En la imagen, nitrato de potasio ampliado.
La otra
Vengo leyendo una serie de artículos, el último publicado por Maggie Kim en la revista Happen de Hotmail, sobre cuánto sufren las pobrecitas amantes, las otras, sintiéndose secundarias y envidiosas siempre de la esposa, viendo a ésta como un pedestal que recibe todo lo mejor del marido. Pues bien, a modo de consuelo para las quejumbrosas amantes, les diré que poco tienen que envidiar a la esposa.
En concreto, las otras se quejan de cinco aspectos:
#1: Es sólo sexo, no amor.
Claro, el marido tiene tan poco tiempo para escabullirse, que le da tiempo a irse a la cama con su amante y poco más. Y la amante envidia a la esposa, quien, según ella, le tiene todos los días. Ya, pero... ¿y qué tiene la esposa? Ciertamente, ni sexo, ni amor.
Para un marido, su mujer es casi como su madre: algo que siempre está ahí y que no exige esfuerzo para mantenerlo ahí. Quizá sienta algo de apego por su esposa, dado por la convivencia, pero desde luego, no experimenta ni por asomo la clase de amor apasionado con el que sueña la amante. Y en cuanto al sexo... ¿qué sexo obtiene la esposa? La obligación de abrirse de piernas al menos una vez por semana, para cumplir, y dejarse hacer. ¡Cualquier esposa querría ser tratada en la cama como la amante, vaya!
#2: No le llames, te llamará él.
La amante se queja de que no puede llamarle al trabajo, ya que él no quiere riesgos. De su casa, no tiene ni el número. Con el móvil, ha de andarse con cautela por si acaso la esposa anda cerca. O sea, que en ocasiones se muere de ganas por hablar con él y ha de aguantarse y esperar a que sea él quién dé noticias. Y claro, ella, la esposa, puede llamarle siempre que quiera. Bueno, ¿y qué si puede llamarle? ¿De qué le va a servir? ¡Cómo si los maridos no se burlaran a menudo de lo pesada que es una esposa que llama mucho! Y además, no le llama para deshacerse en versos de amor, sino probablemente, para pedirle que recoja a los niños o recordarle que hay que ir a hacer la compra. ¿Para qué quiere la amante también poder llamarle? ¿Para agobiarle a todas horas y que así, decaiga la magia? ¡Tonterías! Es mejor dejarle en paz en ese aspecto. Seguramente, el marido a menudo se muere de ganas por llamarla, y el riesgo de no poder hacerlo le hace desearla aún más.
#3: Olvídate de citas en fin de semana.
Sí, como mucho, él podrá dedicarte un par de horas un miércoles por la tarde. Y nada de ir a locales de moda, donde él podría ser visto.
La amante anhela ir un sábado a un buen restaurante, como imagina que él hace con su esposa, cuando ella, en cambio, ha de pasar los fines de semana sin él. ¿Y qué más da? Si él sale a hacer vida social con su esposa, lo hará por mera rutina; para salir de casa en los días no laborables. Desde luego, no se va por ahí enervado con la posibilidad de una velada romántica. Seguramente, saldrán con otra pareja igual de aburrida que ellos, y en silencio, el marido anhelará la llegada del lunes, cuando de nuevo se abre la veda de posibilidades de escaparse y pasar de veras un buen rato junto a la amante.
Como se ve, no hay nada que envidiarle a la esposa. Aunque ella le vea todos los días, será para estar en la misma habitación mientras él dedica toda su atención al televisor.
#4: Mucha soledad.
El mundo de la amante gira alrededor de él, y se queja de que no puede hablar con nadie de la relación, pues sólo se encuentra con la desaprobación de sus amigos. Aparte, como no puede llamarle para averiguar cuando será la siguiente cita, a menudo no hace planes, quedándose en casa para si estar disponible por si él llama. Así que, la pobre, se siente sola, deseando ser como la esposa, que al menos duerme a su lado cada noche. ¡Ni se imagina lo sola que puede llegar a sentirse una esposa! ¿Qué es peor? ¿Sentirse solo porque se está solo a veces, o sentirse solo incluso en compañía?
Para el marido, esposa es igual a hogar, y hogar es igual a descanso. No llega a casa para relacionarse con ella. Va a casa para descansar de la jornada laboral. Le fastidia que su mujer hable sin parar. Le enerva que ella pueda estar de mal humor. ¡Qué esté de mal humor mientras él está fuera! ¿No? Ni siquiera le preocupa la causa del mal humor, sino que pueda llegar a estropearle la tarde.
