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misterios
¡No tiene nada de triste ser la otra! (10-04-2007)

En la imagen, nitrato de potasio ampliado.

“La otra”

Vengo leyendo una serie de artículos, el último publicado por Maggie Kim en la revista “Happen” de Hotmail, sobre cuánto sufren las pobrecitas amantes, las otras, sintiéndose secundarias y envidiosas siempre de la esposa, viendo a ésta como un pedestal que recibe todo lo mejor del marido. Pues bien, a modo de consuelo para las quejumbrosas amantes, les diré que poco tienen que envidiar a la esposa.
En concreto, las otras se quejan de cinco aspectos:

#1: Es sólo sexo, no amor.

Claro, el marido tiene tan poco tiempo para escabullirse, que le da tiempo a irse a la cama con su amante y poco más. Y la amante envidia a la esposa, quien, según ella, le tiene todos los días. Ya, pero... ¿y qué tiene la esposa? Ciertamente, ni sexo, ni amor.

Para un marido, su mujer es casi como su madre: algo que siempre está ahí y que no exige esfuerzo para mantenerlo ahí. Quizá sienta algo de apego por su esposa, dado por la convivencia, pero desde luego, no experimenta ni por asomo la clase de amor apasionado con el que sueña la amante. Y en cuanto al sexo... ¿qué sexo obtiene la esposa? La obligación de abrirse de piernas al menos una vez por semana, para cumplir, y dejarse hacer. ¡Cualquier esposa querría ser tratada en la cama como la amante, vaya!

#2: No le llames, te llamará él.

La amante se queja de que no puede llamarle al trabajo, ya que él no quiere riesgos. De su casa, no tiene ni el número. Con el móvil, ha de andarse con cautela por si acaso la esposa anda cerca. O sea, que en ocasiones se muere de ganas por hablar con él y ha de aguantarse y esperar a que sea él quién dé noticias. Y claro, ella, la esposa, puede llamarle siempre que quiera. Bueno, ¿y qué si puede llamarle? ¿De qué le va a servir? ¡Cómo si los maridos no se burlaran a menudo de lo pesada que es una esposa que llama mucho! Y además, no le llama para deshacerse en versos de amor, sino probablemente, para pedirle que recoja a los niños o recordarle que hay que ir a hacer la compra. ¿Para qué quiere la amante también poder llamarle? ¿Para agobiarle a todas horas y que así, decaiga la magia? ¡Tonterías! Es mejor dejarle en paz en ese aspecto. Seguramente, el marido a menudo se muere de ganas por llamarla, y el riesgo de no poder hacerlo le hace desearla aún más.

#3: Olvídate de citas en fin de semana.

Sí, como mucho, él podrá dedicarte un par de horas un miércoles por la tarde. Y nada de ir a locales de moda, donde él podría ser visto.

La amante anhela ir un sábado a un buen restaurante, como imagina que él hace con su esposa, cuando ella, en cambio, ha de pasar los fines de semana sin él. ¿Y qué más da? Si él sale a hacer vida social con su esposa, lo hará por mera rutina; para salir de casa en los días no laborables. Desde luego, no se va por ahí enervado con la posibilidad de una velada romántica. Seguramente, saldrán con otra pareja igual de aburrida que ellos, y en silencio, el marido anhelará la llegada del lunes, cuando de nuevo se abre la veda de posibilidades de escaparse y pasar de veras un buen rato junto a la amante.

Como se ve, no hay nada que envidiarle a la esposa. Aunque ella le vea todos los días, será para estar en la misma habitación mientras él dedica toda su atención al televisor.

#4: Mucha soledad.

El mundo de la amante gira alrededor de él, y se queja de que no puede hablar con nadie de la relación, pues sólo se encuentra con la desaprobación de sus amigos. Aparte, como no puede llamarle para averiguar cuando será la siguiente cita, a menudo no hace planes, quedándose en casa para si estar disponible por si él llama. Así que, la pobre, se siente sola, deseando ser como la esposa, que al menos duerme a su lado cada noche. ¡Ni se imagina lo sola que puede llegar a sentirse una esposa! ¿Qué es peor? ¿Sentirse solo porque se está solo a veces, o sentirse solo incluso en compañía?

