En la imagen: Muchacha leyendo a solas a orillas del Rin. Aunque parezca tranquila, seguro que su mente anda turbada con el recuerdo de algún hombre que se hace rogar.
¿Qué él chico que te ha robado el aliento no da señales de vida? ¿Estás harta de comprobar tu móvil cada hora a la espera de mensajes? ¡Pues no desesperes! No siempre significa que él pase de ti. Piensa en perspectiva dual: ¿le has llamado tú? ¿A qué no? No, y seguro que se te están consumiendo las entrañas por hacerlo, pero aún así, no le llamas. Pues a él puede estar pasándolo mismo. ¡De veras!
Tú seguramente no le llamas para que no crea que estás colada por él y no pierda el interés. Tras el primer encuentro es una norma que debe cumplirse a rajatabla la de dejar transcurrir unos días antes de llamar; lo ideal es una semana.
Puede que le hayas gustado tanto que de momento no sepa qué decirte sin parecer imbécil. O puede que quiera volver a quedar y tema que le deniegues una cita más. Lo que todo el mundo suele decir de "el No ya lo tienes" es completamente falso. El NO, no lo tienes. Tienes toda la esperanza de que la cosa vaya a ir bien.
Hay hombres abiertos que no temen tener novia y llaman cuando les place y sin pensárselo dos veces. Pero hay otros muchos que no. Sino lo crees, mira estos testimonios:
Luis está ahora casado con Sandra, pero cuando la conoció, trató de huir de ella con todas sus fuerzas. "Me pareció muy atractiva, pero me puso inmensamente nervioso. Yo no quería perder mi estabilidad y poner a una mujer como ella en mi vida significa caos y desorden. Creo que no la llamé ni una sola vez en los primeros meses, por mucho que quise. Me tomé muy en serio la labor de no dejarme enganchar llamándola. Y si lo hacía ella, lo que tampoco era muy frecuente, yo me obligaba a inventar excusas para no quedar. ¿Cómo acabé pidiéndola ser mi esposa? Pues aún no me lo explico. A ella le daba igual que yo no pudiera quedar. Incluso se iba de viaje fuera del país. Nos veíamos por nuestras mutuas ocupaciones y supongo que, al ver que ella no pretendía atarme, sino que encima, en ocasiones parecía ser ella la que escapaba de mí... No sé. Se invirtieron las tornas: me daba igual perder la estabilidad. De pronto Sandra parecía inalcanzable y yo la quería para mí. Y así pasó. A los siete meses, ya estábamos casados".
¿Y quereís oir el lado de Sandra? Seguro que sí:
"Luis me impactó en cuando le ví. Me quedé paralizada y supe que si quería conquistarle debia andarme con pies de plomo. Con su aspecto físico estaba claro que debia tener chicas a montones, asi que era importantísimo aparentar no tener ningún interés en él. Una llamada casual cada una o dos semanas y aparentar indiferencia total si él no podía quedar. Creo que Luis tardó dos meses en acceder a una cita. Yo estaba convencida de que él pasaba de mí. ¡Ni se me habría pasado por la cabeza que yo le pusiera nervioso o amenazase su vida tranquila! No sé ni cómo conseguí actuar con tanta sangre fría. En una ocasión recibió la visita de una supuesta amiga que se quedó cuatro días en su casa. Yo me ofendí tanto que para protegerme de mí misma me fui cuatro días a Venecia. De haberme quedado, me habría dado por llamarle, seguirle, espiarle, esconderme en su portal a cotillear. Y otra vez me invitó a conocer a sus padres. Cuando llegó la fecha se rajó. Yo ya había pedido vacaciones en el trabajo y me fuí diez días a Brasil. Sé que si me hubiera quedado, ahora no sería su mujer. A él le sentó fatal que yo me fuera y de sentirse presa pasó a ser cazador. Y aquí estamos. Ocho años juntos".
Como habreís visto, aquí la historia acabó bien, pero sobre todo por un detalle importante: quedasen o no, se veían en sus ocupaciones, por lo que Luis no podía lograr desterrarla de su memoria, y además, Sandra tenía oportunidad de mostrarle su fingida indiferencia.
