Esta vez el tema va de BARES. ¿Por qué a las mujeres les sienta tan mal que sus maridos se vayan un rato a... lo que quiera ser que hagan con sus amigos? Ya que no se les conoce como grandes habladores, pues mantener la hombría significa no quejarse y ocultar los sentimientos, parece ser que se dedican a hablar de sus trabajos, de fútbol, de política y a contar chistes. Pero, ¿acaso no hablan de sus mujeres? ¡Por supuesto que sí! Y yo diría que les encanta quejarse de las pegas que ellas les ponen por salir.
-Bueno, tío, me voy. Que si no, la parienta me arma una...
Y también disfrutan cuando les suena el móvil.
-¡Otra vez Isabel! ¡Qué plasta es, colega! ¿Es que no me puede dejar ni un rato en paz?
Por un lado se quejan de las restricciones en su libertad, por otro, de si a ellas no les molesta que se hayan ido, aunque naturalmente, de esto último, no lo hacen abiertamente.
-Y a ti, ¿qué? ¿La tuya no te da la tabarra?
-¡Qué va, tío! ¿Qué dices? Eso es porque está tan enfadada que ni me habla. Ya verás. La voy a llamar por si acaso.
Y la llama.
-Oye, que soy yo. Que dentro de una hora o así voy pa' casa, ¿vale? le dice, haciendo ver a sus amigos que ÉL decide cuando.
Y ahora imaginemos la hipotética situación en que ella, en vez de reprenderle, ya sea porque está tan enfadada que se ha puesto irónica o porque por un milagro tenga algo que hacer en lo que la presencia del hombre sea molesta, le responde:
-Cariño, no te preocupes. No pasa nada. ¡Vuelve cuando quieras!
-¿Qué? ¡Pero si solo llevo una hora! Y hace más de una mes que no veía a Paco. Ya te has enfadado, ¿no?
-No, que no estoy enfadada, ¡de verdad! Vuelve cuando quieras, en serio.
-Bueno. Pues en una hora voy termina el ceñudo.
Los amigos observan con atención, ansiosos de conocer el resultado final. ¿Qué? inquieren con la mirada Cabreada, ¿no?
-Ya. ¡Joder! ¡Otra vez igual! ¡Ni que yo saliese todos los días, coño! protesta el afectado.
-Ya ves. Parece que según ellas uno se gasta el sueldo en el bar y llega a casa beodo perdido to's los días.
Y el pobre marido que acaba de recibir la bendición de quedarse hasta cuando le plazca, agarra su jarra de cerveza y traga ansioso para quitarse el nudo que se le acaba de formar en la garganta. Por lo menos sus amigos no se han enterado, pero la indiferencia de su esposa le ha puesto pero que muy nervioso. Sin duda alguna, en cuanto llegue a casa, comenzará con un interrogatorio con el único afán de tranquilizarse y demostrarse que en realidad, ella está tan preocupada por sus salidas como cualquier otra esposa de colega.
Y mientras tanto, ¿qué le ocurre a la mujer? Ella sabe, de otras tantas veces, lo mal que a él le sienta que proteste porque sale, y en afán de agradarle, se ha propuesto, ¡no solo no protestar!, sino recibirle con una sonrisa. Y, ¿qué se encuentra? Con las mismas acusaciones que si le hubiera montado un escándalo en toda regla. Y encima, hace lo que menos soporta, compararla con Patricia, el terror de los maridos, la súper Maruja, la mandona.
-Eres igual que Patricia. También está enfadada con Paco porque se ha venido a tomar unas cañas. ¿Es que acaso salimos todos los días, ¡joder!?
Isabel trata de contenerse, aunque siente las palabras arremolinándose en su garganta, cargadas de acusaciones demostrables con fecha y hora. ¡Claro que no sale todos los días! Pero es que... ¡ella no sale nunca! ¡Nunca! Y si queda con sus amigas, no lo hace en momentos en que pueda privar a su esposo de su compañía, sino mientras él está trabajando.
Para las mujeres es difícil de comprender. El trabajo del hombre no parece tan duro como el de la casa, sobre todo si en el matrimonio hay niños. Y a menudo ella también trabaja y ha de apresurarse a regresar a casa para continuar sus tareas. Es impensable que pueda permitirse el lujo de quedarse por ahí en un bar con compañeras, y sin embargo, su marido lo hace con mucha más frecuencia y sin ningún remordimiento de conciencia, ¡como si lo mereciera y tuviera pleno derecho a ello!
Puede que algunas mujeres ansíen la llegada del esposo para que colabore en el hogar, o para charlar con él y desquitarse un poco del estrés del día, pero en el fondo, la raíz del problema es otra:
SI ÉL PREFIERE ESTAR FUERA,
ES QUE NO LE GUSTA ESTAR EN CASA,
LO QUE POR LÓGICA LLEVA AL PENSAMIENTO DE QUE
SU MUJER LE DESAGRADA
Para ella es un hecho. Prefiere a sus amigos a estar con ella, e incluso si está en casa, ¡también prefiere el televisor a estar con ella! Con el tiempo, ella acaba sintiendo que lo único que significa para él son camisas planchadas, comida caliente y sexo a petición.
