El hombre es proveedor, y así, al igual que la mujer se esfuerza en demostrar y en resaltar su feminidad mediante tacones, escotes, minifaldas y demás prendas sensuales, aderezadas con andares contoneantes, abaniqueos de pestañas y golpes de melena, el hombre hace lo propio adquiriendo un coche que ofrezca la imagen que el busca de éxito y de poder. Es notorio ver cómo de jóvenes, cuando su única preocupación es procurarse el mayor número posible de encuentros sexuales, eligen vehículos deportivos, más acordes con su idea de semental, y a medida que avanza la edad y les va entrando la necesidad de encontrar esposa, se deciden por automóviles más sobrios, fuertes y seguros. De lo mismo proviene su inmensa afición a la técnica, a comprarse el último modelo de móvil aunque el que tengan aún funcione, y un televisor de plasma, y el home cinema, y un reloj con cientos de artilugios que apenas van a utilizar. Es su manera de medirse entre ellos, de adivinar quién tiene la cartera más abultada.
Si en la antigüedad el hombre se dedicaba a la caza de animales y demostraba mediante el número y tamaño de sus presas su valía, ahora sigue siendo cazador, pero de ingresos económicos. Una vez que un hombre considera que su sueldo es superior al de la media, creerá que cualquier mujer a la que se una deberá ser feliz por estar con él, lo que acarrea la mayor parte de las quejas de la mujer en el matrimonio.
Bien sabido es que la mujer lleva las cuentas de todo lo que ella hace por su pareja y de todo lo que él no hace por ella, encontrándose con la impotencia de comprender porqué su marido es un ser tan terriblemente egoísta e indiferente a todo: no ayuda en las tareas del hogar, siempre decide él lo que se ve en la tele, y en ocasiones, incluso es él quién planea cada fin de semana y los períodos vacacionales.
Dicho comportamiento tiene una razón muy sencilla pero injusta: si el hombre gana lo suficiente como para cubrir todos los gastos por necesidad y por capricho, considerará que su aportación a la relación ya está completamente cubierta y no se molestará en hacer nada más. En cambio, a ojos de la esposa, la situación es muy diferente: a no ser que sea una Victoria Beckham o una Paris Milton, para quienes aun no existen suficientes lujos en el mundo, aceptará los ingresos de su marido como equivalentes al trabajo que ella realiza en el hogar.
En otras palabras: un hombre no debería atribuirse puntos por su sueldo. Lo que puntúa son las acciones personales, y trabajar y ganar dinero no lo es, puesto que con o sin estar casado o cambiando tres veces de esposa, él seguiría de igual modo trabajando, al igual que ella seguiría atendiendo la casa y la familia.
Una vez considera tales actividades como presupuestas, intrínsecas en toda relación, y por eso se esfuerza en demostrar su amor de otras maneras. Mas, si ella tuviera el mismo proceder que el hombre, pensando que con cocinar, fregar y planchar ya no tiene porqué hacer nada más, ¿qué ocurriría entonces? Sin duda, sería gracioso comprobarlo. Ambos se verían a la par, y puede que ninguno diese su brazo a torcer a la hora de tomar decisiones. Pero no es así, y lo que pasa es que la mujer ve que ella DA, y no entiende porque no RECIBE nada a cambio.
Otra teoría de porqué al hombre le cuesta tanto adivinar qué desea su esposa es debido a que no entiende el lenguaje femenino de la insinuación, pero vale que ella pruebe a pedirle algo directamente, para que el resultado sea el mismo: nada. Y ¿por qué? Antes podía creerse que era porque no comprendía o porque no se daba cuenta, pero cuando se le ha dicho claramente y más de un par de veces, cuando él sigue negándose o ignorando la cuestión, sólo queda un conclusión posible: NO LO HACE PORQUE NO QUIERE.
Tras unos cuantos meses o años de convivencia, dicho proceder pone furiosa a la mujer y le va haciendo saturarse de resentimiento. ¿Por qué él no quiere atender a sus peticiones, deseos o necesidades? Se supone que es una persona cercana y que te quiere, entonces, ¿cómo puede ser tan vil, insensible y egoísta? Resulta un misterio desesperante, pero la explicación es la que antes he descrito: ÉL CREE QUE YA HA HECHO BASTANTE POR ELLA.
Puede que no tenga que ver con sus ingresos, sino con algo del pasado. Quizá tuvo que dejar una carrera para poderse a trabajar, quizá tuvo que mudarse a otra ciudad cercana a la de su suegra, quizá eso le apartó de una amante, quizá su pareja le haya hecho algo que él se calla pero que no le perdona... Posibilidades hay muchas, y hasta que no quede esclarecida la causa, las esposas seguirán sufriendo por su incomprensible egoísmo hasta que... hasta que no puedan más, sí. Porque todo tiene un límite.
Llevo catorce años con Sancho. Y cada año vamos de vacaciones al mismo apartamento, en la misma playa y con los mismos familiares. No es que me disguste, vamos, que es soportable, pero lo peor es que Sancho no baja ni a la playa. Se pasa el mes tumbado: de día en el sofá del salón; de noche en la hamaca de la terraza. No hay quien le saque de casa. Y mira que le digo que vayamos al parque temático, a de excursión a la ciudad, o a cenar a algún sitio, o al cine... Nada. Bueno, si insisto mucho, accede, pero con una cara de aburrimiento, que mejor habría sido no ir con él. No sé qué le cuesta. Para mí, quedarme en casa es tan malo como para él, ¡y lo hago todos los días! Susana
Conozco a Sergio hace casi un año. Los dos tenemos la misma edad: veintidós. ¿Os podéis creer que no le gusta salir los fines de semana? Yo me muero por salir de copas, pero como se supone que el finde lo pasa una con su novio, pues eso, en su casa mirando como ve la tele. ¡Y mira que insisto! Y nada. Hasta que el otro día vinieron de visita unos tíos suyos, con una prima de un poco menos nuestra edad, y charlando con ella se entera de que le gustaría salir, y a las tres de madrugada va y la lleva a un pub. Después de eso discutimos y le dejado. Si es capaz de esforzarse en quedar bien ante un familiar y no delante de mí, paso. Pero me duele no entenderlo. ¿Por qué a ella sí y a mí no? ¡Si era una prima lejana a la que ve de ciento en viento! No lo entiendo. Jennifer.