Para el marido, esposa es igual a hogar, y hogar es igual a descanso. No llega a casa para relacionarse con ella. Va a casa para descansar de la jornada laboral. Le fastidia que su mujer hable sin parar. Le enerva que ella pueda estar de mal humor. ¡Qué esté de mal humor mientras él está fuera! ¿No? Ni siquiera le preocupa la causa del mal humor, sino que pueda llegar a estropearle la tarde.

La esposa, si es de las que se cuestionan cuanto ocurre a su alrededor, o por lo menos se fija, estará harta de ver la cara de tedio que se le pone a él cuando le cuenta, en un torrente inagotable de palabras, cómo le ha ido el día. Y también estará hasta las narices de que él tache de gilipolleces todo lo que a ella le parecen problemas serios. Con el tiempo, la esposa dejará de charlar con su marido para no aburrirle, y los problemas, mejor se los contará a sus amigas, que son quienes tal vez muestren comprensión.

En cambio, aunque la amante esté sola físicamente, puede estar casi segura de que en pensamiento, él la acompaña a menudo. Y después de la cita sexual de rigor, él es incluso capaz de quedarse un rato escuchándola, sin hacer nada más mientras. Y con esto, ¡ya puede sentirse mucho más acompañada que la esposa!

#5: La culpa.

Sabe que está mal robarle el marido a otra, tanto si la esposa anda al corriente como si no. Le atormenta que si cuenta su historia, nadie se ponga de su parte, y por otro lado, sabe que él nunca se divorciará.

Bien, entonces, ¿para qué sentirse culpable por quitarle el marido a otra si sabe que él nunca va a dejar a su esposa? Lo único que la amante tiene en común con la esposa es el género femenino. Al marido ni se le pasa por la cabeza compararlas. La esposa es la que él eligió como encargada del hogar y de la familia. Y la amante pertenece por completo a otro ámbito. La amante es inspiración, pasión; la que le hace flotar por encima del denso gris de la vida cotidiana, la que le hace sentirse un héroe admirado.

Al marido, ni se le pasa por la cabeza considerar que la amante pudiera convertirse en esposa. ¡Menudo metamorfosis! Él no quiere que la amante se convierta en una criada a la que le tiene cariño, pues la amante pertenece al mundo exterior, ¡al mundo de la acción! De hecho, si quisiera casarse con su amante, sería muy mala señal, indicio del sosiego que trae consigo el aburrimiento.

Hay que tener en cuenta que un hombre no se echa una amante porque le vaya mal con su mujer, sino para volver a sentir la fiebre y el orgullo del conquistador. Erróneamente, la amante piensa que si con ella se muestra tan apasionado, entonces ya ocupa un puesto en el podio de su corazón por encima del de la esposa, y no así en absoluto.

De la misma manera, la esposa es tremendamente celosa de las amantes por la misma equivocación, pero igual le daría tener celos de la afición de su marido por el bricolaje, por ejemplo.

Piensa que para él todas las mujeres pertenecen a la misma categoría y que dentro de ésta son intercambiables.

Es una verdad muy triste, cuando una mujer se da cuenta de que su marido no se casó con ella por las mismas razones que ella con él. La gran mayoría no se da cuenta nunca.

Una mujer se casa con quien cree su príncipe azúl. Se casa enamorada y gustosa de que él ocupe el centro de su universo. Una mujer está genéticamente programada para dedicarse a su familia, y dentro de la familia, por supuesto, está el marido. Pero, ¿qué pasa con el hombre? Pues que para él, la familia es algo secundario; son las bambalinas, mientras que el verdadero escenario es su vida laboral y casi todo lo que hace fuera del hogar.

La mujer le presta toda su atención; él a ella, no. La mujer espera que él sea una especia de amante, padre, mejor amigo y confidente, con quien poder contar para todo, para luego encontrarse con que su comportamiento se asemeja más al de un jefe algo déspota.

Ella se preocupa de los sentimientos de él; él de los de ella, no. Da por hecho que ella ya está contenta por el mero hecho de tenerle como marido, tanto más si tiene un sueldo elevado. Y puesto que para él la esposa pertenece al hogar, el lugar donde de descansa, ni se le pasa por la cabeza cederle a ella la elección de las vacaciones ni de lo que se ve en el televisor.

Con el tiempo, la esposa puede llegar a darse cuenta de que no es correspondida, y empezará a torturarse con los porqués, atribuyendo quizá la falta de atención y el egoísmo de su marido a la existencia de una amante que le gusta más que ella. Y no. Aunque él tuviese una amante, como mucho serviría para que él tal vez llegase a recordar la fecha de su aniversario de boda.