Mas, ¿qué ocurre cuando el hombre que te gusta es inaccesible? ¿Cuando ni trabaja donde tú, ni vive en tu barrio ni frecuenta el mismo gimnasio? Si no tienes posibilidad de cruzarte en su camino y él es de los que huyen de ataduras femeninas, lo tienes crudo. ¡Es indispensable aparecer de vez en cuando entre sus recuerdos para que se mantenga en lucha constante entre su preciada libertad o ligarse a ti!
Marcos tenía 26 años cuando conoció a Marisa. Era el típico joven que apenas pisa su casa porque tiene cientos de amigos y anda de fiesta en fiesta. Pero mujeriego no era. Si que bailaba y charlaba con chicas, pero para poder pasar a más, tenía que sentir algo muy especial. La idea de una novia le daba pavor y quizá inconscientemente les buscaba defectos a todas. Su padre se había casado teniendo casi cuarenta años, y él quería imitarle. Entre las mujeres que le conocían Marcos era muy solicitado, pues se sabía que ninguna había conseguido llegar a nada con él. Incluso empezaron a circular rumores sobre una posible homosexualidad.
Una noche, por error de cálculo y por caballerosidad, acabó saliendo a solas con Marisa. La había conocido el día anterior junto a otras dos personas. "¿Habrá que salir de marcha, no?" propuso Marcos. "¡Por supuesto!" exclamó Marisa más que dispuesta. Pero resultó que los otros dos miembros eran una pareja encubierta y por casualidad Marisa les oyó planeando escaparse a solas, lo que luego contó a Marcos. ¿A quién le gusta ser apartado del grupo? ¡A nadie! Marcos jamás había salido con una chica a solas. Jamás. Y no estaba preparado para lo que sucedió: no era sólo que Marisa fuera increiblemente atractiva, sino que reía y hacía tantas locuras como él. Pasaron horas bailando, riendo y haciendo el imbécil en un pub. Hasta que cerraron.
"Nunca había conocido a una mujer así. Era fresca, juvenil, excitante. Yo pensaba que una buena juerga sólo podía pasar entre tíos. Me colé por ella en la primera media hora. Nunca me había sentido así con una mujer: era a la vez un deseo inmenso de tenerla y un miedo también inmenso a que me dijese que no. El rato que pasamos juntos sólo hablando en el banco de un parque oscuro siempre seguirá en mi memoria como uno de los más bonitos de mi vida. Al acompañarla a casa, me puse de los nervios. Quería besarla a cualquier precio pero temía ofenderla con el atrevimiento. Sólo acerqué mis labios a los suyos y ella, con un recato que me enloqueció, no se apartó pero tampoco se acercó.
Pasé una semana infernal queriendo escribirla a su e-mail para proponerla quedar. Al final cedí porque no podía sobrevivir sin volver a verla. Cuando me llamó unas cuantas horas después de haberla escrito, casi me eché a temblar. Estaba arrebatadoramente preciosa, más aún que la noche que salimos juntos. Era como una diosa griega de la antigüedad. No sabía como comportarme para impresionarla. Era alucinante. Era como haber conocido a Angelina Jolie y estar con ella. Pero, cuando a la hora me dijo que estaba casada y con dos hijos, se me cayó el alma a los pies. Y flipé aún más. Se estaba arriesgando CONMIGO. Esa noche nos acostamos. Con ella todo era estupendo. Dormimos abrazados. No quería separarme de ella, pero al despertar con la mente más sobria, lo de que tuviera un marido que nos pudiera pillar... Se lo conté a mis amigos y me dijeron que estaba loco por liarme con una casada. "¡Apártate de ella! ¡Sal de ahí!". Tenían razón. Pero Marisa era excepcional. Y cuando después de esa segunda cita recibí una carta suya diciendo que estaba dispuesta a dejarlo todo por mí, me morí de miedo. Yo la quería y estaba prendado de ella, pero no estaba dispuesto ni preparado a empezar de lleno, y menos con la culpa de romper una familia. Su declaración me hizo frenar. Le dije que teníamos que hablar. Le conté que yo no estaba preparado para lo que ella necesitaba. Sé que le hice daño. ¿Por qué tenía que estar casada? ¡Maldita sea! Yo no quería causar su divorcio; quería seguir viéndola, pero despacio y con cautela. Esa, la tercera vez, la pasamos en mi casa. Marisa ya no era la misma. Yo también sentía pena pero sabía que dejándola hacía lo correcto.