Y desgraciadamente, es así. La mujer cree que el hombre da el paso hacia el altar por amor, como hace ella; la realidad es al revés. Diversas encuestas demuestran que la inmensa mayoría de hombres no se casan con la mujer de la que están enamorados. ¿Os suena la frase de los hombres se divierten con esa clase de chicas, pero no se casan con ellas? Pues ahí está la clave.
Para un hombre, el hogar es el lugar donde descansa; es decir, allí donde no pasa nada. La verdadera vida, la aventura y la emoción transcurren fueran de los muros de su refugio.
Cuando un hombre se decide por una mujer, no busca sufrir en casa el abrasador y agotador fuego de la pasión, sino una hembra tranquila que le procure descendencia y mantenga la casa limpia y cómoda.
Su única labor al respecto es procurar sustento, lo que traducido a épocas actuales significa ganar lo suficiente como pagar la hipoteca, pagar los recibos y si sobre para caprichos y ocio y vacaciones en el extranjero, mejor que mejor. ES TODO LO QUE ÉL TIENE QUE HACER.
Así que, para la esposa, hacer del marido un amante atento y apasionado es tarea más imposible que convertir metales en oro. Un hombre puede desvivirse por una amante; nunca por una esposa. La esposa está ahí para preocuparse por él, y por eso no está mal comprobar que ella se alarma cuando sale de noche con sus amigos. Mas, una cosa es ver que le disgusta y otra muy distinta es verse castigado con privación de sexo durante una semana. Eso no va según las normas. Ella no está ahí para opinar sobre lo que él hace. Él ya gana lo suficiente y eso debería bastarle.
Por eso, él único modo de sobrellevar las pasiones de puertas afuera del hombre es resignarse a vivir como la sombra que eres y admitir que, después de todo, lograr que se casara contigo no fue un triunfo, sino todo un fracaso: le resultaste lo bastante aburrida y monótona como para creer que contigo tendría un hogar en paz.
Ofensivo, ¿no? Pues aunque quieras vengarte y tratarle de igual modo, como si él fuera el punto menos prioritario de tu vida, no vas a lograr mucho. Y lo mismo pasará si te da por intentar hacer milagros convirtiéndote en la esposa ideal que llegue a ocupar su centro de atención: es IMPOSIBLE. Y por muy buena que seas o por muy bien que finjas que no te importa que él se vaya al bar con sus colegas, ya se encargará él de demostrar que no es así.
¿Te suena contradictorio? Pues tiene fácil explicación: los celos en una esposa se suponen una cualidad.
Es una triste verdad, una vez se sabe, ver cuan poco significas para él como esposa. Al fin y al cabo, ¿qué quiere él de ti? ¡Oh! Que te muestres contenta y satisfecha con su sueldo y esfuerzo laboral, que le adores, que le hagas sentirse un héroe, el mejor amante y, puestos a pedir, que no engordes, que te mantengas bonita, que te vistas de modo sensual, en casa al menos, que no hables por los codos, que cocines bien, que le des hijos sanos y que no sufras alteraciones en tu estado de ánimo a consecuencia del ciclo menstrual, que siempre estés dispuesta para el sexo y que mantengas la casa cómoda, bonita y limpia.
Dicen que los hombres suelen romper con sus parejas si éstas no aprecian su esfuerzo, y las mujeres lo hacen porque no se sienten amadas.
El asunto es espinoso, pues, ¿cómo apreciar algo que él haría de todos modos? ¿Acaso no estaría trabajando y tratando de ganar más dinero de estar casado con otra? Y en esa misma línea, entonces, ¿por qué él no aprecia sus camisas planchadas y la comida casera? Pues por lo mismo que tú: da por hecho que es tu labor.
El problema es que los intereses son diametralmente opuestos, por lo cual abundan las quejas sobre la vida matrimonial. Ella quiere un devoto príncipe azul, como lo que él parecía durante los primeros meses de noviazgo, y así, sólo apreciará sus muestras de afecto, e irse al bar con los amigos es precisamente lo contrario.
Si las mujeres fueran capaces de no confundir matrimonio con amor, todo sería más fácil. Siendo el amor una emoción, no se les ocurriría buscarlo dentro de casa, sino fuera, como hacen ellos. Plancharía, lavaría, cocinaría, sacaría a los hijos adelante y se abriría de piernas cada noche simulando orgasmos a la perfección. Y el marido, en vez de un compañero sentimental, sería un jefe que pagaría cubriendo sus gastos, con lo que a ella no se le ocurriría objetar porque siempre sea él quién decida qué ver en el televisor, y muy al contrario, ¡se alegraría de perderle de vista un rato cuando él se fuera con sus amigos!
El hogar sería tan tedioso como una jornada de oficina, pero al menos, ella no se torturaría tratando de conseguir su amor y perderían las prisas por conseguir de un hombre una proposición de matrimonio. ¿Para qué querría una encerrarse en una cárcel llena de normas, privada de sentimientos y con un régimen tan exhaustivo de trabajo? ¡Para nada! ¡Qué fuesen otras las que se dejasen cazar! Y ahora que una puede ganarse su propio sueldo... ¿qué maldita falta hace un marido? La mujer se nutre de amor y eso no se puede encontrar en el hombre con el que una está casado.
Guste o no guste, es así. Y la verdad desnuda duele, pero también se atenúa con el tiempo. ¡Ah, qué lástima de controversias entre sexos!