Si hay que tener celos de una amante, también hay que tenerlos de todo cuanto él hace fuera del hogar; de todo cuanto para él es prioritario. Pero es imposible pasar a ese otro mundo siendo esposa. Simplemente, es una solución irreconciliable.

Ser esposa le da algunos derechos, pero su vida transcurrirá en la sombra. Y como mucho, podrá contar con su marido para que acceda a ir a comer en casa de los suegros en fechas importantes, para que la lleve al médico cuando se encuentre tan mal que no pueda ir por sí sola y... Como dijo un marido defendiendo su amor:

“¡Claro que te quiero! Es más, lo he estado pensando y... Si te murieras, ¡yo lloraría!”.

 

 

 

 

 

 

 

Publicado por RebeccaMRM a 19:26:40 in mal de amores | Comentarios(1) |  Trackback(13) |  Permacoplamiento
Un hombre no se casa con la mujer de la que está enamorado (03-04-2007)

"Los hombres no se casan con la mujer de la que están enamorados".

Esta frase, al leerla en el libro "Hite's report on male sexuality", me impactó. Y desde entonces, no dejo de darle vueltas, porque claro, torna el mundo de la mujer patas arriba. Ya no resulta motivo de orgullo ser elegida como cónyuge, sino más bien... motivo de vergüenza.

La socióloga Shere Hite llegó a tal deducción tras ver como los hombres definían el enamoramiento como un estado de descontrol nada agradable y del que se apresuraban a huir. Y bueno, eso lo he visto yo. Un hombre está con una mujer que le vuelve loco, comienza a sentirse vulnerable, a dejar las riendas en manos de ellas y... escapa. La pobre chica se queda unos buenos cuantos meses preguntándose qué hizo mal, cuando en realidad lo único que hizo es gustarle demasiado.

Los hombres odian los problemas; son como una abeja que se cuela en el coche a la que hay que aniquilar lo antes posible, y en su vida laboral, ya tienen a menudo bastantes desafíos, por lo que no les quedan ganas de andar luego luchando con sus novias.

El asunto viene de que un hombre, desde siempre, lleva una doble vida. Una vida activa, y otra pasiva. El el trabajo, actúa; en casa... pasa de todo.

Evidentemente, no se va a casar con una mujer junto a la que no sabe a qué atenerse para no tener ni un minuto de tranquilidad al día. Y, además, una cosa es una novia casual, y otra bien distinta a una esposa. A la primera puedes escogerla por la atracción sexual que te produzca, pero para tu posible "pareja-para-siempre", es mejor guiarse por otros motivos.

No me digas que no has visto alguna vez como un tío ha dejado a una novia despampanante para al poco, casarse con una mosquita muerta. ¡Ocurre sin parar! Al macho le llega la hora de asentarse (a partir de los 25 comienzan a bajar sus niveles de testoterona) y busca a la muchacha más parecida a lo que se supone que es una madre ideal, si es que la suya propia no lo era.

Para el hombre, la jornada laboral es el campo de batalla. Cuando llega a casa, sólo quiere descansar. Echarse en el sofá a ver la tele, una cena hecha a la hora adecuada y por la noche, un cuerpo en el que masturbarse. No quiere que su esposa se ponga a contarle sus rollos con las vecinas o que le hable de reparar esto o aquello. ¡La esposa es algo que no debe dar molestias! De hecho, no le importa que estés de mal humor: le importa que lo estés en su presencia. La mujer ideal es la que se ve en las películas de indios o esquimales: no habla si no es estrictamente necesario, le respeta, le sirve, cría a sus hijos, y por las noches... ¡hasta se vuelve cariñosa! Y si encima le demuestra admiración, ¡mejor imposible!

Si te has casado, ya habrás tenido evidencias de que lo digo es así. Tu marido no quiere mucho de ti. No es ni tu amigo ni tu compañero.

Pero, ¿y qué pasa con la mujer? Ella no sufre ese desdoblamiento. Si es ama de casa, el momento más interesante puede que sea precisamente cuando su marido regresa a casa, con lo que querrá hablar con él, relacionarse con él. Y si es una mujer trabajadora, precisamente por ser mujer, cuando llegue a casa también querrá relajarse de los asuntos del día hablando. Y por supuesto, sus tareas continúan en la casa. Una mujer no tiene una barrera entre pasividad y acción tan evidente.

