y en esa misma línea, entonces, ¿por qué él no aprecia sus camisas planchadas y la comida casera? Pues por lo mismo que tú: da por hecho que es tu labor.

El problema es que los intereses son diametralmente opuestos, por lo cual abundan las quejas sobre la vida matrimonial. Ella quiere un devoto príncipe azul, como lo que él parecía durante los primeros meses de noviazgo, y así, sólo apreciará sus muestras de afecto, e irse al bar con los amigos es precisamente lo contrario.

Si las mujeres fueran capaces de no confundir matrimonio con amor, todo sería más fácil. Siendo el amor una emoción, no se les ocurriría buscarlo dentro de casa, sino fuera, como hacen ellos. Plancharía, lavaría, cocinaría, sacaría a los hijos adelante y se abriría de piernas cada noche simulando orgasmos a la perfección. Y el marido, en vez de un compañero sentimental, sería un jefe que pagaría cubriendo sus gastos, con lo que a ella no se le ocurriría objetar porque siempre sea él quién decida qué ver en el televisor, y muy al contrario, ¡se alegraría de perderle de vista un rato cuando él se fuera con sus amigos!

El hogar sería tan tedioso como una jornada de oficina, pero al menos, ella no se torturaría tratando de conseguir su amor y perderían las prisas por conseguir de un hombre una proposición de matrimonio. ¿Para qué querría una encerrarse en una cárcel llena de normas, privada de sentimientos y con un régimen tan exhaustivo de trabajo? ¡Para nada! ¡Qué fuesen otras las que se dejasen cazar! Y ahora que una puede ganarse su propio sueldo... ¿qué maldita falta hace un marido? La mujer se nutre de amor y eso no se puede encontrar en el hombre con el que una está casado.

Guste o no guste, es así. Y la verdad desnuda duele, pero también se atenúa con el tiempo. ¡Ah, qué lástima de controversias entre sexos!

Publicado por RebeccaMRM a 15:19:54 in mal de amores | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
Andrey Chernisov (01-09-2006)
Más de lo mismo.
Publicado por RebeccaMRM a 17:50:36 in mal de amores | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
Otro extracto de  (24-04-2006)

Por la posición de tus labios, supe que querías besarme. ¡Y cómo deseaba yo olvidarme de moralidades para obedecer a los mandatos de mi cuerpo! Empezamos a desnudarnos y pareció una carrera: a ver quién se libraba antes de ataduras, y desnudos quedamos uno frente a otro, aunque repentinamente serios y paralizados.

                Arrancaste la colcha del catre y me la echaste por encima. Yo no podía apartar la mirada  de la zona que más diferencia a un hombre de una mujer, sobre todo, porque lo veía por primera vez en un estado que sólo había oído describir a mis amigas. Te tapaste presuroso con la manta de la cama del pecado y miraste como rogando indulgencia. Me sentí desvanecer por unos segundos. Para recobrar la compostura, recogí las prendas mojadas del suelo.

-Habrá que secarlo.

-Luego. Luego encenderé un fuego. Ponlas de momento sobre una silla.

                ¡Ah, de haber existido el tabaco en aquellas zonas bárbaras, ambos habríamos fumado con avidez, más solo quedaba el licor robado a los mayores! Aún tiritando por la fresca agua de montaña, nos sentamos en el catre, botella en mano. De pronto, preferí beber en vasos y fui a buscarlos al armario. Tú seguías mirándome como hipnotizado. Derramaste parte del licor en el suelo al verterlo.

-Meredith, sé que eres mi hermana, pero...

                Te silencié poniendo un dedo en tus labios. Me faltaba por completo la experiencia para gobernar a un hombre en tal situación. No me atrevía a pronunciar ninguna palabra relacionada con lo que ambos queríamos que ocurriera, así que, apuré el vaso, lo dejé en el suelo y te miré. Y sin saber como fui acercando mi rostro al tuyo, mis labios a tu boca. En ese instante parecías más asustado que yo, pero fue rozarte y hacerte con el mando. ¡Qué extraño delirio! ¡Los labios de un hombre acariciando los míos!  Era como lamer gelatina. Luego tu mano fue a posarse por encima de la manta en mi cintura, y me estremecí con tanta fuerza que di un respingo. Tú lo interpretaste como un paso atrás.

-¿Sabes lo que va a pasar si seguimos así? ¿Has oído lo que suelen hacer hombres y mujeres cuando... cuando se gustan?

-Claro que sí. Mis amigas hablan de ello a menudo, -mi pecho temblaba,- No sé si alguna lo habrá probado, pero no hablan de otra cosa.

-Sí lo haces, no encontrarás marido de tu condición.

-Te dije que me casaría contigo una y mil veces.

-Soy tu hermano. No podemos casarnos.

-Se puede en secreto. Además, ¿qué más da? A padre no le importo y no se ocupará de conseguirme un buen partido. Prefiero que seas tú, Andrej. Así, nunca me arrepentiré.

-No está bien.