No podía quitármela de la cabeza, de todos modos, maldiciéndola siempre por estar casada y buscando a otra que se le asemejara pero que estuviese libre. Y yo no quería que dejase a su marido por mi. Deje de llamarla y de escribirla por completo, pero a la semana volvimos a coincidir. Dos días juntos. Fue un milagro que la pusiesen en mi équipo. Esa vez, la cuarta, Marisa ya era la de siempre. Parecía no importarla ni mi rechazo ni mi silencio. No estaba tan inmensamente alegre, pero casi. Cuando la veo pierdo la razón. El mayor problema siempre ha sido que esté casada y que quiera pasar inmediatamente a una relación formal conmigo. Fui yo quien la propuse de nuevo quedar y aceptó, con risas y mucho humor. Temía que se hubiese enfadado conmigo pues no volvió a contactarme desde que le puse las cosas claras. Era fascinante. Ya me veía cayendo en picado hacia ella. Tenía que obligarme a apartarme de su lado cada media hora para no perder la cabeza. Pero apartarme significa dejarla en compañia de otro compañero, que, ¿cómo no?, también estaba interesado en ella. Eso tampoco me había pasado nunca: ir con una mujer y que otros hombres, por la calle, me digan algo del tipo "Cuidala tío, que no te la mereces".
Bueno, intenté mantenerme parcial... hasta que llegó la noche. Amarla es mejor que cualquier droga. Y nunca me pide que me quede a dormir con ella: soy yo el que debe disimular. Y tampoco me abraza durante el sueño. Se lo tengo que pedir como si fuera un maldito niño falto de cariño. Ya no parecía quedar nada de lo que le hizo escribirme esa fatídica carta de amor. Era como un ánimal exótico y volátil. Me dejaba tenerla para luego mostrarse inalcanzable.
Me estoy extendiendo y lo siento. Ella es al revés que yo. Se resiste hasta la hora de dormir y me acosa tras despertar. Y yo, tras el sueño, vuelvo a recobrar la cordura, me recuerdo que está casada, que quiere que yo sea su siguiente marido y me aparto. ¿Por qué no me dice que quiere mantenerme como amante sin ninguna pretensión?
Y tras esa vez, yo guardé silencio, esperando que ella escribiría o me llamaría. Pero no lo hizo. No entendí porqué. Supuse que estaba decepcionada. Se me calmaron las ansias con el tiempo, manteniéndome tan ocupado como siempre, de fiesta en fiesta, viajando sin parar. Se pasaron tres meses sin saber nada de ella y no pude más. No quiero perderla. Quiero conservarla hasta que llegue el momento. Aún me siento muy joven para casarme.
A los tres meses la escribí como el que no quiere la cosa, para tantearla. Y así, poco a poco, volvimos a quedar. Otra vez fue lo mismo. Perder la razón nada más verla, encontrarla exultante, indiferente, seductora, inalcanzable. Tuve la esperanza de que en el intervalo hubiese dejado a su marido, pero no; seguía con él. Tardé tres horas en atreverme a besarla. ¡Tanto no sabía si seguía atraída por mi! En ese quinto encuentro me hizo sufrir, pues ya no vi que siguiera con intenciones de casarse conmigo. Andaba al libre albedrío, charlando con uno, con otro. Llegué a odiarla por jugar conmigo así. Al final la aparté de todos y la llamé al orden. Me la llevé lejos de todos mis amigos. Aún recuerdo muy bien esa noche: en el todoterreno por carreteras perdidas, con ella a mi lado volviéndome loco y yo incapaz de encontrar la casa que me había dejado un amigo. Acabé perdiéndome en una zona desconocida, bajo la noche y entre montañas, en plena efervescencia. Y ella al lado, con su vestido de noche. Sacrifiqué mi traje de 1200 euros para que pudiera tumbarse sobre la tierra. Y otra vez el frenesí de amarla, en la intemperie, como si me hubieran dejado acceder al Olimpo por error.