Y una mujer... sí se casa con el hombre del que se ha enamorado... si puede. Sino, ¡menudo aburrimiento de hogar!

Sea como sea: cuando el hombre llega a casa, la mujere quiere que empiece a ocuparse de ella, aunque sólo prestándole atención. Y... ¿? Recomiendan dejarle un buen rato con su querido televisor para que pueda relajarse, y luego, con suerte, ya será capaz de escuchar a su mujer.

Sí que hay hombres más modernos, cual nuevo milagro de la naturaleza, que parecen comprender las necesidades de la mujer, pero... yo no conozco a ninguno en persona. Así que, ¿qué tenemos? Que difícilmente una mujer puede ser feliz en el matrimonio, a no ser que tenga un alma en tan mística paz como indias y esquimales.

¿Qué puedes hacer cuando descubres que tu marido puso un anillo en tu dedo por comodidad y que lo que más le agrada de ti es tu silencio? Ponerte triste. Luego, intentarás hacerle cambiar, pero sólo lograrás que se ponga de mal humor y no que llegue a cambiar. Tú ya estás catalogada. Jamás se portará contigo de otro modo.

Y por cierto, según Shere Hite, el 90% de estos hombres mantienen tórridas relaciones pasionales fuera del matrimonio, ya que de sus amantes, ni esperan ni quieren que sean silenciosas y respetuosas.

Así que, ya sabes, querida: una vez te han concedido el libro de familia, olvídate de lograr romanticismo y atención con el que figura como primer cónyuge, y no te rías con maldad de la novia despampanante a la que él dejó por ti, pues seguramente sea en ella en quien piense alguna que otra noche.

Publicado por RebeccaMRM a 15:10:11 in psicologia | Comentarios(6) |  Trackback(163) |  Permacoplamiento
Little Thymidine (29-03-2007)

En la imagen, ampliación de un medicamento. ¿A que no esperabas que fuera eso?
Sea como sea, no sirve para dejar de fumar, no. Y yo he fracasado por completo. Como era de esperar, no consigo dejarlo. El primer día aguanté cinco horas. Pasé después todo el fin de semana bajo vigilancia, con sólo cinco cigarrillos diarios, resignada, mentalizada... No lo pasé mal. Y el lunes, me desquité, claro.
Luego, por accidente, el martes me quedé 15 horas sin tabaco. ¡Quince! Después de tanto sufrir, fue una inmensa tonteria comprarme otra cajetilla cuando al fin llegó la mañana tras una terrible noche de largos intervalos de insomnio.
Y hoy... otra vez. De nuevo sin tabaco, de nuevo enfrentarme al dilema de si ir a comprar o no, de nuevo el miedo a dejarlo para siempre... y vuelta a buscar un bar abierto.
Cuando por fin me enciendo un cigarrillo, desaparece la intranquilidad pero me detesto por haber vuelto a caer, y me digo, bueno, quizá mañana ya no compre más. Pero compraré, ¿cómo no?
He de obligarme a leer el libro de Allen Carr otra vez. Es lo único que en toda mi vida me ha hecho dejarlo dos veces.
¡Ah...! Ya se verá, si mañana definitivamente veré la luz y me veré con fuerzas de emprender el sacrificio, pero es que... ¡Hasta tres arduas semanas con sindrome de abstinencia! ¿A quién le apetece? ¿Cómo encontrar un buen momento para eso?

Publicado por RebeccaMRM a 15:47:17 in Dejar de fumar | Comentarios(0) |  Trackback(11) |  Permacoplamiento
Hoy empiezo (23-03-2007)

Viernes 23-03  15:00

Dicen que los retos es mejor llevarlos a cabo con público. Que así a uno le preocupa fracasar ante testigos y se esfuerza más. Por eso, voy a dejar públicamente de fumar.

Me he leído dos veces el libro de Allen Carr: una hace dos meses, la otra hace un año y tres meses. En la primera ocasión lo dejé durante 6 días. En la segunda durante 15.

La verdad es que no me apetece nada dejarlo. Vale que Mr. Carr diga que fumar no da placer. ¡Eso será según se mire! Que el placer no sea auténtico sino provocado porque restableces el nivel de nicotina en sangre, pero bueno, placer es, ¿no? Y el ejemplo suyo de que se obtendría el mismo placer llevando unos zapatos pequeños durante horas para luego disfrutar del placer de quitárselos, no me vale.