-¿Por qué? Mira a nuestros padres. Seguramente mi madre aguardó al matrimonio siendo virgen, y ¿de qué le ha servido? Si alguna vez me caso y alguien me rechaza por estar estrenada, será señal de que no seré feliz con él. Además, no quiero casarme con alguien por las tierras que vaya a adquirir padre.

-Hermana, seguramente no sabes lo que haces, ni yo, pero... ya es tarde para enmendarlo, ¿no?

                Apartaste la manta de mis hombros y se deslizó, descubriéndome. Alzaste una mano tímida, mas tan pronto rozaste uno de mis pechos la apartaste y volviste a llenar los vasos. Bebí. No me reconocía. También te privé del escudo de la manta y te miré sin ambages, maravillada. Quise tocarte, pero tú me detuviste atrapando mi mano con fuerza. Te echaste sobre mí, enterraste mi boca en la tuya. Ningún habitante de los Elíseos se habría sentido tan dichoso como nosotros. Tú no cesabas de sujetarme las manos cada vez que yo intentaba explorarte y yo no sabía que era porque de hacerlo se habría imposibilitado nuestro ulterior crimen contra la decencia.

                Bajo el peso de tu cuerpo abrí las piernas.

-Meredith... Nunca se te ocurra culparme.

-No lo haré.

-¿Sigo?

-Sí, -casí imploré.

                Yo no entendía mucho de lo que le pasaba a mi cuerpo, pero comprendía que me faltaba algo que sólo tú podías llenar.

-Espero que no te duela.

                Noté tu mano y me encendí por el alto índice de actividad prohibida y condenada. Abrí más las piernas y de pronto, te sentí, caliente y rígido, presionando. ¡Ni sé si dolía! Un espíritu debió guiar mi mano y colocarte en el lugar correcto y entonces... Cedió la presión y fuiste mío. Y yo tuya con tu invasión. Te dejo entrar y me posees; entras y te tengo. Te estremeciste cual atacado por escalofríos y una especie de llanto pareció convulsionarte. Yo solo sentí una dicha extrema por haber logrado mi propósito, y delicioso calor en la zona donde estábamos unidos.

                Permanecimos así una eternidad. La templada humedad que mojaba mis muslos perdió su calidez. Al separarte, fue como una corriente de aire gélido llenando mi regazo. Tambaleándote, saliste fuera. Yo seguí en el catre, con mechones de cabello aún húmedo enrollados al cuello. La Meredith niña se había deshecho; nada quedaba de ella. Entre engaños, adulterio, incesto y traición me había hecho mujer. Me sentía triunfante y el odio hacia mi padre deformaba mi cara en expresión de orgullo y altanería. Con mi acto se cerraba el círculo, vengando a Thiriades. Habiéndome llevado para disfrutar de Grettir sin las molestias que tú les dabas, había unido lo que desde entonces sería imposible de aplacar o subsanar. Con mi maldad se hizo justicia. ¡Oh, triunfo surgido del pecado, que bien me hiciste sentir!

Publicado por RebeccaMRM a 14:46:46 in mal de amores | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
EL INICIO (12-04-2006)

Un estracto muy interesante de la novela "EL INICIO". Disfrutad...

