¿Hay algo peor que madrugar? No me refiero a levantarse a las 06am tras haber dormido ocho horas, no, sino a que un impertinente despertador te arranque de tus ensoñaciones cuando tú serías capaz de dormir tres horas más como poco. Y decimos que madrugar es el peor invento del hombre, el castigo de la humanidad. ¡Qué va! Si la jornada laboral comenzara a las 12:00, también sería un incordio levantarse a las diez de la mañana porque seguramente nos habríamos acostado seis o siete horas antes, a las 03:00 ó a las 04:00, ¿no?
Entonces, el castigo es ser incapaces de acostarse cuando se debe. ¿Y cómo? ¡Si uno tiene tantas cosas que hacer que el día se queda corto! Es que, la verdad, tener que descansar ocho horas diarias para sentirse bien es demasiado, ¿no? Yo me identifico con los primeros modelos de móviles: ¡todos los días a recargar la batería! Que luego... tú echa cuentas: si vives 75 años, tendrías que haber pasado 25 durmiendo. ¡25! Y digo tendrías, porque como intentamos pasarnos con menos...
Alomejor el truco está en hacer días de cuarenta y ocho horas. Sí, yo una vez tuve la suerte de dejar que mi cuerpo siguiese su ritmo, y, ¿qué ocurrió? Pues que dormí diesiséis horas de un tirón. Y luego aguanté despierte otras veintipico sin problema. Ya, pero imagina: trabajar 16 horas un lunes... Luego nada hasta el miércoles claro, pero... Quita, quita. Demasiado. Mal plan.
¿No sería fantástico tener un cerebro con un pila de litio? Sí, de esas que se ponen una hora a cargar y aguantan ni se sabe. ¡A mi me encantaría! Pero tiene una desventaja: dormir poco envejece prematuramente. Si no, que se lo digan a mi marido, que cuando nos casamos aparentaba mi misma edad y ahora... ¡le confunden con mi hermano menor! Normal, le tiene tanto pánico al despertador que lleva a rajatabla lo de las ocho horas, tanto, que por si acaso duerme diez. Eso, al cabo de un año supone que duerme 1095 horas más que yo y que tantos otros. ¡1095 horas perdidas...!
Sí, porque a mí me da pena perder el tiempo durmiendo. Tú calcula: si duermes ocho horas, trabajas otras ocho e inviertes como poco una hora para ir al trabajo y otra para volver, ya tienes dieciocho. Y si tienes la jornada partida, te pones en veinte o en veintiuna horas.
Yo no sé tú, pero a mí se me hace muy escaso. Quieras o no, a poco que tengas que arreglar la casa, se te van otras dos horas que ni te enteras. Y si tienes hijos, tienes que pasar un rato dedicado a ellas. Y si tienes pareja, también hay que darle un poco de tiempo, aunque sólo sea un cuarto de hora, ¿no?
Y ya, me he gastado las veinticuatro que brinda un día. Si quiero pasar un rato haciendo lo que me gusta (aunque sea no hacer nada), no me queda más remedio que sacarlo de las horas de sueño. Yo, lo tengo claro: prefiero seguir durmiendo siete horas o menos y poder ver una película, leer, cenar, remolonear por internet, darme un baño... y seguir diciendo cada mañana al despertar: ¡Maldita sea! Pero, ¿quién se habrá inventado esto de madrugar?