Bueno. Tengo miedo de dejarlo, eso sí, tal y como dice él. Después del fracaso de las otras dos veces, sé que esta vez no puedo volver a caer, pensando que podré seguir adelante con un par de cigarrillos al día. Lo malo es que la certeza de tener que dejarlo para siempre asusta. Llevo dos meses diciéndome: "Ya que es para siempre, voy a fumar un día más".

Pero tengo que pararlo. No puedo seguir así. Me va a tocar estar dos o tres semanas de mal humor, resistiendo las ganas de picotear, mordiéndome la lengua por ansiedad, pensando cada vez con más frecuencia en caer en la tentación y abandonar el sufrimiento.

Hoy es viernes. Los fines de semana mi marido está en casa y fumar es un auténtico infierno. Me persigue y me lo prohibé. Me hace tirar cada cigarrillo con apenas dos caladas, y eso que sólo me deja fumar uno cada cuatro horas. Me paso el tiempo pendiente de escabullirme y de fumar. Como dice Allen Carr, soy esclava del tabaco. Sí, completamente. Si no fumara, no tendría que pasar los fines de semana amargada porque me prohiben fumar tanto cuanto quiero.

Y no engordar es imposible. En enero, cuando lo deje dos semanas, cogi cuatro kilos. Allen Carr dice que hay que distinguir y no confundir el mono de nicotina con hambre. Decirse: "no tengo hambre, esto es sólo el pequeño monstruo. He de aguantar". Y que después de tres semanas, las cosas se van haciendo más fáciles. ¡Tres semanas! ¡Veintiún días! Es poco si compararlo con todos los días de una vida.

De momento llevo 23 minutos y me gustaría que aún quedase otro cigarro en la cajetilla, para poder fumarme el último más concienzudamente. ¿A lo mejor me acerco a un bar y compro una cajetilla y fumo hasta que llegue mi marido?

¡Ya os iré contando!

Publicado por RebeccaMRM a 15:24:59 in Dejar de fumar | Comentarios(0) |  Trackback(303) |  Permacoplamiento
Hombre = Enigma (23-03-2007)

El hombre es proveedor, y así, al igual que la mujer se esfuerza en demostrar y en resaltar su feminidad mediante tacones, escotes, minifaldas y demás prendas sensuales, aderezadas con andares contoneantes, abaniqueos de pestañas y golpes de melena, el hombre hace lo propio adquiriendo un coche que ofrezca la imagen que el busca de éxito y de poder. Es notorio ver cómo de jóvenes, cuando su única preocupación es procurarse el mayor número posible de encuentros sexuales, eligen vehículos deportivos, más acordes con su idea de semental, y a medida que avanza la edad y les va entrando la necesidad de encontrar esposa, se deciden por automóviles más sobrios, fuertes y seguros. De lo mismo proviene su inmensa afición a la técnica, a comprarse el último modelo de móvil aunque el que tengan aún funcione, y un televisor de plasma, y el “home cinema”, y un reloj con cientos de artilugios que apenas van a utilizar. Es su manera de medirse entre ellos, de adivinar quién tiene la cartera más abultada.

 

Si en la antigüedad el hombre se dedicaba a la caza de animales y demostraba mediante el número y tamaño de sus presas su valía, ahora sigue siendo cazador, pero de ingresos económicos. Una vez que un hombre considera que su sueldo es superior al de la media, creerá que cualquier mujer a la que se una deberá ser feliz por estar con él, lo que acarrea la mayor parte de las quejas de la mujer en el matrimonio.

 

Bien sabido es que la mujer lleva las cuentas de todo lo que ella hace por su pareja y de todo lo que él  no hace por ella, encontrándose con la impotencia de comprender porqué su marido es un ser tan terriblemente egoísta e indiferente a todo: no ayuda en las tareas del hogar, siempre decide él lo que se ve en la tele, y en ocasiones, incluso es él quién planea cada fin de semana y los períodos vacacionales.

 

Dicho comportamiento tiene una razón muy sencilla pero injusta: si el hombre gana lo suficiente como para cubrir todos los gastos por necesidad y por capricho, considerará que su aportación a la relación ya está completamente cubierta y no se molestará en hacer nada más. En cambio, a ojos de la esposa, la situación es muy diferente: a no ser que sea una Victoria Beckham o una Paris Milton, para quienes aun no existen suficientes lujos en el mundo, aceptará los ingresos de su marido como equivalentes al trabajo que ella realiza en el hogar.