El primer paso lo habíamos dado ya el día anterior y quedaba indemne, muy atrás, insalvable e inalterable. Con la mente confusa, era fácil anular la decencia, la moralidad, el decoro. Era divino estar ahí junto a ti, sabiendo ambos que cometíamos sin remordimiento un espantoso pecado, pero guardando silencio, como si al no ponerlo en palabras quedase desterrado de la luz.
Tu mano me acariciaba, deteniéndose de vez en cuando para estrecharme más fuerte y yo lo agradecía, descubriendo que llevaba mucho tiempo anhelando sentir cariño. Supe que sería una tragedia la vuelta de padre causando nuestra separación y me resolví a escaparme cada noche para poder seguir viéndote. Tu pecho aún era blanco y libre de vello. Olíamos a naturaleza y al herboso agua del río.
No sé el tiempo que pasamos así, pero la piel se nos secó, se pasó el frío e incluso llegamos a sentir el calor del sol. Fuiste el primero en apartarte. Imitándote, me puse en pie, me envolví en la manta y te seguí, en silencio, de la mano hasta la casa.
-Haré café. No creo que tú sepas.
Y no sabía. Partiste pan y lonchas de salami. No tenía hambre porque aún no me había abandonado el temor a haberte defraudado con mi conducta, pero aún así, comí.
-Meredith, si notan que ha pasado algo entre nosotros, nos impedirán volver a vernos. Cuando pregunten, piensa en... una mariposa revoloteando sobre una flor y di con inocencia que todo ha ido bien. En ningún momento dejes que cruce tu mente la imagen de hoy en la cascada, -dijiste, y sonó a advertencia.
-¿He hecho mal? ¿Ahora me odias?, -inquirí, notando, aunque lejana, la presión de garganta que precede al llanto.
-¿Odiarte?, -sonreíste, -Nada más lejos. Si no, no me preocuparía porque no nos dejasen volver a vernos.
-Tampoco ha sido nada, -argumenté con timidez.
-Para ellos sería un crimen. Y si no tenemos cuidado, si ven el menor indicio de que tú y yo no nos portamos como se debe entre hermanos, adiós. Yo no quiero que eso pase. ¿Y tú?
-¡Por supuesto que no!, -aseguré con vehemencia, -Tranquilo. Sé mentir.
-Ya se verá.
-Pero, en el fondo... ¿qué hemos hecho? Vale que para ellos esté mal, porque desconfían, pero entre tú y yo... Nos hemos curado juntos la resaca y ya.
Reíste a carcajadas mi ocurrencia.
-¡Estupendo, Meredith! No creo que ocurra, pero si así fuera, ¿qué dirías? ¿Nos hemos curado juntos las ganas y ya?
¡Qué astuto eras! Habías abierto las puertas a otro mundo y yo me descubrí anhelando entrar. De repente, padre era el enemigo y tú el aliado. Me mirabas con un brillo desarmante que yo aún no era capaz de identificar. Casi ansiaba que pasara aquel fin de semana y llegara el siguiente para poner al tiempo de excusa. Mi pecho dejó de ser una lacra y comencé a mostrarme erguida. No sé para qué esperamos. Tú eras un joven volcán latente, lleno de fuego y lava y a punto de entrar en erupción, pero yo era incapaz de darme cuenta. De haber sabido cuán lejos llegaban tus menesteres, quizá te hubiera dejado aplacarte en ese primer encuentro, más... ¿qué sabía yo de esa fiera parte de la naturaleza masculina más que habladurías inconclusas?
Me acurruqué en el catre deshecho y me dormí. No sé qué harías tú mientras tanto. Yo estaba agotada, embriagada de restos de alcohol y tantas emociones recién descubiertas, tan inmensas, que no podía vislumbrar su tremendo y ulterior alcance.
Seguro que soñé intensamente. Mi cerebro tenía que digerir y poner orden a tanta novedad. Un hermano, un padre adúltero, un padre que llevaba más tiempo con su amante que con su esposa, y yo, yaciendo desnuda junto a ti, así, de pronto, pasado apenas un día desde que te hubiera conocido. ¡Yo, qué jamás había estado a solas con un chico! Y, ¿por qué contigo? ¿La atracción de la sangre? Lo ignoraba, y por fortuna, me venció el sueño apartando al pavor que comenzaba a invadirme. Tales cosas se notaban en la cara. De repente, no quería que llegase el domingo por la tarde jamás; me aterraba encontrarme con los ojos de padre.
Cuando desperté, debían faltar alrededor de dos horas para el anochecer. Me estiré perezosamente, con los ojos aún cerrados, pero fue abrirlos, reconocer la cabaña y sentir como un vahído por la celeridad que tomaron los latidos de mi corazón.
Te busqué con la mirada y sentí alivio al no verte. La puerta estaba abierta de par en par. Aún brillaba el sol sobre las lustrosas hojas. Debías andar por ahí fuera. Tanto mejor. Necesitaba estar a solas, recuperarme de la fuerte impresión que me habías causado y prepararme, reunir el aplomo necesario para volver a estar en tu presencia, en tu cercanía.
Cogí un trozo de pan y un vaso de leche para quitarme la desagradable acidez que colmaba mi boca. Me senté en el catre, erguida y con las piernas muy juntas, cual muchachita inocente y sin mácula.
Debían ser primeros de agosto del año 1681. Se dice pronto. ¡1681! ¡Qué tiempos! Puede que ahora empiecen antes sus escarceos sexuales, pero no están preparados para la vida adulta; no como nosotros. En vez de ir a la escuela, a uno le enseñaban a vivir. Yo sabía que con catorce años me casarían y tendría que llevar otro hogar. Y con quince seguramente ya habría sido madre por primera vez. Y  tú, como único hombre de tu casa cuando padre no estaba, ¡cuánto más que yo no sabrías! Y todo era más estricto. Había que aprender a mentir y a disimular desde muy temprano, pues los castigos eran dolorosos, se empleaba la fuerza física y vivíamos bajo un terror teñido de respeto a los progenitores. Había que andar con pies de plomo. Los de ahora, si mienten, mienten a la policía y a sus novias. A los padres ya no; han perdido toda autoridad.
Y yo, en cambio, tenía que estar frente a padre, contigo en la cercanía, y ser capaz de no mostrar nerviosismo ni ruborizarme, de aparentar total indiferencia y hacer alarde de ingenuidad. Eso requería práctica. Inventar, imaginar y creer con fervor que habíamos pasado las horas dando paseos, jugando a las cartas, y como máximo, matando algún que otro pájaro con el tirachinas. Nada de cuerpos desnudos, nada de la cascada ni del abrazo, ni de tus manos quitándome el camisón o el corpiño. Quizá por eso en aquella época remota el teatro tenía tanto éxito: todos estábamos obligados a saber mentir e interpretar a la perfección. Si no, que pregunten a las brujas que se libraron de la hoguera. Autoridad, temor, castigo y muerte. No había segundas oportunidades.

(continuará)

Publicado por RebeccaMRM a 17:35:14 in mal de amores | Comentarios(0) |  Permacoplamiento
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