Quería apartarla de todos mis amigos y quedármela para mí, pero el destino quiso que yo no fuera capaz de encontrar la casa. Tuve que volver y tuvimos que compartir habitación, lo que no me impidió volver a amarla. Y de nuevo el sueño y el raciocinio. Despertar y pensar ¿Qué hago otra vez con ella? Y de nuevo querer apartarme y echarla, y ella que no está en contra de irse. Y yo odiándola por hacérmelo tan difícil. ¿Por qué le daba igual? Su mirada en el aeropuerto me colapsó. Y también la abracé como si quisiera quedármela para siempre. Y luego, otra vez el silencio y la tortura. Saber que ella es peligrosa, que es como un vampiro que lo quiere todo de mi o nada. No volvieron a ponernos a trabajar juntos; no volví a verla. Me obligué a salir con otra para quitármela de la cabeza, pero naturalmente, no fue igual. Nada es comparable a Marisa. Traté de veras de salir con una chica normal, pero fui incapaz. Yo la quería a ella. Y ella no me escribía. Se pasaron once meses. Once, nada menos. Con la Navidad tuve una excusa para decirle algo. Ella tardó dos semanas en contestar. Y me vi de nuevo atrapado. Creo que ya no quiere casarse conmigo. Creo que le doy igual; que la he perdido. Me la encontré en msn y me dejó tirado. Después, como un regalo del cielo, me invitó a acompañarla en un viaje, y mi p*** avion se retraso y no llegué. Menuda cagada. Me había quedado sin Marisa. Ella me recriminó el plantón y yo me sentí dispuesto a todo por recuperarla, pero aterrorizado por no estar a su altura. La temo, es un hecho. Me propuso quedar y tomar un cafe si me apetecía. Un café y nada más. Casi no me atrevía a mostrarme en su presencia y luché hasta el último instante. Pero al final la llamé. Y ya era tarde. Ya se iba y estaba con uno de sus hijos. Era tan hermosa como siempre; incluso parecía haber rejuvenecido. Me dijo que ya ni se acordaba de mi cara. Sentí que había quedado conmigo porque no tenía otra cosa que hacer. Y el niño, y saber que tenía que divertirle para causarle buena impresión, y encima no llevaba un duro encima y tuve que pedirle que me invitara. ¡Qué desastre! Y ella se fue enseguida. Y yo también salí despavorido para librarme de la tensión. Y ahora... la necesito, y no sé qué hacer para recuperarla. Me parece que todo lo que yo pueda decir no estará a altura. Necesito que ella me escriba y proponga quedar, pero no lo hace. Y yo tengo miedo de hacerlo. Seguramente he quedado como un imbécil y un cobarde a sus ojos. Me despedí diciéndole que "ya nos veremos con más calma" y ella simplemente sonrió y alzó los hombros con indiferencia. La he perdido. Sé que la he perdido. Y me quedan días contados para hacer algo y recuperarla. Pero no sé el qué. Tengo que volver a verla, averiguar qué siente, comprobar si aún me dejaría hacerle el amor. Es la nuestra una relación malsana, pero ¡la necesito! Se me tiene que ocurrir algo que decirle, algo que le haga aceptarme. Y tiene que ser YA".
¿Veis? Marcos pasa por el conocido infierno del enamorado. No la llama por temor a fallar, por miedo a sonar estupido, poco interesante. Sin embargo, está sumido en un estado febril por culpa de su ansiada Marisa a la que en un tiempo pasado rechazó. ¿Y Marisa? ¿Qué opina ella?