La esposa, si es de las que se cuestionan cuanto ocurre a su alrededor, o por lo menos se fija, estará harta de ver la cara de tedio que se le pone a él cuando le cuenta, en un torrente inagotable de palabras, cómo le ha ido el día. Y también estará hasta las narices de que él tache de gilipolleces todo lo que a ella le parecen problemas serios. Con el tiempo, la esposa dejará de charlar con su marido para no aburrirle, y los problemas, mejor se los contará a sus amigas, que son quienes tal vez muestren comprensión.
En cambio, aunque la amante esté sola físicamente, puede estar casi segura de que en pensamiento, él la acompaña a menudo. Y después de la cita sexual de rigor, él es incluso capaz de quedarse un rato escuchándola, sin hacer nada más mientras. Y con esto, ¡ya puede sentirse mucho más acompañada que la esposa!
#5: La culpa.
Sabe que está mal robarle el marido a otra, tanto si la esposa anda al corriente como si no. Le atormenta que si cuenta su historia, nadie se ponga de su parte, y por otro lado, sabe que él nunca se divorciará.
Bien, entonces, ¿para qué sentirse culpable por quitarle el marido a otra si sabe que él nunca va a dejar a su esposa? Lo único que la amante tiene en común con la esposa es el género femenino. Al marido ni se le pasa por la cabeza compararlas. La esposa es la que él eligió como encargada del hogar y de la familia. Y la amante pertenece por completo a otro ámbito. La amante es inspiración, pasión; la que le hace flotar por encima del denso gris de la vida cotidiana, la que le hace sentirse un héroe admirado.
Al marido, ni se le pasa por la cabeza considerar que la amante pudiera convertirse en esposa. ¡Menudo metamorfosis! Él no quiere que la amante se convierta en una criada a la que le tiene cariño, pues la amante pertenece al mundo exterior, ¡al mundo de la acción! De hecho, si quisiera casarse con su amante, sería muy mala señal, indicio del sosiego que trae consigo el aburrimiento.
Hay que tener en cuenta que un hombre no se echa una amante porque le vaya mal con su mujer, sino para volver a sentir la fiebre y el orgullo del conquistador. Erróneamente, la amante piensa que si con ella se muestra tan apasionado, entonces ya ocupa un puesto en el podio de su corazón por encima del de la esposa, y no así en absoluto.
De la misma manera, la esposa es tremendamente celosa de las amantes por la misma equivocación, pero igual le daría tener celos de la afición de su marido por el bricolaje, por ejemplo.
Piensa que para él todas las mujeres pertenecen a la misma categoría y que dentro de ésta son intercambiables.
Es una verdad muy triste, cuando una mujer se da cuenta de que su marido no se casó con ella por las mismas razones que ella con él. La gran mayoría no se da cuenta nunca.
Una mujer se casa con quien cree su príncipe azúl. Se casa enamorada y gustosa de que él ocupe el centro de su universo. Una mujer está genéticamente programada para dedicarse a su familia, y dentro de la familia, por supuesto, está el marido. Pero, ¿qué pasa con el hombre? Pues que para él, la familia es algo secundario; son las bambalinas, mientras que el verdadero escenario es su vida laboral y casi todo lo que hace fuera del hogar.
La mujer le presta toda su atención; él a ella, no. La mujer espera que él sea una especia de amante, padre, mejor amigo y confidente, con quien poder contar para todo, para luego encontrarse con que su comportamiento se asemeja más al de un jefe algo déspota.
Ella se preocupa de los sentimientos de él; él de los de ella, no. Da por hecho que ella ya está contenta por el mero hecho de tenerle como marido, tanto más si tiene un sueldo elevado. Y puesto que para él la esposa pertenece al hogar, el lugar donde de descansa, ni se le pasa por la cabeza cederle a ella la elección de las vacaciones ni de lo que se ve en el televisor.
Con el tiempo, la esposa puede llegar a darse cuenta de que no es correspondida, y empezará a torturarse con los porqués, atribuyendo quizá la falta de atención y el egoísmo de su marido a la existencia de una amante que le gusta más que ella. Y no. Aunque él tuviese una amante, como mucho serviría para que él tal vez llegase a recordar la fecha de su aniversario de boda.
Si hay que tener celos de una amante, también hay que tenerlos de todo cuanto él hace fuera del hogar; de todo cuanto para él es prioritario. Pero es imposible pasar a ese otro mundo siendo esposa. Simplemente, es una solución irreconciliable.
Ser esposa le da algunos derechos, pero su vida transcurrirá en la sombra. Y como mucho, podrá contar con su marido para que acceda a ir a comer en casa de los suegros en fechas importantes, para que la lleve al médico cuando se encuentre tan mal que no pueda ir por sí sola y... Como dijo un marido defendiendo su amor:
¡Claro que te quiero! Es más, lo he estado pensando y... Si te murieras, ¡yo lloraría!.