 

En otras palabras: un hombre no debería atribuirse puntos por su sueldo. Lo que puntúa son las acciones personales, y trabajar y ganar dinero no lo es,  puesto que con o sin estar casado o cambiando tres veces de esposa, él seguiría de igual modo trabajando, al igual que ella seguiría atendiendo la casa y la familia.

 

Una vez considera tales actividades como presupuestas, intrínsecas en toda relación, y por eso se esfuerza en demostrar su amor de otras maneras. Mas, si ella tuviera el mismo proceder que el hombre, pensando que con cocinar, fregar y planchar ya no tiene porqué hacer nada más, ¿qué ocurriría entonces? Sin duda, sería gracioso comprobarlo. Ambos se verían a la par, y puede que ninguno diese su brazo a torcer a la hora de tomar decisiones. Pero no es así, y lo que pasa es que la mujer ve que ella DA, y no entiende porque no RECIBE nada a cambio.

 

Otra teoría de porqué al hombre le cuesta tanto adivinar qué desea su esposa es debido a que no entiende el lenguaje femenino de la insinuación, pero vale que ella pruebe a pedirle algo directamente, para que el resultado sea el mismo: nada. Y ¿por qué? Antes podía creerse que era porque no comprendía o porque no se daba cuenta, pero cuando se le ha dicho claramente y más de un par de veces, cuando él sigue negándose o ignorando la cuestión,  sólo queda un conclusión posible: NO LO HACE PORQUE NO QUIERE.

 

Tras unos cuantos meses o años de convivencia, dicho proceder pone furiosa a la mujer y le va haciendo saturarse de resentimiento. ¿Por qué él no quiere atender a sus peticiones, deseos o necesidades? Se supone que es una persona cercana y que te quiere, entonces, ¿cómo puede ser tan vil, insensible y egoísta? Resulta un misterio desesperante, pero la explicación es la que antes he descrito: ÉL CREE QUE YA HA HECHO BASTANTE POR ELLA.

 

Puede que no tenga que ver con sus ingresos, sino con algo del pasado. Quizá tuvo que dejar una carrera para poderse a trabajar, quizá tuvo que mudarse a otra ciudad cercana a la de su suegra, quizá eso le apartó de una amante, quizá su pareja le haya hecho algo que él se calla pero que no le perdona... Posibilidades hay muchas, y hasta que no quede esclarecida la causa, las esposas seguirán sufriendo por su incomprensible egoísmo hasta que... hasta que no puedan más, sí. Porque todo tiene un límite.

“Llevo catorce años con Sancho. Y cada año vamos de vacaciones al mismo apartamento, en la misma playa y con los mismos familiares. No es que me disguste, vamos, que es soportable, pero lo peor es que Sancho no baja ni a la playa. Se pasa el mes tumbado: de día en el sofá del salón; de noche en la hamaca de la terraza. No hay quien le saque de casa. Y mira que le digo que vayamos al parque temático, a de excursión a la ciudad, o a cenar a algún sitio, o al cine... Nada. Bueno, si insisto mucho, accede, pero con una cara de aburrimiento, que mejor habría sido no ir con él. No sé qué le cuesta. Para mí, quedarme en casa es tan malo como para él, ¡y lo hago todos los días!” Susana

 

“Conozco a Sergio hace casi un año. Los dos tenemos la misma edad: veintidós. ¿Os podéis creer que no le gusta salir los fines de semana? Yo me muero por salir de copas, pero como se supone que el finde lo pasa una con su novio, pues eso, en su casa mirando como ve la tele. ¡Y mira que insisto! Y nada. Hasta que el otro día vinieron de visita unos tíos suyos, con una prima de un poco menos nuestra edad, y charlando con ella se entera de que le gustaría salir, y a las tres de madrugada va y la lleva a un pub. Después de eso discutimos y le dejado. Si es capaz de esforzarse en quedar bien ante un familiar y no delante de mí, paso. Pero me duele no entenderlo. ¿Por qué a ella sí y a mí no? ¡Si era una prima lejana a la que ve de ciento en viento! No lo entiendo.” Jennifer.

Publicado por RebeccaMRM a 14:00:24 in psicologia | Comentarios(0) |  Trackback(298) |  Permacoplamiento
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