"Tengo muy claro mi problema con Marcos. Es estar casada y haberle confesado mi súbito amor. Saber que de no ser por eso seguiríamos juntos me produce cierta calma. No le dije que mi matrimonio es de conveniencia porque no lo habría creído. Yo no sé estar sola. Voy saltando de un marido a otro. El actual es el tercero. Marcos apareciò en un momento en el que en casa me trataban fatal. Todas sus acciones eran con las que yo soñaba en un hombre. Luego vi su rechazo, su probable miedo y decidí dejarle en paz. Aunque he sufrido lo indecible por él. Me ha hecho mucho daño con sus largos silencios. A veces sigo empeñándome en verle, pero sin demasiado énfasis. He tenido mucho tiempo para reflexionar su conducta y no me gustan los hombres que tienen miedo a una relación de pareja. No es masculino. Sin embargo, no puedo borrar el cariño que le siento, que ahora, con el paso del tiempo, casi se ha convertido en lástima y añoranza. Hace casi dos años que le conocí, y si no fuera porque él ha retomado el contacto, yo no lo habría hecho. No quiero volver a sufrir. Me gusta estar con él, eso sí. No me produce tensión ninguna el estar a su lado. Es como estar conmigo misma o con uno de mis hermanos. No hay hostilidad. Sí que le echo de menos, a veces. Pero sigo guardándole rencor. Ahora sé que mi afán por casarme con él era absurdo, fruto de un entusiasmo febril y momentáneo. Le vi hace poco inesperadamente y Marcos era un manojo de nervios. Comprendí que le afecto. Después de despedirnos sí que añore volver a yacer con él, pero ya no. Me da igual. Me produce tristeza que por su culpa hallamos acabado separados. Si un dia me aburro, no me importa quedar con él y dejar que me haga el amor, lo hace muy bien, pero puedo pasarme sin ello. Él lo estropeó. ¿Llamarle? ¿Yo? ¿Para qué? ¿Para que se le suba a la cabeza? No, de hecho, si alguna vez reúne el valor suficiente, le pondré una excusa; se lo merece."
Marisa está siendo cruel porque no ha olvidado el dolor que Marcos le hizo pasar. Al igual que él se protegía para no caer en una relación con una casada, Marisa se protege contra el sufrimiento. En el fondo, le encantaría poder contar con él para verse un par de veces al mes sin llegar a más, pero teme que Marcos piense que sigue colada por él. No le llamará de ningun modo.
De sucederles como a Luis y a Sandra, probablemente estarían juntos y satisfechos, pero cuando una relación depende enteramente del correo electrónico o del e-mail, la fuerza de voluntad puede triunfar a veces.
Marisa se aferra a su orgullo para mantenerse alejada de Marcos. Pero ella no se casó por amor, y necesita del amor en su vida. Si Marcos le escribiera o le llamara, insistiendo, se equilibraría la balanza entre ellos.
Él debe confesarle el miedo que sintió hacia los serios planes de Marisa, y ella debe comunicarle que ahora sólo quiere verle de vez en cuando. Marcos se tranquilizará y no sentirá que se le exija tanto. Y Marisa acabará por volverse a sentir halagada y apreciada, le perdonará el dolor y ambos permanecerán juntos y salvados.
Es irónico que todo dependa del valor de Marcos, pero así ocurren las cosas. Cuesta mucho reconocer cuando una persona merece la pena para luchar por ella por encima de temores y prejuicios.
Si te sientes tan bien con alguien como jamás te has sentido con nadie más, no tiene sentido dejarlo escapar. Marisa no debería ser tan dura, debería comprender las dificultades de Marcos y ser ella la primera en redirigirse a él para ponerle fácil el camino de vuelta. Pero no lo hará. Por lo tanto, o Marcos se arma de valor y de paciencia, o sólo les queda que les vuelvan a poner en el mismo equipo de trabajo. Sin embargo, la sensación de haber perdido a un alma gemela por despecho no se les quitará jamás.